I
Las noches de los veinticinco de diciembre suelen ser calurosas. Al final de la tarde el tío Abel prepara el cordero. Saca el plástico negro con el que lo han traído del campo. Lo abre por el vientre, lo aplana. Quedan las costillas relucientes y rosadas al aire. Se secan, brillan en el aire. El tío Abel acumula la primera pila de leña en el asador y prende el fuego. Mientras tanto, la nona viaja desde la cocina a la parrilla. Atraviesa la galería. ¿Usted quién es?, pregunta cada vez. ¿Usted qué hace acá?, pregunta cada vez. Fuera, fuera, porcachún, grita.
La nona está enferma.
En su casa festejaremos Navidad.
Es una mujer pequeña y gruesa. Con el tiempo y la vejez, su cara se ha deformado, se corrió la piel, siempre el ceño fue adusto. En una foto que se conserva de su luna de miel, es joven y sonríe. Maciza pero joven. Fue en mil novecientos treinta y siete. Durante una semana durmieron juntos, en un hotel de las sierras, por primera vez. Ambos con la vista fija en el techo. Callados. Una de las tardes de esa semana de viaje de bodas, se hicieron sacar la fotografía en la que ella apenas pasa un brazo por sobre los hombros de su reciente marido y que es la fotografía que se conserva. Están apoyados en una pirca. Detrás hay una agave gigante y un arbolito que parece de ciruelas. Ella era maciza pero joven. Dicen que reía todo el tiempo, igual a como tía Mary, su hija, ríe ahora todo el tiempo. Yo nunca la vi reír: cuando nací, ella ya era vieja.
Tía Isabel tiene una foto de la nona en un portarretrato, en el comedor de su casa. Están ellas dos: tía Isabel y su mamá, mi abuela, abrazadas. Sin embargo, la nona no está cómoda. Apenas si ha accedido a esa foto. Quiere que todo termine, que no la molesten. Tía Isabel sonríe diciendo “no pasa nada”. Es una fotografía de hace algunos años: la nona tiene el pelo gris y revuelto, como si recién se levantara de la cama. Aplastado a los costados y levantado en el centro. Tomaron la foto en alguna ocasión especial: un aniversario, una fiesta, una Navidad.
En los últimos tiempos ella ya no se dejaba peinar.
Algún día le voy a pedir a mi tía Isabel que me regale una copia de esa foto. O que me la preste para hacer una fotocopia color. Como está ahí, así la recuerdo a mi nona Margarita.
II
Mi tía Isabel es la hermana de mi tía Mary. Ellas son las dos únicas hijas de la nona. Después están el tío Néstor y mi papá. El tío Abel es el marido de la tía Mary.
El tío Abel asa el cordero. A veces es lechón en lugar de cordero. A veces lo asa el tío Néstor. Mi primo Lucas siempre fue el encargado de ayudar con esas cosas: le gusta. Mi primo Mauricio también ayuda.
De todas maneras la nona no reconocía a ninguno. A todos nos echaba.
Cuando le explicábamos quiénes éramos, qué hacíamos ahí, por qué le estábamos trastocando la casa, se largaba a llorar y pedía disculpas. Tenía siempre un pañuelito en la mano. Lo guardaba, apretado en un bollo, en la manga de su campera. Se restregaba la cara de una manera muy particular, como queriendo arrancarse una suciedad de años.
El nono José, mientras vivió, controlaba la cocción del cordero sentado en un banco de piedra, debajo de la acacia, frente a la galería. La acacia tenía hojas pequeñas: en otoño amarilleaban y caían de a miles, todos los días. Se barría constantemente, pero las baldosas del patio siempre estaban cubiertas de hojas amarillas, pequeñas. No recuerdo mucho del nono José. Cosas aisladas. Una vez, en una de estas tardes de preparativos, sentado en el banco de piedra, debajo de la acacia, ladeó su cuerpo hacia un costado y se tiró un pedo. Nadie dijo nada. Solo mi hermano, que era el más chico, se rio sin disimulo.
Pelaba ajos, sentado en la punta de la mesa, adentro, en la cocina, mi nono José. Así también lo recuerdo. Los dedos frágiles, las uñas largas y amarillas se incrustaban en la cáscara venosa y blanca de los dientes, que crujían y caían, el ajo libre. Eso debe haber sido en invierno: estaría preparando la Bagna Cauda. O tal vez eran los ajos para el chimichurri del cordero que comeríamos esa Navidad. Tal vez era verano y llovía, o había refrescado de pronto, y eso fue lo que lo obligó a dejar su banco de piedra, debajo de la acacia, y recluirse en el comedor, y sentarse en la punta de la mesa.
Mi nono José no contaba historias.
No era un abuelo que dijera: Yo recuerdo, en el año treinta y tres, cuatro hombres, uno se llamaba Juan But y los otros Julián y Pedro López y otro de quien el nombre nunca se supo, llegaron en un auto con las luces apagadas al campo donde entonces vivíamos y mataron a los tiros a mis dos hermanos, y encerraron a mis hermanas en una pieza y tomaron a mi madre del rodete y la arrastraron por el piso, por sobre los cuerpos de sus hijos, mis hermanos, muertos, pidiendo que les dijera dónde escondían la plata.
No, mi abuelo no lo contaba y podría haberlo hecho, porque todo era cierto. Él escapó corriendo por la tierra arada, atravesó una quinta a oscuras, con una bala en la boca. La noche entera agazapado en el maizal.
No hablaba de eso y de ninguna otra cosa, y cuando hablaba, era en piamontés.
Yo no hablo piamontés.
De su muerte solo recuerdo imágenes como en sueños, lugares, algunos gestos, la ropa que me habían puesto para el entierro. También recuerdo a mi prima Verónica llorando.
Mi nona nunca memorizó la muerte de su esposo, nunca se acostumbró a su falta. En la mitad de la mañana, o cuando anochecía, o cuando estaba sentada en el tapial, notaba la ausencia y caminaba hasta donde nosotros vivíamos, una casa lindera con la suya, para preguntar si José había vuelto del campo.
No, nona, José murió, le respondíamos y ella lloraba bajito, se limpiaba la cara con su pañuelo, apenas sentada en una esquina de la silla.
¿Cuándo?, preguntaba.
Hace tres años, en octubre.
¿Qué voy a hacer yo ahora?, decía.
Eso pasaba tres o cuatro veces a la mañana y tres o cuatro veces a la tarde, cada día.
Después de que el nono murió, alguien cortó la acacia. El sol comenzó a pegar de lleno sobre la galería. Ya no había hojitas amarillas y pequeñas, las baldosas del patio estaban siempre limpias. Se decoloraban al sol.
III
Hay otra fotografía. Cumplían cincuenta años de casados. Durmieron una semana en un hotel de las sierras, en una misma cama, uno junto al otro, sin tocarse. Él no pensaba en eso, pero, en la oscuridad, los rostros de Juan But y Julián y Pedro López volvían a aparecer. Y Margarita, joven y maciza, esperaba quieta. Cuando pasaron tres años de noches así, él se echó sobre ella. Decidió que iba a olvidar. Que hacerlo era necesario. Ahora habían pasado cincuenta años de aquellas siete noches primeras. Son sus bodas de oro, los rodea su familia: dos hijos, dos hijas, nueve nietos. En la mesa, la torta del festejo: de hojaldre, con la cubierta hecha de franjas alternas de azúcar impalpable y cacao. Son las tortas que hacían en la panadería de Smutt. Llegó envuelta en un papel blanco, con dos tiras de cartón cruzadas sobre ella, en un endeble intento de protección.
Una vez que enterró a sus hermanos muertos, debió atender todo él solo. Sus padres se mudaron al pueblo y ya nunca más pisaron la tierra de la cual eran propietarios. Él volvió e hizo un pozo detrás de la casa y a ese pozo llevó las ropas ensangrentadas y las quemó, removiéndolas con una horquilla. No pidió ayuda. Un boyero miraba desde lejos y él no lo llamó. Hizo todo solo. Cambió reses por bañados y por monte y puso su firma en escrituras, y tuvo un tambo, y todos los años añadía más tierra a la propia. Ahora solo quiere su banco de piedra.
Al cordero lo asan a dos brasas. Arriba de la parrilla va un chapón, apoyado en cuatro ladrillos, sobre el que se acomodan más carbones, algunos troncos encendidos. Si con mis primos nos acercamos al asador, mi tío Abel, mi tío Néstor, levantan la chapa y nos muestran la carne en cocción.
Al lado del asador hay un frasco con chimichurri. De tanto en tanto esparcen la salsa sobre el cordero. El chimichurri está hecho con perejil, ajo, ají picante, especias, pimienta, sal. Él ha pelado los ajos, ha picado el perejil, ha aplastado los granos negros de pimienta con el canto de la hoja del cuchillo.
Cuando se clava un cuchillo profundo en la carne, en la paleta, por ejemplo, y ya no sale jugo rojo, es porque el cordero está cocido.
Uno de los hermanos de mi nono había quedado vivo, en el pasillo, tirado. Los asaltantes lo remataron con un cuchillito de desangrar pollos, en el pasillo, tirado.
IV
Mi tía Mary regala a cada uno de sus sobrinos, para sus respectivos cumpleaños, una torta de coco. No es una receta familiar. La aprendió de la televisión. Hace años.
Dicen que mi nona Margarita preparaba unos ravioles exquisitos. Cuando yo la conocí ya no recordaba cómo hacerlos. A veces, si la mujer hosca que la cuidaba se escapaba a fumar un cigarrito, ella, libre del control, fritaba papas y cebollas en una sartén negra. Hacía un enchastre.
En su cocina siempre había olor a aceite quemado y a comida recalentada.
Desde que el nono murió, a ella la sentaban en la punta de la mesa.
¿Cuándo nos vas a hacer los ravioles, nona?, preguntó alguien.
Y ella asintió en silencio. Ya los iba a hacer. Después preguntaba qué hacíamos todos ahí, cuándo nos íbamos a ir, quiénes éramos. Al llegar a los postres, el berrinche era tal que había que levantarse y dejarla.
Vivía sola en esa casa grande. No permitía que nadie la acompañara, o no soportaba a nadie. A pesar de eso, una señora siempre se quedaba a dormir. Ella, entonces, escondía cosas. Guardaba. Pensaba que esa señora, hosca y con olor a tabaco, le robaría.
Paquetes de dulce de membrillo en el cajón de las medias.
Medallitas de lata en la alacena.
Cartas viejas, un diploma, en el botiquín del baño.
Trapos. Remiendos. Trapitos. Por todos lados. Como una pájara que adorna el nido.
Siempre perdía la llave del lavadero, o la de su propia casa. Le atábamos la llave al pañuelo que escondía en la manga.
Una mañana entré a su casa sin hacer ruido. Llamé. ¿Nona? ¿Nona? No respondía. Caminé por el pasillo hasta los dormitorios. Estaba acostada en su cama, tapada, boca arriba. Me acerqué muy despacio: todavía latía.
V
Cuando murió vaciaron la casa. Amontonaron los muebles en el living, cerrados bajo llave. Otros se los llevaron. El banco de piedra del nono José fue a parar al campo de mi tío Néstor. Algunas ventanas quedaron abiertas, para que circulara el aire. En las paredes se podían ver las marcas de los cuadros, las estanterías que habían estado colgadas. Quedaban los clavos.
El viento llenó la casa de tierra. Caminar descalzo por los pisos frescos era pisar el polvo.
Una parienta me acercó un recorte de diario. Se titulaba “El epílogo de un drama”.
Abajo decía: He aquí a los tristemente célebres personajes autores del bárbaro asalto a la chacra de PedroFalco que el 19 de enero último conmovió a todo el país.
Había una fotografía de tres hombres sentados en un banco, contra la pared. De izquierda a derecha, Juan But, Julián López y Pedro López.
Los tres fueron a la cárcel. Uno murió allí. La fotografía es tan vieja que sus caras ya no se distinguen.
La casa se llamaba “La Isabel”. Estaba escrito en bajorrelieve en el frente, sobre la puerta principal. Tal vez le hayan puesto ese nombre en honor al nacimiento de mi tía Isabel. En la galería el viento arremolinaba las hojas secas. Al lado de la entrada, entre la puerta y la casilla del gas, había un gomero gigante. Los yuyos crecían hasta los dos metros en el patio. El gallinero abandonado. Muchos de esos yuyos eran plantas de lechuga amarga, el único cultivo de la quinta en las últimas épocas. Habían crecido guachas, hijas de plantas guachas también. Altas varas con flores azules, lavanda. Margaritas azules: la flor de la lechuga salvaje.
A los nenes que iban a sacar mandarinas de las dos plantas del jardín delantero, a la hora de la siesta, la nona los corría gritando: fóra, fóra, fuin de un fuin, fuinazún. Los corría con un palo, ejercía sus dominios. Ahora las mandarinas se pudren en los árboles. Los chicos del pueblo ya se dieron cuenta de que, en realidad, la planta solo da de las amargas.
Y en esa casa quedaron, de ella, algunos trapitos, retazos manoseados, pelusa en el fondo de los cajones. El papel de diario manchado cubriendo los estantes.
VI
Entonces brindábamos. Entonces nos besábamos. Entonces alguna tía nos pellizcaba los cachetes. Entonces salíamos a tirar cohetes, o a ver cómo mis primos tiraban cohetes. Entonces corríamos y jugábamos al ring raje. Entonces peleábamos. Entonces volvíamos llorando. Entonces nos odiábamos y ya no queríamos volver a esas fiestas y mirábamos los dibujitos y leíamos Mi planta de naranja lima y hacíamos los deberes. Entonces llegaba la nona Margarita y preguntaba por José. ¿José está acá?, preguntaba. Entonces le decíamos que se había muerto, que estaba en el cementerio, que se dejara de joder. El nono se murió, está en el cementerio, dejate de joder, le decíamos. Entonces ella nos confundía y nos llamaba por el nombre que habían tenido sus primos, o sus hermanos, o sus padres. Juan, nos llamaba, o Lorenzo, o Alfonso, nos llamaba.
Entonces mi nona era una niña pequeña que lloraba, perdida.
VII
Tía Mary me contó esto: Mi papá nunca hablaba de lo que había pasado. De eso no se hablaba en mi casa. Pero cuando llegaban los diecinueve de enero, nos encerraba a todos en el dormitorio del fondo, a rezar el rosario. Pedía por los hermanos y porque nunca tuviéramos que pasar por lo que él había pasado.
Los misterios dolorosos. Un padrenuestro, diez avemarías y otro padrenuestro. Así, cinco veces. Al final un credo, un dios te salve reina y madre, tres avemarías más y otro padrenuestro. Rezaba el rosario y, delante de sus hijos, dos varones y dos mujeres que tenían su apellido, mi nono José lloraba. Mi tía Mary me lo contó.
Entonces mi nono era un niño pequeño que lloraba, perdido.
Entonces alzamos las copas y decimos: Feliz Navidad.