País Relato

Autores

enrique vila-matas

pericia del atlas

1
Mientras los individuos de gris imaginación, que son incapaces de la menor ensoñación diurna, tienen de noche sueños que les dejan honda huella e impresión, nosotros, que tenemos una imaginación desbordante, hemos soportado siempre sueños nocturnos tan mediocres que, desde hace tiempo, soñamos despiertos.
El 27 de septiembre de 1970, tras una lamentable peripecia onírica —recuerdo orificios de una máscara en una noche de tormenta—, desperté en mi nueva casa de París, y mi primer pensamiento fue para la novela que me proponía escribir. La titulé Pericia del Atlas, y en cuanto al tema… Pensé que mi rutinario deambular por las calles del barrio, y la serie de acontecimientos que compusieran aquella jornada, configurarían la trama de lo que nació como simple ejercicio de estilo y se convirtió más tarde en ejercicio impublicable, un breve relato, la célebre odisea dublinesa en miniatura. En un principio, pensé en dedicarla a Joyce, no a James, sino a Joyce Wake, mi amiga inglesa, que me llamaba James aun sabiendo que yo era David. David Stain.
2
Dejad que recuerde, en breves fragmentos, algunos instantes fatídicos o anodinos de la trama de aquel día otoñal. Al despertar, tuve una de esas incómodas alucinaciones, tan frecuentes en mis resacas. Vi que Eva me miraba sonriente, mientras que, con antifaz negro y rubia peluca, se dedicaba a atrapar al vuelo los rublos que arrojaba al aire. «Imágenes del tiempo que pasa —pensé—, el instante como trama de la tinta: alucinación destinada a durar un instante, y que, al desaparecer, me dejará el sobresalto.» Me giré bruscamente en la cama y me calmó ver que, en realidad, Eva, en combinación negra y maquillada como una prestidigitadora, dormía plácidamente a mi lado, en aquel espacioso cuarto del piso recién alquilado en la calle Bonaparte. De repente, ella resopló, gimió, me dirigió un suave ronquido que hizo que me incorporara, de un solo movimiento, en la cama. Jugando a solas, traté de tener más alucinaciones, pero me había convertido en el niño al que le faltaban las imágenes. Me engañé a mí mismo viendo una nuca bañada por una luz violácea, y poco después, al mirar la palma de mi mano y tras grandes esfuerzos, conseguí que una mancha de la piel se convirtiera en diorama. Me arrastré hasta la cocina y busqué los brebajes que podían alejarme de la feroz resaca. Probé a convertirme en un repugnante escarabajo con alas. Presencié la boda de Poe. Me detuve en un pasillo y fui feliz gozando de cierta sensación de soledad. Me quedé mirando el calendario que Eva había comprado en Niza, un calendario con una foto en colores. Me pregunté por el sentido de aquella imagen, y quise saber qué estaría pensando aquel hombre, de espaldas, apoyado en una baranda y contemplando, desde una oscura terraza, el paisaje.
Deliberando superficialmente sobre mis actos, me reí a solas en la oscuridad del pasillo. Decidí que Pericia del Atlas se iniciara con la imagen del grabado, cuya descripción detallada podía acabar con el misterio de la pregunta que parecía encerrar el cuadro. Cuando entré en el lavabo y encendí la luz, recordé que, en sueños, el sol me daba siempre en la cara. Fui al espejo y me hice muecas y pensé que nunca me había aburrido tanto en la vida. Imaginé Nevada. Ideé máquinas infernales. Atravesando muros, y más allá de su cuerpo, Eva emitía ronquidos que zumbaban despiadadamente en mis oídos. Fui a verla, y me dio un escalofrío levantar las sábanas y ver su cuerpo desnudo, la barriga algo prominente, cierta abundancia de grasas, el estúpido baile de las aletas de su nariz, la boba expresión dormida de quien, medio año antes, me parecía la más bella de las durmientes. «Demasiado alcohol y bombones —me dije—, demasiado reposo en sus interminables chismorreos telefónicos.» Pensé en la dulce y desgarrada Joyce. Preso de un inesperado pánico, abandoné apresuradamente la habitación. Di un paseo por el resto de la casa, y pensé que ésta podía ser amablemente descrita al inicio de Pericia del Atlas, y, por vez primera, me complací pensando en la desmesurada luminosidad del espacio que había alquilado. Abrí las ventanas que daban a la terraza de un cuarto todavía desierto, y, adoptando la misma postura del personaje del calendario, di por comenzada mi novela. A partir de aquel instante, todo cuanto observara, pensara y me fuera sucediendo a lo largo del día, podía convertirse en materia literaria. Sobre una mesa, había una baraja alemana de colores, y, bajo la puerta de entrada, reposaba la correspondencia del día. Junté ambas cosas y las coloqué en la mesilla de noche de Eva. Pensé que se despertaría con una buena sorpresa, y me fui directo a la calle.
El primer acontecimiento novelable vino, de inmediato, a mi encuentro. Al pasar ante la terraza del café Bonaparte, una mujer vestida con arrugado traje de chaqueta gris se levantó de su mesa, y, con un lamentable gesto, me saludó. Yo iba como ausente, pensando en hechos lejanos, y no vi a la mujer hasta que la tuve casi encima y sus greñas me golpearon la frente, dejándome aterrado. Abrí bien los ojos y vi un par de sonrosadas y familiares mejillas. Tras un tembloroso y tétrico recorrido de inspección a través del mapa de arrugas de su máscara, comprobé que, en efecto, no alucinaba y que era el sucio pie izquierdo de mi madre lo que, en aquel momento, estaba alegremente pisando.
Hasta donde alcanzan mis recuerdos, es como si fuera imposible huir del melodrama. Brillaban gotas de sangre en los escalones laterales de aquella puerta de entrada a una casa de Barcelona, donde transcurrió mi infancia. Una mañana tan horrible como todas, yo daba tumbos en la cárcel de oro en la que una pareja de tutores, que se habían hecho cargo de mi educación, compadecían mi origen proletario. Fueron ellos quienes mientras mi madre bebía los alcoholes de la bohemia, me alejaron de la miseria sembrando de tristeza mi infancia y mi primera juventud.
Dejé de pisar a mi madre para poder pisarla con más fuerza. Me había engendrado siendo ella muy joven, y, tras la muerte de mi padre, me había alejado hábilmente de su vida, haciéndome pasar por su sobrino, y el sobrino siempre la había llamado tía Pélagie, aun sabiendo cuál era su verdadero parentesco. Pélagie, un homenaje a la heroína de Gorki. Dejé de pisarla. ¿Acaso no le había rogado, implorado, que se olvidara de mí? Resoplando rítmicamente, comenzó a dar vueltas a mi alrededor, con los lentos pasos de una monstruosa muñeca mecánica, y resolví que sus pasos avanzaran hacia el libro que estaba maquinando. La novela estaba en marcha, y mi madre detuvo sus pasos. Seré objetivo al describirla: maravillosamente grata para la mirada sexual, rasgos groseros, tez cetrina, nariz de poros abiertos, belicosas cejas espesas y boca de elefante llena de afilados dientes. Mi madre frunció el ceño —pasó por allí un caminante cabizbajo, preso de una gabardina negruzca (avanzaba ya sola la novela…), personaje de mirada gacha en busca de cosas tiradas por el suelo—, me olfateó, mostró su negra dentadura, y, a continuación, sin previo aviso, hizo una mención emocionada a Stain sénior, mi pobre padre muerto —al parecer, aquella mañana se cumplía el veintitantos aniversario de su infeliz suicidio: se había arrojado a la vía del tren para que nos beneficiáramos de un seguro de vida que no existía—, y, enseguida, comenzó a martirizarme con sus preguntas. Su máxima obsesión era saber por qué me avergonzaba de ella y trataba de ocultarla a Eva.
—Tu novia, a juzgar por la carta que me enviaste, debe de ser muy bella…
Le dije que nos habíamos casado, hacía tres meses, en Hyeres, y que, en el contraluz del crepúsculo mediterráneo, mi memoria había retenido el nombre de los postres: sandías soleadas y macedonia al ron en la tela impresionista. Vertió infinidad de lágrimas mi madre, me acosó y cosió a preguntas. Le pasé un pañuelo y lo utilizó para caracterizarse de Mutter Courage. Un repentino brote de locura la hizo recitar una frase en la que se interrogaba sobre qué podía hacer ella, Pélagie Vlassova, cuarenta y dos años, viuda de un obrero, madre de un poeta… Era horrible su desfachatez, su cinismo, su patetismo barato, su miseria intelectual, su ruindad. «¿Por qué —me dije— tengo que soportar a mamá clochard}» Le buscaría un hotel y la apartaría, en la medida que me fuera posible, de mi vida. «Tengo una cita, tía Pélagie», dije, pero ni se inmutó. ¿Qué maquinaba? Dije que le daría una cantidad razonable de dinero, llegué a confesarle que Eva disponía de una amplia renta de la que me beneficiaba, la abracé conteniendo la respiración, pedí dos nuevas cervezas, y, sin embargo, pese a que sus ojos tenían una enojosa manera de viajar sobre mí —evitaban cuidadosamente mi mirada—, leí en sus pupilas, con la lógica alarma de mi parte, que no era precisamente hotel, ni afecto, ni hijo, ni dinero lo que andaba ella buscando en París.
Sonaron las once campanadas en la plaza de Saint Germain, y, mientras mi madre me relataba su viaje en tren desde Barcelona, volví, por unos momentos, al apartado de los recuerdos ingratos: monótonas jornadas de antaño, diálogo con las estrellas desde la ventana de la casa que habité de niño; marcado contraste entre la sobriedad de mis tutores y las escasas e inquietantes visitas de la madre-tía, Rosa-Pélagie: escritora comprometida con una realidad que, al principio, me hechizaba. Madre Pélagie fue quien trazó el itinerario de mi futura evasión como narrador, evasión presentida desde el descubrimiento de los melodramas que ella escribía y que, en ocasiones, eran citados en pausas, especialmente lúgubres, de su verborrea, y que, en otras ocasiones, llegaron a serme mostrados: manuscritos voluminosos encerrados por Madre-Realidad en amarronadas carpetas: obras teatrales, que jamás vieron la luz, palabra para el olvido.
—Tengo una cita —dije pensando en Joyce.
En ese momento, la dispersión y entrecruzamiento de secuencias narrativas armaron un relato que pensé que algún día escribiría. En efecto, junto a la confusa impresión de una suave contraluz en las vidrieras del café, me llegó, de pronto, la idea de escribir una novela en la que analizaría los días decisivos de mi formación literaria, una novela ilustrada con metáforas crecientemente numerosas que construirían progresivamente una biografía falsa, progresando desde el pasado hacia el presente y desplegándose en un relato concreto que sería una peregrinación al fondo de mí mismo, la novela de la formación de un escritor a través de la experiencia vivida. Pero aún faltaban varios años para que me decidiera a escribir este libro. Pericia del Atlas, en cambio, estaba naciendo de la creación y destrucción de imágenes que surgían y desaparecían en el teatro móvil de aquel día de comienzos del otoño en París.
La tortuosa antipatía que emitía Madre-Realidad desembocó en signos simplemente absurdos cuando se volcó sobre mí para dirigirme una arenga política, cuya finalidad era la de amedrentarme. En su caracterización de Mutter Courage, apeló a mi mala conciencia, levantando el puño para pedir, con una extraña arrogancia, dos nuevas cervezas. «Militante del alcohol —anoté en mi cuaderno de frases avant román— desentierra viejos ecos de su polvoriento pasado bolchevique.»
—Cruzando el boulevard —dije— hay un hotel, el Taranne, muy cómodo, algo fuera de serie. Allí podrías hospedarte.
Me miró con infinito desprecio. Nada de cuanto le ofrecía le interesaba tanto como aquello que venía ocultando. Empecé a sospechar de qué podía tratarse cuando comenzó a insistir, de un modo ya desmesurado, en su deseo de ver a Eva. Me vino a la memoria el error cometido en mayo al comentarle, en mi carta, las gestiones de Eva acerca de Bernard Dort, gestiones que me permitieron publicar cuatro sonetos en Exile poétique.
—Lo único que desea tu madre —dijo desvelando parcialmente sus planes— es que le presentes a Eva. Estoy convencida de que ella será más comprensiva que mi desagradecido hijo. He de pedirle un pequeño favor…
Sentí cierta tendencia a escupirla en pleno rostro, a humillarla allí mismo, a insultarla sin piedad, víbora. Lo que mi madre quería era… triunfar en París. Cerré instintivamente los ojos, pero no soporté estar despierto con los ojos cerrados, pues entonces todo lo que había visto con la última ojeada se me aproximaba enseguida, y, en aquel momento, nada podía resultar más repugnante que el aliento pestilente de mi ambiciosa madre. Abrí los ojos y la vi, entre una bruma pastosa, buscar en su maleta la carpeta amarronada en la que, con extraña ortografía, había escrito el irrepetible título de su obra.
—A Bernadette —dijo— le interesará conocer esto…
—Bernard Dort —puntualicé.
—A Bernadotte, perdona. Es sublime, lo mejor que he hecho hasta ahora. Y además he tenido el detalle, llámalo astucia si quieres, de escribirlo pensando en él.
La cualidad ilusoria del episodio-pesadilla se vio aumentada por la apariencia y el lenguaje de mi madre. Parecía todo una gran farsa si se comparaba con la realidad de Joyce, cuya imagen estaba grabada en mi mente y brillaba más allá del limitado campo de visión de Madre-Realidad, que, disfrazada de campesina rusa, se esforzaba en sacar a relucir fórmulas trilladas en su maloliente y mal usado castellano. Traté de convencerla de que los melodramas tenían aún menos futuro que el amor, la vida o las bibliotecas, pero todo resultó inútil. Ama Rosa me hizo un melodrama, y con la carga más ligera de su cavallería rusticana, fue rebatiendo todos y cada uno de mis argumentos. Pensé en el clásico látigo que viene en mi ayuda en ciertos sueños. Desesperado, profundamente angustiado, recurrí a la silueta de mi astucia y tracé la sombra de una maldad. Se dejaron oír en Pericia del Atlas las notas más pronunciadas de mi carácter, no demasiado registrables por quienes vuelen sobre estas letras. Entre otras costumbres o necesidades, tengo gran tendencia a trazar planes de una crueldad desenfrenada. Mi madre no lo sabía. Quizá por ello, aparecía como una santa, y como confiada. Ella ignoraba que a veces, cuando la situación se vuelve insoportable, llamo al corazón mismo de la angustia, y un extraño absurdo, un ojo, se abre en la cima, en el centro mismo de mi cráneo. Este ojo no es obra de mi razón, es un grito que se me escapa: angustia y vértigo se abren sobre un infinito vacío y mi vida se desgarra de un solo golpe, siguiendo el sentido de la seda, en ese vacío. Entonces ya no puedo volver la mirada hacia atrás y debo escribir lo que deseo sin pararme a considerarlo. Me vuelvo capaz de todo y puedo forzar un situación hasta los límites más insospechados y hacer que la situación reviente.
Así que no grité, no. Me limité a mudar la expresión de mi rostro, y propuse, con falso candor, que fuéramos al encuentro de Eva. Vi cómo se iluminaban sus ojos mientras yo bajaba lentamente los míos. Angustia y vértigo se abrieron aún más sobre el vacío. Mi madre dijo que precisaba de unos tragos de ron, y yo, agarrando su ebrio brazo derecho, detuve su gesto de llamar al camarero. Me ordenó que la dejara en paz, y pensé que ése era el momento ideal para describirle una pintura que la haría descender el primer escalón hacia mi infierno. La pintura en cuestión era protagonizada por un grupo de borrachos. Borrachos egoístas de rostro rubicundo, lanzados de cabeza hacia abajo, a los infiernos, en medio de un tumulto de demonios cubiertos de llamas, y medusas eructando monstruos verdes, ora volando en picado como golondrinas, ora torpemente con terribles saltos hacia atrás, gritando entre botellas que se precipitaban y emblemas de esperanzas destruidas.
Renunció al ron y se puso de pie, balanceando aquella inmensa mole de grasa que estaba ansiosa por encontrar a Eva. Una larga hilera de escolares seguidos por su maestra subía, en ese momento, en dirección a nosotros por la rue Bonaparte. Uno de ellos tiró una piedra contra una farola, y el incidente fue a estrellarse contra la lógica del represor. El colegial fue expulsado a la altura del lugar donde tía Pélagie mostró su alegría ante la perspectiva de conectar con Dort. Yo también estaba contento. Se había desvanecido uno de mis principales temores, ya que venía acoplando hasta tal punto mis recursos estilísticos a aquella cadencia argumental y a aquella escena de café, que llegué a temer que resultara ya imposible conseguir que mi madre y yo escapáramos del encierro en que habían venido a convertirse las primeras páginas de mi odisea parisina. Dejé, pues, de sentirme anulado por la feroz verborrea materna en aquel primer apartado de mi jornada- novela, y poniéndome también de pie, le señalé a mi madre la dirección más opuesta al lugar donde se encontraba Eva.
—Pero ¿no vives ahí enfrente? —preguntó.
—Sí —dije—, pero vamos a ir a su taller de pintura. Eva es una excelente retratista, ya verás.
Me encantó mentir, y durante breves instantes vi a Joyce incorporarse en su cama de la rué Lepic y decirme: «¡Eh!
¿Qué te propones, James?». Después, todo pasó. Volví a la normalidad, a la luz clara de la mañana otoñal. Pagué las cervezas; tía Pélagie se extasió ante una naturaleza muerta; conduje su maleta a un oscuro rincón del café. Me miró con falsa dulzura mi madre, emitiendo signos de alegría, que, por momentos, hicieron que, ante mis ojos, su carpeta amarronada se convirtiera en un cuaderno de música. «Está algo lejos», dije señalando vagamente hacia el norte. Dirección Montmartre. Hacia allí nos encaminamos en aquella mañana del 27 de septiembre, a las 12’45, enfilando en silencio la calle Jacob para ir entrando lentamente en el espacio del siguiente episodio.
3
13 horas, sonido hierro oscuro, una campanada solitaria en Notre-Dame dando el aviso. Acabábamos de pasar por delante del restaurante La Boucherie cuando en nuestro camino, en la andadura de la futura novela, se cruzaron Bendetti y Senedetti, jóvenes argentinos que me saludaron con discreción sin que Mutter Pélagie llegara a verlos ya que acababa de hundir su melancólica mirada en los hippies echados sobre los gruesos sillares del espolón de la lie de la Cité. El día era caluroso y húmedo, la atmósfera pegajosa. Yo hundí mi mirada en la joven pareja de escritores, y todo un minúsculo drama se desarrolló en un abrir y cerrar de ojos, tal como a menudo me sucede cuando, al concentrarme en una imagen, el acto mismo de la atención me lleva involuntariamente a hundirme en la historia de esa imagen, surgiendo así un relato que fabulo como un mentiroso.
En la biografía de un escritor, lo mejor no es la crónica de sus aventuras, sino la historia de su estilo, pero ¿qué otra cosa podía hacer aquella mañana, a la búsqueda de mi estilo, sino narrar la crónica de aquella aventura que tan a menudo vivía? Hablo de la aventura de hallar esa imagen insólita que, al cruzarse en mi camino, me permitía pasar de una situación a otra y ver surgir el inicio de una historia, fabulable en arriesgada pirueta: atrevido ejercicio sobre la cuerda floja de mi incipiente estilo. Esas imágenes insólitas surgían instantáneamente en mi pensamiento y nunca provenían de recuerdos. Eran imágenes nunca vistas, y, en general, muy originales por la rareza extrema de su aspecto delirante. A veces intento provocármelas, pero nunca tengo éxito, ya que deben surgir de modo inesperado; no son nunca de orden visual sino sencillamente psíquico, y ellas son —espero ser comprendido— el motor esencial de estas páginas.
Cuando la banda Bendetti & Senedetti pasó a mi lado, advertí la belleza hexagonal de la cabeza de Bendetti, al tiempo que sentí notable repulsión ante la visión de conjunto: imagen pasajera, que pensé incluir en Pericia del Atlas en descripción no más extensa de la que ahora sigue. Al mirarlos, la primera sorpresa era siempre la de su corta estatura, y a esto había siempre que añadir aquella repugnante tendencia a las verrugas en plena nariz o boca, la desmesurada abundancia de grasas, que era soportada por dos cuerpos breves de eunucos de brazos trabados entre corazón y ombligo. Aquella mañana, Bendetti y Senedetti marchaban, con paso firme, hacia la Gloria. Creían tener motivos sobrados para sentirse orgullosos de sus pasos: habían colaborado en una revista de modas —donde transformaron las notas de sociedad en la suciedad de unas notas—, en un periódico vespertino —donde habían sostenido con el crítico Bouvard una polémica de la que habían salido bien librados—, en una publicación marginal —aparecían sus rostros maquillados a la moda, con un pie de foto equívoco: «Bonetti y Benedetti, o le glamour de Buenos Aires»—, habían escrito a dúo seis comedias, dos ensayos, tres guiones de cine, y eran grandes aficionados al faisán. Tenían, además, cierto punto de locura, otro de esnobismo, mezclado con ambición y cierta facilidad para ampliar, por el método Paské, su círculo social. Y estaban muy interesados en el melodrama, género que pretendían explotar en su próximo guión de cine. Siempre habían escrito a dúo, y su mediocre obra revelaba un complejo sistema de pasarelas sutiles que atravesaban los sentidos de la clase media. Exito, su última y más ambiciosa obra, había resultado un fracaso. Estaban preparando Fracaso, en busca del éxito perdido. Tenían poco ingenio, pero eran arrogantes; poseían un generoso estilo, pero eran necios; tenían cierto sentido del humor, pero eran velludos, patanes, y nunca jamás cambiaban de tema: las aventuras de dos exploradores enanos en el corazón de una jungla urbana; eran monstruosos, pero asignaban gran fuerza a su modesta cultura. Vivían, en realidad, en la inferioridad del complejo, y debían su relativa celebridad al curioso procedimiento de hundir escritores para encumbrarse ellos. Misteriosamente, cuando tenían éxito, éste acentuaba sus modales femeninos, y viceversa. Cargaban las tintas en la autenticidad dramática y el desenlace intimista, dos pestes muy boga en Francia.
Aquel día, por las calles de París, iban hablando de la pieza teatral que deseaban escribir. No estaba nada claro cuál era el tema de la obra, pero conocían la primera escena, basada en un encuentro callejero, fortuito. Estaban ya a la altura del restaurante La Boucherie cuando le dije a mi madre que se girara si deseaba ver a un par de cómicos italianos en acción. Escepticismo: «¿Por qué habrían de interesarme?». Fui conciso y calculador en la respuesta: «En sus ratos libres, escriben melodramas». Me miró por primera vez directamente a los ojos. «Y triunfan», añadí. Se giró en el acto y les hizo un gesto muy expresivo. Bendetti estaba demasiado entretenido en inspeccionar, de puntillas, el paisaje interior de La Boucherie, pero Senedetti, que era menos fisgón, se apercibió de la llamada y acudió al encuentro de Rrose Selamort.
París, 13’13 horas. Bendetti y Senedetti van en busca de su camioneta, acompañados por la vieja dama digna y el despierto Stein, que ha convertido al dúo argentino en cómplices de su alegre plan. Ahí van, camino del falso estudio de Eva, en animada charla, cuando entran en la cuarta casilla de la compleja rayuela. Stein ha prometido a sus cómplices una buena escena para su melodrama.
4
—¡Eh! ¿Qué te propones? —oí que decía Joyce, sobresaltada al verme entrar en su casa, acompañada de la vieja dama y su raído paraguas.
Bendetti y Senedetti, en el umbral, tomando notas y espiando.
—¡Hola, Eva! He venido a encerrar a mi madre en uno de tus armarios —dije, ocultando mis verdaderas intenciones.
Asombrados, los reyes del melodrama cruzaron el umbral. En el silencio que siguió a mi frase, y con la acción como suspendida, todos nos miramos a todos, y todos sentimos la incómoda sensación de ser vigilados, sospecha que confirmamos al girarnos y comprobar que siempre uno de nosotros se hallaba detrás del otro y espiaba al posible doble y su teatro. A la vez todos inspeccionamos aquella sucia casa, con lóbrega puerta que no cesaba de chirriar: miserable estancia que, incluso a la hora más clara del día, exigía la luz eléctrica; amueblada con tétrica cama, dos baúles repletos de libros y tazas de café y botellas de whisky dispersas por las estanterías sobre las que reposaban los cuadros que pintaba en Montmartre: siniestros paisajes recorridos por un sombrío pincel costumbrista.
Joyce sembraba el malestar, y cuando hablaba lo hacía siempre con la intemperancia de un espíritu al que todo le resulta ajeno; la enfermedad, la miseria, la muerte o el amor, nada contaba a sus ojos. Todo estaba envuelto en una nube de polvo, y Joyce estaba borracha, y lo estaba hasta el último grado. Para colmo, no dejaba de hablar, lo que me obligaba a repetidos esfuerzos: era una de esas mujeres a las que, por un motivo u otro, solemos siempre interrumpir y a las que casi nunca dejamos completar una frase. Era muy difícil hacerla pasar por Eva, y más difícil hacerla callar. Mi madre la miraba aterrada, examinando de cerca, con extrema curiosidad, el ritmo vivaz de aquellos húmedos labios que no se cansaban de pedir más tragos, más alcohol, más ebriedad. Cuando se callaba, resaltaba su belleza, su extrema belleza: inalterable, incluso cuando vomitaba —estaba arrojando bilis encima de mi madre—, siendo especialmente hermosos los ojos, con aquellos pliegues voluptuosos de los párpados, las pestañas de azabache, la posición hipnótica del iris, situado muy alto; los párpados permaneciendo siempre abiertos durante mis abrazos, y una capa de tristeza velando a medias sus pupilas cuando se decidía a volver a hablar y yo me veía obligado a interrumpirla. Ese día, sin embargo, preferí que completara una de sus exclamaciones.
—¡Cuánta fealdad —dijo— en la cabeza de puerco de tu señora madre!
La ofendida la miró en silencio. Opté por sacar la cabeza por la ventana y distraerme mirando hacia arriba, donde el sol desaparecía detrás de la línea de bajas casas de la rué Lepic. En el cielo cubierto de sombras, descubrí a la luna, que muy pronto se puso a caminar por la calle, llevándose a sí misma en el bolsillo: en una pendiente a la luna se le desató la cinta de un zapato, y cuando se inclinó para atarlo, se le cayó del bolsillo: la luna que empezó a rodar veloz por la asfaltada vía, mojada por la imprevista lluvia: la luna tras la luna, y una de ellas perdiéndose a sí misma en la neblina azul que me recordó el día de mi primer encuentro con Joyce: café Weber, place Clichy, el deseo en las medias de seda, rápida conversación, pálida y perfumada Joyce, ebria en aquel taxi, pasión por la velocidad antes de ir a la cama, rué Lepic cuesta abajo, viejos ecos vanguardistas, y el taxi frenando ante un bebedor suicida, los faroles en línea sucesiva, solitarios bocinazos, Joyce que reía, la esquina fantasma y el boulevard Saint Michel: cinturas en movimiento, ardientes. Asomando bajo la rubia balumba de su pelo, una caracola de nácar y un aro de oro, temblando. Amor, amor.
—¡Eh! ¿En qué estás pensando? —oí que me decía, con una mueca bruja, la madre.
No estaba ya pensando en nada, porque los pies de Joyce, subiendo a lo largo de mis piernas, me habían alcanzado el pene, que pendía tristemente fuera de la bragueta. Allí, los pies se habían detenido, y, tomando delicadamente mi miembro entre ellos, habían iniciado un movimiento de vaivén que me excitó. Súbitamente endurecido, el pene bailó entre los elegantes zapatos de ella, y poco después, sin mediar palabra, llegué al orgasmo. Joyce trató de imitar la risa de Eva, y yo me volví convencido de que Pélagie se hallaría al borde del colapso, pero no fue así: apoyada en el armario, habló del olvido, soltando una jaculatoria comunista que dejó aterrados a los argentinos. Vi entonces dos medias de seda colgadas sobre la cama; pensé en estrangular, y por eso desvié la mirada: en una repisa había dos manchas de sangre, y con horror aparté la vista hacia un sofá en el que descansaba un afilado cuchillo, de modo que desvié la mirada hacia la ventana, donde creí ver aplastada en una maceta la cabeza aún sonriente de la insaciable madre. En el armario, tropecé con sus entrañas, y al mirar al suelo, vi desvanecerse la sombra de la condenada.
—Está bien —le dije, con fingida calma—, ya ves que Eva te desprecia. Nunca, además, te va a presentar a Bernard Dort, así que olvídate de nosotros. Vuelve a Barcelona, que allí morirás feliz.
—¡David!
Mi nombre fue pronunciado por mi madre con una dulzura terrible. Como antaño, en los sueños de las largas noches de invierno, ella me llamaba, y la amenaza de muerte que pendía sobre su vida le daba, cuando me hablaba, una extraña dulzura; un sudor frío traspasó mi mente, y me armé de valor ante mi segunda tentativa, algo ya menos ingenua, de olvidarme de Madre-Realidad.
5
Mientras Joyce, pudorosamente, se desnudaba detrás de un biombo chino, Bendetti salía en busca de ron jamaicano, y la madre, alelada en su tenaz resistencia, se apoyaba en David James, que maquinaba. «Si el miedo a la madre desaparece —pensaba el mediocre Senedetti— todo está permitido.» La madre soltó una carcajada, Bendetti apareció con una botella, Senedetti tuvo miedo y perdió la memoria, Joyce derribó el biombo. «Si todo resulta como espero —se dijo D. James, excitado ante la perspectiva— me libraré para siempre de mi madre.» Entre una nube de polvo, circulaba el ron jamaicano. «Tú no eres Eva», dijo la madre. Joyce-Eva Wake daba brincos sintiendo azotado su culo por el paraguas hábilmente manejado por la madre. Bendetti y Senedetti se extasiaron detrás del sofá, pensando en esa escena cómica que es imprescindible en cualquier melodrama.
—Qa va —dijeron los argentinos.
La madre mascaba una colilla apagada, se ensuciaba con el ron. James y Joyce intercambiaban mensajes. Cayó un cuadro sobre el biombo. Se descompuso el moño de la madre cuando vio que perdía su falda en una ágil incursión de los Stein en la parcela privada de gusto. «Puerco», dijo Senedetti a James, que había comenzado a encular a la madre para ver si así, por fin, ésta se suicidaba. Senedetti no pudo soportarlo y se desplomó sobre Bendetti, que, al tratar de evitar el choque, cayó sobre el cuadro que se había desvanecido sobre el biombo que se había desplomado sobre el suelo. El dolor que a la madre le causaba el desinhibido pene que le desgarraba el culo le hizo gritar con una excitación fuera de lo común. Eva-Joyce apagó la luz para dejarlo todo en tinieblas, y, en ese instante, el paraguas raído se convirtió en un lamentable bastón de ciego, que, en su desesperación, la madre proyectaba contra el incesto. Con un rápido movimiento, la suplantadora de Eva se echó encima de la madre, arrebatándole el arma. Entre gritos y muecas espeluznantes, la madre levantó las manos para protegerse el rostro, y Joyce, la bondadosa Joyce, que nunca había agredido a nadie, descargó, con gran furia, el bastón sobre la cabeza de la madre, que dio un salto hacia atrás con el rostro congestionado aún por una extraña sonrisa. Y entonces ocurrió algo realmente notable: al igual que Eva después de la caída, la madre, agachándose en el antiguo paraíso, cubrió con una hoja de parra su desnudez.
Bendetti dio con el interruptor de la luz. Se iluminó la escena, justo en el instante en que David James, dejando de encular a Madre-Realidad, se corría a gusto en un sucio rincón. Se vio a Joyce ocultar tardíamente su arma, y a Senedetti mirarlo todo con perplejidad, llorando con pujiditos regulares, de caniche perdido. Desde el suelo, totalmente extenuado, con boba satisfacción, el hijo chasqueaba la lengua, y, de vez en cuando, escupía orina a su mamá. Pensativos, comenzaron todos a andar por la estancia. Eva-Joyce miraba a David-James, y éste miraba al melancólico Bendetti, que, restregándose los ojos, miraba a Senedetti, que miraba a la madre, que dejando escapar baba y maquillaje, miraba a los cuatro a la vez, chorreando infecta.
6
—Tú no eres Eva —dijo, tosiendo del polvo, la madre.
A la vista de la rodilla pulposa de la madre obesa, pensé que debía obrar con suma paciencia. Desembarazarse de Madre-Cocotte no era tarea tan fácil como, a primera vista, me había parecido; su capacidad de resistencia, por ejemplo, era infinita. Aunque se había convertido en un sauce llorón desplomado sobre el sofá, su posición no indicaba que se encontrara perdida, desolada, triste, con deseos de desaparecer de mi vida, sino más bien todo lo contrario: su lloriqueo era pura y simple estrategia para defender las posiciones hasta entonces alcanzadas.
—Me fascina —dijo, de repente— vuestro estilo de vida.
Del laberinto del Edipo, ni la sombra. Era tan dueño y, a la vez, tan esclavo de mi madre, que me sentía, pues, más allá del deseo, de modo que, ante su frase, me quedé pensando únicamente en la palabra estilo, a la que añadí por capricho otras letras componiendo una palabra de la que eliminé dos sílabas quedándome una nueva palabra, eslograca, invento personal o arma afilada con punzón en su vértice: sangriento golpe imaginario sobre la frase de mi madre. Después, resolví detener la acción dramática y le comuniqué a Joyce, en ebrio mensaje, mi decisión irrevocable de salir huyendo de la casa. Me despedí de Bendetti y Senedetti, que estaban consolando a mi madre. «¡Cuidado —les dije—, que os saldrán pájaros en los ojos!», le di a ella una sonora bofetada y allí mismo la dejé mientras removía el culo del incesto, visto como melodrama. Salí corriendo a gran velocidad, muy excitado ante perspectivas tan excelentes como regresar a casa —había cesado, de repente, mi odio a Eva—, pasar por una buena comida, entrar en mi gabinete y allí redactar. En medio de un pegajoso miasma de laca, Mamá Imedio interrumpió sus llantos para empezar a perseguir al hijo fugitivo. Que me olvidara, le dije. Moví las manos delante de sus ojos, y, con un brusco gesto, pellizqué la carne de mi carne, revolví sus canas, las maltraté, estiré, arranqué; apreté a correr de nuevo, y en mi escapada se cruzó el taxi de la salvación. Aunque la imaginaba invisible, hice un gesto brusco, como escondiendo mi eslograca. Seguí un tortuoso itinerario mental, mientras, con fingida independencia funcionaba feliz el taxímetro soñado. Tomé el viaje a modo de entreacto, resolví las primeras páginas de Pericia del Atlas. Al llegar a casa, Eva, frente a un ventilador, apoyando una mano en la cesta de mimbre en la que oscilaba un gato, me recibió con ironía. Y con frialdad.
—¿De dónde vienes? —preguntó—. Eres el trasero de un galán ocupado, pero, en tu sordidez, hay algo del impulso cerebral de un arte enfermo…
Eva tenía un modo rápido de acabar una frase antes de que le atacara la risa, pero, en esta ocasión, fue un susurro imprevisto el que cortó sus palabras. Que hablaba como un libro abierto fue la primera impresión que tuve, pero pronto me di cuenta de que, en realidad, hablaba con un libro abierto. El almuerzo fue lamentable. Eva se divertía hablándome con frases hechas, e incluso se permitió una elogiosa alusión al firme carácter de mi madre rusa.
—Y ahora corazón —dijo para terminar, colocando un par de besos en mis hoyuelos—, facilítame las cosas. Quisiera estar tranquila esta tarde. Haz bondad y comienza la dichosa novela.
Cumplí la orden, me retiré al gabinete y escribí, sin cesar, hasta las seis de la tarde. A esa hora, me entró una fatiga sin precedentes, y las letras comenzaron a bailar o borrarse. Alarmado, me asomé a la ventana, donde vi, entre las sombras, y, como integrándose de un modo activo en la novela, un hombre con la cara medio tapada, un personaje que me era familiar, en pie sobre la cúspide de un obelisco. Era el genio alado de mis escritos, la fuente de toda mi inspiración. Se elevó verticalmente en los aires, describiendo lentamente un círculo que fue ensanchándose en espiral. El escritor aéreo, que vestía gabán oscuro y volaba arrastrado por el viento que empujaba su paraguas, siguió su carrera encima del Sena, de los paseos, de las iglesias, de los baluartes y de los bulevares. Acabó desapareciendo, como un caballo a galope tendido, conducido por mis recobradas fuerzas. Escribí una hora más, hasta que Eva entró en el gabinete.
—Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más —dijo mordiendo una manzana.
Salió del gabinete, e inmediatamente volvió a entrar, esta vez con limonadas, pastas y té humeante en una amenazadora bandeja. Su irrupción coincidió con las siete campanadas del reloj de pared, un sombrío recuerdo de Héctor. Atribuí mi desconcierto a las cuatro horas invertidas en Pericia del Atlas, y traté de descansar entornando los ojos. Cuando los abrí, Eva se rió, con grosera dispersión, de mí. Algo me preocupaba más, y divagué en torno a una sospecha reciente: en lo que tenía ya escrito de mi novela —intento de reproducir fielmente lo que había visto durante aquel día— era ya visible cierta frustración: cuanto más lúcidamente Pericia del Atlas pretendiera ajustarse a su presunto objeto, más y más aparentemente irrealizable iba a volverse el proyecto, pues era evidente que, por mucho que me apresurara en ir directamente al centro de los asuntos, la descripción misma de mi encuentro con Madre-Realidad exigía dos volúmenes, y la redacción de esos dos volúmenes me llevaría un año de trabajo. Estaba claro que, a medida que avanzaba el día, me alejaba cada vez más del texto, y que sólo deteniendo la marcha del reloj y de la vida lograría estar en paz con el tiempo. Censuré a Eva su actitud: removía, infatigable, una cucharilla en su taza de té. Después, caí en una nueva reflexión: en todo lo que tenía ya escrito, la memoria intervenía como instrumento de búsqueda, pero sin ser el instrumento más profundo, pues de lo que se trataba en mi novela no era de la exposición de la memoria, sino de la historia de un aprendizaje, del nacimiento de un estilo.
Con la cucharilla, Eva me salpicó de té, y protesté. Que se sentía sola, esgrimió ella como disculpa. Y que no pensara tanto, creo que añadió. Miré entonces más allá de donde estaba ella, y allá abajo, en el abismo del patio interior, vi cómo se agitaban las bibliotecas en llamas de mis sueños, llamas como lenguas de papel rojo lamiendo troncos en las festivas vidrieras del edificio: paisaje incomparable, visto a través del humo del té que se reflejaba en las vidrieras. Como una bocanada de fuego caliente, me sentí amenazado por un oscuro acceso de locura. «Te quiero», le dije a Eva, pensando en Joyce, a la que vi disfrazada de Mutter Courage en medio de un colosal despliegue de banderas moscovitas. Me complació también imaginar que, por un momento, Eva, que tras la boda se había distanciado de mi querido genio alado —nadador del espacio, cada vez más alejado de su imaginación—, halló el punto aquel del jardín de Honfleur donde un beso inolvidable selló nuestro pacto de amor. «Te quiero», dije pensando en mi madre, a la que veía chata y opresiva, desvaneciéndose de miedo en la casa de Joyce.
Aquí me veo en la obligación de intervenir, pues ridicula me parece esa imagen del genio volador y muy poco inspirado veo a su creador. Avanzaba en paz por el texto, querido Stein, cuando he visto disociada mi imagen de cierto soplo inspirador que, seamos sinceros, si a alguien pertenece es a mí. Que ciertamente en un sentido tu texto sea una sencilla máquina de falsedades no impide que las ruedas de la misma se pongan en marcha cuando lo decido yo, que vivo —y bien lo sabes— mucho más cerca que tú del autor.
Parodiando a la emoción misma, Eva desplazó de lugar la bandeja. Limonadas, pastas, té, dulces y cucharitas de plata fueron cayendo lentamente sobre la alfombra, deshaciéndose en mil pequeños movimientos propios. Nos desvestimos con prisas, y ella se puso boca arriba mientras yo le dedicaba ardientes frases de amor. «Te quiero», se oía de vez en cuando. Ella había llevado sus muslos al vientre, abierto sus piernas como un libro, y yo entre murmullo de páginas y de jadeos, la penetraba con lentitud. En el tedio que siguió al acto, leí a Eva una de las páginas que había escrito; recuerdo, al pie de la letra y formando parte activa del archivo de mi memoria, la obertura de aquel irregular concierto:
«Al despertar, la perspectiva abrumadora y monumental de extrañas arquitecturas, órdenes visionarios, estilos de un orientalismo portentoso y desmesurado. A mis pies, un suelo móvil de mármol negro y una fontana de oro. No lejos, una vegetación exuberante y tropical, dos estatuas helénicas en animada copulación, y la vaga expresión de un mudo lamento. ¿Cuándo? En una hora inmemorial, escapada quizá del reloj del tiempo…».
—Ni los relatos casuales de tus torpes pesadillas —dijo Eva, recreándose en cada frase, en cada comentario—, ni las historias más infelices de tu infancia, infeliz, presentan nada parecido a la compleja vulgaridad de tu experiencia matinal de hoy. ¿Es realmente esto lo que has visto esta mañana al despertar? No puedo creerlo. Lo más probable es que, al abrir los ojos, me hayas mirado, puesto que dormía a tu lado. Es lógico también suponer que habrás pensado dos o tres banalidades como mínimo. Ignoro de qué tipo, pero está claro que me has mirado, que has puesto los pies en el suelo, has ido al lavabo, que tenías dolor de cabeza, estreñimiento, miedo, malhumor, tristeza… De modo que tu relato, siento decirlo, tiene más grietas de las previstas. Por un lado, se aleja de esa realidad poética de la experiencia cotidiana en la que tú tanto pensabas cuando te pusiste a escribir. Por otro, se convierte en un mediocre relato fantástico. Esas estatuas copulando… Te sugiero que no escribas nunca verdades, pero tampoco mentiras, que no seas realista, tampoco fantástico. Es tan penoso que la estrella de Joyce te guíe como dejarse llevar por el ardor de lo falsamente extraordinario. Inventa una segunda realidad, juega, inventa el mundo.
La lección, los consejos, la risa velada de Eva me descentraron por completo. Malhumorado, me propuse llevarle la contraria y convertir en lo más fantástico posible mi relato, y de ahí que sea muy probable que las escasas notas fantásticas de mis posteriores novelas procedan de aquel repentino malhumor. Por ejemplo, es muy posible que la descripción del gabinete de Juan Herrera en Aroma provenga de las miradas, que, de pronto, tras las últimas palabras de Eva, proyecté sobre mi moderno y funcional gabinete de trabajo en la rué Bonaparte. Porque cuando Eva salió de la estancia, vi surgir, de la simple visión de la bandeja de té desplomada en el suelo, otro gabinete. Lo primero que llamó mi atención fue que la habitación tenía la forma de la letra v, y era muy oscura e imitaba el interior de un mausoleo. La mesa cuadrada, de roble negro, quedaba encajada en un hueco, en el que podía verse, si se miraba con mucha atención, un triángulo verde que imitaba la forma de la estancia. En el interior del triángulo, un hombre yacía decapitado entre un montón de libros. Si se seguía mirando con la misma atención, la imagen se diluía, convirtiéndose en un amorfo conglomerado de sombras negruzcas; en una de ellas era distinguible el rostro de un hombre —que identifiqué con el príncipe Mdivani— en el momento de ser degollado por su propio Rolls. Y si se seguía mirando con atención, la imagen del Rolls se convertía en una noria que traqueteaba bajo un cielo de ceniza al paso de un faisán enmascarado. Mientras lo contemplaba, mi madre llamó por teléfono avisando de que se dirigía hacia la casa. No me aterró esto tanto como dar una vuelta por el gabinete y descubrir casualmente que el empapelado de la pared ocultaba otro empapelado debajo; bastaba con rasgar ligeramente el papel para comprobar que había otro, de gran colorido, representando imágenes de una mujer vista por un artesano de la Edad Media. Y de seguir rasgando el papel, se pasaba pronto a otro en el que el dibujo, repetido hasta la saciedad, era una mujer en una cartografía del Renacimiento. Cada vez que el papel era rasgado, éste ofrecía amablemente la sucesión de una historia: la mecanización del mundo. Porque si se continuaba rasgando la pared, aparecía un nuevo dibujo, el de una mujer representada esta vez por un ordenador.
Camuflado en el viejo aparato en que se visionaban placas cristalinas, había, entre esferas afelpadas, una neblina que ocultaba un mensaje envuelto en papel de plata: un misterioso elogio del té, escrito en francés y compuesto por treinta y cuatro plúmbeas frases que se iniciaban con unas letras mayúsculas. Leídas éstas en forma vertical y en lengua castellana, componían una nueva frase, que, desde el primer momento, identifiqué con Hobbes: «La única pasión de mi vida ha sido el miedo». Me recliné en un sillón, cerré los ojos, imaginé que alguien, intrigado por el mensaje, entraba en una tienda, en 34 rué Hobbes, y se interesaba por el precio de una estatuilla de bronce. Tras un intercambio de frases banales, el visitante era invitado a pasar a la trastienda donde se creaba un clima cordial, y la bella dependienta —nerviosa y apasionada, de cabellos muy rubios y ojos sombreados, sumidos en la lánguida humedad de una profunda mirada— mostraba sus últimas novedades en estatuillas. Nada que pareciera misterioso tenía lugar, pero, aunque en apariencia nada extraño sucedía, la sensación de que, por debajo de la capa de realidad, estaba ocurriendo algo, se iba apoderando del visitante que, al despedirse, sentía un nuevo escalofrío —situámoslo en un punto cómico de la escala del terror— cuando, al ir dejando atrás la tienda, reflexionaba sobre su visita. Reparaba entonces en que la única referencia cultural citada por la dependienta había sido el nombre de Jules Verne, y el 27 el único número barajado en toda la conversación. El visitante encaminaba sus pasos a 27 rué Jules Verne, un pequeño chalet de dos pisos, con cuatro estancias, muy poco espaciosas, cocina y baño. Junto a la edificación principal se alzaba un gran taller, unido al chalet mediante un pasillo, al fondo del cual Gene Tierney lloraba desde un viejo cliché. Allí vivían una joven escultora, muy morena, de rasgos tan oscuros como sus labios y sus ideas. Extraña mujer ante la que el visitante fingía estar enamorado de ella y de sus esculturas. Sobre una mesa, una de las estatuillas de la tienda de Hobbes 34 confirmaba al visitante una evidente conexión entre las dos mujeres visitadas al azar. Y, de pronto, comenzaba a convencerse de estar contactando con una sociedad secreta, compleja red que, extendiéndose por todo París, estaría compuesta por jóvenes agrupados sin un objetivo preciso, conspirando por el puro placer de conspirar. ¿Contra qué? Contra nada; era la conspiración por la conspiración.
La joven escultora citaba a Rodin, confesaba tener diecinueve años, y, con una amable sonrisa, despedía al excitado visitante, que, al ponerse en camino hacia 19 avenue Rodin, iba alegre y confiado, ignorando que, en realidad, la conspiración estaba integrada por una sola mujer —con la ayuda de pelucas, maquillajes, máscaras, disfraces, y seudónimos— conspirando exclusivamente contra él… En ese momento, Eva interrumpió mi historia entrando en el gabinete. Fuerte portazo y varias hojas en blanco, temblando sobre el escritorio, entremezclándose hasta disolverse en un húmedo espejismo. Parpadeé. Eva avanzaba hacia mí con una nueva bandeja de té y un plato de bizcochos, y avanzaba con los ojos bajos, moviendo cautelosamente los pies con medias blancas y zapatillas azules y borla roja. Detrás de su aparente cautela, había algo provocativo en su falsa sonrisa sumisa y en esa bandeja de té y en esas espantosas zapatillas. Tomé ciertas medidas de precaución; elevé el tono autoritario de mi voz, y al mismo tiempo me parapeté debajo de mi mesa de trabajo. Por un reflejo instintivo y como vulgar víctima del séptimo arte, busqué mi pistola en el primer cajón de mi escritorio, pero había desaparecido de allí. Eva me explicó que la había trasladado a un lugar muy visible del recibidor con la intención de que cuando mi madre viniera a visitarnos pensara en la posibilidad de suicidarse. Sonreí para evitarme más problemas.
A veces pienso que quien trazó mi destino debió de pasar por momentos de un alto grado de absurdo y también —¿es preciso decirlo?— de una penosa vulgaridad: meciendo una pierna y mordisqueando un bizcocho, Eva se esforzaba en burlarse de mí, y su terrible aspecto era capaz de producir el más feroz insomnio. Comenzó a llover con cierta intensidad. Me hundí de nuevo en mi profundo sillón, me oculté tras las herramientas de trabajo, tomé un calmante, y no conseguí evitar el vuelo geométrico de los bizcochos, blandos proyectiles saltando sobre mi paciencia. Para colmo, Eva estalló en una histérica carcajada a la que siguió un llanto desenfrenado; sabía que una tal Joyce me zarandeaba en cuartos oscuros, lloró desconsoladamente para apoyar esta frase, mi madre se lo había contado todo, me arrojó la bandeja, y con cierto talento narrativo me recordó que, en una plaza de Pigalle, Madre-Realidad —sí, mamá Plomo— se estaba poniendo tranquilamente en camino, pronto iba a detener un taxi, contemplaría las mejores vistas del crepúsculo, y cuando ya fuera de noche vendría a acompañada de Bendetti y Senedetti, llamaría a mi puerta, me estrujaría, sermonearía, torturaría.
No desesperé. No negué mi relación con Joyce, y, en definitiva, no actué como Eva deseaba. Suspiré profundamente para que mi paciencia no llegara a conocer, en ese enfangado instante, su límite. Quizá debí ser más comprensivo con Eva, pero ella, espejo de viejos tormentos, se hallaba demasiado inmersa en su tarea torturante, y creía que haber sido engañada le concedía el derecho a hacer de mí lo que quisiera. Aun viéndola entristecida, no sentí la menor compasión, y le reproché esa mezcla de impertinencia y crueldad con la que se obstinaba en impedir que yo escribiera. Llegué a pensar, incluso, en las ventajas de trasladar las horas que quería dedicar a Pericia del Atlas a otro lugar, otras voces, otros ámbitos, y, de pronto, prescindiendo de las patéticas muecas que ella me dirigía, comencé a planificar en qué consistiría la segunda redacción de mi novela. Decidí que mi historia pasase por una doble esfera de tiempo, y con la impericia propia de muchos artistas adolescentes, acudí al ejemplo de otro texto —en este caso, Doktor Faustas, mi más reciente lectura—, y pensé que ensamblaría polifónicamente las vivencias que sacudían al narrador mientras escribía con aquellas de las que él informaba, es decir, que los temblores de su mano se explicarían equívoca y también inequívocamente por las vibraciones de lejanos recuerdos y demás sobresaltos internos. El cielo de aquel crepúsculo tenía el color de mis sueños, oscuro y vacío, con excepción de la estrella sobre la que escribí una elegía siglos antes, en otro mundo.
¿Hay en esa última frase una premonición de cierto sentido del humor que pronto haría suyo el candoroso Stein, que, dicho sea de paso, había aprendido a hablar como un personaje de novela, y sudaba aquel día bajo el violento foco blanco que le cegaba? En cualquier caso, me complace imaginarle aterrado ante el»interrogatorio, mostrándose dispuesto a hacer una nueva declaración que, rasgando su forro más íntimo, culpara al azar de ese desenlace de Pericia del Atlas, que, como se verá, resultó para Stein ligeramente afortunado.
7
Fatigado a causa de mis últimos ajetreos nocturnos, escribía a buen ritmo hasta que llegué al total agotamiento. Debió de ser alrededor de las nueve de la noche cuando me detuve a descansar unos segundos, recliné la cabeza sobre la mesa, y me dejé llevar por un cómodo estado de ensoñación.
—¿Y entonces se durmió?
—Sí. Quizá luchara un rato más por completar una frase que me obsesionaba, pero, en fin, me dormí, sí, me dormí, y lo cierto es que nunca fue más profundo mi sueño.
—Cuente, cuente —recuerdo que dijo mi analista dos días más tarde, aparentando estar vivamente interesado por la continuación de mi historia.
Ocurrió que, en plena descripción del encuentro con mi madre, Eva venía a interrumpir, de nuevo, mi trabajo; entraba, por tercera vez, en el gabinete, y en esta ocasión marchaba rígida, muy lívida, con traje árabe, cantando ópera, transportando una tercera bandeja de té y unas curiosas magdalenas. Ignoraba en ese momento que hay revólveres que apuntan al azar. Se registraba un apagón de luz en el inmueble y seguía una penosa búsqueda de velas. De pronto, sonaban unos golpes secos en la puerta, y, creyendo que se trataba de la concierge, abríamos confiadamente, justo en el instante en que la reaparición de la luz daba esplendor al conmovedor espectáculo protagonizado por mi madre que, chorreando agua, sonreía en el umbral, en la última escena de un lluvioso melodrama.
Conocíamos bien nuestros papeles en la obra y sabíamos con exactitud qué debíamos hacer y cómo debíamos reaccionar en cuanto nuestros cuerpos chocaran con el cochambroso impermeable de la Dama del Agua. La golpeábamos, empujándola hacia el ascensor, y ella nos golpeaba a nosotros, empujándonos hacia el recibidor. Se producía un largo forcejeo, y en el entramado de la compleja red de astucias, Eva se apoderaba del revólver, mientras yo me apartaba, en el acto, de la línea de fuego, y, de nuevo, se apagaban las luces. Cegada por el farol recién alumbrado en la calle, Eva disparaba a mi madre tan cerca que parecía hundirle en el cuerpo el cañón del largo revólver. Tras la detonación aguda, maullaba el gato, entre colores pardos y olor a pólvora, con Eva, todavía ensimismada, tropezando incrédula, una y otra vez, con el cuerpo de su víctima, que muy lentamente se desplomaba.
Arrodillada ante el cadáver, Eva echaba atrás los hombros, y en esa extraña actitud conducía el revólver hacia su trastornada cabeza; parecía que quisiera suicidarse, pero la acción quedaba como suspendida, y absurdamente todo quedaba inmóvil, excepto mis ojos que se proyectaban cada vez más fulgurantes sobre ese brillo seductor, enloquecedor, del revólver apostado junto a la tapa de los sesos de Eva. Se oía, poco después, un disparo, una caída brutal… la luna blanqueaba la estancia, aullaba un perro, cantos remotos en un cafetín, guiños de las estrellas, pisadas de zuecos. Dios, qué miedo, el reflejo de un quinqué.
8
El golpe con el suelo fue brutal, y me lastimé el codo cuando la lámpara del escritorio cayó arrastrando con ella enciclopedias, vasos, píldoras, monedas, ceniceros, lupas y una colcha portuguesa robada de un lupanar. Para mi asombro, Eva se hallaba junto a mí, mirándome, sin revólver alguno, enarcando las cejas, recogiendo del suelo la lámpara y encendiéndola… Me pregunté qué estaba haciendo allí esa mujer socorriéndome tras la caída, mostrándose tan cariñosa conmigo, perdonándome lo de Joyce, dejando que me apoyara en ella para incorporarme, empleando una infinita ternura al reprocharme que hubiera trabajado tanto.
Yo, con mirada escéptica, temblaba en la selva, desconocida por el ingenuo Stein, de mi propia iniquidad. (Impresión que puede parecer confusa para quien aún no haya comprendido que, de vez en cuando, debo recordar al lector que el funcionamiento de este libro descansa en mi divorcio con el joven Stein.) Casi vomito cuando vuelvo a contemplar aquella ejemplar reconciliación conyugal: iluminados por la tenue luz de gas, los amantes se abrazaron ante el cadáver soñado de la madre, y, por un instante, temblaron en la selva de su propia iniquidad.
Después, nos extasiamos observando a una estrella que se precipitaba a gran velocidad a través del firmamento desde Vega en la Lira sobre el cénit más allá del grupo de estrellas de la Trenza de Berenice hacia el signo zodiacal de la enmascarada Leo, y yo, en prueba de amor, arrojé, desde los estantes al cesto de papeles, mi correspondencia secreta con Joyce y la monografía de un sabio ampurdanés refugiado en Tombuctú a causa de los estragos cometidos por un águila, cuyo pico no se cerraba nunca. Eva tuvo el acierto de comparar, con un toque de malice, a Madre-Reality con la loca águila imperial, y en ese punto se cerró el círculo vicioso de una conversación en la que, en realidad, no habíamos llegado a ningún acuerdo total, salvo en la certeza común de que de niños habíamos vivido tan poco y había tan pocas cosas que ver que incluso nos alegrábamos siempre de la foto del nuevo calendario.
La certeza común dio pie a Eva para hablar de su infancia. De cuando se comportaba como una vulgar biógrafa habituada a hurgar en los estercoleros e interrogaba a su nodriza acerca de la magia oculta en las tumbas de las niñas muertas. O de cuando taladró el aire con la llave que abría el desván de las rotas muñecas, dioramas de cumbres borrascosas y la triste silueta de aquel poni muerto, dibujado en el claroscuro nostálgico de otra infancia, la del malogrado Héctor, que nadaba, a la luz de la luna, imaginando auroras y crepúsculos, blandas fosas negras y blancas. Temblaron cuatro húmedas pestañas, y Eva observó que las ventanas de la casa de enfrente se apagaban como en un tablero de ajedrez nocturno. En ese momento, oí cómo mi madre cerraba las puertas del ascensor, y pensé, de inmediato, en las bellas poses que solía adoptar el cuerpo de Lauren Bacall, y me horroricé al compararlas con el insípido lenguaje corporal de mi madre, lenguaje basado en una abrumadora retórica visual de carácter casi exclusivamente musical, puntuada por la utilización rítmica de grotescos llantos de los que sólo era posible evadirse mediante la risa, la indiferencia o el crimen.
Sonó el timbre, registré los cuchicheos de Bendetti y Senedetti, pensé en bocanadas de asco. Eva me confesó que toleraría a mi madre si en ella encontraba ecos de detalles poéticos conviviendo con su mirada prosaica y horrible tendencia al lagrimeo; le placía imaginar, por ejemplo, que, pese a su fealdad, pudieran brillar, en los ojos de Rrose Pelagy, las torres del Kremlin con todas sus estrellas de rubí encendidas. Pero cuando la vio, sin pensarlo dos veces, comenzó a empujarla hacia el ascensor, al tiempo que mi madre, que era más fuerte y manejaba bien su paraguas, la empujaba a ella hacia el recibidor. Acudí inmediatamente en auxilio de Eva, mientras Bendetti y Senedetti, fingiendo ser imparciales, escenificaban un número bufo disfrazados con orejas de burro, entre magreos, siseos y cantos.
Debajo del impermeable de mi madre, se ocultaba una enagua de seda negra chez Dior. No fue la única sorpresa, porque, al ir a intervenir en el combate, ella se convirtió, de pronto, en una joven desgreñada, de cándido rostro; en el contraluz, sus cabellos formaron una aureola luminosa que me deslumbró hasta el punto de dejarme casi paralizado. A su vez, Eva se convirtió en una colegiala —abrigo gris, cuello de cisne, botines negros, calcetines como la nieve, cretinez almidonada— que me sonreía. El viento bateó la puerta, que acabó cerrándose de golpe, dejando a Eva y a mi madre en pleno duelo, al otro lado del muro. Fue entonces cuando me horroricé, ya que me llegó, del otro lado de la puerta, un concierto de risas estridentes mezcladas con los rumores de violentos choques. Esas risas no tardaron en llegar a su paroxismo, y me estremecí. Bendetti y Senedetti se apresuraron a abrir la puerta, y creí entonces que, surgiendo del fondo de un espejo, vestido con impermeable y enaguas Dior, con rostro cejijunto, arrugado y marcado por las extrañas señales del vidrio, yo avanzaba con una lámpara en la mano hacia el lugar donde se encontraba Pélagie. Pensé que yo era ella, y mi madre creyó que ella era yo, de modo que nos miramos aterrados. Ella abandonó el duelo, dejó de estrangular a Eva, que incomprensiblemente seguía riéndose, avanzó hacia mí con la mirada triste, sobrecogedora, levantando su lámpara por encima de la cabeza, mirándome con horror, comprendiendo que la Dama del Espejo se había liberado y, como en la leyenda, venía a buscarla para conducirla al castillo de la Muerte. Sentada en el suelo, Eva contemplaba la escena riendo convulsivamente, llorando, al mismo tiempo, con los ojos en blanco, de puro placer. Para Eva nunca hubo espejo ni lámpara en la escena, tampoco risas ni lágrimas, y todo lo había imaginado yo; según ella, la mirada triste de mi madre no era más que la mueca horrible de alguien que siente que, de un momento a otro, va a caer fulminado por la Muerte. Ante mis dudas, opté por limitarme a pensar que aquel infarto mortal, al pie de un ascensor parisino, no fue más que un justo final para el melodrama de la resistible ascensión de Madre-Realidad.
9
Misteriosamente, en los días siguientes a la muerte de mi madre, mi relación con Eva fue mejorando notablemente, y una oleada de nueva intimidad y de nueva ternura fue creciendo entre nosotros. Volvieron las palabras de afecto, y los apodos cariñosos reingresaron en nuestro trato habitual. Dediqué gran parte de mi tiempo a la redacción de Pericia del Atlas. Cuando no estaba encerrado en mi gabinete, salía a pasear con Eva, llegando a imponerme el deber de acompañarla incluso a las más tediosas fiestas, los más aburridos palcos de la ópera, las más plomizas presentaciones de escritores de la vanguardia francesa; accedí incluso a olvidarme de Joyce (no lo logré, y ella acabó vengándose, al reaparecer en mi vida, convertida en amante de Eva), accedí a formar parte de un club de bridge, lamentable y turbio descubrimiento de Eva. Y para colmo, una lluviosa tarde de diciembre de aquel desgraciado año, le leí Pericia del Atlas, la historia de mi búsqueda de estilo.
Curiosamente, la historia de esta novela se había reducido al hecho de que la historia que en ella debía ser contada no era contada. El pintoresco encuentro con Madre-Realidad en el café Bonaparte, nuestro peregrinaje por las calles de París, el costumbrismo y la ebriedad de Joyce, la literatura en el gabinete, el mortal descalabro al pie del ascensor no eran ni tan siquiera mencionados en mi narración. En su lugar, aparecía un confuso retrato de mujer, una joven neoyorquina a la que encontraba, en una tarde lluviosa, en el café Bonaparte de Greenwich Village. Lola, su nombre. Su carácter guardaba un evidente parecido con el de Eva: déspota y cruel, frívola y ambigua, me ayudaba en los inicios de mi vida de escritor. Yo vivía en una sola habitación llena de muebles de desván, con un sofá y confortables sillones tapizados de terciopelo rojo. La única ventana daba a la escalera de incendios, y, aun siendo lóbrega la casa, yo flotaba en una densa atmósfera de euforia. Lola vivía en el piso de abajo y en ocasiones, ignorando que protagonizaba la historia que estaba escribiendo, entraba en mi apartamento a través de la escalera de incendios… Yo era un joven escritor que, en mi primera salida al mundo exterior, me había encontrado con el destino y con el carácter. Frente a esto, ofrecía mi mundo de búsqueda de estilo, de búsqueda de la imagen, siempre perturbado por llegar a configurarla, por encontrarle un contenido y rebasar su expresión… Poco después de concluir mi lectura de las páginas de Pericia del Atlas abrí la ventana.
—Quizás el triunfo del estilo sea no tenerlo —dije.
E inmediatamente arrojé a la calle el manuscrito. Sabia decisión, pues el tomarla hizo posible esta obra, que se hallaba entonces amenazada de una ejecución apresurada. Después de todo, quizá sólo importe la obra, y ésta sólo exista mientras se busca el estilo que es ese movimiento que nos lleva hacia el punto puro de la inspiración de donde la obra proviene y adonde parece que no puede llegar sino desapareciendo.
(Aplausos de Eva.)