País Relato

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enrique vila-matas

la danza de la vida

En su juventud, Laura nunca tuvo miedo a la muerte. Cuando oía hablar de ésta, comentaba siempre riendo:
—¿Es conveniente temer durante tanto tiempo una cosa tan breve?
Pero un día, a los treinta años, tuvo un sueño que contenía la lacónica profecía de que moriría de pie, un 2 de febrero en que nevaría.
Laura quedó simplemente aterrada. A partir de entonces, cada año, en cuanto llegaba el 2 de febrero, dejaba de acudir al trabajo y, aunque el tiempo fuera muy cálido, se encerraba en su cuarto; fingiéndose enferma, hacía que la patrona se ocupara de su comida, y no abandonaba la posición horizontal en todo el día: pasaba la jornada entera dispersando sus temores, que eran inmensos, pues para Laura cualquier nube en el horizonte significaba un brusco cambio de tiempo, una seria amenaza que provocaba una procesión de pánicos que no cesaban hasta que, al llegar al día siguiente, podía levantarse de la cama y, con la alegría del que celebra la llegada del año nuevo, bebía y bailaba hasta el amanecer.
Llegó un 3 de febrero en que Laura bebió en exceso y acabó rendida en su mecedor vienés. En sueños, se vio a sí misma transformada en un arlequín que, envuelto en una nube etílica, bailaba alegremente sobre un diván rosado que nunca antes había visto. Era también 3 de febrero en el sueño, y la acción parecía desarrollarse en su cuarto; el azul claro de la mañana se filtraba a través de las cristalinas plumas de escarcha sobre el vidrio de la ventana. De pronto, comenzaba a nevar. Había una copa de vino sobre el escritorio. Tras cubrirse el rostro con una máscara de esgrima, el arlequín tomaba la copa y daba con ella un salto mortal hacia atrás sin derramar una sola gota de vino. Un público de sombras aplaudía, y el arlequín, tras cambiar su máscara por un antifaz malva, alteraba extrañamente su estatura al bajar la cabeza sin mover los hombros y después extender repentinamente el cuello como una concertina, igualmente sin mover el cuerpo. Entre los renovados aplausos, surgía la música de dos violinistas: aires zíngaros acallando el silbido regular del viento. Más tarde, silencio litoral sin pájaros, hasta que volvía la música, siempre excitante, y el arlequín regresaba a su danza sobre el diván rosado. Gran alboroto. La nieve ya no era nieve sino fuego que abrasaba el interior de la estancia en cuyo centro, de pronto, caía, fulminado por la muerte en pleno baile, el arlequín. Eran las doce en punto de la mañana.
Al despertar del sueño, Laura vio que faltaban diez minutos para las doce de la mañana, una mañana particularmente fría. Cubriéndose con una nueva manta, consideró la posibilidad de que fuera el tercer día de febrero, no el segundo, la fecha fatídica. Parecía probable que fuera así, pues su reciente sueño había sido, sin duda, más explícito y preciso que el primero. Recordó que en el armario guardaba un viejo traje de arlequín y pensó en cómo desprenderse rápidamente de él. Al mismo tiempo comenzó a escribir un poema en el que vaticinaba cómo y cuándo moriría, pero no pasó del tercer verso, porque oyó extrañas voces y ruidos en el rellano, gente que parecía transportar algo, tal vez un mueble. Llamaron a la puerta. Creyó que abriría la patrona, pero no fue así; estaba sola en casa. Volvieron a llamar. La curiosidad pudo más que el miedo y Laura se puso de pie, cruzó el pasillo, se detuvo ante la puerta, miró a través de la rejilla. Vio a dos violinistas sentados sobre un diván rosado; uno de ellos tenía una copa de vino en la mano, el otro encubría su rostro tras una máscara de esgrima. Ambos flameaban pañuelos que imitaban antifaces malvas. Afuera, silenciosamente, comenzó a nevar.
—No abriré —dijo Laura.
Miró su reloj al tiempo que retrocedía, con miedo, hacia su cuarto. Dios mío, cuánto le pesaba la cabeza, maldito alcohol. Reencontró la cama, cerró los ojos, se dijo a sí misma que nunca se había movido de allí, que todo lo había imaginado. Cuando abrió de nuevo los ojos, vio que, a su lado, estaban los dos violinistas, sentados sobre el diván rosado. En el suelo, la máscara y el antifaz. La copa de vino estaba sobre el escritorio.
Se armó de valor y decidió desafiar a la muerte. Jugaría peligrosamente con ella. Después de todo, se dijo, la muerte no es una forma de divertirse.
Quedaban escasos minutos para las doce. Se vistió rápidamente de arlequín, tomó la copa de vino y, cubriéndose la cara con la máscara de esgrima, dio un salto mortal hacia atrás, estrellándose aparatosamente contra el armario, derramando todo el vino sobre la alfombra. Sonó música de violines, aires zíngaros por toda la estancia. Cambió su máscara por el antifaz y, tal como había visto en el sueño, trató de alterar extrañamente su estatura, pero no sabía cómo hacerlo y casi se desnucó. El público, comprensivo con la debutante, la premió con aplausos, que ella agradeció mientras saltaba del mecedor al diván sobre el que comenzó a bailar. Dieron las doce en punto.
Con un gesto de diva exasperada, dilató los ojos y, en medio de las campanadas, bailando y riendo, retó a la muerte.
Bailó durante mucho rato hasta que cayó extenuada sobre el mecedor. Con cierta expresión de perplejidad, como una idiota, se rió a gusto. Después, se incorporó lentamente, contempló la caída de la nieve, encendió un mentolado, tarareó un bolero. Con los ojos cerrados, comenzó a andar, de un lado a otro del cuarto. Fue a la cocina y vio que en el fregadero se amontonaba la vajilla sucia. Se puso a ordenar la vajilla en el lavaplatos y, poco a poco, fue sumergiéndose en la vida cotidiana. Todo parecía seguir su curso habitual, del mismo modo que, incluso en los casos extremos en los que todo está en juego, se sigue viviendo como si no pasara nada.