El joven Wilhelm Wietz se enteró por correo de que, en el sorteo anual de su parroquia, le había correspondido el primer premio, un viaje de placer.
—¡Que raro! —dijo.
Wietz era un ser solitario y triste, carente del menor atractivo, uno de esos pobres de espíritu que se habitúan a aplicar su minúscula inteligencia a tareas monótonas e ingratas. Nunca había salido de su ciudad natal, nunca se había enamorado, ignoraba la palabra Asia, trabajaba en una fábrica de jabón, era apático y apolítico, era huérfano y feo, siempre había sido vagamente feliz y por tanto no tenía historia, sólo recuerdos amables. No pensaba, no reía, no veía. Su máxima ambición era estrechar, algún día, la mano de un jefe de Estado. Confiaba en que acabaría encontrando a la mujer de su vida, pero lo tenía muy difícil porque se comportaba ante las mujeres de un modo ciertamente extraño, no sólo porque las miraba con recelo (les tenía verdadero pánico, pero esto es comprensible), sino también porque si alguna vez estaba a solas con alguna de ellas su sensación de miseria y aislamiento era tan grande que, tras perder la esperanzas de encontrar algo que decir a su interlocutora e incapaz de cortejarla, acababa, por falta de tema, hablando de sí mismo.
Estaba claro que su gris existencia podía verse modificada sensiblemente por el premio, pero Wietz no sintió el menor entusiasmo ante la perspectiva de viajar. Simplemente, quedó muy sorprendido, pues no tenía la menor noticia de que la parroquia sorteara algo. Y quedó también preocupado porque no sabía cómo hacerlo para renunciar al viaje. Amaba su propio aburrimiento y deseó, con todas sus fuerzas, que todo aquello no fuera más que una broma pesada, pero el párroco le confirmó por teléfono el premio. Por primera vez en su vida, Wietz se atrevió a levantar la voz.
—Pero es que no quiero ir de viaje —dijo.
Y el párroco tuvo que pedirle mil disculpas, ya que renunciar al premio obligaba a tramitar un permiso especial del episcopado, y ese permiso sólo se obtenía con un papel timbrado que era difícil de lograr, pues antes había que realizar cinco complicadas gestiones en otras tantas parroquias de barrio y obtener en ellas papeles timbrados de elevado coste…, de modo que resultaba más sencillo partir de viaje.
—¡Que raro! —dijo Wietz, y se quedó escuchando, a través del auricular, la entrecortada respiración del párroco.
De pronto, se sintió fuera de sí, y se inquietó, porque oyó voces.
—Deberías enamorarte, Wilhelm.
Miró a su alrededor y no había nadie, y el párroco era incapaz de decir algo semejante. Pensó en la palabra viaje, y se aterró porque tal actividad no era nada frecuente en él. Vio a la vecina mojando pan en una jarra de mosto, y le sorprendió que colores nunca vistos salpicaran la escena. Memorizó los días en que dormía intoxicado por su propia timidez, y se alarmó porque no tenía por costumbre dedicarse a recordar. Imaginó, muy a pesar suyo, una suntuosa nave en cuya proa reluciente de bronce se encontraba, solemne y grande, la tienda del César entre velas de púrpura, y se quedó perplejo porque ignoraba de dónde procedía esa imagen. Miró fijamente al techo y, por primera vez en su vida, una mancha de humedad se convirtió para él en un océano que, a su vez, fue transformándose en un paisaje imposible, algo así como nieve y nubes en un valle rodeado de fértiles colinas…
Entretanto, el párroco, inquieto por el silencio de Wietz, había empezado a confesar la verdad.
—Me pidieron —le decía en ese momento— que fuera su cómplice y no supe negarme. Pero ya le digo, todo es una broma pesada, varios feligreses…
—Ya no creo en Dios —dijo Wietz, y, acto seguido, colgó con autoridad el teléfono. Sintió un profundo alivio, pero la calma iba a durarle poco. Inesperadamente, vio una lancha que bogaba paralela a una costa y daba tumbos sobre las olas que reventaban su casco. Aún no se había repuesto del susto cuando apareció el buque fantasma que, por no pertenecer al catálogo de sus obsesiones, se presentó bajo el aspecto de un simple velero que navegaba sobre enjabonadas olas. Y en un mirador de infinitos, más allá de la fábrica de sus sueños, en la Torre de los Panoramas, la lluvia le cegó con intensidad largo rato, hasta que oyó golpes en la puerta de su casa, y volvió repentinamente en sí, aunque cegado todavía por la lluvia. Nunca recibía visitas y abrió con su habitual recelo. Se encontró frente a un barbudo feligrés, de ojos desorbitados, que le entregó una carpeta llena de billetes de tren, misteriosas instrucciones, reservas de hotel y vistas sobre grandes bulevares.
—El primer tren —dijo el intruso— sale dentro de una hora. Tiene el tiempo muy justo.
—¿El tren?
—No, usted.
—Mire —dijo Wietz con una amplia sonrisa—, llega usted tarde, porque ya sé que se trata de una broma pesada, su párroco acaba de confesarlo todo.
—Nunca le había visto reírse —dijo el feligrés tratando de ocultar su vergüenza.
En ese instante, la sonrisa de Wietz se transformó en una brutal carcajada. Y poco después, sin que él se apercibiera, le llegó ese momento que tememos todos. Se trata de un instante emocionante y fatal, al que sigue otro que puede durar una semana, un mes o muchos años, quizá siglos, no sabemos cuánto. Lo cierto es que, en ese instante, silbó lejana una locomotora, y el joven Wietz no se dio cuenta de que ya no estaba en su casa, sino en una que era ilusoriamente igual a la que habitaba momentos antes.
Le hizo una reverencia al feligrés y después lo echó a patadas. Se dedicó a planchar camisas, tropezó con Asia en un crucigrama, se tumbó en la cama, pensó en el trabajo que le aguardaba al día siguiente, y no vio que los muebles comenzaban a desvanecerse. Se durmió y a medianoche tuvo sed y se dirigió a la cocina. Su pijama había envejecido notablemente. Le extrañó que retumbaran sus pasos en el silencio nocturno, le sorprendió que el pasillo fuera más ancho que de costumbre, y, al llegar a la cocina, comprobó que ésta ya no existía y que, en su lugar, había un coche-cama de color roble. Observó con interés los paneles lustrados, el tapizado interior, el cuero repujado que cubría las paredes, los espejos empotrados, las lámparas para leer en forma de tulipán, y otros detalles enloquecedores: una amable voz que le instaba a enamorarse, por ejemplo. Se acostó en la cama, que, por cierto, estaba deshecha, y, tratando de mantener la serenidad, guardó las apariencias mientras pensaba que le sobraban motivos para sospechar que simétricas estatuas deslizaban su cabeza de mármol por laberintos de nieve por los que paseaba él, despierto ya para siempre.
En la semioscuridad de su compartimento miró las cosas y parte de las cosas, miró las sombras y secciones de sombras que se movían cautelosamente sin ir a ninguna parte. Buscó fuera de la máquina el final de la vía, el punto fatal en la negra lejanía. Pensó en la fábrica de jabón y la evocó como un infierno, un mundo de conspiraciones, de personas que se aliaban, como en su parroquia, para burlarse de otros. Abrió un libro y, al leer la palabra transformación, levantó la vista hacia la red nocturna de falenas que escoltaban el trayecto del tren. Comprendió que, a partir de aquel momento, estaba obligado a leerlo e interpretarlo todo. Al leer la palabra paraíso, ésta se convirtió en una metáfora, símbolo evidente de la vida eterna. Pensó en el tren en que viajaba y éste se transformó en la inteligencia por el hecho de estar trasladándole de un lugar a otro. Ese tren avanzaba veloz, sin frenos, en la noche oscura.
Atravesó tierras salvajes y desoladas, brumas y nubes acompañaron su camino, las tempestades no amainaron jamás. Recorrió desiertos sin límites hasta que la recta vía se curvó en un círculo secreto, allá donde reposaba inmóvil, fatal y como fijado por el tiempo, mi cuerpo. Hubo un beso al borde del abismo. Incansable y delicadamente, Wilhelm Wietz pasó y repasó sus labios sobre los míos, de arriba abajo, de derecha a izquierda, hacia dentro y hacia fuera, hacia la vida y hacia la muerte, y descubrió que no sólo amaba, sino que pensaba, reía y veía. Veía una sala bañada de sol en la que yo tejía redes de falenas que, a su vez, imitaban el ejército de lombrices que ocultaba piadosamente su carne muerta.
—Al fin —dijo Wietz.