País Relato - Autores

federico falco

las casas en la otra orilla

Se había despertado demasiado temprano. Hacía calor. Su hermano, en la cama de arriba de la cucheta, todavía dormía. Afuera ya había sol.
Vamos al río, le dijo el chico a su hermano, moviéndole el hombro.
El hermano no contestó. Dio vuelta la cabeza y el chico pudo ver la cara hinchada por el sueño.
Entonces el chico fue al baño. Tenía siete años pero parecía más pequeño. Su cuerpo era delgado y blanco y la cabeza desproporcionadamente grande en comparación con los brazos finos y el pecho delicado, apenas con una capa de piel blanca sobre las costillas. Era un chico extraño.
Hizo pis y apretó el botón del inodoro. El agua escurriendo del desagüe quebró el silencio de la casa, pero no despertó a nadie.
Con su pequeño calzoncillo azul salió a la galería. Desde ahí se podía ver todo el río, corriendo más abajo, y las casas de la otra orilla. Todavía no había nadie en el río y no se veía movimiento en las casas de enfrente. Volvió a entrar y cruzó el comedor hasta llegar al dormitorio donde dormían los padres. Los vio destapados: el padre con los brazos abiertos; la madre durmiendo de costado. Se sentó en el borde del colchón, cerca de su papá. Hasta que su papá se despertó.
¿Qué hacés ahí?, le preguntó.
Nada.
Andá a dormir.
No tengo más sueño, quiero ir al río, dijo el chico.
Más tarde. Ahora acostate.
El padre giró sobre sí mismo y le dio la espalda. Arriba, en el techo, el ventilador estaba apagado. El chico se levantó y volvió al comedor.
Esteban, Esteban, lo llamó el padre, cuando apenas había traspasado la puerta, prendé el ventilador.
Mamá no quiere, le hace mal.
Prendelo, dijo el padre.
El chico prendió el ventilador y salió. Al instante volvió a entrar.
Papá, quiero leche dijo.
Hay en la heladera. No puedo sacarla, me da patadas.
Ponete las zapatillas.
No sé dónde están.
Ponete mis ojotas, entonces. ¿Para qué querés leche?, preguntó el padre.
Tengo hambre.
Bueno, tomá una taza de leche y volvé a acostarte.
El chico se calzó las ojotas de su padre, demasiado grandes para sus pies, y salió, arrastrándolas. La madre movió apenas el cuerpo cubierto por una remera blanca.
En la cocina, el chico se paró frente a la heladera y la miró detenidamente. Era una heladera vieja, de bordes redondeados y manija de metal. Para abrirla había que tirar de la manija vertical hacia delante. Uno de los primeros días, apenas habían llegado, el chico abrió la heladera descalzo y recibió una breve descarga eléctrica. Desde entonces le pedía a su hermano o a sus padres que la abrieran por él. Por fin se decidió. Acercó la mano despacio y apoyó uno de los dedos sobre la superficie plateada de la manija. Estaba saltada en las puntas. No hubo ninguna descarga. El chico tomó la jarra con el sachet de leche e intentó cerrar la puerta, pero no pudo. La golpeó un par de veces, sin éxito. La cerradura estaba bloqueada y la puerta, balanceándose sobre sus goznes, se abría sola. Entonces el chico arrastró una silla desde el comedor y la calzó contra la heladera. Después se sirvió un vaso de leche, dejó la jarra sobre la mesada de la cocina y salió a la galería.
Ahora podía ver a alguien en el río. Era un hombre, junto a la playita de arena. Cerca, también, había un perro que entraba y salía del agua. El hombre parecía jugar con él. El chico terminó su vaso de leche y decidió que bajaría a bañarse.
Fue hasta su habitación y buscó su malla. Había olor a encierro, a calor. Su hermano dormía totalmente destapado y el chico pudo ver las sábanas mojadas y las piernas negras, húmedas. Era una habitación pequeña, alargada. En ella solo cabían la cucheta y una silla contra la pared, al lado de la ventana. También estaban los dos bolsos, a medio deshacer, y, sobre la silla, un montón de ropa. El chico comenzó a revolverla. Se fijó en uno de los bolsos y entre las sábanas que habían quedado desparramadas en el piso. Cuando miraba debajo de la cama escuchó la voz de su hermano preguntando qué buscaba.
Mi malla, respondió.
¿Para qué?
Voy a bajar al río.
¿Qué hora es?, preguntó el hermano.
No sé. Temprano.
¿Mamá y papá?, preguntó el hermano.
Duermen.
Sabés que no podés bajar al río solo.
Hay un hombre y un perro, contestó el chico.
Hurgó un rato más en el montón de ropa: la malla no aparecía. Su hermano había vuelto a dormir. Buscó nuevamente debajo de la cama y en el bolso de su hermano. Sabía que no le gustaba que revisara su bolso pero de todas maneras lo hizo. No descubrió nada que le llamara la atención. Fue hasta el baño, a lo mejor la malla había quedado allí, colgada para secarse. No estaba. En cambio, encontró un par de antiparras viejas y se las puso.
Así, con su calzoncillo azul, las ojotas de su papá y las antiparras puestas, bajó al río. El hombre seguía ahí, pero ya no se veía al perro. Tal vez estuviera detrás de las piedras grandes que obligaban al río a hacer la curva. O tal vez el hombre le hubiera tirado un palo lejos y el perro lo estaba buscando.
El chico bajó por una picada estrecha; los yuyos le raspaban la piel de las piernas y le hacían arder. Cuando llegó a la playa, se sentó en la orilla con las piernas cruzadas, como los indios.
¿Y el perro?, preguntó.
El hombre se dio vuelta y le sonrió.
No sé, se fue, es un perro bastante independiente, contestó el hombre.
El chico pudo ver entonces que el hombre había traído jabón y shampoo hasta el río y que se estaba bañando.
¿Es tuyo?, preguntó el chico.
Sí, es mío.
¿Cómo se llama?
Se llama Perro, no tiene nombre. ¿Vos cómo te llamás?
Esteban, dijo el chico. ¿Por qué te bañás en el río? ¿No tenés casa?, volvió a preguntar.
Sí, pero me gusta bañarme en el río. Es más sano. Y vos, ¿no tenés casa?
Sí, dijo el chico. Pasa que ahora todos están durmiendo.
¿Te escapaste?
El chico se quedó callado. A través de las antiparras miró las casas de la otra orilla: no se veía ningún movimiento. Tampoco en la suya. Perro no aparecía por ningún lado. Se sacó las antiparras y las dejó en la arena.
No, no me escapé. Estaban durmiendo.
Con un palito comenzó a hacer un dibujo en la playa. Primero alisó la superficie con la mano y dibujó con la punta del palo. El hombre se enjabonaba el cuerpo. Alrededor de sus rodillas, en la superficie del agua, crecía una pequeña estela pálida. Las manchas de espuma blanca se alargaban, deformadas por la corriente mansa.
Hace mucho calor, dijo el hombre.
Sí.
¿No querés meterte al agua? Si querés te presto jabón, o shampoo, dijo el hombre.
No, se me hace que debe estar fría. Además, esa agua está sucia. Está sucia con tu suciedad, dijo el chico.
Sí, puede ser.
Se quedaron los dos en silencio. El hombre tiró el jabón a la orilla y se sentó en el lecho del río para que el agua lo enjuagara. El agua le llegaba hasta la mitad del pecho. Estuvo así un buen rato, mientras el chico dibujaba.
¿Te molesta si me saco la malla?, dijo el hombre, de pronto. Quiero limpiarme bien.
El chico se encogió de hombros y siguió dibujando en la arena. Entonces el hombre hizo un movimiento con los dos brazos, tirando hacia abajo su traje de baño. Flexionó las rodillas y las levantó por sobre el agua. Inclinándose hacia delante, tomó el traje de baño, que estaba a la altura de los pies. Con las dos manos lo estrujó y lo lanzó hacia la playa cercana.
Ya está, dijo.
El chico volvió a encogerse de hombros.
En su casa la madre no lo dejaba tener perros y durante todo el año había pensado que tal vez en las vacaciones encontraría alguno para adoptar. Pero hasta ese día no había visto perros en el río.
Mirá, dibujé a Perro, dijo el chico, señalando la arena.
El hombre estaba sentado, desnudo, en el agua clara.
Qué bien, dijo, sin mirar.
Quedó bastante parecido, dijo el chico. Perro parece ser un buen perro.
Sí, es un buen perro, contestó el hombre.
Volvieron a quedarse en silencio.
Hace calor, dijo, de pronto, el hombre. Si querés ahora podés meterte, yo ya estoy limpio y el agua también.
El chico lo miró en silencio.
No tengo malla. No la encontré, dijo.
Podés meterte sin nada, como yo, contestó el hombre.
No sé, creo que no me gustaría, dijo el chico.
No tiene nada de malo. Es lindo. Podés meterte en calzoncillos, también.
No quiero, está fría, dijo el chico.
No, no mucho, dijo el hombre. Yo no tengo frío y Perro tampoco tenía frío.
Bueno, me voy, dijo el chico.
El hombre lo miró.
No te vayas, dijo. Alguien tiene que alcanzarme mi malla.
El chico no dijo nada.
Está en la otra orilla, dijo después.
Es cierto, dijo el hombre. Voy a tener que salir así.
Sí, dijo el chico.
Me vas a ver desnudo, dijo el hombre.
Sí, dijo el chico y lo miró fijamente a los ojos.
¿Te gustaría verme desnudo?, dijo el hombre.
Sí, dijo el chico.
El hombre comenzó a levantarse del agua. La piel era más blanca en la pelvis y el agua le lamía el vello oscuro, alisándolo. Tenía el pito parado.
¿Te gusta?, preguntó.
El chico lo miró un minuto completo. Después giró y comenzó a correr a toda velocidad. Solo se detuvo al llegar a la galería.
Cuando se volvió hacia el río, el hombre ya no estaba ahí. En la casa todos dormían.