esperando por ti
Caminaba casi corriendo por la acera, llegaba tarde, al menos diez minutos tarde. No era la primera vez y no podía permitirse una amonestación más por parte de la encargada.
En su apresuramiento tropezó con un hombre, más bien con un muro, pensó.
—Perdón, ¿estás bien?
—Sí, lo siento, llego tarde y… —Al mirar el rostro del hombre con el que había chocado, se quedó de piedra—. ¿Ian?
—¿Nos conocemos? —preguntó intrigado puesto que él no tenía la menor idea de quién era esa chica.
—Claro, soy Rocío, del instituto —le aclaró.
—Vaya, no te reconocí. Cuánto tiempo.
—Unos… catorce años —rio.
—¡Vaya! Cómo pasa el tiempo. ¿Qué tal te va todo?
—Tengo que irme, pero quiero darte algo. ¿Te parece bien que quedemos el viernes a eso de las cinco?
—Eh… vale —contestó Ian completamente anonadado. Siempre había considerado a esta chica un tanto peculiar.
—Entonces, el viernes a las cinco en el café del centro. —Rocío ya se había puesto en marcha cuando se giró para dedicarle unas últimas palabras. —¡Me alegro de haberte visto!
Ian no tuvo tiempo ni de contestarle porque ya se había largado prácticamente corriendo. Parado en mitad de la acera le daba vueltas a la pequeña conversación que había mantenido con ella. ¿Había dicho que tenía que darle algo? ¿Qué podía ser después de catorce años?
Hacía tan solo unos meses había pensado en ella mientras hablaba con un antiguo compañero de clase. La recordaba como una chiquilla con pocas curvas que le hizo copiar los apuntes de lengua de todo un año. Todavía se lo reprochaba, aunque ahora que la había visto, no parecía para nada aquella chiquilla. Ni siquiera la había reconocido. Sabía que era una estupidez seguir enfadado por cosas que pasaron cuando no eran más que unos críos.
Sacudió su cabeza para dejar de pensar en Rocío y continuó su camino. Ya se enteraría el viernes de qué era lo que quería y también sabría hasta qué punto había cambiado.
Volvía a llegar tarde, esta vez a su cita con Ian. Ya eran las cinco y todavía no había salido de casa. Si no se daba prisa quizá ni la esperara, así que cogió la carpeta que guardó durante años en el cajón de debajo de su ropero y salió volando de su apartamento.
Ian miró su reloj, ya eran las cinco y media y esa chica no aparecía. ¿Le estaba dando plantón? ¿Habría sido una broma de mal gusto o quizá una venganza? Aunque el único que tenía motivos para vengarse era él. Se sentía ridículo sentado en aquel café mirando sin cesar a la puerta. La esperaría cinco minutos más y se marcharía.
Estaba dando el último trago a su Gin Tonic cuando apareció al fin.
—Hola —jadeó. —Lo siento, sé que llego tarde.
—No importa —contestó por cortesía porque en realidad se sentía bastante irritado.
—Aquí tienes. Sé que ya no sirve de nada que te lo devuelva ahora, pero necesitaba dártelo. —Rocío le tendió la carpeta sin tan siquiera sentarse—. Imagino que tienes prisa… bueno… ya me voy.
Le tenía más de media hora esperando y ahora se marchaba sin ninguna explicación. No, no se lo iba a permitir. Rápidamente abrió la carpeta y puso los ojos como platos al descubrir lo que contenía.
—¡Espera! —gritó al ver que ella ya estaba alcanzando la puerta.
Rocío se paró en seco y se volteó para verle. No tenía ni idea de cuál sería su reacción y era por eso que había decidido huir. No le apetecía mucho enfrentarse a Ian, no tenía buenos recuerdos de él.
—Está todo, te lo prometo.
—¿Has guardado esto durante catorce años? ¿Por qué?
No iba a poder librarse, así que regresó junto a él y se sentó a su lado.
—Hace años hice limpieza de trabajos y cosas del instituto y encontré tus apuntes. Lo tiré todo menos eso, no podía hacerlo porque no me pertenecían. Soy consciente de que no sirven para nada, pero necesitaba devolvértelos.
—No me lo puedo creer.
—Tal vez te estoy pareciendo un poco loca.
—Siempre te he considerado un poco loca. —Ian sonrió para sí mismo. Para bien y para mal, esta chica nunca dejaría de sorprenderlo.
—Vaya, gracias. —Ian volvía a sacar su encanto, pensó Rocío con pesar.
—¿Por qué no me los diste en su día, cuando te los pedí?
—¿Estás seguro de que me los pediste?
—Por supuesto, varias veces creo recordar.
—A ver que haga memoria… —Rocío tamborileó los dedos en su barbilla sobreactuando de forma deliberada—. No, no recuerdo que te acercaras a mí en los pasillos o en el patio para pedírmelos.
—Lo haría por teléfono, pero recuerdo que te los pedí.
—Noto cierto reproche en tu voz.
—Hace muy poco recordé que tuve que copiar esos apuntes de nuevo. Quizá tú pensaste que como eran del año anterior no los necesitaba, pero el profesor de Lengua daba por hecho que ya los teníamos y no volvió a explicar nada de eso. Tuve que pedírselos a un compañero.
—Así que se los pediste a un compañero en lugar de a mí. —Cuanto más avanzaba la conversación más triste se sentía.
—Me cansé de que no me hicieras caso.
Así que Ian le echaba toda la culpa a ella, nunca pensó que su encuentro con él fuera así. Se lo imaginaba pidiéndole perdón por haberla ignorado desde que entrara en el instituto y entonces ella le perdonaría y quizá volvieran a ser amigos. No podía dejar de recordar los buenos momentos que habían pasado juntos. Pero esto era el colmo de la hipocresía, si quería guerra, le daría guerra.
—¿Quieres que te sea sincera?
—Eso no hay ni que preguntarlo.
—Desde la primera vez que me llamaste para que te devolviera los apuntes, los metí en esa carpeta y directamente a mi mochila. Los llevé ahí dentro todo el curso esperando que te acercaras a mí o simplemente que me dijeras «hola» al pasar por mi lado, entonces yo te habría dicho: «hola, aquí tengo tus apuntes». Me imaginé esa escena millones de veces en mi cabeza, pero eso nunca sucedió y yo me quedé esperándote hasta final de curso.
Tras escuchar esa confesión, se sintió un idiota. Recordó perfectamente por qué dejó de saludarla.
Al ver su silencio, Rocío decidió continuar.
—Recuerdo el día en que nos conocimos, nos presentaron en las fiestas del patronales y estuviste a mi lado todo el tiempo. Para despedirnos me pediste mi número de teléfono para seguir en contacto. Recuerdo que te hizo mucha ilusión cuando descubriste que, al cambiar de instituto, iría al mismo instituto que tú.
» Un mes después estaba allí en el patio, era mi primer día y unos chicos mayores iban a meterse conmigo. Tú corriste en mi defensa, nunca lo olvidaré. Además, fue el día en que me diste esos apuntes. Después de eso ya no volviste a dirigirme la palabra, al menos personalmente.
—Tiene una explicación.
—Seguro, te avergonzabas de mí porque no era una chica de bandera.
—Estás muy equivocada.
—Te escucho entonces.
Había sido un completo idiota, pensó Ian. No había llevado aquel asunto de la mejor forma. Solo quiso protegerla para que no le hiciesen daño, pero con su comportamiento también se le había hecho. No era más que un crío que no supo manejar la situación. Se lo explicaría y esperaba que ella lo comprendiese. Al menos él había entendido por qué nunca le devolvió esos apuntes.
—Ese primer día, cuando te defendí de aquellos chicos… verás… eran de mi clase. Se pasaron el día entero burlándose de ti, dijeron cosas muy feas. Yo me enfrenté a ellos, incluso le di un puñetazo a uno, sin embargo, no sirvió más que para empeorar la situación. Dijeron que si seguía tratándote te harían la vida imposible. Ellos no podían comprender que tú me gustases. Solo pensaban en tetas y culos grandes. Ahora me doy cuenta de que no hablarte no fue la mejor decisión, pero tenía solo quince años y no supe cómo afrontar aquello. Hacer lo que hice me pareció lo mejor.
—¿Es cierto todo eso? —preguntó Rocío un poco incrédula. Jamás habría imaginado algo semejante. Siempre pensó que él se avergonzaba de ella.
—Sí, lo siento mucho Rocío.
—Debiste decírmelo, aunque fuera por teléfono.
—No quería que supieses lo que esos chicos dijeron y además también me dio miedo que…
—¿Qué?
—Que al contarte la amenaza tú la ignorases y entonces ellos te hubieran hecho algo.
—Si llegas a decirme que no podemos seguir hablando por esas amenazas, ten por seguro que yo no habría hecho ningún caso.
—¿Lo ves?
—Pero, ¿qué hubieran podido hacer?
—Ahora pienso que poca cosa, porque solo eran unos idiotas, pero con quince años el asunto me pareció una montaña.
—Me alegro de haber guardado esos apuntes —dijo ella sonriendo.
Por fin podría tener una reconciliación con su amigo del pasado. No sabía por qué, pero había sido muy importante para ella poder devolvérselos. Y descubrir que lo que hizo Ian fue para protegerla le produjo un cosquilleo en el estómago. Ian debió acudir a un profesor en lugar de aceptar esa amenaza. Cierto era que de jóvenes se cometían muchas estupideces, la cosa más tonta podía ser realmente importante y lo importante lo dejaban de lado.
—No deja de ser extraño que los guardaras tantos años y más si estabas enfadada conmigo.
—Como también es extraño que recordaras hace poco lo que supuestamente te hice.
—¿Será que nunca nos hemos olvidado el uno del otro? —se aventuró a decir Ian.
—Tal vez. —Le dedicó una sonrisa coqueta.
⸺ ¿Te apetece que volvamos a quedar? Si no le importa a tu novio…o marido.
⸺ No tengo de eso en este momento.
⸺ ¿El sábado, entonces? —le propuso entusiasmad o⸺ . Para cenar.
⸺ De acuerdo.
A Rocío se le curvaron los labios de una forma preciosa, pensó Ian. Si ya en el pasado le había parecido guapa, los años la habían vuelto aún más. Y no podía dejar de pensar en esos papeles que ahora sujetaban sus manos. ¿Era posible que nunca le hubiera olvidado? Ese pensamiento lo hacía inmensamente feliz. Así que no pensaba desaprovechar la oportunidad que le estaba brindando la vida. Esta vez no metería la pata.
Se despidieron con dos besos en las mejillas, los cuales se recrearon un poco más de lo habitual. Rocío se sonrojó ligeramente y con un ademán de la mano, Ian la vio marchar. Los tres días que faltaban para el sábado se le harían eternos.