PAIS RELATO

Libros de eva gil soriano

Autores

eva gil soriano

susurro al corazón

El nuevo capataz de la hacienda la estaba volviendo loca, hacía cuanto le daba la gana y no respetaba sus órdenes. ¿Acaso no era ella la dueña? Pues no lo parecía porque él mandaba a los trabajadores que preferían obedecerle antes que a ella. ¿Qué se había creído?
Cierto era que no sabía mucho de caballos, solo montarlos, sin embargo, había heredado el cortijo de su padre. A pesar de haberse criado allí, se marchó siendo adolescente para poder hacer una carrera de empresariales. Hacía unos meses que su padre se jubiló y cuando le habló de vender el cortijo, no pudo dejar que lo hiciera. Demasiados recuerdos llenaban cada rincón de ese lugar. Había sido tan feliz allí. Así que se lo quedó mientras sus padres se mudaron a la ciudad para salir de cenas, teatro, cine… El capataz que había estado toda la vida bajo las órdenes de su padre también se jubiló con él. Así que le aconsejaron contratar a uno con mucha experiencia para que la ayudara con el cortijo. Su padre fue quien le recomendó contratar a David, sin embargo, se estaba convirtiendo en un problema.
Decidida a poner fin a aquellos desplantes, se dirigió a los establos. Sus fuertes zancadas enfundadas en unas botas de caña alta levantaban el polvo. A cada paso que daba su furia aumentaba.
La leve oscuridad de las cuadras, agrandó sus pupilas al entrar. El olor a heno y paja llegó hasta su olfato, le gustaba, adoraba los caballos y todo lo que venía de ellos. Su padre la había enseñado a amarlos y ahora que ella era la dueña no pensaba dejar morir su hogar y tampoco que nadie se lo apropiara, como era el caso de este hombre.
Se adentró en el lugar dispuesta a poner los puntos sobres las íes, entonces escuchó una voz susurrante. No entendió lo que decía, pero la conocía muy bien, era de él.
Siguió caminando hasta descubrir a su capataz acariciando a su yegua favorita.
Llevaba un pantalón vaquero muy desgastado y una camisa a cuadros rojos y negros desabrochada dejando ver la piel morena de sus abdominales bien curtidos.
Iba a dar un paso más y darse a conocer cuando entendió al fin lo que decía. Vanesa se quedó petrificada.
—Tranquila preciosa. Voy a cuidarte mejor que nadie. Tu dueña es muy exigente y le tengo que demostrar que soy su mejor hombre para que me permita quedarme aquí. Estoy cansado de no encontrar un hogar.
El relincho de otro caballo hizo que David girara la cabeza en dirección a su jefa. Las mejillas de Vanesa se enrojecieron al verse descubierta, aunque se recuperó rápidamente. Comenzó a dar pasos hacia él, esta vez algo más vacilantes.
—Me ha escuchado ¿verdad?
—Eh… Sí.
—Verá, señorita, sé que estoy haciendo las cosas a mi manera y a veces no le gustan. Es por el bien de este cortijo. Tengo experiencia suficiente y me gustaría que confiara en mí.
—En fin… Iba a echarte la bronca del siglo, pero me has cortado el rollo.
David se rio sin esperarlo en un momento como ese. Vanesa era una mujer decidida, con las cosas muy claras. Lo impresionó el día que la conoció ya que no era habitual encontrar mujeres a cargo de yeguadas. No obstante, se dio cuenta de inmediato que necesitaba mucha ayuda porque tenía poca idea al respecto. Su determinación lo cautivó y decidió que se quedaría allí y la ayudaría a sacar adelante aquel lugar. Se volvería imprescindible para ella y al fin podría quedarse en un mismo sitio. Estaba cansado de dar tumbos de un lado a otro.
—Pues no se corte.
—Ya me has cortado. —Suspiró resignada y decidió decirle algo para intentar llevarse mejor—. Podrías avisarme de los cambios drásticos que vayas a hacer. Consultarme cuando contradigas mis órdenes y… ¿Por qué no tienes un hogar?
Oh, mierda, pensó ella. Se le había colado esa última pregunta, pero es que desde que lo había escuchado susurrarle a la yegua no había podido quitárselo de la cabeza. Creyó que David era un hombre prepotente y arrogante que no estaba acostumbrado a acatar órdenes, sin embargo, había estado equivocada. Era cierto que su actitud era arrogante, pero no para hacerse el macho. Quería ayudarla, quería quedarse allí.
—Recordaré avisarla, señorita. Y sobre su pregunta…
—No tienes por qué contestar —añadió rápidamente—. No debí hacértela.
—No importa. Me marché de casa a los dieciséis años. Nunca conocí a mi padre y mi madre siempre traía hombres a casa. Borrachos, drogadictos, maltratadores… Estaba harto. Así que empecé a trabajar en una yeguada y he ido de un lado a otro desde entonces. No tengo un hogar al que volver y he llegado a una edad en la que me apetece tenerlo. Al menos un lugar fijo en el que quedarme.
—Vaya. Aún te ves joven, seguro que puedes construir ese hogar.
—Tengo treinta y cuatro años, por si se lo preguntaba.
El muy descarado se rio y ella volvió a sonrojarse. Conocer este lado de David la había vuelto vulnerable frente a él y no le gustaba sentirse así. Debía regresar al modo jefa inmediatamente.
—Si te portas bien, podrás quedarte. Gracias por haber respondido a mis preguntas.
Vanesa dio media vuelta dispuesta a marcharse antes de caer en sus redes.
—Señorita. —Ella giró solo la cabeza al escucharle—. Creo que a partir de ahora nos vamos a llevar muy bien.
Y ahí estaba otra vez esa sonrisa descarada. Ese hombre era muy consciente del efecto que tenía en las mujeres. Le molestaba, pero tenía que admitirlo, ella también tenía la sensación de que las cosas cambiarían entre ambos. Que de esta pequeña conversación había se abierto un nuevo camino, uno totalmente desconocido para ella, pero que tenía ganas de andar junto a David.