País Relato

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enrique vila-matas

las palabras de pandora

Peter, que era sumamente dócil y obediente, se había siempre esforzado en ser, tal como desde la infancia se le exigía, una réplica exacta de su padre. Pero últimamente, la empresa parecía cada vez más difícil y complicada, y entre padre e hijo mediaban ya abismos que parecían insalvables. Por ejemplo, Peter, al contrario de su padre, ignoraba los placeres de otro tiempo: vivía en una casa sin jardín, no leía, no jugaba, no daba largos paseos, y, para colmo, no pensaba por sí mismo. Era un joven desastroso y gris, aunque de vez en cuando fingía que leía atentamente un periódico y, en realidad, se dedicaba a imaginarse en Samoa bailando en lo alto de una colina. Por ahí, por la senda de la imaginación, que le situaba a las puertas de la locura, podía aproximarse a la figura del padre. Pero lo triste era que esa locura a la que podía aproximarse también era desastrosa y gris.
Una mañana, Peter estaba sentado, sin moverse, en un rincón de su cuarto. Se sentía muy fatigado porque había pasado toda la noche ensayando canciones de Schumann. Miraba fijamente al suelo cuando, de pronto, recordó que aquel día su padre cumplía cincuenta años y que tendría que ir a visitarle. Se encontró con el problema de qué regalo llevar a un taciturno que, en su lamentable encierro, ya no deseaba nada. Incluso ir a visitarle era todo un problema, porque su padre había cambiado mucho desde el día en que, siendo todavía un celebrado tenor, se atrevió a detener su voz en el momento más emotivo de un aria de Verdi y ya nunca más quiso volver a cantar. Ir a visitarle era como un tormento, porque significaba efectuar un largo y penoso desplazamiento en metro, autobús y tranvía para acabar encontrándose con un hombre que, habiendo desarrollado altamente su instinto de desdicha, se había convertido en la viva personificación del silencio.
Dirigiéndose en autobús a la ciudad, Peter parecía completamente borracho. Quizá por no haber dormido en toda la noche, tenía cierta tendencia a perder el equilibrio; se balanceaba de un lado al otro de su asiento mientras seguía preguntándose qué podía regalarle a su padre. En cierto momento se quedó dormido y soñó que se volvía loco. Cuando despertó, tuvo la sensación de que continuaba estando desequilibrado y, al tiempo que se balanceaba, insultó a su vecina de asiento. Cuando el autobús le dejó en la parada del tranvía, observó las vías y, prescindiendo de toda sensibilidad, se puso a pensar en líneas ordenadas. Acabó pensando racionalmente y decidió no ofrecer ningún obsequio al padre. Era día festivo y los comercios estaban cerrados. Y además, pensó, sería absurdo regalarle algo. Tampoco fue lógico que, al frenar en la parada, el tranvía lesionara una paloma. Serpeando por calles oscuras, ese tranvía le dejó en una luminosa estación de metro en la que vio anuncios de lujosos cruceros y, a modo de premonición, amplia publicidad sobre un vuelo aéreo. Entrando en el vagón de metro vio a una mujer embarazada que, arrastrándose pesadamente a lo largo de una pared, se palpaba de vez en cuando como para comprobar que el bulto seguía ahí. En el interior del vagón, un artista adolescente se desplomó lentamente sobre el asiento reservado a los mutilados de guerra. Cuando dejó atrás la escalera mecánica, se encontró en una calle vacía, cuyo vacío provocaba un eco raro, el eco de sus aburridos pasos sobre un asfalto que, en día festivo, también se aburría. Presenció un combate entre dos motoristas y los vio doblarse y encogerse hasta acabar componiendo una única y sobrecogedora figura. En una esquina, le sorprendió ver a un anciano sollozar en el hombro de una niña. De pronto, tuvo la impresión de que era la niña quien lloraba en el hombro del anciano. Descubrir que estaba enloqueciendo le causó cierta sensación de malestar. Imitó al anciano, y la niña se fue llorando. Asustado llegó a un edificio desastroso y gris, donde le informaron que su padre había intentado, hacía tan sólo unas horas, emprender un vuelo aéreo. Era el quinto intento de suicidio en treinta días; habiendo recurrido hasta entonces a los barbitúricos y al clásico corte de venas, querer arrojarse al vacío era toda una novedad; lo habían impedido varios guardianes que odiaban, con singular fanatismo, el mito de ícaro.
Cuando estuvo frente al padre, descubrió, con notable sorpresa, que éste pasaba por ciertos momentos de locuacidad. El padre estaba apoyado en una silla y su aspecto era desconcertante: greñas grises cubriendo ojos verdes, risa desdentada, saliva rociando el mentón, ropaje de lana burda y una extraña genialidad en los gestos. Hablaba a solas, y, al ver al hijo, se alegró.
—Me gustaría —le dijo a Peter— narrarte una historia, algo que debes saber. Mañana, o dentro de una hora tal vez, la desgana, la apatía, volverán a apoderarse de tní. Entonces, todo lo que quiero referirte me parecerá lejano y sin sentido. Escúchame pues.
Dicho esto, el padre entró en el mutismo más absoluto, como si hubiera perdido el habla en el mismo momento en que tenía algo que revelar. Silbó los primeros compases de una tirana y le mostró a Peter su último invento: un trapecio de madera del que colgaban un badajo y un gatillo de los que, a su vez, pendían cintas con los colores de la bandera austríaca. Y para que se viera que su invento no era del todo inútil, simuló que éste servía para dispararse en la boca. Se hizo evidente, para Peter, que callar conducía a la demencia; al igual que su padre, él permanecía callado, como raptado y lelo, sintiendo que algo en todo aquello le atraía con irresistible fuerza: el silencio y la locura componiendo una única y sobrecogedora figura. Se oyó a lo lejos el ruido de un trueno, ese ruido tan amplio que logra siempre volverse silencio. Silencio. Ésta es la demencia de la tranquilidad, se dijo Peter.
—Voy a contarte —le interrumpió su padre— todo lo que sé de esa maldita historia, la interrupción del aria, ya sabes, todo eso tan escabroso, todo eso tan…
Voló el adjetivo y con él la continuación de la frase. Peter recordó otros tiempos, cuando el padre era un excelente narrador, un gran amante de las palabras. Últimamente, pensó Peter, parece ir en busca de las palabras y no encontrarlas. Es como si éstas, procedentes de una caja de maravillas, le hubieran pertenecido durante un tiempo, y después Pandora se las hubiera ingeniado para devolverlas a su lugar de origen.
Así pensaba Peter cuando el padre insistió en narrarle una historia. Era obvio que no lo conseguiría y Peter optó por interrumpirle con estas palabras:
—Seré yo quien te cuente una historia. Mira, en cierta ocasión un bergantín de gran tonelaje se inclinó hacia el ancla sin una sola vibración de las velas y…
Calló con sumo gusto, como extenuado por tantas palabras. Se rió, la saliva rociando el mentón, cierta genialidad en los gestos. Llegó a creer que su risa era desdentada y se contorsionó como poseído por los puntos suspensivos. Sospechó que ya era como su padre y, recurriendo a la imaginación, dejó que la locura se adueñara definitivamente de él. Inventó su viaje de regreso a casa. Se vio en el metro, contemplando cómo se derretían, en las venas hinchadas del padre, velas entre plata vieja. En el tranvía, transformando ciertas ansias de alarido en el susurro de un conjuro. En el autobús, viendo cómo una embarazada lesionaba una paloma. En su casa, espiando la ventana de enfrente, donde dos hombres fumaban tranquilamente en pipa mientras se contaban, al lado del fuego, viejas historias de la Viena imperial. Al pie de esa ventana, mezclándose entre un ejército de mudos que, llorando bajo emblemas, intentaban pronunciar, en el lodo, el nombre de una emperatriz imposible. En el lodo, soñando móviles dunas de palabras errantes.
Volvió a la realidad para salir al jardín y ver cómo su padre, obstinado en narrarle algo, apoyaba la cabeza en un árbol.
—¿Te sientes mal? —preguntó Peter.
El padre le miró con insolencia y le dijo:
—Bebo mucho donde tú estás.
—¿Y dónde piensas que estoy? —preguntó enfurecido Peter—. Sabes perfectamente que no me gusta que…
—Ni te disgusta —le interrumpió, con autoridad, el padre.
Peter interpretó que estas palabras anunciaban un nuevo intento de suicidio y, sin pensarlo dos veces, ante el asombro de los guardianes, dio un alarido y trató de conjurar el peligro abalanzándose como un loco sobre su padre. Rodaron ambos por la hierba en lucha cuerpo a cuerpo, interrumpida por unas camisas de fuerza trasladadas urgentemente al lugar de los hechos. Entonces, inmovilizado entre batas blancas, Peter, con gran aplomo y claridad, dijo:
—Ya soy como tú, padre.
Y sonrió feliz al ver que su alarido y violenta acción le habían abierto las puertas de una casa con jardín en la que tendría tiempo para leer, dar largos paseos y jugar a lo que jugaba su padre. Deshaciéndose entonces de los guardianes fue hasta donde estaba su padre y, buscando el abrazo emocionado de éste, volvió a abalanzarse sobre él, rodando, de nuevo, los dos por la hierba y componiendo una única y sobrecogedora figura que rompió el silencio del mediodía para emprender, con singular jaleo, el aplazado desenlace del aria.