En mi cabeza un enredo. Veo alacenas móviles, puertas falsas. El dolor se hace más intenso.
—¿Migraña? —pregunto azorado.
Estoy en la Bikanir de siempre, la bella y triste isla que exagera en lo verde, salvo en el centro donde está la ciudad de Zarak, amarilla. Allí hay cinco cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de azufre y una veranda colosal desde la que se divisa la Constelación de la Copa y ese sombrío palacio desde el que gobierno la isla. Soy querido por mis súbditos porque saben que nada gobierno y que, como ellos, me limito a esperar la muerte de Bartrán, el antiguo dictador, hoy prisionero bajo mi custodia.
A Bartrán le detesto, ya no sólo porque custodiarlo me resulta tarea ingrata, sino también porque, hace años, creció su fama y poder a la par que crecía en intensidad la crueldad del castigo que siempre quise infligirle. A menudo, le veo balanceándose al viento como un pájaro extrañamente coloreado; los animales de presa trepan hasta su cabeza y le desgarran la carne bajo la máscara azul que encubre su mirada de déspota. Con la ayuda de un espejo, esa mirada permite verme en el momento de imaginar una guillotina que le degolla los ojos con la lentitud más exasperante. De la crueldad paso al desprecio cuando le recuerdo tratando de poseer a su esposa en la terraza de su palacio mientras sus cómplices levantan la mesa y se quedan observando una mancha de café que cae de un recipiente al pavimento de mármol. «Oh no, oh, no», dice la emperatriz, pero él sigue tratando de poseerla. Hasta que observa puntos blancos como cenizas: las gorras níveas de los rebeldes derivando lentamente ladera abajo. «Han logrado pasar —dice el dictador—, y ahora sólo veo enemigos por todas partes.» Poco después, los rebeldes trepan por las enredaderas y llegan a la terraza en la que la emperatriz cubre inútilmente su desnudez. Se oyen vivas a la Revolución.
De pronto, este glorioso recuerdo es interrumpido por el viejo Max, carcelero mayor de la isla. En un primer momento, pienso que ha venido a anunciarme la esperada muerte del dictador.
—No —dice el viejo Max—, no me trae hasta aquí tan buena nueva. Sólo vengo a pedirle que me acompañe hasta la prisión y observe al despreciable prisionero. Su conducta deja mucho que desear.
Un trueno rasga el cielo de Zarak mientras comienza a llover y un resplandor vuela por las nubes como el reflejo veloz del lando que me conduce a la prisión. Allí, a través de la ranura que el viejo Max me señala, espío los movimientos del prisionero. Le veo despertar de su siesta y me alarmo porque, en el cuarto circular que está iluminado solamente por huecos con delgadas láminas de alabastro, los ojos del dictador tardan mucho en abrirse y cuando lo hacen es para ir habituándose gradualmente a la potente y joven luz de unos ojos contiguos a los suyos, ojos de alguien que es intuible, pero no visible, desde mi punto de mira.
—Creo —dice el viejo Max— que el despreciable prisionero ni duerme ni vive solo. No tengo pruebas, pero todo me hace pensar que no me equivoco. Ayer, por ejemplo, entró riendo en mi despacho y, situándose en un rincón, deshizo el trenzado de sus cabellos al tiempo que una mujer, no visible desde mi punto de mira, celebraba la ceremonia con una escalofriante carcajada.
Mientras el viejo Max hablaba, el tirano se ha ido poniendo en pie, desnudo, con un peine en la mano, delante de su espejo de vestir: un tríptico de luz insondable ante el que da vueltas mientras un secreto dispositivo recoge, en las profundidades del cristal, tan lejos como mi vista puede alcanzar, un número infinito de guirnaldas de esposas de grupos tristes que se empequeñecen en la límpida distancia o se dividen en ninfas individuales, algunas de las cuales se convierten en musas bañándose en aguas profundas y desaparecen todas de repente para dar paso a una única y última mujer, la secreta presencia surgida de un viejo cuento, y después nada.
—Pero ahí —dice el viejo Max— no acaba todo. Anteayer, por ejemplo, alegres e invisibles rondas de cócteles impregnaron las ruinas y la playa hasta que la atmósfera se colmó de charlas, risas y presentaciones: algarabía que era una, múltiple y contradictoria, chillona y grave a la vez: algo así como una composición concertada en el sonido de mil discrepancias en el tiempo: reunión caótica y fantasmal en la que hubo de todo porque, incluso en cierto momento, el prisionero flotó en el aire como una faleña roja, y nuestros torpes guardianes, sin humor, le siguieron lentamente como en un sueño. Pero no fue hasta más tarde, hacia el fin de la fiesta, cuando se hizo casi perceptible la presencia de la mujer que ronda al despreciable prisionero. No es que llegara a verla, pero estoy seguro de que el dictador tenía compañía. Es más, sospecho que ese día tuvo la osadía de burlarse de nosotros y contrajo, en secreto, segundas nupcias.
Tengo la sensación de que me arrancan una parte de mí mismo, de que me separan de mí mismo, de que me precipito hacia adelante y al mismo tiempo me aparto. Prevalece lo segundo y acabo abriendo la puerta de la supuesta cámara nupcial del dictador. Bartrán, al verme, comienza a revolver el fondo de un baúl en busca de ropa y acaba poniéndose un gorro de lana con visera y nada más.
—¡Vístase inmediatamente! —le ordeno mientras busco, en vano, por toda la estancia, a esa mujer de la que curiosamente lo ignoro todo, incluso el nombre.
—Se llama Migraña —dice Bartrán llevándose la mano a la cabeza para tratar de hacerme ver que su única compañía es un fuerte dolor, como de metal ardiente, clavado a un lado de la cabeza.
—¿Migraña? —pregunto azorado.
Y entro en una turbación muy dulce de la que escapo por medio de una emoción erótica muy viva: acostado entre los excrementos y la paja podrida, al fondo de una cuadra muy oscura, estoy sodomizando a mi esposa, muy excitado por el hedor del lugar. Elena emite gemidos de intenso dolor y se aferra a mis muñecas en lo que se presenta como una clara maniobra de resistencia. Cuando consigo que me deje sueltas las manos le aprieto la garganta con extraordinaria furia. Caemos al suelo los dos, junto a la cama. Localizo la lámpara y la enciendo. Durante un rato, me pregunto qué hace Elena en el suelo, todavía aterrada, el pelo rubio esparcido como si estuviera volando. Comprendo que he sido yo quien, en sueños, ha intentado estrangularla. Me disculpo.
—Perdona, Elena.
—Estás loco.
Me siento, de pronto, poseído por una fuerza extraña que me impulsa, ahora en gesto consciente, a apretarle la garganta. Ella saca fuerzas de flaqueza y dice:
—Me estás matando y no puedes evitarlo.
—Sí, puedo evitarlo —contesto.
—¿Cómo? —pregunta con voz de asfixia.
—Despertándome.
Y así lo hago. Mi instinto me dice que percibo la realidad. Estoy sentado sobre la alfombra, al pie de la cama de la que, sin duda, me acabo de caer. Como de costumbre, nadie está junto a mí. Vivo solo y nunca nadie pisa mi casa. Me pongo en pie y a través de la ventana veo el mismo paisaje londinense de siempre: arcos múltiples y numerosos arbotantes; al fondo, una puerta de hierro, siempre cerrada, y a la derecha una escalera de caracol también de hierro, por la que sube un gato negro, no sé por qué. Me visto, salgo a la calle, subo por una sofocante avenida, descanso en un banco, pienso en mi reciente sueño, compro el periódico, me tomo una hamburguesa, entro en una licorería, desciendo las escaleras del metro, silbo una habanera y pienso en mi sueño y en lo raro que ha sido que lo haya tenido yo. Yo que nunca tengo migraña, estoy soltero y sólo soy un pianista de bar.