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eva gil soriano

una llamada en la distancia

Hacía mes y medio que había desaparecido y por fin el detective que contrató había dado resultados. Fue entonces que se montó en el primer avión que volaba hacia Bangkok con muy poca ropa en su maleta de mano. Las doce horas y media de vuelo se le hicieron eternas. El vicio de morderse las uñas, que dejó años atrás, regresó a ella con violencia.
Cuando al fin llegó a la capital tailandesa, el detective la esperaba para mostrarle lo que había descubierto.
—Me alegro de que haya llegado tan rápidamente, señora Cristina.
—Hola Detective Hurtado. Me dijo que era urgente, que tiene noticias de mi marido.
—Todavía no es seguro que sea su marido, no me han dejado verle, solo se permiten familiares, por eso le pedí que viniera y se trajera papeles.
—¿Dónde está?
—Tardé bastante en encontrarle porque, al parecer, tras sufrir un robo, le golpearon en la cabeza y nadie le llevó a un hospital. Al despertar en mitad de un callejón se volvió loco, llamaron a un psiquiátrico y allí está.
—¿Qué se volvió loco? Ese no puede ser él. Es un hombre sereno y racional, no perdería el control.
—Es español, coincide con los rasgos físicos y con la fecha de la desaparición.
—Pero no puede ser él.
—Señora, rece para que ese hombre sí sea su marido, porque pasados más de un mes en este país, no hay probabilidades de encontrarle con vida. Esta es su única esperanza.
El detective tenía razón, tenía que ser él, si no, no habría esperanza. Quizá había sido un malentendido. Sí, seguro que era eso.
—Lléveme hasta allí.
Tardaron casi una hora en llegar al hospital psiquiátrico donde supuestamente habían internado a su marido. Durante todo el camino estuvo rogando a Dios para que fuera él y estuviese bien.
Lo primero que hicieron al entrar fue hablar con el médico encargado del paciente en cuestión.
—Ni siquiera nos pudo dar su nombre —informó el médico—. Exige y grita todos los días, pero como comprenderá no podemos dejarle ir en ese estado.
—¿Por qué no avisaron a la embajada? Constaba que mi marido vino en un viaje de negocios y desapareció.
—Señora, hay que hacer trámites y todo eso lleva su tiempo.
—Son ustedes unos…
—Tranquilícese —susurró el detective impidiendo que continuase hablando—. No nos conviene discutir ahora o tal vez nos pongan impedimentos para sacarle.
—Ahora lo más importante es que usted identifique al paciente —continuó el médico.
Ambos le siguieron hasta una sala oscura con un cristal que daba a una habitación acolchada. En una de las esquinas pudo ver a un hombre acuclillado y vestido de blanco tapándose la cara con las manos. En un momento dado las apartó y dejó ver su rostro.
—¡Gustavo!
—¿Es su marido, señora? —preguntó el médico.
—¡Sí! ¡Sáquenlo de ahí!
—Tendrá que enseñarme documentos que lo prueben.
Cristina abrió su bolso y sacó el carnet de conducir de Gustavo y el Libro de familia donde probaba que estaban casados.
—Ahora deje salir a mi marido de inmediato.
Tardaron una hora más en tener listos los trámites para la salida del paciente con un familiar que se hacía responsable. Cristina les entregó ropa que había traído para él por si la necesitaba. Tenía los nervios de punta solo de pensar en cómo habrían tratado en aquel lugar a su compañero de vida. Lo desesperado que debía de estar ahí, encerrado. Deseaba estrecharlo entre sus brazos y recuperar las semanas que habían estado separados.
—Aquí lo tienen.
Gustavo llevaba una barba de varios días y el pelo muy descuidado. Tenía grandes ojeras y se notaba bastante más delgado. Lágrimas de alivio escaparon de los ojos de Cristina que, sin decir palabra avanzó y abrazó a su esposo.
—¿Me conoces? —preguntó él, atónito por el comportamiento de aquella mujer.
—Gustavo, ¿no me recuerdas? —dijo separándose de él y mirándole a los ojos. Su marido ni siquiera la recordaba, ahora entendía por qué estaba allí y por qué no dio señales de vida.
—¿Me llamo Gustavo?
—Sí, he venido para llevarte a casa.
—¿De veras? ¿Me puedo ir? ¿Me van a dejar salir? —Todavía no podía creer que al fin pudiese escapar de ese lugar que lo estaba volviendo loco, literalmente. Que no recordara quién era no significaba que hubiera perdido la cabeza por completo.
Necesitaba regresar a Madrid y recuperar su identidad. No podía recordar nada, pero sabía que allí encontraría las respuestas, pero los médicos nunca lo dejaron marchar. Ahora las encontraría. Al parecer esa mujer le conocía, había ido a buscarle. ¿Sería de su familia? Era una preciosidad ahora que se fijaba bien. Tenía los ojos muy rojos, probablemente de haber estado llorando. ¿Habría sido por él?
—Sí, me llamo Cristina y soy… —No se atrevió a decir «tu mujer» porque le vio al borde de una crisis de ansiedad. Si había perdido la memoria lo mejor sería darle la información poco a poco para que pudiera ir asimilándola—. Vendrás conmigo.
—Quiero ir a Madrid, que no recuerde quién soy no significa que no sepa lo que quiero.
¡Vaya! Su carácter no lo había perdido, pensó sonriendo. Era su Gustavo, de quién se había enamorado perdidamente años atrás.
—Tranquilo, vamos a Madrid. ¿Por qué estás angustiado?
—No estoy seguro, solo sé que debo ir. Es como si alguien, me llamara en la distancia, pero no sé quién es. Creo que podría ser alguien a quien amaba.
La única persona que tenía en esa ciudad era ella, pensó Cristina. ¡Dios mío! ¿Era posible que aun habiendo perdido la memoria tratara de volver hasta ella? Aquellas palabras la conmovieron sobremanera.
Se despidieron del detective que les dejó en el hotel para pasar la noche, al día siguiente tendría que ir a la embajada y gestionar la salida de Gustavo puesto que le habían robado el pasaporte.
En recepción Cristina pidió que cambiaran su habitación por una doble.
—¿No sería mejor dos habitaciones? —sugirió él. Dormir con una mujer que no conocía le parecía un poco extraño y fuera de lugar.
—Ni hablar, no pienso perderte de vista. Llevo buscándote más de un mes.
—De acuerdo. —Ante aquellas palabras, no pudo objetar nada.
Subieron hasta la habitación, Gustavo se sentía un poco cohibido ya que esa mujer le llevaba ventaja. Se sentó en una de las camas y ella lo hizo a su lado.
—Te traje un pijama por si quieres darte una ducha y estar más cómodo.
—Me vendrá bien.
En diez minutos, ya se sentía un hombre nuevo. Ahora solo necesitaba recuperar su pasado. Salió del cuarto de baño y se sentó en una silla situada junto a la ventana.
—¿Te sientes bien? —preguntó acercándose a él.
—Quiero que me cuentes cosas sobre mi vida.
—Bien, trabajas en una exportadora de diversos productos de alimentación. Naciste en Toledo, pero por trabajo te mudaste a Madrid donde nos conocimos.
—¿Hace mucho que nos conocemos?
—Varios años. —Cómo decirle que llevaban dos años casados más otros dos que fueron novios.
Gustavo se quedó callado, necesitaba guardar en su mente cada detalle que le contaran de su vida.
Cristina al verle pensativo, decidió darle un poco de tiempo. Así que fue hasta el cuarto de baño, ella también necesitaba una ducha.
No tardó en salir, se colocó un camisón de raso plateado que le cubría hasta la rodilla y se acercó hasta su marido que seguía en el mismo sitio.
Gustavo, al verla con esa prenda, perdió el hilo de sus pensamientos. Si antes le había parecido preciosa ahora la veía como una diosa griega. Empezó a sentir algo muy hondo por esa mujer, un sentimiento que no podía explicar pero que estaba ahí presionando en su pecho. ¿Por qué estaba sintiendo aquello si él anhelaba encontrar a un amor en Madrid? ¿Qué significaba todo esto?
—¿Quieres que pidamos algo para cenar? —sugirió Cristina.
—Eh… Cristina, necesito saber algo más.
—Dime.
—¿Conoces a esa persona que yo necesito encontrar en Madrid?
—Sí. —Decidió que era el momento de contárselo.
—¿Quién es?
—Tu esposa.
—¿Estoy casado? —preguntó boquiabierto.
—Sí.
—¿Tengo hijos?
—Todavía no.
Mientras asimilaba la nueva información vio como Cristina se agachaba y dejaba ver parte de su pecho turgente por el escote del camisón. Anhelaba a esa mujer desde que la vio. Pero, ¿por qué si estaba casado? No podía dormir con ella, sería una tentación demasiado grande y él no estaba dispuesto a ser infiel a la esposa que no conocía.
—No deberíamos dormir en la misma habitación —soltó enojado consigo mismo.
—¿Por qué no? Es lo correcto.
—¿Lo correcto? ¡Si me acabas de decir que estoy casado!
Ella se echó a reír, iba a tener que decírselo ya o su pobre marido viviría en un tormento.
—Sí, estás casado. —Hizo una pausa—. Estás casado conmigo.
Los ojos de Gustavo se quedaron como platos. ¿El amor que deseaba encontrar era Cristina? Entonces, el deseo que sentía por ella era de lo más normal, ahora lo entendía todo. El viaje tan largo que había hecho solo para buscarle, la preocupación que sentía por él y esa forma en que lo miraba.
Se quedó largo rato observándola y de pronto, todos los recuerdos volvieron a su mente, arrollándolo. Pudo recordar el día en que la conoció, cuando comenzaron su relación, los sueños que habían hilado juntos, sueños de formar una familia, de ser felices para siempre.
—¿Te encuentras bien? ¿Has oído lo que acabo de decirte?
—¡Cristina! Mi amor, cómo te he echado de menos. —Se levantó de la silla, fue hasta ella y la agarró fuertemente por la cintura.
—Gustavo… —susurró.
—Ahora lo recuerdo todo, mi amor. —Y la besó hasta casi perder el sentido—. Gracias por no haber desistido hasta encontrarme. Gracias.
—No tienes que dármelas, te amo. —Y siguieron besándose, acariciándose—. ¿De verdad has recuperado la memoria?
—Por supuesto, me llegó de golpe en cuanto me dijiste que eras mi mujer.
Gustavo tomó el bajo del camisón y tirando hacia arriba se lo sacó por la cabeza. La tomó en brazos y la llevó hasta la cama. Se incorporó y se quitó toda la ropa para caer sobre Cristina. Lamió los pechos blancos de ella al tiempo que acariciaba su intimidad con los dedos. Estaba mojada, muy mojada y lista para él. Con el deseo palpitando entre sus piernas, se colocó entre sus caderas y la penetró con ímpetu. Cristina clavó las uñas en sus hombros y lo atrajo hacia él para sentirlo más profundamente. Marido y mujer hicieron el amor hasta casi llegar el amanecer.
Gustavo daba gracias a Dios por la fortaleza de la mujer que había destinado para él. Mientras, ella también agradecía por haberse podido reunir con el amor de su vida.