(Memoria biográfica de un pintor extraordinario)
De niño, Leonardo dibujó en un cuaderno de música algo que remotamente recordaba el sello de Salomón. Al pie del dibujo escribió: «Fuera de aquí, tal es mi meta». Concluida esta hazaña interrumpió la siesta de su padre. Cuando éste vio el dibujo y el texto, palideció. Vino a verme al invernadero y, blandiendo triunfalmente el cuaderno, me dijo:
—Mi hijo es diferente.
Fue imposible convencerle de lo contrario. En vano le hice ver que se trataba simplemente de un dibujo mal copiado y de una frase del libro de Burckhardt que estaba yo traduciendo. Se negó a aceptar la explicación. Para él, Leonardo era un futuro genio. Siempre había alimentado esa esperanza y ahora tenía ya un motivo para abrigarla. No tardó mucho en creer que andaba sobrado de motivos. En la noche de aquel mismo día, al ir a comprobar si Leonardo ya dormía, le encontramos jugando tranquilamente en la cama: la cara cubierta por una máscara de esgrima, el cuaderno en una mano, un proyector de cine infantil sobre la cabeza. Mi sorpresa fue grande cuando su padre, sonriendo feliz, me dijo que el niño estaba proyectando sobre papel emborronado para estimular su inspiración. Tomándome del brazo, dijo en tono confidencial:
—Será un gran pintor.
Un equívoco jamás llega solo. Pocos días después, alguien dijo que, en clase de dibujo, Leonardo había asustado a todos los párvulos al corregir severamente al profesor; no se sabía en qué exactamente, pero lo cierto era que le había corregido. Eso fue ya suficiente para que su padre, dando la espalda a la evidencia de que el niño carecía de la menor imaginación, echara las campanas al vuelo. A partir de aquel día, familiares y amigos, en sus visitas, tuvieron que soportar exaltados discursos sobre la gloria que, en un futuro nada lejano, aguardaba a Leonardo. A distancia, el niño escuchaba sin comprender nada; sonreía si le miraban y respondía si le preguntaban qué sería de mayor.
—Aviador.
—¿Como tu padre? —le preguntaban todos sorprendidos.
Indiferente al malhumor paterno, Leonardo asentía con la cabeza, decía que se aburría y que, por tanto, se iba. Siempre había alguien que le preguntaba adonde. Nunca dudaba en su respuesta:
—Fuera de aquí, tal es mi meta.
Cuando esto sucedía, yo intervenía para serenar los ánimos, rebajar el clima de angustia general. Por pura fatiga ante tanto futuro glorioso, intervenía para hablar del presente y comentar lo poco que sabíamos del porvenir. Yo, al menos, no sabía nada. La prueba es que me llevé una gran sorpresa el día en que Leonardo me dio a entender que había ya registrado en su mente la dichosa palabra.
—¿Qué es la gloria? —me preguntó apoyado en la columna de mármol del invernadero.
Consideré oportuno un silencio sepulcral. Leonardo repitió la pregunta y, al ver que no pensaba contestarle, se retiró enfurecido a su cuarto y comenzó a investigar por su cuenta. Investigó todo el invierno y, al fin, encontró, en un libro de Burckhardt, la historia que le orientó. Leyó que un rival de Cleómenes, aun estando enfermo, se dejó llevar por sus ansias de gloria y volvió a Macedonia para encontrar allí, en la lucha contra los invasores ilirios, el placer de una muerte verdaderamente heroica. Murió de hemorragia en medio de la victoria, cabalgando y pronunciando esta frase:
—Fuera de aquí, tal es mi meta.
A partir de ese instante, Leonardo, que hacía lo imposible para que le odiara, se apropió definitivamente de la frase y solía pronunciarla cuando se aburría, lo cual era muy frecuente. Yo intentaba distraerle contándole mis alucinaciones, que eran múltiples, variadas y muy constantes. Incluso mis alucinaciones aburrían a Leonardo porque era incapaz de imaginarlas. Su padre se resistía a aceptar la realidad y cuando Leonardo cumplió diez años le regaló un lujoso volumen de la Eneida, minuciosamente ilustrado. El niño miró el volumen con simulado entusiasmo, examinó los dibujos y, por indicación del padre, trató de copiarlos. Lo hizo con una dedicación tan sorprendente como el desacierto con que los reprodujo. Ni eso desanimó a su padre. Le ingresó en Bellas Artes para que aprendiera técnica y composición pictóricas. No aprendió nada. Sus progresos fueron tan lentos como la enfermedad de su padre. Mientras Leonardo avanzaba con una lentitud exasperante en su aprendizaje, su padre fue cayendo en una especie de letargo que lentamente fue ganando terreno hasta llevárselo de este mundo. El día en que su padre murió, Leonardo pintó su obra maestra: la heroica muerte de un aviador que era la viva encarnación del rival de Cleómenes. No sólo fue su obra maestra sino también la última, porque la muerte del padre le liberó de la vocación de pintar. A partir de ese día siguió persiguiendo la gloria, pero no la artística, a la que renunció con sumo gusto, sino que aquella que había descubierto en el libro y que él relacionaba con cierta grandeza antigua. Soñaba con ella, exageraba en el bostezo y hacía lo posible para hacerme la vida imposible. Para privarme de libertad se convirtió en el eterno enfermo imaginario. Yo tenía que cuidarle, recordarle la obligación de tomar una medicina, decirle que no hiciera esto o aquello, recomendarle reposo. Para contrariarme, él venía al invernadero y decía que se aburría y que, por tanto, partía. Ojalá lo hicieras, pensaba yo. Nunca se iba y llegué a temer que, más que ir a parte alguna, le complaciera únicamente la idea de tratar de partir, así que me las ingenié para que esa permanente tentativa de fuga quedara estrechamente ligada a su ansia de gloria. Le tendía trampas. Si decía que se aburría, yo, por ejemplo, me reía. Se enfurecía y decía que partía. Le preguntaba si se dirigía a morir heroicamente. Quedaba pensativo. Entonces le preguntaba en qué pensaba y adonde iba. Su respuesta era infalible, tan mecánica como patética:
—Fuera de aquí, tal es mi meta.
Llegaron días en que hasta el clima parecía empeñado en contribuir al tedio de Leonardo. Tras una larga temporada de lluvias se abrió un período en que todo el sistema del clima, fatigado de tanta alteración y actividad, parecía querer tomarse un indefinido descanso: los días eran idénticos los unos a los otros, el colmo del aburrimiento. Una tarde, los bostezos de Leonardo se convirtieron ya en ininterrumpidas letanías. Le sugerí que hiciera algo, cualquier cosa, o bien escuchara el relato de alguna de mis alucinaciones. Leonardo huyó despavorido. En la terraza tomó una regadera y provocó una lluvia artificial sobre el trasero de la vecina. Reparé en que se aproximaba una tormenta. Cuando la vecina se calmó, Leonardo volvió a mojarla. El viento cerró de golpe las ventanas de la casa. Se aproximaba tormenta, no había duda. De pronto, un relámpago. El jardín de la vecina se convirtió en una fría esmeralda de la que pareció surgir el ruido del trueno, un ruido que acabó en silencio. En ese silencio él cambió su traje por un pijama y poco después, extenuado por los acontecimientos, se quedó dormido en su cama. Siempre he pensado que en su sueño llovió mucho.
Unas horas más tarde, despertó sobresaltado. La lluvia disminuía y, en su lugar, hacían su aparición una luz blanca y manchas lunares en el jardín de la indignada vecina. Las ventanas de la casa se abrieron de golpe, casi sin viento ni ruido.
Presentí que algo decisivo iba a ocurrir. Leonardo dejó que su mirada se extraviara en una zona del techo infectada de humedad, con una complicada geografía de islas, bahías y círculos como cráteres, un mundo volcánico sombrío: gris, azul intenso, negro. Escasas tonalidades claras. En una de ellas debió de verse a sí mismo fumando tabaco, jugando con el humo entre los dedos, como si el humo articulase un lenguaje secreto. En una de las volutas se vio quizá convertido en el rival de Cleómenes, porque se levantó de la cama y se cubrió con una bata vieja e hizo extraños gestos, como si se sintiera dominado por ansias de gloria. Como si pensara que tenía que apresurarse a volver a Macedonia para encontrar allí, en la lucha contra los invasores ilirios, el placer de una muerte verdaderamente heroica, una muerte de hemorragia en medio de la victoria.
—Fuera de aquí —le dije.
Asistí al penoso espectáculo de verle bajar en bata a la calle, subir corriendo a lo que tomó por su caballo y no era más que un tranvía, pisar los faldones de la bata, perder el equilibrio, realizar una brillante pirueta aérea y volar entre corceles, escudos y corazas que, al golpearle en la nuca, recordaron el ruido del trueno. Enmudecí del susto, imaginé pájaros de fuego, la noche me pareció larga, y después nada. Desembarazarme de él, tal había sido, durante mucho tiempo, mi meta. Desde que se fue, paso menos horas en el invernadero.