PAIS RELATO

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eva gil soriano

la fuerza del amor

Debía encontrarle, tras cinco años sin saber nada de él ahora necesitaba verle, hablar con él y pedirle un gran favor. Era consciente de que no le había buscado en todos estos años y ahora solo lo hacía porque quería algo de él. De todas formas, habría acabado haciéndolo en algún momento.
Aunque le estaba buscando solo por necesidad, estaba prácticamente segura de que no se iba a oponer. A pesar de los problemas que tuvieron en el pasado, reconocía que Ismael había sido una buena persona, se preocupaba por sus amigos, sus compañeros y trataba de ser justo en lo que hacía. Su ruptura se debió a la desconfianza, los dos eran muy jóvenes y ahora mirando hacia atrás, sabía que la culpa fue de ambos.
El taxi paró justo enfrente del taller mecánico de Ismael. Abrió la puerta y el aire frío del invierno rozó su piel haciendo que se arrebujara en su abrigo. Con una respiración profunda colocó un pie en la acera y después el otro. Al salir tuvo que sujetarse al coche pues le temblaron las piernas. En realidad, toda ella estaba temblando. Lo que más miedo le daba era su reacción en cuanto se lo contase todo.
Era muy posible que la acusase de mentirosa o le recriminase el no habérselo dicho antes, pero le había sido imposible. En un principio fue el orgullo quién se lo impidió y después, no estaba segura del porqué no se lo contó. Seguramente también fuese miedo, el miedo que estaba sintiendo en estos momentos, pero ya no podía prolongarlo por más tiempo, era necesario que él lo supiese.
Había tardado tres días en localizarle pues ya no trabajaba en el mismo sitio y su familia se había mudado. Así que ahora urgía su ayuda, cuando le explicara todo debía acompañarla de inmediato, ya no había tiempo que perder.
El taller estaba situado en una nave con dos amplias puertas que daban acceso a él. Raquel, ya más compuesta, pudo mover sus pies y así caminar al encuentro de su antiguo novio.
Un chaval, de unos dieciocho años con mono azul oscuro y bastante engrasado, salió a su encuentro. Apartándose la mecha rubia decolorada de la cara, la saludó animadamente:
—Buenos días, ¿en qué la puedo ayudar?
—Busco a Ismael.
—Un momento, le aviso.
El chaval casi corrió entre medio de los coches que esperaban ser reparados hasta que lo perdió de vista. A los pocos minutos volvió a aparecer.
—Lo siento señorita, está muy liado ahora mismo. Si la puedo ayudar en algo…
—No, no puede. Necesito a Ismael.
Raquel caminó al interior de la nave, justo por donde había visto ir al chico. Hoy mismo hablaría con él, aunque tuviese que atravesar el mismísimo infierno, se prometió.
—¡Señorita! —la llamó el joven mientras batallaba con su mecha rubia.
—¿Dónde está Ismael? ¡Es urgente!
—Está bien, sígame —contestó el muchacho viendo que la mujer se desesperaba. Quizá de verdad era una emergencia.
Raquel dejó pasar al chico primero y lo siguió hasta un todoterreno negro con el capó levantado.
—¡Isma! La señorita dice que es urgente.
—¡Joder! —masculló—. Aparta el coche —ordenó al chaval que, subiéndose al todoterreno, lo arrancó y lo hizo avanzar unos metros.
Ismael odiaba que lo interrumpiesen, para eso tenía más empleados. Aunque veía normal que los clientes más exigentes prefiriesen ser atendidos por él.
Conforme el todoterreno se fue apartando, vio unas piernas de ensueño enfundadas en unos leggins color crema y unas botas finas sin tacón. Debía de ser una chica con clase, pero bastante práctica.
Antes de alzar la vista hasta su cara, de un salto, salió del foso donde se encontraba reparando el vehículo. Fue entonces cuando posó su mirada en el rostro de la mujer y la confusión hizo mella en él. ¿Qué demonios hacía Raquel allí? Hacía años que no sabía de ella y no se habían separado en los mejores términos que digamos.
—Veo que me recuerdas —apuntó ella.
Todavía sin poder soltar palabra se fijó en su cara, sus mejillas estaban un poco sonrosadas, sus preciosos ojos verdes seguían destellando esa luz que lo enamoró años atrás, pero había algo distinto, estaban un poco enrojecidos. Su cabello sujeto en una simple cola de caballo del que escapaban algunas greñas también llamó su atención, antaño le gustaba suelto, dejar que el viento lo meciera. Siempre fue una mujer muy seductora y sabía aprovecharlo.
—Lo mismo digo —logró decir él.
—Necesito hablar contigo urgentemente, he perdido mucho tiempo buscándote.
—Tengo mucho trabajo, quizá esta noche…
—¡No! —lo cortó ella—. Tiene que ser ahora.
—Tan caprichosa como siempre, veo que tampoco has cambiado en eso.
—No es por capricho sino por necesidad, créeme.
—Lo que creo es que, si pudiste esperar cinco años, podrás esperar hasta esta noche.
Raquel no quería decírselo de sopetón, pero iba a tener que hacerlo, al menos lo más importante para hacerlo reaccionar.
—Tu hijo no puede esperar, está enfermo.
—¿Mi qué?
El chaval, que había conseguido dominar su mecha y estaba a la espera de lo que su jefe le ordenara, decidió dar media vuelta y desaparecer.
—Tu hijo, Ismael.
—Años de silencio y ahora me vienes con estas.
—¡Es cierto! ¡No te miento!
—Y supongo que si vienes ahora es que quieres algo de mí.
—¿No me has oído? Está enfermo. Necesito que me acompañes, ahora.
Ismael se pasó las manos engrasadas por el cabello sin darse cuenta de que se lo estaba ennegreciendo, bufó varias veces. Se sentía muy confundido. Al parecer tenía un hijo y ella no había tenido la gentiliza de comunicárselo en su momento, venía ahora que estaba enfermo… enfermo… Al repetirse esa palabra varias veces fue consciente de la urgencia.
—¡Joder, Raquel!
—Se nos muere, Ismael. —Dicho esto no pudo evitar romper a llorar.
Sin perder más tiempo corrió hasta uno de sus empleados con mayor experiencia. Le encomendó el taller y voló hacía su oficina a quitarse el mono de trabajo. Esta disponía de una ducha que no usó puesto que no había tiempo que perder, así que tan solo se lavó la cara y las manos, se pasó una toalla por el pelo para quitarse un poco los restos de grasa y salió disparado.
Raquel no esperó más que unos minutos hasta que el padre de su hijo estuvo listo.
—El taxi nos espera.
—Despídelo, iremos en mi coche.
Ella, sin ganas de discutir, así lo hizo y lo siguió hasta un vehículo de gama alta plateado. Se montaron y se pusieron en marcha.
—¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó mientras conducía hacia el hospital.
—No lo supe hasta después.
—Después de qué.
—De que rompiéramos.
—Y eso qué, debiste buscarme.
—Estaba demasiado enfadada contigo. Me acusaste de ponerte los cuernos.
—Si no hubieses flirteado, no lo habría pensado.
—No fue más que una estupidez.
—Que acabó con nuestra relación.
—Está bien, fue un error, pero tú debiste confiar en mí cuando te expliqué lo que pasó. No debiste acusarme de infiel frente a todos nuestros amigos. Me humillaste.
—Después te pedí perdón por no confiar en ti.
—Algo se rompió aquella noche entre los dos y no tuvo solución. —Sacó un clínex de su bolso y se limpió las lágrimas que habían rodado por sus mejillas a pesar de que trató de aguantarlas—. No vale la pena remover el pasado, no lo podemos cambiar.
—De todas formas, aquello no justifica que no me dijeses que estabas embarazada.
—Tienes razón. Mi orgullo me impidió decírtelo en su día y después me dio miedo tu reacción.
—¿Miedo de mi reacción? Menuda idiotez.
—Conforme fue pasando el tiempo, me resultaba más difícil encontrar el momento de contártelo.
La única respuesta que recibió Raquel fue un sonoro bufido.
Poco más tarde entraban por la puerta del hospital, se dirigieron hacia el ascensor.
—Todavía no me has dicho qué es lo que tiene.
—Van a operarle del corazón.
—¡Joder! Eso suena muy delicado.
—Lo es, aunque los médicos están optimistas, piensan que tiene al menos un setenta por ciento de que la intervención salga bien.
—¿Un setenta por ciento? ¿Eso es optimismo?
—Hay que pensar que sí.
El ascensor llegó y entraron esquivando a la gente que salía. Raquel pulsó el número seis y esperaron a más personas que se unían a ellos, entonces se cerraron las puertas y comenzaron a subir.
Paró en dos plantas antes de llegar a la suya. Una vez salieron, Ismael la tomó del brazo.
—¿Para qué me necesitas? ¿Querías que conociese a su padre por si… todo sale mal?
—No, tengo que pedirte un favor, bueno el favor es para Quique.
—Quique —repitió—, ¿así se llama?
—Sí.
—¿Qué tengo que hacer?
—Necesita sangre para la operación, es cero negativo y es muy difícil encontrarla, me pidieron que buscase al menos cuatro donantes. Tú eres el último.
—¿Y si los hubieses encontrado a todos, nunca me lo habrías dicho?
—Iba a hacerlo de todas formas. Hace unos días preguntó por ti, tiene derecho a conocerte.
—¿De veras? ¿Preguntó por mí?
Ella simplemente asintió con la cabeza.
Ya habían atravesado la mitad del pasillo cuando llegaron hasta la habitación, empujaron ligeramente la puerta y entró ella primero. La estancia era individual, a la derecha estaba el baño, a la izquierda un armario, al fondo, bajo la ventana, un sillón donde descansaba la abuela del pequeño y en el centro se encontraba la cama. Ismael miró primero a su ex suegra que lo saludó con una amplia sonrisa y una disculpa en su mirada. Después posó sus ojos en el pequeño bulto que se hallaba bajo las sábanas.
—Está durmiendo —indicó la madre de Raquel contenta de que hubiera venido—. Espera y lo despertaré.
—No, no lo hagas.
—Se ha dormido esperándote, Raquel le dijo que vendrías.
Conmovido por aquellas palabras, se acercó hasta la cama y observó la carita que descansaba sobre la almohada. Tenía la piel muy pálida, el pelo negro y bien recortado, una mascarilla le cubría la boca y la nariz y su respiración era muy tranquila, quizá demasiado, pensó él.
—Cariño —le llamó Raquel desde el otro lado de la cama, mientras su madre decidió salir de la habitación para dar un poco de intimidad a aquel momento.
—¿Seguro que es bueno despertarle?
—No te preocupes, pasa mucho tiempo durmiendo y además le prometí que te vería hoy. —Volvió la mirada hacia el niño y le acarició la cara—. Cariño, despierta.
El pequeño gruñó mientras se daba la vuelta e intentaba abrir los ojos. Ismael contuvo el aliento al confirmar que todo era real, tenía un hijo y estaba enfermo. Había planeado ser padre algún día, pero nunca imaginó lo que se sentiría cuando lo fuese. Ahora mismo era miedo, un miedo atroz a perderlo antes de poder conocerle siquiera.
—Quique, tu padre ha venido a verte. —El pequeño abrió mucho los ojos y su respiración se agitó de la emoción—. No cariño, respira despacio si no, no podrás hablar con él.
Quique se tranquilizó y giró su cabeza hacia el hombre que estaba a su derecha.
—Hola, campeón.
—¿Eres mi papá? —preguntó en cuando su madre le bajó la mascarilla.
—Así es. Me alegra mucho poder conocerte. Me habría gustado haberlo hecho antes, pero…
—Mamá me lo explicó.
Ismael alzó la vista hacia Raquel que asintió con la cabeza dándole a entender que ella se había encargado de contarle que no era culpable de su ausencia.
—Ahora ya estoy aquí y no iré a ninguna parte.
—¿Te quedarás con nosotros?
—Sí —afirmó sabiendo lo que aquello implicaba.
—Mamá dice que tenemos la misma sangre.
—Por supuesto, soy tu padre —le contestó con orgullo.
El niño empezaba a agitarse y Raquel volvió a ponerle la mascarilla.
—Ya es suficiente, tienes que descansar.
Quique hizo un gesto de fastidio, estaba harto de descansar. Le apetecía volver a jugar, pero sabía que estaba enfermo y necesitaba ponerse bien.
—Eso es campeón, descansa y obedece a tu madre. Mañana te traeré los regalos de los cuatro cumpleaños que me he perdido. —El niño puso los ojos en blanco y Raquel dio un pequeño grito.
—No tienes que hacer eso.
—Haré lo que me dé la gana —susurró en su oído para que Quique no lo escuchara.
Raquel claudicó, imaginó que a Ismael le haría ilusión comprarle regalos igual que le pasaba a ella cada vez que le hacía uno y él se había perdido muchos cumpleaños y navidades también.
Había pasado varios días y Quique ya estaba en el quirófano. Ismael había llamado a sus padres y a su hermana así que la sala de espera estaba a rebosar entre las dos familias. Se habían colocado cada una a un lado de la sala, estaban, unos resentidos y los otros demasiado preocupados para entablar conversación y aclarar las cosas.
Él no podía seguir enfadado con Raquel, no en aquellos momentos, tenían que estar unidos y pedir juntos, a quién fuese que estuviese ahí arriba, que todo saliese bien.
Le tomó la mano a Raquel y la apretó ligeramente mientras cruzaron sus miradas.
Recordó el día que Raquel entró en su taller, el día que descubrió que le habían hecho padre, que tenía un hijo y que podía morir. Recordó el momento en que lo vio por primera vez y la emoción hizo que rodaran sus lágrimas.
Al día siguiente de conocer a Quique, fue a donar su sangre para la operación. Y al siguiente le trajo los regalos que le compró con la ilusión de un padre primerizo. Disfrutó de la emoción que le hizo aquel montón de paquetes que abrió con la ayuda de su madre y de su abuela. Podían haber sido una familia feliz…
Reconoció que también fue culpa suya y que cuando ella no regresó a su lado, por orgullo o por lo que fuese, él debería haber ido a buscarla, pero ambos eran jóvenes y cometieron el mismo pecado, de nada servía lamentarse ahora. Su hijo tenía que salvarse, necesitaba esta segunda oportunidad que le daba la vida para hacer las cosas bien.
—Raquel.
—Dime.
—Cuando Quique esté bien quiero formar parte de vuestras vidas.
—Contaba con ello —sonrió tristemente.
—Me comporté como un crío.
—Y yo como una malcriada caprichosa.
—Podemos aprender de ello.
—Sí.
Las horas pasaban y los nervios se apoderaban de todos los presentes en la sala. Los abuelos de ambas partes acabaron discutiendo y los tíos de Quique tuvieron que separarles. Ismael y Raquel también se metieron por medio.
—Es asunto nuestro —explicó él.
—También es nuestro nieto —contestó la madre de Ismael.
—Quique se debate entre la vida y la muerte. Creo que hoy todos deberíamos pensar qué es lo más importante y recuperar el tiempo perdido. —Señaló a Raquel—. Yo pienso hacerlo.
—Y yo —lo apoyó ella acercándose a él y acariciándole el brazo.
Era normal que todos estuviesen muy nerviosos y por algún lado tenía que salir todo aquel estrés, pero Ismael tenía razón, era un asunto que solo ellos debían resolver.
De pronto, la puerta se abrió y el cirujano apareció. Ansiosos, ambos padres caminaron hacia él.
—¿Y bien? —quiso saber Raquel.
—La operación ha sido un éxito, todo ha salido bien, sin embargo, habrá que esperar.
—Esperar qué, ha dicho que salió bien —intervino Ismael.
—Esperar que evolucione favorablemente y que no haya ninguna infección. Es un niño fuerte y no creo que haya ningún problema en su recuperación.
Raquel e Ismael se fundieron en un abrazo, ella lloró en su hombro mientras él le acariciaba la espalda. Los dos se dieron consuelo mutuo.
A sus espaldas, los miembros de ambas familias se abrazaron unos a otros olvidando el porqué de su discusión de hacía un rato. El pequeño se pondría bien y era lo único que importaba en esos momentos.
J
Pasado dos meses, Quique salía al fin del hospital por su propio pie agarrado de la mano de su padre y de su madre. Ismael nunca había sido tan feliz, llevaba a su hogar a la mujer que amaba y a su hijo. Unas semanas antes, había decido que tenían que vivir todos juntos y Raquel había aceptado, así que habilitó una de las habitaciones de su casa para Quique y pronto todos estarían bajo el mismo techo.
Llegaron hasta el coche plateado y Raquel colocó al niño en la silleta que su padre había comprado para él, después se sentó en el asiento de delante junto a Ismael. Él quedó mirándola largo y tendido.
—¿Ocurre algo? —indagó ella, se había percatado desde hacía varios días que estaba un poco raro, misterioso, tal vez.
—He estado pensando.
—¿Y a qué conclusión has llegado?
Ismael no sabía muy bien cómo decirlo, así que lo soltó sin más.
—Cásate conmigo.
—¿Lo dices en serio? —preguntó incrédula.
—Sí, hagámoslo Raquel.
—¡Es una locura!
—Quizá.
—De acuerdo —aceptó casi sin pensar.
Los dos se echaron a reír a carcajadas y después unieron sus labios para sellar el compromiso que acababan de adquirir. Mientras, el niño sentado en la parte de atrás aplaudía sin cesar.
Escucharon el claxon de los vehículos de atrás para que avanzaran ya que el semáforo estaba en verde, pero a ellos no les importó.