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eva gil soriano

una razón para vivir

La noche anterior había nevado y el frío calaba hasta los huesos. El cielo estaba grisáceo y la humedad se respiraba en el ambiente. Se acomodó la bufanda alrededor del cuello y caminó hacía la verja que daba acceso a la cárcel, había recibido una llamada, un preso recuperaba la libertad en una semana y ella como voluntaria, se dedicaba a buscarles un trabajo, una casa o cualquier cosa que necesitasen al salir de prisión.
La mayoría no contaba con la ayuda de la familia, pues les habían dado la espalda y poder reinsertar a esas personas en la sociedad la hacía sentirse plena.
Solo puso una condición al rector de la prisión cuando empezó su voluntariado, no quería el contacto con violadores, maltratadores ni asesinos. Ella no era nadie para juzgar, pero le indignaba que personas con esos delitos, campasen a sus anchas por la sociedad. Tenía entendido que muchos de ellos eran reincidentes y ya que era voluntaria, elegiría a quién ayudar.
—Hola Lourdes, te está esperando en la sala de visitas.
—Gracias Pedro —sonrió al policía que la dejaba pasar siempre que lo deseaba.
Hacía ya casi un año que entraba y salía de esa prisión, donde visitaba a los reclusos y ayudaba a los que estaban por salir. Se había hecho amiga de casi todos los guardias y estos la trataban con cariño.
Anduvo con pasos cortos y tranquilos por el corredor hasta llegar a una sala con mesas y sillas alineadas. La estancia era muy fría pero ya estaba acostumbrada a ella y no le afectaba más de lo necesario.
Sentado en el lugar más alejado lo vio.
—Está desesperado, hace rato que está aquí —le informó el policía que estaba de guardia en aquella sala.
—Me costó convencer a mi madre para que me dejase venir, todavía no se acostumbra a que haga esto.
—Si necesitas ayuda, avísame.
—No te preocupes, Juan, gracias.
Lourdes se acercó a largas zancadas al hombre que la esperaba. Llevaba barba de varios días y el pelo descuidado y ensortijado tras las orejas. Su mirada era dura y la línea recta de sus labios le indicó que estaba de muy mal humor.
—Hola, soy Lourdes y tú debes de ser Gonzalo Fernández.
Sin esperar a que le contestara, tomó asiento frente a él y sacó una carpeta llena de papeles.
—Sí.
—Verá, estoy aquí porque en unos días saldrá libre y le he buscado una casa con un alquiler muy asequible. Encontrarle un trabajo es más complicado, pero no se preocupe porque tengo varias cosas vistas…
—Espere un momento.
—¿Sí? —dijo ella con una sonrisa radiante que dejó a Gonzalo muy confuso.
—No necesito la ayuda de nadie.
—Todos necesitamos ayuda y los guardias me dijeron que no cuentas con el apoyo de tu familia.
—¿Me has investigado?
—Por supuesto, no ayudo a presidiarios sin antes estudiarlos.
—Y he sido el afortunado —comentó con ironía.
—Entiendo su actitud.
—Tú no entiendes ni una mierda.
—Se equivoca, llevo un año ayudando a gente como usted y he oído todos sus testimonios. La vida nos pone a prueba y, al ser humanos, cometemos errores…
—¡Basta! —bramó él impidiendo que siguiera con su perorata.
Gonzalo se había fijado en ella cuando entró. Vestía de forma pija y hablaba como tal. No tenía la menor duda de que esa chica no era más que una niña de papá que aliviaba su conciencia repartiendo caridad.
Gonzalo se puso en pie casi de un salto y Juan corrió hasta ellos por si se le ocurría lastimar a Lourdes.
—Vuelve a sentarte —le ordenó el guardia colocando sus manos en los hombros.
Este obedeció y se quedó mirando a esa chica que ni se había inmutado al levantarse, había creído que la asustaría, pero se había equivocado.
—¿Qué sabrá una niña como tú de la vida y las lecciones que te da?
Advirtió como el semblante de ella se entristeció de repente. Sus ojos grises dejaron de brillar y las mejillas perdieron su color sonrosado.
Rápidamente, Lourdes recompuso su rostro y sus labios volvieron a dibujar una sonrisa. Sin embargo, esta no llegó hasta sus ojos.
—Vendré a recogerle el día diez. —Le pasó unos cuantos papeles—. Ahí podrá ver la casa que le he conseguido, si no le gusta, le buscaré otra, no se preocupe por eso. También me gustaría que rellenase el cuestionario que le he pasado, así me será más fácil buscarle un trabajo.
—¿No has escuchado nada de lo que te he dicho? —preguntó atónito.
—Yo siempre escucho, es usted el que no me ha oído —volvió a sonreír dulcificando su rostro—. Le dije que entiendo su actitud, así es que no se lo tengo en cuenta.
Gonzalo a punto estuvo de reír, esa chica había ignorado sus palabras y seguía erre que erre con lo de la casa y demás. ¿Acaso no le tenía miedo? Estaba claro que no, además, le había dicho que ayudaba a otros presos como él. ¿Nadie le había dicho a esa mujer que lo que hacía era muy peligroso? Estaba loca, no encontraba otra explicación a su actitud.
Observó cómo se levantó y fue hasta la salida moviendo sus femeninas caderas al caminar. No pudo evitar pensar en la última vez que estuvo con una mujer, fue con su prometida dos días antes del fatal suceso que lo llevó a prisión y le hizo perder todo cuánto tenía: trabajo, familia, amigos, novia…
El guardia la trataba con un cariño fraternal que jamás habría imaginado en aquel hombre de semblante serio y taciturno.
Justo antes de cruzar la puerta, se volvió.
—Nos vemos en unos días, cuídese. —Y se marchó dejando a un Gonzalo boquiabierto.
¿Estaba soñando o esa chica era real? Lo que le acababa de suceder le parecía algo surrealista porque ya se había hecho a la idea de que a partir del día diez estaría solo, completamente solo.
El gran día llegó y Gonzalo comprobó que aquella mujer le había dejado ropa para abandonar la cárcel. Un vaquero oscuro y una camisa, él jamás se ponía camisas, pero era ropa limpia y nueva, así que accedió ponérsela. Después recogió todos sus enseres, firmó los papeles y salió a la libertad, a la vida que lo esperaba.
—¡Estoy aquí! —saludó Lourdes con la mano a varios metros de distancia.
Gonzalo la vio de inmediato, se encontraba apoyada en un coche de alta gama. Ya que nadie había ido a recogerle solo tenía dos opciones, o llamar a un taxi o ver qué tenía esa chica pensado para él. Optó por lo último y se acercó a ella.
—Qué.
—Suba, le llevaré a su nueva casa.
—¿Vas a subir a un desconocido en tu coche?
—Olvida que he estudiado su historial.
—¿Y qué piensas? ¿Qué soy inocente? ¿Qué me encarcelaron injustamente? —preguntó con tono sarcástico.
—Claro que no.
—Dejé a un hombre paralítico de una paliza. ¿Quién te asegura que no voy a hacer lo mismo contigo?
Dichas estas palabras, se acercó a ella hasta que solo unos centímetros les separaban y torció la boca formando una mueca cargada de ironía.
Ella tragó saliva un tanto nerviosa, pero no se acobardó. Si pretendía asustarla para que se fuera, estaba muy equivocado.
—Sí, dejaste a un hombre paralítico por defender a una mujer que estaba siendo agredida en una discoteca. —Lourdes dejó a un lado su tono formal y lo tuteó—. Y no le pegaste hasta dejarlo así porque te ensañaras sino porque tú también recibiste una buena paliza, por la cual tienes una discapacidad del veinte por ciento en tu brazo izquierdo. Te operaron dos veces y pasaste varios meses en el hospital.
La historia de lo que le pasó contado por esa chica parecía distinta, distinta a lo que el fiscal dijo en el juicio, a lo que la gente comenzó a decir de él. Su novia estuvo presente en la pelea y no dejaron de discutir después de eso, Alicia no entendía por qué tuvo que intervenir y arruinar sus vidas. Así que un buen día, cuando todavía estaba en el hospital, lo abandonó.
—Dejé a un hombre paralítico, qué importa el motivo.
—Sí importa, y fue durante la pelea, se cayó y se golpeó en la cabeza. Podría haberte pasado a ti.
—Además, he pasado tres años en la cárcel, conviviendo con hombres de todo tipo, deberías temerme.
—Defendiste a una mujer con todas sus consecuencias y en tu historial de prisión se puede leer que tu comportamiento ha sido ejemplar. —Tras decir esto, le dejó ver su sonrisa.
Gonzalo se apartó de inmediato de ella. No podía ser, esa mujer seguía queriendo ayudarlo. Tenía una sonrisa dulce, acogedora y sus ojos grises mantenían un brillo que no había conocido en ninguna chica, ni siquiera en la que fue su prometida.
—No justifiques lo que pasó.
—No lo justifico, solo te digo que lo entiendo. —Tras unos segundos de silencio, añadió—: Vamos sube.
Lourdes condujo hasta la ciudad y se adentró por las calles hasta llegar a un barrio modesto. Aparcó a una calle del edificio al que iban, caminaron sin hablar hasta llegar al portal, subieron y Lourdes abrió la puerta para luego entregarle las llaves a él.
—El contrato aún no está firmado, está sobre la mesa del salón. Lo he arreglado todo con la casera para que te puedas quedar ya en él.
—¿Y el dinero?
—Tendrás que ir mañana a sacar dinero del banco, sé que no tienes mucho, pero te dará hasta que encuentres un trabajo. Por la tarde vendrá la casera para recoger el contrato y cobrar el alquiler.
—¿Sabes cuánto dinero tengo en mi cuenta?
—Era necesario, para saber si te podías permitir el piso.
Gonzalo no sabía cómo sentirse, si humillado, ultrajado o agradecido. Qué más daba que esa mujer supiera que estaba sin blanca. Ahora que lo había dejado instalado en esa casa, desaparecería de su vida.
Lourdes lo observaba sin perder detalle, al parecer la casa le gustaba, pero se había sentido mal al saber que ella había indagado en sus cuentas. Sabía que el tema del dinero era muy delicado para muchas personas, pero no había tenido otra opción.
Como el hombre seguía mudo, ella siguió hablando.
—¿Has rellenado el cuestionario que te di?
—Sí —contestó de forma seca y lo dejó sobre la mesa.
—Como no tienes comida en la nevera, te invito a comer y me explicas las respuestas.
—Gracias, pero ya me las apañaré.
—Vamos, no seas así —le sonrió y le tocó el brazo con ternura.
El rostro de él cambió y paso de serio a muy enfadado.
—¿La caridad te hace sentir bien? ¿Crees que necesito que me trates como a un niño? No eres más que una niña de papá que, al parecer, se aburre mucho en casa.
Aquellas palabras sí la afectaron, ninguno de los presos a los que había ayudado la habían tratado así. Normalmente les costaba abrirse a ella, pero solía conseguirlo, sin embargo, con este hombre no sabía cómo acertar y sus acusaciones le dolieron mucho.
Era cierto que se aburría en casa, ojalá pudiese trabajar, pero no podía. Y sus estudios los había tenido que abandonar tantas veces que no se sentía con ánimos de retomarlos, al menos por el momento. Poder ayudar a esas personas la hacía sentirse útil y no una carga para la sociedad.
Sin darse cuenta, en sus ojos comenzaron a aparecer las lágrimas.
—Siento mucho que hayas pensado que te he tratado como a un niño. Lejos estaba de mi intención.
Dio media vuelta y se marchó, no sin antes coger el cuestionario que Gonzalo había dejado sobre la mesa.
Él pudo advertir sus ojos acuosos y cómo, aun después de haberla tratado mal, había cogido aquellos papeles para buscarle un trabajo. ¿Desde cuándo se había convertido en un desgraciado que hacía llorar a las mujeres? Esa chica, fuese por el motivo que fuera, era la única que le estaba echando una mano y se había comportado como un imbécil.
—¡Lourdes, espera! —gritó mientras fue tras ella.
La chica paró en seco, era la primera vez que se dirigía a ella por su nombre. Se llevó las manos hasta los ojos y se limpió las lágrimas antes de girarse.
Ella mantuvo la cabeza baja porque no quería que viese que había llorado. Que le habían dolido sus palabras. Sus padres siempre la trataban como si fuera de porcelana, pero no lo era, ella era fuerte.
—Lo siento, Lourdes. —Al escuchar la disculpa, ella alzó la mirada hacia él—. Estos años de prisión me han hecho olvidar algunas reglas de comportamiento.
—Ya te he dicho muchas veces que entiendo que seas así.
—Pero eso no me exhuma de culpa. Y… gracias por lo que has hecho y estás haciendo por mí.
—Entonces ¿vienes a comer?
Esa chica no se rendía nunca. Gonzalo aceptó la invitación y se rio de verdad por primera vez en años.
Aquella fue la primera de muchas veces que quedaron para comer e incluso para cenar. El día de Navidad, Lourdes logró escabullirse para pasar un rato con Gonzalo y no dejarle solo un día tan especial. El motivo siempre era encontrarle un trabajo, cosa que le estaba resultando bastante complicado. Haber dejado a un hombre paralítico no era un buen currículum.
Con cada una de sus salidas se iban conociendo un poco más. Él pudo darse cuenta de que Lourdes era muy cuidadosa con su dieta, debía de ser algo normal entre la gente de clase alta, pensó sin darle importancia.
Le gustó que el día de Nochevieja también quisiera pasar un rato con él. Esa chica tenía algo muy especial, era como si vivir cada instante fuera un regalo.
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Habían pasado varias semanas y no había forma de encontrar un puesto para Gonzalo. Así que, armándose de valor, entró en el salón donde sus progenitores veían las noticias sentados en un cómodo sofá.
—Papá, tengo que pedirte algo.
—¿Qué necesita mi niña?
No le gustaba que la llamara así, pero ya que quería que le hiciera un favor muy importante, no protestaría.
—Necesito que le des trabajo a Gonzalo.
—¿Gonzalo? ¿No será ese presidiario?
—No lo llames así.
—Lourdes —intervino su madre—. Me he enterado de que estás pasando mucho tiempo con ese hombre y ahora le pides a tu padre un trabajo para él. ¿Qué significa?
—Significa que no encuentro nada y en una semana tiene que pagar el alquiler. Lo necesita.
—¿Qué tanto tiempo pasas con él? —preguntó su padre claramente preocupado.
—Lorena y Claudia me han dicho que la han visto varias veces en el restaurante con ese hombre —explicó su madre.
—¡Te has liado con un presidiario! —bramó su padre saltando del sofá.
—¡No! Mamá no hagas caso a esas cotillas de Claudia y Lorena. Le he invitado a comer porque está falto de dinero y teníamos que hablar sobre su trabajo.
—Hija, creo que ese hombre se quiere aprovechar de ti.
—No, papa, te equivocas.
—Lourdes, acaba de salir de la cárcel, no tiene nada ni a nadie y se encuentra por el camino a una niña inocente, vulnerable y rica como tú. Eres una golosina para él.
—No soy vulnerable y Gonzalo no es así. Si quieres saber cómo es dale un trabajo y conócelo.
—Está bien, tráele a mi oficina mañana a las nueve.
—Gracias, papá. Allí estaremos.
Lourdes salió corriendo del salón antes de que su padre se arrepintiera o fuera consciente de que había accedido. Estaba segura de que cuando conociera a Gonzalo cambiaría de opinión.
Todo este tiempo que había pasado con él, la había hecho descubrir a un hombre sensible, tierno, risueño y con ganas de volver a disfrutar de la vida.
Le gustaban sus ojos negros, su cabello ensortijado, que se había cortado un poco por consejo de ella. Le gustaba su risa sincera y su forma de tratarla, como una chica fuerte y sana.
La mañana llegó rápidamente y casi sin darse cuenta, Gonzalo se encontraba ante la puerta de la oficina del padre de Lourdes. Estaba muy nervioso, más que en cualquier otra entrevista a la que había asistido. Era por ser quién era. No quería decepcionar a ese hombre que, al igual que su hija, iba a confiar en él.
La puerta estaba entreabierta, Lourdes la empujó ligeramente y ambos entraron en la oficina.
—Papá, este es Gonzalo. Gonzalo, mi padre, Francisco.
—Encantado, señor —dijo Gonzalo alargando su mano y estrechándola con la de Francisco.
—Lourdes, sal. Quiero hablar a solas con este hombre.
—Papá…
—Que salgas.
Esto le olía muy mal y no quería dejar a Gonzalo en manos de un padre hostil.
—Vete, me las apañaré —susurró él al tiempo que le guiñaba un ojo.
Lourdes asintió con la cabeza y no muy convencida se marchó. Cerró la puerta al salir, pero permaneció junto a ella para ver si conseguía captar algo de la conversación.
—¿Qué intenciones tienes con mi hija?
—¿Perdón? —preguntó confuso.
—No te hagas el tonto. Sé que has estado saliendo con ella.
—No es lo que usted se piensa, me está ayudando a conseguir trabajo.
—Acabas de salir de la cárcel y te encuentras a una niña rica, inocente y enferma que trata de ayudarte. ¿Pretendes que me crea que no tienes otras intenciones?
—¿Enferma? ¿Lourdes está enferma?
Francisco pudo ver la reacción de sorpresa de aquel hombre y como su rostro se transformaba en espanto. Puede que se hubiera equivocado un poco con él, pensó sorprendido.
Lourdes, que lo había escuchado, entró como un vendaval en la oficina.
—¡Papá! Solo ibas a darle trabajo —le reprochó indignada.
Gonzalo se giró y en dos pasos fue hasta ella, la tomó por los hombros y la miró directamente a los ojos.
—¿Estás enferma? ¿Qué tienes? ¿Te encuentras bien?
Ella se zafó de su agarré y echó a correr. Salió al frío de la calle sin los guantes ni la bufanda. Las lágrimas cortaban su piel allá por donde pasaban. Siguió corriendo sin apenas sentir el frío cuando, de pronto, un mareo le sobrevino y todo se volvió negro.
Al abrir los ojos, descubrió que estaba en una cama de hospital, sus padres corrieron a su lado.
—Hija ¿cómo estás? —preguntó su madre aliviada de verla despierta.
—Estoy bien, solo ha sido un mareo.
—Eso nos ha dicho tu médico, pero estábamos tan preocupados.
Ella revisó la habitación, buscando en cada rincón sin encontrar a nadie más.
—Está en el pasillo —comentó su padre sabiendo a quién buscaba—. Le dije que ya había conseguido trabajo, que podía marcharse a su casa, pero no ha querido.
—Papá…
—Le diré que entre.
Tomó de la mano a su mujer y salieron de la habitación. En cuestión de segundos la puerta se volvió a abrir y un Gonzalo con ojos desencajados corrió hasta ella.
—Me has dado un susto de muerte.
—Lo siento.
—¿Qué es lo que tienes? ¡Dímelo!
—Estoy enferma desde los doce años, por culpa de eso he ido siempre muy retrasada en los estudios, nunca he trabajado y tenías razón cuando me acusaste de que me aburría mucho.
—No debiste hacerme ni caso. —Le tomó la mano y se la llevó a los labios donde depositó un beso—. Por favor, dime qué tienes o me dará un infarto.
—Leucemia.
El corazón de Gonzalo dejó de latir por un instante. Eso era grave, muy grave. Recordó todo lo que le dijo cuándo la conoció, había sido un verdadero idiota. Hacía poco más de un mes que conocía a Lourdes y no la quería perder, no podía perderla, la vida no podía estar haciéndole esto.
—Y… ¿cómo vas? —preguntó con temor.
—Me hicieron un trasplante de médula el año pasado, por el momento parece que va bien. Tengo que seguir con la medicación y las revisiones.
Gonzalo soltó el aire que había estado reteniendo, se sentó sobre la cama, bajó su cabeza y fue a besarla en los labios, pero ella apartó la cara.
—No quiero tu lástima.
—No es lástima, es que me asusté mucho cuando te vi tirada sobre la nieve y cuando me has dicho que tienes leucemia, pensé que ahora que te había encontrado podía perderte.
—¿De verdad?
—Poco a poco te has ido metiendo muy dentro de mí.
—Gonzalo, yo te quiero, no sé cómo ha pasado, pero ha pasado. ¿Vas a querer estar con una pobre enferma?
—Tú no eres una pobre enferma, eres una mujer fuerte, valiente, resuelta. Una mujer que no se acobarda ante nada. Me has enseñado mucho durante todo este tiempo y ahora me has dado una lección.
Entonces, Gonzalo volvió a bajar su cabeza y esta vez sí besó los tiernos labios de Lourdes. Ella enredó sus dedos en el pelo ensortijado de él y se dejó llevar por la dulzura y la pasión de aquel beso. Su vida cobraba sentido de nuevo y desde ese momento, más que nunca, lucharía por estar bien, ser feliz y hacer feliz a ese hombre.