sortilegio
La luna llena había alcanzado el cenit cuando bajaba por la cañería desde su habitación hasta el pequeño jardín trasero.
Si sus padres se enteraban estaría castigada los próximos diez años, pero debía hacerlo esta noche o esperar un año más y no quería arriesgarse, las cosas no andaban nada bien.
A medio metro del suelo, pegó un salto y flexionó las rodillas para amortiguar la caída. Una mano fuerte la agarró del brazo.
—¿Lo llevas todo? —preguntó Mario.
—Sí, ¿y tú?
—También. —Se giró y le mostró la gran mochila que llevaba a la espalda con todo lo que ella le había pedido que cogiera.
—Vámonos entonces, antes de que se den cuenta que no estoy en casa.
Se tomaron de la mano y corrieron hacia la calle donde él había dejado aparcada su motocicleta. Ariadna sujetó las dos mochilas mientras él ponía en marcha la moto, con un giro de su muñeca salieron a gran velocidad, ella tuvo que agarrarse bien a la cintura de su chico para no caerse. Ambos volaron por la carretera, con el aire golpeando sus rostros se dirigieron hacia el arenal.
Era la noche de Todos los Santos y el frío ya se hacía notar, ella tuvo que encogerse y refugiarse tras el cuerpo masculino de Mario.
En veinte minutos llegaron a su destino, ella bajó primero y luego él, que colocó el caballete de la motocicleta para bajar. Tomó una de las mochilas, la más pesada y juntos atravesaron las dunas de arena.
—Recoge algunas ramas —indicó Ariadna al pasar por el pinar.
Después de conseguir un buen fardo cada uno, prosiguieron su camino hacia la playa. Ariadna eligió un lugar alejado de las urbanizaciones, un sitio donde pudiesen estar completamente solos. Una vez alcanzaron su destino, encendieron una fogata junto a la orilla.
—Coloca la cazuela —le pidió ella.
Mario sacó de la mochila un pequeño hornillo, lo asentó sobre la fogata y puso la cazuela sobre él.
Ella, mientras, se acercó al mar y llenó un tazón de agua salada, se acercó al fuego y lo echó al interior del recipiente.
—Ahora dame un mechón de tu cabello —dijo ella cogiendo las tijeras que había traído y sentándose a su lado.
Mario acercó su cabeza para que ella pudiese cortar lo que necesitase, después se deshizo la coleta para cortar también su pelo. Ató los dos mechones juntos con un lazo rojo y lo reservó.
—¿Has traído la navaja?
—Por supuesto, te dije que lo llevaba todo. —Metió la mano en un bolsillo exterior de la mochila y se la entregó a ella.
—Dame tu mano. —Imaginando lo que le iba a pedir, no vaciló en extenderla. Ariadna hizo una leve incisión en la palma y la colocó sobre la cazuela—. Deja que gotee la sangre y caiga dentro. —Él asintió sin más, confiaba plenamente en su novia.
Ambos observaron cómo las gotas de sangre resbalaban por su mano hasta caer en el agua que todavía no había entrado en ebullición.
Mario se lamió su herida mientras miraba cómo ella hacía lo mismo, se cortó en la mano y dejó caer su sangre junto a la de él. Después, le devolvió la navaja y tras guardarla, Mario la agarró por la muñeca y con la lengua limpió la herida de ella.
—Te amo —susurró Ariadna.
—Y yo más que a nada en este mundo.
—Entonces sigamos con el conjuro.
Él la soltó sonriendo, deseando que aquello funcionara. Los antepasados de Ariadna eran brujas y los suyos pertenecían a la orden de Cazadores de Brujas. Hoy en día, dicha orden estaba casi extinguida, pero todavía quedaban descendientes obsesionados con seguir la tradición y gente muy poderosa los apoyaba. Por supuesto ya no las quemaban en la hoguera, no estaba permitido hacerles ningún daño físico, pues conllevaría problemas con la justicia difíciles de tapar, no obstante, sus padres tenían el deber de proteger a la humanidad de ellas.
Su pensamiento regresó a la realidad en cuanto escuchó las palabras de su novia.
—¡Almas gemelas, amor eterno, que ruja el cielo y bulla el caldero!
Un rayo cruzó el firmamento y el agua de la cazuela hirvió violentamente.
Mario puso la mano en su pecho debido al susto que le produjo el ensordecedor sonido, su corazón estaba a punto de salirse de su cuerpo y su respiración se aceleró sobremanera.
Ella lo tomó de la mano y se la apretó para tranquilizarlo.
—Llena la taza con el agua —ordenó Ariadna, él se apresuró a hacerlo—. Ahora bebe.
Mario tomó varios sorbos y se lo entregó a ella que también bebió. Después, cogidos de la mano, ella tomó los mechones de cabello atados con el lazo y los lanzó al fuego.
—¡Almas gemelas, jamás se separan, quienes lo intenten la desgracia alcanzarán!
—¿Funcionará?
—Tiene que hacerlo o nunca volveremos a vernos.
Ariadna lanzó al fuego el resto del agua que sobró en la cazuela sin que este se apagara, se giró hacia su amado y se besaron apasionadamente. Pasados unos minutos, se separó varios centímetros y comenzó a desnudarse.
—¿Qué…? Hace frío… no es necesario que lo ha-gamos ahora —dijo Mario titubeando.
—Sí que lo es, hay que sellar el sortilegio.
—Esta parte no me la habías contado.
—¿No me deseas?
—¿Cómo puedes preguntarme eso? Te deseo con locura, es solo que no creía que… Será nuestra primera vez, estoy nervioso.
Ariadna se puso de pie y se quedó completamente desnuda frente a él. Las llamas del fuego bailaban en su piel, Mario pensó que estaba más hermosa que nunca. ¡Cuánto la amaba!
Así pues, hizo lo que tanto ansiaba desde que la conoció, fue hasta ella quitándose la ropa, la tomó por la cintura y la tumbó sobre la arena, después la cubrió con su cuerpo. Sus labios se posaron sobre los tiernos, carnosos y femeninos de su chica, devorándola al tiempo que sus manos vagaban por su piel cálida y suave.
Ariadna lo abrazó con fuerza, clavando las uñas en sus músculos y respondiendo a sus besos con desesperación. Anhelaba entregarse a él, que Mario fuera el primer hombre en su vida pues jamás había sentido nada parecido con ningún otro chico.
Mario se movió para acoplarse a ella y llenarla poco a poco.
—Nuestro amor será para siempre —jadeó él.
—Hasta la muerte —sentenció ella.
Junto al calor de la fogata, ambos se amaron por primera vez y sellaron así el sortilegio que habían realizado.
Varias horas después se encontraban en la moto camino de sus hogares. Tras dejarla a ella primero, Mario se dirigió a la suya. Dejó la motocicleta en la parte de atrás y rodeó la casa. Abrió la puerta y entró sigilosamente para no despertar a sus padres. Tan solo había dado dos pasos en el interior cuando la luz se encendió de pronto, sus padres lo esperaban.
—Vienes de verte con la bruja —afirmó Roberto.
—No, vengo de tomar unos tragos con Samuel.
—No nos mientas, lo sabemos. Hoy es una noche especial para esas brujas, seguro que lo ha compartido contigo.
—Ya os digo que no, yo…
—¡Basta! —espetó Roberto apoyado por la mirada acusadora de su mujer—. Te lo advertimos, si volvías a verte con ella, la destruiríamos.
—¡Papá, por favor! No estamos en la Edad Media, ya no puedes hacer daño a las brujas.
—No físicamente —le sonrió de forma burlona—. Nuestro linaje debe continuar, debemos proteger a la gente de las brujas, tenerlas vigiladas, ¿por qué crees que vivimos en el mismo pueblo que ellas? Es nuestro deber y el tuyo por sangre.
—¿Qué te propones?
—Ponme a prueba y lo averiguarás.
Mario conocía perfectamente las artimañas de su padre. Tenía contactos con gente poderosa y el clan de los Cazadores de Brujas seguía activo a pesar de que ya no estaba permitido matarlas. Sabía que podía hacerle daño a Ariadna y no quería ni pensar en ello.
—De acuerdo, haré todo lo que me pidas.
—Eso espero, acabarás tus estudios en el extranjero. Mañana mismo tomarás un avión.
—Vale —aceptó cabizbajo. Tenía la esperanza de que el sortilegio que habían hecho hacía unas horas surtiera efecto y no pudiesen separarles.
—Si me entero de que te has comunicado con ella de algún modo, cumpliré mi promesa.
—No lo haré, ¡déjala en paz!
j
Hacía casi diez años que se había mudado a una gran ciudad junto a su tía Claudia, con la que apenas se llevaba cinco, era más como una hermana.
Desde que Mario se marchó, las cosas en el pueblo se habían complicado, los Cazadores de Brujas habían conseguido cerrar el negocio de sus padres y tuvieron que marcharse. Ella y su tía se quedaron un tiempo más, esperando a que Mario regresase. Le había llamado insistentemente, pero su teléfono ya no estaba operativo, tampoco contestó a ninguno de sus correos y estaba totalmente desaparecido de las redes sociales. Solo esperaba que se encontrase bien y que el motivo de su huida no fuera que se hubiese arrepentido de lo sucedido aquella noche, seguramente había sido obra de los cazadores que no eran otros que sus padres. Era eso, estaba segura, nunca dudaría del amor que Mario le profesaba.
—Ya estás pensando en él.
—No sé de qué hablas, tía.
—Recuerda que nos tuvimos que ir del pueblo por su culpa y ten por seguro que esos cazadores todavía nos persiguen.
—No fue culpa suya, quizá fue mía. Hice mal el conjuro.
—Si tus padres llegan a enterarse, te matarán.
—Tú nunca se lo dirás.
—Claro que no, ya me conoces. Pero los conjuros son peligrosos, habría que ver qué palabras empleaste, quizá erraste en alguna.
—No, las palabras eran adecuadas, es más, añadí otro para que nadie se atreviera a separarnos.
—Lo que yo te diga, eras muy joven, no debiste hacerlo sola.
—¿Qué otra alternativa tenía? Sus padres ya le habían pedido que dejase de verme.
—Debiste habérmelo dicho, yo te habría ayudado.
—En eso tienes razón, pero estaba tan asustada.
—De todas formas, no ha funcionado.
—Cambiemos de tema. Preparé una loción maravillosa para el acné juvenil —anunció Ariadna sonriente.
—Genial, ¿anotaste todos los ingredientes?
—¿Cuándo no lo hago?
—Esta semana lo pondremos a la venta.
—Nuestro negocio crece muy bien, estoy pensando que sería bueno hacernos con un lugar en el que poder envasar de forma profesional, nada de a mano.
—La maquinaria cuesta mucho dinero.
—Lo tenemos, tía. Hemos ahorrado mucho y podemos pedir un crédito para contratar distribuidores. Nuestra marca será nacionalmente conocida.
—Sueñas despierta.
—No hay nada de malo en tener ambiciones.
—De acuerdo, lo haremos.
Tía y sobrina se dieron un fuerte abrazo emocionadas por el nuevo rumbo que iba a tomar su empresa de cosméticos.
Al fin la había encontrado, largos años de búsqueda habían dado su fruto. Al parecer le iba muy bien con su nueva empresa, pues había visto anuncios hasta en la televisión comarcal. Gracias a eso, había localizado la dirección de las oficinas y estaba a escasos minutos de enfrentarse a ella.
Todavía no podía creer que hubo un tiempo en que estuvo enamorado de Ariadna. Sus padres tenían razón, las brujas eran malvadas y todas debían acabar en la hoguera, lástima que no se pudiese en estos tiempos.
La horrorosa muerte que sufrieron sus padres le hizo cambiar de opinión al respecto y convertirse en un cazador de brujas como lo fueron ellos. Lo llevaba en la sangre tal y como le dijeron una vez. Ahora debía hacerle pagar. Recordaba perfectamente el conjuro que realizó Ariadna en aquella playa, un conjuro que no debió hacer jamás, con el primero era suficiente, ¿por qué realizar el segundo?
Conseguiría arruinarla, verla arrastrada por los callejones mendigando por unas migas de pan. Lamentaría haberse metido con su familia.
Llegó hasta un edificio acristalado de dos plantas situado en un polígono a las afueras de la ciudad. Bajó de su Nissan Qashqai azul oscuro y no vaciló en entrar. La puerta estaba cerrada, había que llamar a un timbre. Lo pulsó mientras bufaba fastidiado.
—¿Diga? —contestó una voz femenina melodiosa.
—Me llamo Mario, quisiera hablar con Ariadna, ¿se encuentra?
—¿Tiene cita?
—No, dígale mi nombre, por favor. —Mario estaba seguro que le abriría la puerta en cuanto supiese que estaba allí, que había ido a buscarla. Sonrió al imaginar la sorpresa que se daría, pues el motivo no era el que ella esperaba.
Efectivamente, la puerta se abrió de forma automática.
—Suba hasta la segunda planta.
—Gracias.
Entró en el pequeño hall, con paredes lisas de mármol verde y suelo negro. Estaba adornado por varias jardineras con plantas que alcanzaban el metro y medio de altura. Se fijó en el ascensor que estaba frente a la puerta de entrada, caminó hacia él y subió.
Nada más abrirse en la segunda planta, Ariadna estaba allí, de pie, esperándole. En su rostro pudo ver ansiedad, anhelo. Sus ojos brillaban, la vio humedecerse los labios con la lengua. ¡Demonios! Era muchísimo más guapa de lo que recordaba. Bajó la mirada para ver su cuerpo enfundado en una falda ajustada por encima de sus rodillas y una blusa blanca con varios botones desabrochados que dejaban ver la parte alta de sus pechos. Su cuerpo estaba perfectamente formado, resaltando sus curvas en los lugares justos. ¡Joder! También estaba mucho más atractiva de lo que recordaba. Se le secó la boca de tal manera que tuvo que carraspear, aun así, no le salió la voz al intentar hablar. ¿Qué demonios le pasaba? No era así como había imaginado su encuentro cuando tramó su plan de venganza.
Volvió a aclararse la garganta y la cabeza, ya de paso.
—Te veo muy bien —consiguió decir él.
—Tú también te ves bien.
Mucho más que eso, pensó Ariadna, estaba maravilloso. Había dejado crecer su pelo hasta rozarle los hombros, llevaba unos vaqueros oscuros y un polo azul de manga corta con el símbolo del cocodrilo a un lado. Observó su rostro, aunque iba afeitado vio que la barba era más abundante, y su mandíbula, más cuadrada. El cuello, grueso y los hombros, anchos; hasta juraría que era unos centímetros más alto. Se había convertido en un hombre magnífico.
—Llevo años buscándote. —Esa frase debió de ser magia para los oídos de ella, sin embargo, el tono helado en el que la dijo la hizo ponerse en guardia.
—Cuando mis padres se fueron del pueblo, te esperé un tiempo, pero viendo que no regresabas, tuve que mudarme.
—Ya.
—Sé que fueron tus padres quienes te obligaron a marcharte sin despedirte, no te culpo por ello.
Tenía la esperanza de que su tono frío fuera porque pensaba que ella estaba enfadada, pero tenía la extraña sensación de que no, era algo mucho peor que eso.
—Mis padres… —Se alegraba de que ella sacara el tema, así podía olvidar todo lo que había sentido nada más verla y centrarse en su cometido—. Me alegro de que los menciones.
—¿Te peleaste con ellos? ¿Todavía no te hablan?
—Discutí con ellos aquella noche, sí, pero no es ese el motivo por el que no me hable con mis padres.
—¿Entonces? No entiendo tu actitud, te presentas aquí después de diez años, pensé que era por un motivo, pero veo que es por otro.
—Efectivamente, si pensabas que estaba aquí porque sigo locamente enamorado de ti, estás muy equivocada. Vengo siguiendo la tradición familiar.
A Ariadna se le heló la sangre, su alma gemela se había convertido en su mayor enemigo, pero ¿por qué? Odiaba lo que hacían sus padres y se amaban más que a la vida misma o al menos se habían amado.
—Eres un cazador de brujas —afirmó sin tener que preguntarlo.
—Así es.
—¿Por qué? Lo odiabas.
—Porque eres la responsable de la muerte de mis padres. Y no una muerte tranquila, no. Murieron en un accidente de coche, abrasados por el fuego, la gente escuchaba sus gritos de dolor sin poder hacer nada. Tuvieron la peor muerte que se le desea a un ser humano.
—¡Dios mío, Mario! No tenía ni idea. Lo siento muchísimo, yo nunca desearía algo así a nadie.
—Tú lanzaste aquel conjuro maldito esa noche.
—Yo solo deseaba que nadie nos separase.
—Los mataste.
—¡No! Jamás haría algo así. —Ariadna dio varios pasos hacia él, pero Mario se apartó—. Puede que algo saliese mal, yo no tenía más de diecisiete años, nunca había hecho un sortilegio, pero jamás le habría deseado eso a tus padres.
—Sea como fuere pasó y tú eres la responsable.
—Evidentemente salió mal, porque lograron separarnos y siempre lo estaremos —comentó tristemente.
A Mario le conmovieron esas palabras, estaba asustada, desconcertada, angustiada… Deseó acercarse y abrazarla, consolarla y consolarse él también. No había podido dejar de pensar en ella ni un solo día desde que se separaron, pensó que el rencor que había acumulado le ayudaría en su venganza, en su misión de hundirla, pero no estaba siendo así y se odió a sí mismo. Así que endureció su corazón y desechó sus sentimientos.
—Voy a arruinarte la vida como hiciste con la mía.
—No puedo creer que estés haciendo esto.
¿Dónde estaba el chico del que se enamoró? Ya no quedaba nada, pensó ella. Quizá tenía razón y todo había sido culpa suya, quizá hubiese sido mejor no hacer ningún sortilegio y dejar que pasase lo que tuviese que pasar.
—Quiero que abandones la ciudad.
—Estás loco, no voy a hacer eso.
—Estaré en este hotel por si necesitas suplicar. —Metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y lanzó la tarjeta del hotel que cayó a sus pies.
—Jamás.
—Bien. Ya estás avisada.
Dejando en el aire la amenaza, se marchó. Ariadna corrió a su despacho, se encerró y lloró como hacía años. Siempre mantuvo la esperanza de que su conjuro, tarde o temprano, le trajera a Mario de vuelta, pero no pensó que lo haría de este modo.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó su tía en cuanto la vio entrar por la puerta.
—He visto a Mario.
—¡No fastidies! ¿Y por qué tienes esa cara de muerta?
—Porque ha venido como cazador de brujas.
Tras el inesperado anuncio, Ariadna le contó todo lo que había sucedido a su tía. Después se desplomó sobre su hombro para seguir llorando, no creyó que le quedaran lágrimas, pero también se había equivocado en eso.
—Vamos, vamos, ya pasó —dijo acariciándole la espalda a su sobrina.
—Creo que nunca pasará.
—Está bien, haremos uno nuevo.
—Solo la noche de Todos los Santos se hacen sortilegios de amor, solo así serán lo suficientemente poderosos.
—¿Quién ha dicho que será de amor?
—Oh, ya entiendo.
—Le echaremos de aquí.
Sin esperar un segundo más, la tía fue hasta la cocina y colocó un caldero en uno de los fogones.
—Ariadna, échale agua y un buen chorro de vinagre. —Ella obedeció—. ¿Tienes algo de él?
—Una pulsera que me regaló, pero no pienso deshacerme de ella.
—Está bien, no será tan poderoso pero… funcionará. —Abrió el armario y sacó un tarro que contenía insectos disecados. Metió una cuchara, sacó algunos bichos y los echó en el caldero.
—No me beberé eso.
—No te lo tienes que beber, debes rociar a Mario con él.
—Eso si le vuelvo a ver.
—Después de esa amenaza, lo verás. —Claudia removió con un cucharón el contenido del caldero—. Dale más fuego.
Ariadna así lo hizo, después se colocó junto a su tía para recitar el conjuro juntas.
—¡Cazador cazado, huye antes de acabar condenado! ¡Cazador cazado, huye hacia el lucero en cuanto ruja el caldero!
—¿Por qué no ha hecho nada? —preguntó Ariadna mirando el agua tranquila.
Claudia se inclinó y observó que el fuego estaba al máximo, además debió de producirse una ebullición violenta en cuanto acabaron de recitar el conjuro, sin embargo, no sucedía nada. Introdujo el dedo meñique y sus ojos se agrandaron por la sorpresa.
—¿Qué ocurre?
—Está fría.
—¿Dios mío, eso significa lo que creo que significa?
—El sortilegio que hiciste hace diez años es demasiado fuerte, si trato de romperlo de otra forma, esa desgracia también caerá sobre mí.
—Pero él ya no me ama.
—¿Estás segura de eso?
—Bueno, quiere destruirme, si me amase…
—Está dolido, perdió a sus padres trágicamente. Tendrás que hablar con él, convencerle o jamás seréis felices.
—Oh, tía, ¿por qué todo es tan complicado?
—Las cosas del corazón siempre lo son.
No pasaron ni dos días desde que Mario la había visitado en su oficina cuando llamaron a su puerta. Fue a abrir y un joven de unos dieciocho años, con un chaleco y gorra, le entregó un sobre.
—¿Ariadna Sáez?
—Sí, ¿qué es esto?
—Es una citación judicial. Firme aquí, por favor.
—Mario —susurró molesta al tiempo que tomaba un puntero y firmaba digitalmente.
Cerró la puerta y abrió el sobre, estaba ansiosa por saber de qué la acusaba su antiguo enamorado. Cuando empezó a leer, no se lo podía creer, con cada línea se sobrecogía más.
Claudia salió de la cocina y encontró a su sobrina hecha una furia arrugando unos papeles.
—¿Qué ocurre? ¿Quién era?
—Ese malnacido me ha denunciado por estafa.
—Pero, ¿qué dices?
—Mira, lee esto. —Ariadna le entregó el papel arrugado—. Dice que nuestra marca es una estafa, que no cumple con lo que anunciamos.
—Tienes que presentarte dentro de dos semanas a declarar.
—Esto no se va a quedar aquí. —Alargó el brazo y de un tirón le arrebató la citación de las manos.
—¿Qué vas a hacer?
—Mañana iré a verle.
—No sabes dónde está.
—Te equivocas, en la oficina tengo una tarjeta.
Eran las nueve de la noche cuando Ariadna llegaba hasta el hotel donde se alojaba su antiguo novio. Preguntó en recepción y no tuvo ningún problema en que le dieran el número de habitación.
Cuando salió del ascensor, cruzó el pasillo enmoquetado que llevaba hasta la puerta con el número trescientos veintidós. Levantó su mano derecha y golpeó de forma insistente con los nudillos.
La puerta se abrió abruptamente, Mario pensaba gritar a quien fuera que estuviese molestándole, pero al verla frente a él, se quedó mudo.
—¿Cómo te atreves? —espetó Ariadna haciendo una pelota con la citación y lanzándosela a la cara.
—Esto es agresión —consiguió decir.
—Súmalo a la denuncia que me has hecho. ¡Eres un maldito desgraciado!
Los huéspedes que pasaban por allí se quedaron mirándolos, Mario creyó escuchar que iban a llamar a seguridad. Eso estaría bien, pensó él, pero todavía no quería que se marchara. Así que la tomó del brazo introduciéndola con violencia en su habitación. Después, de una patada cerró la puerta.
—Te dije que acabaría contigo, soy un cazador de brujas y estás en mi punto de mira.
Ariadna se zafó de su agarre y le abofeteó sin que él tuviese tiempo de apartarse.
—No te atrevas a tocarme.
—Ahora la denuncia por agresión tendrá veracidad.
Ver la frialdad con que la seguía amenazando la enfureció todavía más. Todo lo que había arriesgado para estar con él, todo lo que había sufrido su familia porque ella le había elegido y así se lo pagaba. No pudo aguantar más y arrojó todo lo que tenía en su corazón.
—Haz lo que quieras, sé cómo tus padres y acabarás como ellos. Porque aquel conjuro que hice para que nadie nos separase, lo hice por su culpa. Si nos hubiesen dejado en paz, nada hubiese pasado, pero no, ellos tenían que perseguirme a mí y a los míos. Te recuerdo que mi familia perdió su negocio y algunas propiedades por culpa de los tuyos. Y lamento decirte que lo que les pasó, ellos mismos se lo buscaron y tú vas por el mismo camino.
Las palabras de Ariadna le sobrecogieron, por un lado, tenía razón pero por otro… ¿Lo estaba amenazando con realizar un sortilegio que acabara con su vida?
—¿Vas a lanzar un conjuro contra mí, bruja? —escupió la última palabra con odio.
—No, pero todo se acaba pagando.
Dicho esto, dio media vuelta y salió de la habitación dejando a Mario completamente desconcertado.
Al día siguiente, Mario la siguió desde la oficina hasta su casa. Observó cómo bajaba del coche junto a su tía Claudia. Se quedó un rato en el interior de su vehículo, no tenía ni idea de qué hacía en ese lugar, la venganza ya estaba en marcha.
A los pocos minutos vio cómo la tía de Ariadna salía con ropa deportiva, auriculares en los oídos y echaba a correr.
Como si su cuerpo cobrara vida, abrió la puerta de su Nissan y se dirigió a la casa. La noche anterior no había podido pegar ojo pensando en las últimas palabras que le había espetado ella. ¿Qué le había pasado?, se preguntó. Él no era así, si sus padres no hubiesen intercedido, ¿cómo sería ahora su vida? ¿Habrían podido cumplir sus metas de adolescentes?
Sin saber qué hacía allí o qué iba a decirle, llamó al timbre.
Ariadna no tardó en abrir y no se sorprendió de verle ahí plantado. De hecho, lo esperaba después de todo lo que le dijo, lo que no sabía era con qué intenciones vendría esta vez. ¿Venía para seguir amenazándola? A pesar de existir esa posibilidad lo recibió.
—Hola, pasa —lo invitó con un gesto de la mano.
—¿Me esperabas?
—Pues sí.
—Casi olvido que eres una bruja.
—Te confieso que intenté hacer un conjuro para alejarte, pero no funcionó.
—Vaya, una bruja haciendo conjuros, ¿y por qué no funcionó?
—Porque sigue vigente el primero que hicimos hace diez años.
Mario cerró los ojos y recordó aquella noche, la luna llena, la brisa en la cara, la arena fría entre sus dedos… jamás olvidaría ese instante en que sellaron su amor. Esto era una locura, no debió ir a buscarla. Hizo ademán de marcharse, pero ella le sujetó el brazo. Había visto ciertas dudas y un inmenso dolor en sus ojos, era su oportunidad, no iba a dejarlo escapar.
—No te vayas.
—Mataste a mis padres —susurró él.
—Era una niña sin experiencia, debí usar otras palabras, lo siento mucho. Yo también perdí a los míos cuando tuvieron que marcharse lejos.
—No es lo mismo.
—Lo sé, pero no les tuve cerca cuando más los necesitaba y solo trato de comprender tu dolor.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las blancas mejillas de Ariadna. Mario la observó llorar, tratando de resistir el impulso de abrazarla.
—¿Ya no me amas? —preguntó ella al ver que seguía mirándola y sin decir nada, en un silencio aterrador, pues no sabía qué pensaba, qué sentía y tenía miedo de su respuesta.
—Ha pasado tanto tiempo y tantas cosas —respondió sintiendo que un nudo se instalaba en su garganta.
—Pero, ¿me amas o me has olvidado?
—¿Cómo voy a olvidarte? Durante cada minuto de cada día de estos diez años solo he pensado en ti.
Las lágrimas de ella se volvieron más abundantes y bañaron su rostro sin control. Mario no pudo resistirlo más tiempo, lo había intentado, pero ya no podía más. No podía seguir negando lo que sentía por Ariadna, un amor puro y diferente a lo que había tratado de buscar el tiempo que estuvieron separados.
Lamentaba no cumplir con la promesa hecha a sus padres junto a sus tumbas, no podría vengarse de ella porque en realidad no la culpaba. Solo junto a Ariadna podía tener una vida en paz y feliz.
Sin pensárselo ni un segundo más, se lanzó a sus brazos. Ambos lloraron desconsolados, por la pérdida de los seres queridos, por los años que habían estado separados, por la soledad que inundaba sus corazones.
—¿Podrás perdonarme? —preguntó Mario.
—Si quitas la denuncia… —intentó sonreír—. No tengo nada que perdonarte.
—Lo haré, pero sí debes hacerlo porque fueron mis padres los que comenzaron esta guerra, los que te obligaron, en cierta manera, a hacer ese conjuro. Su deseo de hacerte daño los condenó, me hiciste pensar en ello y ahora lo veo.
—¿De veras lo crees?
—Sí, todo este tiempo he querido vengarme de ti, destruirte, se lo prometí el día del entierro, pero ahora que te tengo conmigo, no puedo, sigo enamorado de ti como antes o más si es que se puede.
—Mario, ¿lograremos ser felices con todo lo que ha pasado?
—No lo sé, lo único de lo que estoy seguro es que no lo seré si no es a tu lado.
—He deseado tanto que llegara este momento, tanto…
—Te protegeré de ellos.
—¿De quienes?
—Hay más cazadores y saben de tu existencia. Pero no tienes nada de qué preocuparte porque estaré a tu lado.
—¿Y tú?
—No me harán nada, no te preocupes, la memoria de mis padres todavía me protege.
Se fundieron en un profundo beso, descargando en él todo su anhelo, todo su amor. Los años de ausencia parecieron desaparecer en ese instante. Con los ojos cargados de pasión, Ariadna lo tomó de la mano y lo condujo hasta su dormitorio donde rememoraron aquella primera y única noche que pasaron juntos mientras trataba de olvidar que más cazadores sabían de ella, que a partir de ahora también a él podrían hacerle daño. No obstante, el conjuro seguía vigente y si trataban de separarles, lo pagarían.