Durante el desayuno sustituí el chocolate caliente por tres estimulantes, una botella entera de coñac y mucha grifa. La mezcla resultó explosiva y me dio el coraje preciso para arrojar, en plena instrucción, el fusil contra un zapador que se dirigía tranquilamente a su humilde zanja de todos los días. El capitán se quedó un rato en silencio perfecto, tratando de comprender lo que acababa de ver. Fue una estatua de sal hasta que reaccionó preguntando:
—¿Se encuentra usted mal?
Siguiendo estrictamente mi meticuloso plan, puse cara de afligido y dije:
—Estoy loco.
También podría haber dicho «Todavía soy joven» y el plan igualmente habría funcionado. El capitán dio un paso al frente y, con firme convicción, dijo:
—Los locos jamás reconocen que lo están.
Entonces bajé lentamente la cabeza y, simulando una convicción infinitamente más poderosa que la del capitán, dije:
—Todos conocemos Hong-Kong.
Creo que hubo algo en mis palabras que debió de desconcertarle o conmoverle porque, en lugar de precipitarse en un arranque de ira, dio instrucciones para que me condujeran inmediatamente al Hospital Militar. Media hora después era recibido por un oficial especialista en psiquiatría. Para entonces, el efecto de las drogas había ido tan en aumento que yo era ya un perfecto loco. Al ver que el oficial me inspeccionaba detenidamente, dije:
—No volveré a ser joven.
—¿Qué dice usted?
—Lo prometo.
—¿Por qué no habla usted más claro?
—Señor, creen que estoy loco.
—Y naturalmente usted piensa que no lo está.
—Claro que no lo estoy.
—Eso me compete decirlo a mí.
Bajé lentamente la cabeza y, de repente, dije:
—Todos conocemos Hong-Kong.
El oficial enarcó las cejas. Mi mirada no engañaba. Era, a todas luces, la mirada de un demente que cree aproximarse a la línea de su sombra. Poco después era internado en el pabellón de los locos, el edificio más dulce y agradable que veía en mucho tiempo. Era habitado tan sólo por cinco enfermos y, cuando entré en la sala principal, estaban todos agrupados junto a una ventana mirando melancólicamente un paisaje que, sin duda, confundían con la libertad. Me miraron en silencio y tan sólo me dio la bienvenida el loco de más edad: un legionario al que llamaban el Ginebra. Pronto supe que era célebre por su costumbre de mezclar leche con ginebra y beber cinco o seis litros diarios de tan singular brebaje. Era un loco de excepcional calidad que fumaba grifa en los lavabos y llevaba siempre seis relojes, tres en cada muñeca. Todas las mañanas, sin excepción, comentaba en voz alta, al despertarse, lo amable que era el nuevo día. Después, con rotunda solemnidad, consultaba la hora en sus relojes.
—Veamos qué hora es —decía.
Y se quedaba contemplando sus seis relojes sin minuteras, con la mirada absorta hasta que los ojos se le humedecían y, secándoselos con el dorso de la mano, exhalaba un hondo suspiro de resignación. Después insistía en lo amable del nuevo día.
Eran, en efecto, días amables. Y para mí lo habrían sido aun más de no ser por la engorrosa revista de locos. Todas las mañanas a las nueve, nos alineaban frente a la puerta de entrada, y el oficial psiquiatra iba preguntando a cada uno cómo nos sentíamos aquel día. El Ginebra, al igual que los otros cuatro locos, improvisaba. Una mañana decía: «Mal». Y al siguiente día decía: «Muy mal». Variaba poco en sus respuestas, pero variaba. Yo, en cambio, me quedé anclado en lo de que todos conocemos Hong-Kong. Esa maldita frase comenzó a labrar mi perdición. Me advirtió de ello el loco más cuerdo del pabellón. Se llamaba Salvador Salvador y la habilidad con la que conseguía sorprendernos constantemente parecía la prueba más evidente de que estaba en su sano juicio. Un día, le pregunté cómo era que siendo Salvador su apellido le habían bautizado con el nombre de Salvador.
—¿Cómo te llamas tú? —me preguntó inmediatamente.
—Ramón Gómez —respondí.
Estalló en una carcajada descomunal que me dejó tan sorprendido como cuando deslizó sobre mi mesa de noche esta nota:
«¿Sería usted tan amable de concederme una entrevista o acaso prefiere recibir diariamente una citación en forma de faro y entre risillas incluirla en su novedoso tratado sobre la practicidad?
»Le saluda,
»Aprensión».
Era evidente que le encantaba sembrar el estupor y que, además, estaba provisto de especiales dotes para ello. Un día las utilizó para poder dormir mucho antes de lo acostumbrado. Todas las noches constituía un calvario el largo y lamentable jaleo que armaban los locos cuando una monja, nuestra vigilante nocturna, apagaba la luz y ordenaba oración y silencio. Salvador Salvador no soportaba ese jaleo, y una noche aprovechó una breve pausa en la incoherente conversación general para decir en voz alta y engolada:
—Veo a Wagner en mi bañera.
A continuación imitó el ruido del viento hasta que los locos, tapándose hasta el cuello con las sábanas, entraron en el mundo de los sueños antes de lo acostumbrado. Recuerdo con claridad al loco que más amaba el sueño. Era un joven taciturno al que llamaban el Majara, porque había matado a su mejor amigo y cuando se le había preguntado por qué lo había hecho se había limitado a decir que el muerto ensuciaba el paisaje ceutí. Fue una de las escasas ocasiones en que se le oyó hablar. En la revista de locos, cuando se le preguntaba por su estado anímico, respondía con un silencio impresionante, mucho más efectivo, por supuesto, que cualquier palabra.
Si el más lacónico era el Majara, el más locuaz era, sin lugar a dudas, un viejo sargento que se hacía llamar Bobby Solo. Llevaba un parche negro sobre un ojo, y con el otro miraba sombríamente. Todos sabíamos lo que veía con ese ojo sano. Era el loco más loco de todos, no sólo porque veía ranas y langostas en el horizonte, sino también porque, además, era el mejor amigo de el Majara, con el evidente riesgo que esto comportaba. Bobby Solo disfrutaba tomando la palabra a todas horas. En la revista hablaba muchísimo. En cuanto le preguntaban cómo se encontraba, iniciaba una minuciosa y siempre imaginativa descripción de su estado. Era un hábil narrador y sabía infundir pánico al oficial psiquiatra. Una noche, el Majara intentó estrangularle y, a la mañana siguiente, eligió la hora de la revista para narrar, con singular pericia, escalofriantes detalles del incidente, y lo hizo con una imaginación desbordante que le llevó a afirmar que era el Sereno quien le había salvado la vida. Nada más lejos de lo real.
El Sereno era un hombre extraordinariamente quieto, muy pacífico, salvo cuando perdía la razón. La primera vez que la perdió fue haciendo guardia en la frontera. Le sobrevino un grave ataque de locura y comenzó a disparar a mansalva, al tiempo que, a título personal, declaraba la guerra al reino de Marruecos. El Sereno, cuando estaba tranquilo, era el hombre más triste que he conocido en mi vida. Bastaba con mirarle un instante para deprimirse en el acto. Era un ser muy depresivo, salvo cuando enloquecía. Entonces, con infinita alegría y con gestos como epilépticos, declaraba la guerra a Marruecos. Cuando esto sucedía, los locos le arrojaban cubos de agua y se divertían a su costa hasta que el Sereno volvía a la paz y también a la más absoluta tristeza.
Está claro que entre esta gente me sentía feliz, y creo que habría podido serlo mucho más de no ser por la revista matinal. Decirle diariamente al oficial la frase sobre Hong-Kong no sólo era contraproducente por lo reiterativo, sino también nada convincente. Hay que comprenderlo: uno no puede estar loco todas las mañanas. Lo peor de todo aquello era que ya no podía cambiar de frase o sumirme en un silencio que fuera impresionante porque eso podía equivaler a un tácito reconocimiento de que había recuperado la razón. Era demasiado tarde para cualquier cambio y la frase se había vuelto contra mí.
Llegó así una mañana en la que, durante la revista, el oficial psiquiatra, con la habitual rutina, me hizo la misma pregunta de siempre.
—¿Cómo estamos hoy?
—Todos conocemos Hong-Kong —dijeron el Sereno y el Majara a la vez.
Inmediatamente comprendí que estaba perdido. El oficial estalló en una delirante carcajada que contagió a la monja y poco después a Bobby Solo y más tarde al resto de los locos. Rieron a gusto hasta que el capitán, ordenando que callaran, avanzó hasta mí para decirme:
—Claro, claro. Todos conocemos Hong-Kong, su rada, sus juncos, sus sampanes y los modernos edificios de Kowloon.
Tratando de no perder la calma, mantuve mi simulado gesto de demencia. Pero era ya demasiado tarde. El capitán renovó su carcajada y fue, de nuevo, secundado, con gran jaleo, por la monja y los locos. El Ginebra comenzó a darse alegres topetazos contra las paredes. El Majara agitó una campanilla de bronce, como para anunciarme el fin de mi estancia entre ellos. Bobby Solo y el Sereno cantaron un calypso. Salvador Salvador, como raptado, se quedó llorando.
Una hora después, estaba ya en el cuartel y dejaba atrás para siempre aquel pabellón decisivo en el que descubrí que también la locura tiene su diccionario de penas no confesadas que vuelven siempre con los verbos y los adjetivos en el discurso cuando somos jóvenes y vivimos más allá del tiempo y viajamos, siempre hacia adelante, trastornados.