Pasó un auto y aplastó a la perra, que se llamaba Beba.
Era una perra pequeña y marrón, con rizos dorados que caían por el lomo y la frente y tapaban los ojitos vivaces, y con un lazo rojo en el cuello, que terminaba en un moño, arriba. Josefina le había atado el moño y también, para el invierno, le había tejido una capita ceñida y en punto arroz apretado, verde y roja, a rayas, la capa. Era una perra pequeña, marrón y simpática y bonita y después de que el auto la aplastara era una perra moribunda. Y finalmente fue una perra muerta, porque exhaló en los brazos de sus dueños.
Movió la patita suavemente, acariciando las manos de Josefina y de Alfonso y se murió. Alfonso entonces se largó a llorar, y también Josefina. Alfonso caminó hasta el sillón y lloró, y también Josefina, que, cuando sucedió el siniestro, pelaba papas, las dejó sobre la tabla húmeda y dejó la pila de cáscaras y el aceite a punto de hervir y quemarse sobre la hornalla, y se largó a llorar.
Apagaron la radio: el cuerpecito de Beba sobre la mesa.
Josefina levantó el teléfono y llamó a su hija y le dijo: Murió Beba, la pisó un auto.
La hija, del otro lado del tubo, preguntó cómo estaba su papá y Josefina le respondió: Mal, cómo querés que esté.
La hija vivía muy lejos, con sus hijos, en otra ciudad, en una ciudad, y no podía venir. Iban a tener que enfrentar esto solos.
Más tarde llegó una vecina y dijo: Don Alfonso, yo lo vi, un auto rojo, un Renault. Pero eso no calmó la pena. Beba era el centro de la casa, la alegría del hogar, lo que quebraba la monotonía de los días. La capita ceñida y en punto arroz apretado, verde y roja, a rayas, ahí, en el ropero. Era primavera, pero igual se la pusieron. Hicieron al cadáver vestir sus galas.
Como el accidente había sido cerca del mediodía y las papas no se hicieron y el aceite se quemó, comieron solo una ensalada y durmieron una siesta breve y dolida. Alfonso se levantó y pidió camiseta, camisa y pantalón limpio. Josefina se los dio y Alfonso se fue. Volvió con un cajoncito blanco, de angelito, atado en el asiento trasero de la bicicleta. Midió a Beba, midió el cajón: entraba justo. Comenzaron a velarla.
Llegaron dos vecinas a la hora de la merienda, y detrás dos más y detrás otras, a compartir la congoja. Habían puesto a Beba en el cajoncito blanco, de madera blanca, forrado con raso blanco, y con un pequeño crucifijo de plata en la tapa y aldabas leves y también plateadas en los costados, para cargarlo. El cajoncito blanco estaba en el centro de la mesa, sobre una carpeta blanca. Habían retirado todas las sillas, las amontonaron en el cuarto de costura, y la mesa estaba sola en medio de la sala, con dos floreros custodiando el cuerpo; uno con un gladiolo demasiado alto; el otro con un pimpollo de rosa florecido justo ese día y rodeado de mucho helecho pluma.
Se sucedieron los actos de dolor.
Más tarde se enterarán: la Municipalidad no deja que la entierren en el cementerio, por más que haya sido como una hija para quien lo haya sido. Alfonso hizo dos llamados telefónicos y salió una vez más en la bicicleta. Volvió sin noticias. Movió influencias, tenían que esperar y esperaron, pero la situación no cambió. Se hizo de noche y Beba muerta, era increíble. Una pelotita de tenis raída, su juguete preferido, fue puesta a sus pies, también en el ataúd. Las vecinas partieron. Josefina y Alfonso se quedaron solos de nuevo. La casa se había llenado de silencios y de faltantes, de corridas y de rezongos y de pequeños ladridos que ya no estaban y que en el silencio se hacían más evidentes y que más evidentes todavía serían en los próximos días de ostracismo y duelo y dolor contenido y sin contener. Sabían que el patio estaba repleto de pequeños huesos enterrados en provisión y que el próximo verano, y el próximo, y el próximo, cuando cavaran para trasplantar una camelia, sembrar el perejil o hacerle una canaleta de desagüe al cantero de dalias, esos huesos reaparecerían y con ellos la falta y el dolor por Beba muerta, aplastada por un automóvil rojo, un Renault. Estaban desconsolados.
Al día siguiente, temprano, la enterraron debajo del jazmín. Antes de que nadie llegara, solo él, Alfonso, y ella, Josefina, le dieron sepultura. Cerraron el pequeño cajoncito blanco, de angelito, agarraron una manija cada uno, y lo depositaron en el profundo pozo que Alfonso había cavado al pie del jazmín, la planta más linda de todo el patio, el jazmín que estaba a punto de florecer y que pronto regaría la tumba con olores a agua de colonia y con pétalos blancos, leves, carnosos, cayendo, meciéndose en el viento, hasta posarse sobre la tierra fresca donde Beba dormiría, eterno, el sueño.
Pasó el tiempo. Las vecinas trajeron u ofrecieron sustitutos: cachorritos vivaces, grises, marrones, blancos, amarillos; de todas las razas. Algunos dormilones, otros astutos. Algunos panzones, otros diarreicos. Algunos lagañosos, otros mordisqueantes. Ninguno era Beba, ninguno podía reemplazarla. Vieron en una revista la publicidad de un criadero con perros muy parecidos a la difunta: pequeños y marrones, con rizos dorados que caían por el lomo y la frente y tapaban los ojitos alegres. Hicieron tratativas y llamadas telefónicas, enviaron telegramas, los recibieron. Y un día, por comisionista, llegó una caja con un cachorro que ya tenía nombre: Adrián Tercero. Pero no era Beba. Las puertas quedaron abiertas, Adrián Tercero se escapó y Alfonso y Josefina no lo lloraron. Adrián Tercero no era Beba.
Pusieron flores sobre la tumba y esa primavera el jazmín no floreció y cuando llegó el verano el jazmín se secó. La empleada de la florería dijo que tal vez, al cavar, Alfonso había destruido las raíces principales, o que tal vez, también, el pequeño féretro se estuviera disolviendo en la tierra, y en ese caso los pigmentos blancos de la pintura, al navegar en el agua de las napas y ser absorbidos, podrían haber intoxicado a la planta.
Beba, entonces, por siempre, estaría ahí, muerta, en el páramo yermo, sin una sola flor, por siempre bajo el jazmín seco, que un día, a principios de otoño, se reveló podrido y ofrendó a los gorriones y a los jilgueros sus ramas pálidas, para que construyeran sus nidos, y ofrendó su corteza a las hormigas negras, sus apolilladas astillas a los grillos, a cualquier insecto, y que al final, y en forma definitiva, desapareció.