País Relato

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enrique vila-matas

hacia la frontera

Desde el primer momento vi que se trataba de una partida con el diablo. El diablo en forma de mujer exuberante. Entró pisando fuerte cuando faltaban escasos minutos para que el tren saliera de Barcelona. Era una mujer negra, muy bella y esbelta. Tenía aspecto de serpiente erguida, vestía de seda blanca con un chal sobre los hombros. Parecía la clásica tentadora que arruina con sus ojos negros, profundamente negros. La vi colocar su bolsa, el sombrero y una sombrilla sobre uno de mis baúles. Me miró como desafiante. Y yo me dije: ¿entrarías aquí si supieras que acabo de violar y asesinar a una mozambiqueña?
—Sé lo que está pensando —me dijo.
Simulé que no me había sorprendido y le ofrecí un cigarrillo. Con la mirada más lasciva posible, dije:
—Siempre llevo una pitillera llena para invitar ocasionalmente a las damas.
Confiaba en alarmarla lo suficiente para que cambiara de compartimento, pero, lejos de esto, se limitó a reírse y se sumergió en la lectura de un periódico. Comenzó a subrayar con lápiz los párrafos que más le interesaban. De vez en cuando, tachaba con rabia alguno. Tratando de que me dejara solo, yo le arrojaba humo a la cara, tosía con insistencia, le enviaba mi apestoso aliento, llegué incluso a darle patadas. Pero nada, no había nada que hacer. Cuando el tren comenzó a dejar atrás la Estación de Francia, ella parecía más decidida que nunca a permanecer en mi compartimento. No levantaba la vista del periódico y cada vez subrayaba más párrafos, y hubo un momento en que tuve la impresión de que los subrayaba todos. Hasta mucho tiempo después, pasado ya Granollers, no obtuve la explicación a tan absurdo frenesí. Dijo que la excusara por su conducta, pero que había tomado una anfetamina y ésta le había producido un efecto muy turbio, ya que no podía dejar de leer y, además, se sentía impulsada a subrayarlo todo. Le pregunté qué era una anfetamina y me miró con infinita compasión. Miré su periódico y comprobé que, en efecto, lo había subrayado todo. Todo, salvo una noticia procedente de Costa de Marfil. Entramos en un túnel y la oscuridad me pareció sedante y también inquietante. La oscuridad, a medida que yo miraba dentro de ella, iba dejando de ser negra para convertirse en un extraño azul plateado que acabó siendo el umbral de visiones secretas. Cuando dejamos atrás el túnel, observé que había tachado con rabia todo lo referente a Costa de Marfil. No pude ya contenerme por más tiempo y le pedí que cambiara de compartimento.
—No me gusta su anfetamina —le dije—. Me impide meditar.
—¿Meditar? ¿Es usted jesuita?
—Le agradecería que se fuera.
—Ni hablar. De aquí ya no me voy.
Con mirada de violador, fijé mi vista en sus ojos negros, profundamente negros. Quise dar la impresión de que, en cualquier momento, podía abalanzarme sobre ella y desnudarla violentamente. Pero nada, tampoco esto sirvió de nada.
—Hay una reconfortante beatitud en su mirada —dijo.
Me enfurecí.
—Estoy dispuesto a pedírselo de rodillas.
—¿El qué?
—Pero ¿es que no comprende? Quiero que se vaya. Que se vaya.
—¡Qué manía! Estoy muy bien aquí. Y usted me inspira una gran confianza.
Tanta era la confianza que, al llegar a Gerona, me contó su vida. Así supe que se dirigía a Marsella a la boda de una amiga y que en Barcelona trabajaba como vidente por las mañanas, bebía despiadadamente por las tardes, y por las noches escribía.
—¿Escribe borracha?
—Sí. Transcribo literalmente conversaciones que oigo con disimulo en las bodas de mis amigas.
—Comprendo.
Había sexualidad en el aire, como un presagio de violación y asesinato. Cuando ella, en el colmo de la osadía, quiso saber adonde me dirigía, dije que era un mercenario holandés que iba a Antibes a encontrarme con mi gran amor, una actriz milanesa. Entramos en un nuevo túnel, y ella me dijo riendo:
—Se empeña usted en hacerse el raro. Por favor, cálmese, que yo no me como a nadie. Su acento es descaradamente francés. Y sus modales, su mismo atuendo, son los de un cura. Yo diría que un cura rural, y no creo equivocarme.
Se quedó muy seria, inclinándose hacia adelante, y vi entonces que sus tentadores ojos negros habían recogido toda la luz del túnel acumulando un color devastador que sumía en la oscuridad a todo lo demás. En esa oscuridad imaginé la última mueca, mezcla de estupor y espanto, de la mozambiqueña. Pensé en contarle cómo desgarré el corazón de mi víctima y mostrarle la navaja con sangre desteñida por la lluvia del parque.
Salimos del túnel y el tren marchaba ya, para mí, por frondosas selvas africanas.
—Figueras —anunció la negra.
El tren se había detenido en esa estación. Yo reaccioné lentamente y dije:
—Perfecto. Pronto la perderé de vista.
—De eso quería hablarle. No sabe lo duro que es, para una mujer, viajar sola. Se encuentra una con cada sorpresa. Hay muy pocos hombres educados. Quería pedirle que, al llegar a la frontera, cuando cambiemos de tren, no se separe de mí. Le ayudaré a trasladar los baúles, pero no se separe de mí. No me deje sola. Por Dios, se lo ruego.
Y eso no fue todo. Para colmo, comenzó a buscar una nueva anfetamina. Buscaba y buscaba y no la encontraba. Acabó vaciando todo el contenido de su bolsa, permitiendo que un arrugado e inmaculado traje de novia cayera lentamente sobre mis rodillas.
—Ya ve —dijo—, soy yo la que se casa. Aun no sé por qué he preferido ocultárselo.
También yo oculto algo, me dije. Busqué en un baúl la navaja barbera y, al entrar en el último túnel antes de la frontera, me quedé inmóvil en la oscuridad, con el arma orientada hacia la negra, y, poco después, enlazando el silbido del tren con mi desgarrador grito, entre salvajes y lejanos tambores, arrojé la navaja por la ventanilla. Al salir del túnel, la negra estaba frente a mí, inmutable, como si nada hubiera ocurrido, y yo ya sólo pensaba en cómo, cuándo, dónde, podría dejar de verla.