el pastor mentiroso
Había una vez una aldea rodeada de montañas muy altas. En las afuera de esa aldea, en una casita blanca, vivía una familia de pastores. El abuelo, que era ya muy viejo y se llamaba José, en las noches frías de invierno, al calorcito de la lumbre, contaba historias como esta:
Había ido yo con las ovejas a lo alto de un monte y cuando llegó la noche las encerré en el redil. Se me ocurrió entonces bajar a la aldea para traer ropa limpia y un poco de queso para cenar. Como tenía algo de prisa pensé: “Bajaré la burra del Tío Nicasio. ¡Ea!, que siempre está atada a un roble aquí al lado.” Había una niebla tremenda, pero yo sabía que aquella burra era muy lista y me llevaría enseguida a la aldea. Así que fui hacia el roble y a tientas busqué a la burra. Cuando la encontré, me extrañó que no estuviese atada, me monté en ella de un salto y dije: “Arre, Dolorosa, a la aldea.” Y la burra se puso al trote. Y llevaba unos pocos metros recorridos a lomos de ella cuando empecé a notar que aquella burra era muy rara, estaba muy gorda, tenía mucho pelo, olía muy mal y hacía unos ruidos rarísimos. Así que, con mucho cuidadito, encendí una cerilla, la acerqué a la cabeza de la burra y ¡Dios mío! ¿Sabéis lo que vi? No era la burra del Tío Nicasio, era un oso pardo grandísimo el que me había llevado hasta allí. Di tal salto y corrí hasta la aldea a tal velocidad que llegué mucho antes que si hubiera ido montado en la burra del Tío Nicasio.
Vaya susto, ¿eh, tío José?
Aventuras como esa no se dan todos los días.
Pepín, el nieto de José, que era pastor como él, escuchaba siempre con mucho interés las historias de su abuelo. A él nunca le había ocurrido nada extraordinario, pero como era muy mentiroso, decidió inventarse una aventura.
Pues eso no es nada. El otro día estaba yo con las ovejas y de repente empezó a sonar un ruido muy fuerte y a temblar la tierra y empezaron a salir elefantes por todos lados. Eran cientos y me amenazaban con sus trompas y...
Pero hombre, Pepín, si por aquí no hay elefantes.
Este chico cada día está más mentiroso. Un día te vas a llevar un buen disgusto.
Pepín se puso muy colorado y se avergonzó mucho de que hubieran descubierto su mentira. Entonces, en venganza, decidió gastar una broma muy pesada a todos los demás pastores del pueblo.
Mañana, cuando esté con las ovejas, voy a hacer creer a todos los pastores que me ataca una manada de lobos. ¡Menudo susto se van a llevar!
Así que al día siguiente Pepín subió con su rebaño a lo más alto del cerro y desde allí empezó a gritar:
¡A mí! ¡Ayuda! ¡Socorro, que me atacan los lobos! ¡Socorro! ¡Ayuda!
Ese es Pepín. Hay que subir a ayudarle.
Sí, vamos. ¡Rápido, daos prisa!
Los pastores corrieron ladera arriba armados de palos para ayudar a Pepín. Y cuando jadeantes alcanzaron la cima dispuestos a hacer huir a los lobos, lo encontraron más contento que unas pascuas cantando una canción:
¿A dónde vais tan deprisa?
Solo veros me da risa.
A todos os he engañado,
no hay lobos, solo el ganado.
¿A dónde vais tan deprisa?
Solo veros me da risa.
A todos os he engañado,
no hay lobos, solo el ganado.
Ja, ja, ja. No hay ningún lobo, tontos. Ja, ja. Os he tomado el pelo.
Tanto se enfadaron los pastores que, sin dirigir palabra a Pepín, dieron media vuelta y volvieron con sus rebaños.
Este chico va a acabar muy mal con ese vicio que tiene de mentir.
Es verdad, no se puede engañar así a la gente.
Pasó algún tiempo y la vida en la aldea seguía igual que siempre. Pepín y los otros pastores salían cada mañana hacia el monte con sus ovejas.
Un día que Pepín estaba con el rebaño en lo alto del cerro vio que algo se movía entre unos matorrales.
Anda, debe de haberse metido alguna oveja entre las zarzas y no puede salir. Voy a sacarla.
Pepín se acercó al matorral. Y cuando estaba a unos pocos metros ¿qué creéis que vio? No era una oveja lo que había en el matorral, era un lobo enorme que acechaba a él y a su rebaño.
¡Ay, un lobo! ¡Socorro, pastores! ¡Socorro, el lobo!
Mientras decía esto, tres lobos más salieron de los matorrales, cuatro, seis, y comenzaron a rodear a Pepín y a sus ovejas. Pepín, desesperado, gritaba:
¡A mí, pastores! ¡Que me devoran los lobos! ¡Son muchos lobos! ¡A mí, pastores!
Los pastores, que apacentaban sus rebaños al pie del cerro, oyeron los gritos a lo lejos.
Ya está otra vez Pepín haciendo de las suyas. ¡Ay! Este chico no tiene remedio.
Pues lo que es esta vez, no picamos. Tontos seríamos. ¡No te esfuerces, que esta vez no nos engañas!
¡Que sí, que es verdad, que hay muchos lobos que están devorando a mis ovejas! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Auxilio!
Pero nadie le hizo caso, porque creían que les estaba engañando otra vez. Pepín, para que los lobos no lo devorasen a él una vez que hubiesen terminado con las ovejas, echó a correr cerro abajo y no paró hasta llegar donde estaban los otros pastores.
¡Qué, Pepín! Esta vez no nos has engañado, ¿eh?
Pero si no os he engañado, los lobos se han comido todas mis ovejas.
Los pastores vieron que esta vez Pepín decía la verdad.
Vaya, nos hemos equivocado. Pero tú tienes la culpa, esto te ocurre por mentiroso. Si el otro día no nos hubieras engañado, ahora todavía tendrías tu rebaño.
Claro, hubiéramos subido y espantado a los lobos. Pero, en fin, la cosa ya no tiene remedio.
Pepín quedó tan escarmentado con lo que le había ocurrido que nunca volvió a decir mentiras.
Pasado el tiempo, al ver los demás pastores que se había corregido de su defecto, decidieron regalarle una oveja cada uno, con lo que Pepín volvió a tener un rebaño. Y subía todos los días con él al cerro cantando:
Nunca diré más mentiras
porque sé que no está bien.
Siempre diré la verdad
y todos me creeréis.
Nunca diré más mentiras
porque sé que no está bien.
Siempre diré la verdad
y todos me creeréis.