el rescate
Eran las doce menos cuarto de la noche, el operativo estaba listo, les quedaba apenas quince minutos para que se cumpliera el plazo. Trabajaban a contrarreloj, los nervios y el estrés se respiraban alrededor de todo su equipo. El asesino había dado doce horas para encontrarla y salvarla. Había sido una labor ardua, pero habían conseguido localizarla.
—¿Ya sabemos el nombre de la víctima? —preguntó Armando a su superior que estaba junto a él.
—Sí, esta es. —Le mostró una foto—. La ha elegido al azar con tal de que soltemos a su esposa que cumple condena por robo.
—¡Joder!
—¿La conoces?
—Sí.
—¿Será un problema?
—No. Mi equipo está listo. Vamos a entrar.
—Los servicios de emergencia están avisados. Mucha suerte.
Tras la breve charla con el capitán Robles, dio las órdenes pertinentes a sus agentes y agrupándose de tres en tres rodearon el viejo almacén abandonado. No había tiempo que perder.
Rompieron el cristal de una ventana y entraron en el edificio ruinoso. La amplia estancia estaba completamente vacía exceptuando algunos bidones oxidados y una pila de cajas viejas. La oscuridad era tal que cualquier sombra podría ser el asesino, debía tener los cinco sentidos en alerta.
¿Dónde estaría Leire? Ojalá no se hayan equivocado de lugar o moriría. En cuestión de segundos su historia con ella pasó por su mente. Había sido su chica durante cuatro años hasta que se le ocurrió estudiar en Londres. La bronca que tuvieron fue tan grande que dejaron su relación. Él se marchó a hacer un curso de antiterrorismo y hasta el día de hoy no había tenido noticias de ella, de eso hacía más de tres años. Su terquedad, porque creía tener la razón, le impidió llamarla a pesar de que deseó volver a verla durante todo este tiempo.
Hizo unas señas a sus hombres y corrió hacia las escaleras que conducían al altillo. Por primera vez, desde que hizo la primera comunión, rezó. Rezó para que Leire estuviese allí y Dios le permitiese rescatarla.
La puerta metálica que le separaba de la víctima estaba atrancada. Se separó unos centímetros y arremetió con una fuerte patada, pero no se abrió.
—¡Andrés! —Sin necesidad de más palabras, el agente supo lo que su jefe deseaba. Con su arma en la mano, disparó contra la cerradura que saltó inmediatamente por los aires—. ¡Cubridme! —ordenó Armando al tiempo que entraba en la lóbrega estancia.
Avanzó con precaución, pero sin perder tiempo. Esperaba que el secuestrador no estuviese allí, le sería mucho más fácil salvar a Leire y ya habría tiempo para atraparle.
Al enfocar con su linterna el lugar, pudo verla en mitad de la habitación, tirada y maniatada en el suelo. Parecía inconsciente, sin embargo, un gran alivio lo hizo sentir más ligero. Entonces, miró a su alrededor y descubrió la bomba con los dígitos descendiendo a toda velocidad. Quedaban siete minutos.
—¡Mierda! —masculló.
Se acercó a la chica, se acuclilló a su lado para tomarla en sus brazos cuando, de pronto, recibió un fuerte golpe en la espalda que le hizo caer de bruces.
—No me importa quién, pero alguien morirá hoy —bramó el asesino encañonando con su arma la cabeza de Armando.
—¡Suelte el arma! —amenazaron los demás agentes mientras lo apuntaban con sus rifles de asalto.
—¡Todos vais a morir!
—Tú también.
—A mí no me importa, no se ha cumplido mi pedido y sin mi esposa no soy nada. Ahora, el plazo ha finalizado y lo pagaréis con vuestras vidas.
Armando aprovechó que sus hombres habían distraído al perturbado con su charla, para, de una patada en las piernas, mandarlo al suelo. Se colocó sobre él y dándole un puñetazo logró que la pistola saliese volando. Después, con la empuñadura de la suya le golpeó la cabeza dejándole sin sentido.
Cargó a Leire al hombro y miró el reloj del artefacto: cincuenta y cinco, cincuenta y cuatro, cincuenta y tres…
Joder, quedaba menos de un minuto.
—¡Todo el mundo fuera! ¡Corred!
Todo el equipo salió como alma que lleva el diablo. Él y la chica iban en último lugar. Bajó las escaleras todo lo rápido que pudo, cruzó el almacén y logró salir por la ventana que había roto para entrar.
Siguió corriendo sin mirar atrás. Cuando todavía estaba a escasos metros del edificio, se oyó la explosión ensordecedora a sus espaldas. Depositó a la víctima en el suelo y se colocó sobre ella para protegerla de posibles cascotes.
Al minuto, se incorporó y vio que Leire tenía los ojos abiertos y lo miraba asombrada. Armando se apresuró a desatarle las manos y quitarle la mordaza de la boca.
—¿Dónde has estado? —preguntó ella intentando contener su furia, que había sustituido a la angustia de estar secuestrada.
—Lamento haber tardado en encontrarte, pero ya estás a salvo.
—¿Dónde has estado estos años? —especificó su pregunta.
—No te entiendo.
Entonces ella lo abofeteó sin previo aviso y Armando aún lo entendió menos.
Leire no sabía si lanzarse a su cuello o echar a correr lejos de él. Así no podría volver a hacerle daño. Optó por lo primero y se dejó llevar por la sensación de estar a salvo porque en los brazos de Armando siempre se había sentido a sí. Parecía cosa del destino que quien le salvara la vida ahora mismo fuera él.
—Te estuve llamando desde Londres, nadie me daba razón de ti. Desapareciste.
—Hay que llevarte a un hospital.
—¡Contesta! —exclamó separándose de sus brazos y tratando de ponerse en pie.
—Estás confusa por el secuestro… —Armando no entendía que tras la pesadilla que había sufrido quisiese hablar del pasado. Claramente no estaba bien.
—Este secuestro ha sido la peor experiencia de mi vida, pero me cabrea tenerte delante.
—¿De veras me buscaste? —En respuesta, ella asintió con la cabeza—. Creí que no querías saber nada de mí.
Antes de que ella pudiese contestarle, los servicios sanitarios acudieron para atenderlos. Armando sangraba por la parte de atrás de su cabeza sin haberse percatado siquiera.
Tardaron ocho interminables horas en volver a verse. Leire estaba ingresada en el hospital mientras esperaba los resultados de algunas pruebas y confirmar que estaba ilesa, solo presentaba algunas magulladuras en su cuerpo.
Armando había estado dándole vueltas en la mente a las palabras de Leire para llegar a una conclusión, su estúpida cabezonería les había mantenido separados más de tres años.
Entró en la habitación compungido y sus ojos se posaron sobre la cama donde ella reposaba dormida. Se acercó con cautela para no despertarla, debía de estar agotada tras las largas horas de secuestro.
Al sentarse en una de las sillas, esta crujió y Leire parpadeó.
—Hola, siento haberte despertado.
—Anoche no me contestaste.
—Me impresionó mucho verte de nuevo.
—¿Dónde has estado? ¿Por qué desapareciste?
—Pensé que lo nuestro había terminado definitivamente y quería olvidarte. Me fui junto a un compañero del cuerpo de policía a hacer un curso antiterrorista. Nuestra localización era secreta, ni mi familia lo sabía.
—¿Y ya me has olvidado?
—Eso jamás. Cada día tenía ganas de llamarte, de oír tu voz. Nunca supe lo que era la soledad hasta que te perdí.
—Entonces, ¿por qué no viniste por mí?
—Por terco, por idiota.
—Oh Armando. —Leire derramó sus lágrimas, no sabía si era por la emoción de saber que no la había olvidado o por la frustración de entender que solo por terquedad habían sufrido tanto.
—Si me dejas, esta vez no voy a ser tan estúpido.
Se levantó de la silla y se sentó en el borde de la cama. Tomó su mano entre las suyas y bajando la cabeza depositó un beso en sus labios.
Ella le dedicó una leve sonrisa.
—No creas que te voy a perdonar tan fácilmente.
—Supongo que me lo merezco.
—Todavía no te he dado las gracias por rescatarme.
—Tú eres quién me ha rescatado a mí. De mi idiotez, de mi soledad… Te quiero, Leire.
—Yo también te quiero mi tozudo policía.