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eva gil soriano

sueños por cumplir

Regresé a casa, a la ciudad que me vio nacer, más concretamente a casa de mis padres. Me marché hace doce años con la ilusión y las ganas de comerme el mundo, pero el mundo me comió a mí. Con dieciocho años había soñado con ser un cantante de pop famoso, triunfar en la música y dedicarme a ello toda la vida, sin embargo, en solo un año caí de la nube en la que había estado subido. ¿Había valido la pena dejar atrás lo que más amaba por cumplir un sueño? No, claro que no, pero esa tampoco había sido mi intención, esperaba triunfar y regresar por ella.
La vergüenza y el malestar que sentía me habían impedido ir a verla, aunque el encuentro no tardaría en producirse ya que Laura vive en la casa de enfrente.
La calle donde he crecido está a las afueras de la ciudad, no es demasiado ancha pero tampoco estrecha y viviendas adosadas a derecha e izquierda hacen que el lugar sea acogedor donde los vecinos nos encontramos con frecuencia. Laura se mudó cuando tenía quince años, tiene la misma edad que yo, congeniamos enseguida y en pocos meses ya estábamos saliendo juntos porque, además, entró en la misma clase que yo. Pero el destino es caprichoso y una serie de circunstancias nos hizo separarnos porque ella había estado dispuesta a marcharse conmigo.
Ahora me siento patético y hubiese deseado no volver nunca para que ella no me viese así, fracasado. Y es que no hay mayor humillación que tus padres tengan que ir a recogerte a Madrid cuando ya tienes los treinta cumplidos. Pero había tocado fondo y ellos no dudaron en viajar para rescatarme.
Mis padres no habían podido callarse sus comentarios sobre Laura y me contaron que se había sacado un ciclo formativo para cuidar personas mayores y que estaba trabajando en una residencia. Por supuesto sabía lo que me estaban insinuando, que ella había triunfado y yo no. Al menos así lo siento cada vez que me la nombran, no obstante, en mi corazón no puedo evitar sentirme orgulloso de ella, de lo que ha conseguido en la vida.
Cada día mis padres me animan para que busque trabajo, sin embargo, no me veo haciendo nada que no sea tocar un instrumento. Pero eso ya lo he probado y no ha salido bien. Cuando fracasé en alcanzar mi sueño de convertirme en estrella del pop, encontré una orquesta que tocaba en bodas. Allí pude seguir tocando la guitarra y el piano y mis padres siguieron pagándome las clases en el conservatorio donde aprendí a tocar dos instrumentos más. Pero al final me cansé de estudiar música pues no me estaba ayudando a conseguir mi meta y cada año que pasaba se hacía más difícil conseguirlo. Hasta que un día me presenté borracho en una boda y me echaron de la orquesta. Cuando me quedé sin blanca tuve que recurrir a mis padres de nuevo. Y cuando yo pensaba que me echarían la bronca del siglo, ellos solo trataron de consolarme y animarme. Y yo solo podía ver en sus ojos, lástima. Creo que todavía la sienten.
Han pasado un par de semanas y yo sigo hundido, cada vez más. Mis padres empiezan a perder la paciencia conmigo y es que me han pillado tres veces borracho. Ni que fuera un adolescente, ya sé lo que me hago. No necesito que me lo recalquen.
Esa mañana salí de casa decidido a buscar un empleo, unas vecinas le habían comentado a mi madre que en la cafetería del barrio buscaban camarero. No tengo ni idea de ser camarero, pero como dice mi madre, algo tendré que hacer.
La resaca del día anterior estaba golpeando mi cabeza. No bebí hasta embriagarme, pero bebí bastante. Estaba aprendiendo a encontrar el límite para que mi madre no se diese cuenta.
El sol me cegó por un momento y al cruzar la calle tropecé con alguien.
—¡Joder! —solté.
—Vaya, si eres tú.
Esa voz inconfundible me sorprendió a la vez que esperaba escucharla un día de estos. Seguía siendo la voz más bonita del mundo. Quité mis manos de la cara y la miré.
—Hola, Laura. ¿Qué tal?
—Hola, Adrián. Estoy muy bien.
Después de decir esas palabras me dedicó una sonrisa que iluminó su rostro como los rayos del sol que me cegaron segundos antes. Los años no la habían cambiado demasiado. Estaba preciosa y deseé no haber regresado jamás.
—Me han dicho que no te has casado. ¿Me has estado esperando? —No entiendo por qué he dicho eso, tal vez porque quería espantarla, que se fuera y dejara de mirarme.
—Por lo que veo estos años te han vuelto más imbécil. —Y se rio—. Nos vemos, adiós.
Me quedé en mitad de la calle mirando cómo caminaba hasta la acera, abría la puerta de un coche gris y se marchaba. Ella tenía razón, era un auténtico imbécil.
No sé si fueron las ojeras, los ojos rojos o la voz ronca lo que decidió al encargado de la cafetería no darme ni una oportunidad. Así que volví fracasado de nuevo a casa.
Ahora que la había visto no podía quitarme de la cabeza su rostro. Luchaba conmigo mismo para no ir hasta la ventana para verla salir cada día hacia el trabajo.
La semana siguiente llegó rápido y con ella una llamada telefónica que no esperaba. Mis compañeros del instituto me invitaron a la cena anual que celebraban para no perder el contacto. Laura les había comentado que yo había regresado de Madrid.
Por un lado, tenía ganas de verlos y hablar con ellos, pero por el otro también verían mi fracaso, además, Laura estaría allí. Me lo pensé durante unos eternos segundos y finalmente acepté. En verdad tenía muchas ganas de ir.
No estaba seguro de si había sido el destino o la picardía de mis compañeros, pero acabé sentado enfrente de Laura. Mis compañeros se alegraron de verme, rieron y me abrazaron. Nadie sacó el tema de la música, pero sabía que lo tenían en la punta de la lengua, seguramente se estaban conteniendo. Al menos esa era la impresión que yo tenía.
—No deberías beber más —me dijo ella.
—¿Sabes? Madrid está lleno de mujeres preciosas —contesté.
—Bien por ti.
La noche fue bastante desastrosa, hace doce años me lo hubiera pasado genial con mis amigos y debería haberme divertido, sin embargo, tuve la sensación de que a esos mismos amigos ya no les caía tan bien como antes. Me habían recibido con ilusión, pero esa ilusión la vi morir conforme iba pasando la noche. Y lo peor de todo es que yo tenía la culpa por haber estado soltando idioteces todo el tiempo.
Después de pagar mi parte, me levanté para marcharme, di un traspié y volví a quedar sentado en la silla. Laura tenía razón, no debí haber bebido tanto.
Casi al instante la tenía a mi lado. Me sujetó del brazo para ayudarme a ponerme en pie de nuevo. El calor de sus manos traspasó la tela de mi camisa y me abrasó la piel. Y cuando me habló, su aliento rozó mi cara y sentí un estremecimiento.
—Te llevaré a casa —me dijo.
—Podemos llevarlo nosotros —escuché decir a Raúl, uno de mis mejores amigos en el pasado.
—No te preocupes, vive enfrente de mí —contestó ella.
—¿Crees que es seguro? Va muy borracho y no se ha comportado como un caballero que digamos.
—Tranquilo, sé defenderme.
—De acuerdo, cualquier cosa, llámame.
—Gracias, Raúl. Buenas noches a todos.
Me sentí indignado. ¿Desde cuándo una mujer no estaba segura conmigo? Nunca le hice daño a nadie, por muy borracho que fuera. Pero supongo que yo me lo había buscado.
Después de que Laura se despidiera de todos tiró de mi brazo hacia fuera del local. Tuve que apoyarme en ella para mantener el equilibrio y a pasos cortos me llevó hasta su coche. Me subí, apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos.
—Gracias —le dije.
—No te he estado esperando. Para que lo sepas, he tenido mis rollitos por ahí.
—Ya me lo imaginaba. Eres una mujer amable, cariñosa y preciosa, además.
—Vas a tener que empezar a cuidarte si no quieres acabar en la indigencia.
—No soy nada de lo que esperabas ¿verdad? —Reí amargamente—. Por eso no quería volver, no quería que me vieras así.
—¿Dejaste de llamarme por eso?
—Sí. Cuando me di cuenta de lo difícil que era el mundo que quería alcanzar, de caer una y otra vez, no pude volver a hablar contigo. No lo logré, había perdido y no quería que lo supieses. Si por mí fuera, no habría vuelto nunca, pero toqué fondo.
—Eso fue una estupidez. Si no estabas bien, debiste llamar. Para eso está la gente que te quiere.
—No debí haberme marchado nunca.
Tras decir aquello debí quedarme dormido porque no recuerdo nada más hasta que llegamos a mi casa. Esta vez mis padres sí me echaron la bronca. No tuve ganas de discutir porque seguramente tenían razón. Laura me dejó caer en mi cama y salió de la habitación.
—Gracias por traerle, Laura. Eres un cielo —escuché decir a mi madre.
—Ahora no creo que esté en condiciones de razonar. Mejor que hables con él mañana.
Me tapé la cabeza con la almohada y no quise escuchar más.
A la mañana siguiente me levanté pasado el mediodía. Mi madre me puso el plato de comida en la mesa y no me dirigió la palabra.
—Iré a disculparme —dije.
—Hijo, tienes que cambiar.
—Lo sé. Pero es difícil.
Entonces, ella me dio un beso en la coronilla como cuando tenía cinco años y lloraba porque se me había roto mi juguete favorito. Sentí ese amor de madre y deseé volver a tener esa edad en la que los problemas se solucionaban con un beso materno.
Después de comer y tomarme un café, fui a ver a Laura. Era la primera vez que iría a su casa desde mi vuelta. Me sentía nervioso. No estaba muy seguro de qué decirle. Me planté delante de su puerta y dudé a la hora de llamar al timbre. Sin embargo, no había posibilidad de que la cagara más, pensé. Y entonces llamé.
Me abrió la puerta envuelta en un batín granate estampado con florecillas. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y varias greñas escapaban rozando su mejilla discretamente.
—Hola —la saludé—. Siento todo lo que dije ayer.
—¿Quieres pasar?
—Gracias.
La casa estaba algo cambiada. Las paredes estaban pintadas en un color crema. Los muebles eran los mismos, pero la decoración y las fotografías eran distintas.
—No te pregunté por tu abuela y tu hermana. ¿Cómo están?
—Mi abuela murió hace cuatro años.
—Joder, lo siento. Mi madre no me dijo nada.
—Bueno, ya hace años de eso, así que…
—Yo…
—Déjalo. Y mi hermana está en la universidad. Quiere ser veterinaria. —Pude ver cómo su cara se iluminó al nombrar a su hermana. Confirmé que verla era como los rayos del sol.
—Es genial. Me alegro de que se cumplan sus sueños y que los tuyos también se cumplieran.
—¿Qué acabas de decir? ¿Crees que se cumplieron mis sueños?
Su semblante cambió de forma drástica. Vi sus ojos brillantes con lágrimas a punto de derramarse, y pensé que al parecer sí que podía cagarla más.
—Supongo que al principio no.
—Supones… ¿Crees que mi sueño era que mi padre nos abandonara tras la muerte de mi madre? ¿Qué me dejara con tan solo dieciocho años para encargarme de una mujer mayor y una niña de siete años?
—No, claro que no.
—Soñé con viajar contigo. Pero mis obligaciones me lo impidieron y solo me animaba cuando escuchaba tu voz a través del teléfono. Pero un día dejaste de llamar, tu móvil daba apagado. Me preocupé y fui a preguntarle a tu madre. Pensé que te habría pasado algo malo. Ella me dijo que estabas bien, que hablaba contigo cada semana. Entonces lo supe. Me habías dejado sin tan siquiera llamarme para cortar conmigo y dejármelo claro.
» Después de pasarme todo el día llorando decidí pasar página. Buscarme otro sueño en el que no estuvieras para salir adelante. Tenía a dos personas que dependían de mí, no podía hundirme.
—Lo siento, no te imaginas cuánto lo siento. —A mí sí me cayeron las lágrimas, aunque no fui consciente de ello hasta que ella me las limpió con la yema de sus dedos—. Pensé tantas veces en llamarte, pero si lo hubiera hecho jamás te habría dejado y tendrías que vivir con un fracasado como yo. Tú querías a una estrella del pop.
—Yo te quería a ti. Nada más.
—Debí haberme quedado. Ayudarte con tus problemas y seguir juntos.
—No digas eso. Tu deber era seguir tu sueño, continuar con tus planes. Si te hubieses quedado, te habrías pasado la vida pensando que quizá habrías conseguido ser una estrella, que tu sueño se habría cumplido si no fuera por mí. Entonces, quizá me habrías culpado por no alcanzar tus metas y no habríamos sido felices. Lo que pasó es lo que tenía que pasar, no le des más vueltas. Bueno, no debiste dejar de llamarme y haber vuelto a casa, quitando ese lapsus tuyo, hiciste lo que debías.
—Eres una mujer fabulosa, mucho más valiente que yo. Ahora entiendo por qué me ha ido tan mal esta última década. Porque no te tenía en mi vida y te necesito.
—Adrián… no sé si es buena idea que sigas por ahí.
—Mírame bien, está claro que no puedo vivir sin ti. Pero sé que no tengo perdón después de todos estos años de silencio.
—Entiendo que la depresión te aleja de la gente a la que amas. Pero tienes que cambiar, estoy segura de que el Adrián del que me enamoré sigue dentro de ti.
—Dime qué quieres que haga y lo haré.
—¿De veras?
—Sí.
—Toca para mí.
—¿Qué quieres que toque?
—Cualquier cosa. Con el piano o la guitarra.
—¿Sabes? Ahora toco dos instrumentos más. El violín y el saxofón.
—¡Qué pasada! Entonces quiero escuchar el violín.
La sonrisa de Laura llegó hasta sus ojos y el sol volvió a irradiar en ellos cambiando por completo su expresión. ¿Era eso posible? Parecía feliz, feliz de verdad y un sentimiento, ya conocido para mí, regresó a mi interior. Lo sentí cuando tenía dieciocho años y pensé en comerme el mundo.
—Espera, voy por él.
Salí corriendo de la casa de Laura hasta la mía. Subí las escaleras de dos peldaños en dos hasta mi habitación, abrí el armario y cogí el estuche del violín que no había tocado desde hacía meses. Volví a bajar corriendo, creo que mi madre me gritó algo, pero no tengo ni idea de qué fue porque solo podía pensar en la sonrisa de Laura.
Escuché la risa de ella mientras me miraba como cruzaba la calle a toda velocidad. El corazón me dio un vuelco y me sentí adolescente otra vez. Junto a ella me comería el mundo sin importar a qué me dedicara. Ahora lo sabía.
Saqué el violín del estuche y me lo coloqué bajo el mentón. Cogí el arco con la otra mano y dudé un instante en qué tocar. ¿Una romántica o algo alegre? Alegre sin duda, decidí tocar la Primavera de Vivaldi porque así era como se sentía mi corazón. Después de un largo y duro invierno, la vida volvía a florecer.
Cuando acabé, me aplaudió entusiasmada.
—Siempre supe que tenías un don para la música.
—Los entendidos me dijeron que instrumentalmente era muy bueno, pero que mis composiciones y mi voz no eran nada del otro mundo.
—Sería una lástima que no te dedicaras a algo relacionado con la música.
—Eso ya no es posible.
—¡ Ya sé! Deberías montar una academia y enseñar, compartir tu don y ayudar a otros con el suyo.
—¿Tú crees?
—Claro que sí. Recuerda que enseñaste a tocar la guitarra a Raúl y a mi hermana le encantaba que la enseñaras. Aunque no dio tiempo a que aprendiera.
Un nuevo sueño se abría ante mis ojos. Nunca se me había pasado por la cabeza enseñar música, pero imaginándolo ahora no se veía nada mal. Yo era feliz tocando y podría seguir compartiendo esa felicidad. No me hacía falta tocar para un público numeroso, con tocar para Laura era suficiente. Ahora lo sabía.
La depresión en la que caí me impidió ver las cosas con la claridad con que lo hacía ahora, ojalá hubiera regresado antes y no hubiera desperdiciado tantos años. Ojalá no le hubiera hecho daño a una persona tan fantástica como ella. Pero he decidido que pasaré el resto de mi vida compensándoselo y con la esperanza de que pronto pueda perdonarme y volver conmigo.
—Me has devuelto la vida que perdí en diez años, con tan solo una charla de media hora. Te juro que compensaré el daño que te hice y espero que me perdones pronto.
—Adrián, vayamos paso a paso.
—Ahora no tienes novio, ¿verdad?
—Nunca he tenido novio como tal. Lo intenté con algún chico, pero no funcionó. Tú, sin embargo… Había muchas chicas en Madrid. Y preciosas, además.
—Por favor, no hagas caso a esa estupidez que dije. Tampoco he tenido ninguna relación. Algo esporádico después de una noche y se pueden contar con los dedos de una sola mano y me sobrarían.
—¿En doce años?
—Ya ves, soy patético.
—No, patético no. Más bien idiota, pero creo que se puede arreglar.
Su risa cantarina me contagió y reí con ella porque al contarle estas cosas no me sentía un fracasado como me pasaba con otras personas. Debía de ser un poder oculto que ella tenía. Esa aura de optimismo y amor que desprendía.
Para mi sorpresa, se colocó muy cerca de mí, me agarró de la camiseta y tiró hacia abajo para depositar un tierno beso en mis labios y después me soltó dejándome atontado perdido.
Esto era un comienzo, todavía tenía esperanzas. Así que con aquella ilusión fui a contarle a mis padres mis planes, Laura me acompañó y me apoyó. También vi llorar a mi madre, supongo que de alivio.
La vida me volvía a sonreír y, a pesar de que pensé que no me lo merecía, agarré lo que estaba dispuesta a darme.
He aprendido que cuando un sueño se te trunca no se puede renunciar, solo debes seguir intentándolo hasta el final. Y si no se cumple, cambiar de sueño puesto que la vida está llena de ellos.