País Relato

Autores

enrique vila-matas

epílogo

Yo te amaba. Cuando era más joven y mi noción de la muerte no iba más allá de la alegoría del esqueleto armado de una guadaña, tu suicidio me hizo tomar conciencia de lo que en verdad era la muerte. «Parecía feliz los domingos», comentaron nuestros padres al encontrarte muerta en el centro del salón, apretando, entre tus manos, rosas rojas que a mí me evocaron tu breve vida, perdida en oscuros orfeones, fiestas religiosas y benéficos bailes. Ahora ya no eres hija de nadie, y ésta es tu gran fuerza, Miranda. Has llegado a ese momento de la claridad más temible, cuando, tras el hundimiento de la verdad que te protegía, te has encontrado expuesta a un sol que te calcina pero que, sin embargo, no es más que el reflejo de tu desnudez, de tu frío. Mereciste otras músicas, mi hermana querida, Miranda, mi amor. Yo te odiaba. Llegué a desear que hubieras muerto en vez de que te hubieras ido simplemente y revivieras en otra parte. No podía tolerar que dejaras de ser toda mi vida y comenzaras a serlo para otros o para ti sola.
En los días que siguieron a tu muerte, entre rezos y rasgar de cálamos sobre pergaminos, esperé en vano, con las ventanas abiertas, que recurrieras al célebre sistema de las apariciones nocturnas. Tan profundo fue tu silencio que di por cierto que vivías ya para ti sola. Y estudié el olvido. Me hundí en el viejo mundo, escolar y de recreo, de tedio y calma gris. Pero me sentía más irritable que de costumbre y apenas toleraba el desorden, el frío o la calma. A veces me sorprendía que las cosas no se me cayeran de la mano, tal era la insensibilidad que, al pensar en ti, me sobrevenía.
Fue pasando el tiempo, pero el dolor de tu ausencia permanecía. Concluí estudios y me matriculé en remotos escenarios, murieron nuestros padres y su ausencia me permitió dedicarme por entero a la invención de la celda focal: un trabajo absorbente tras el que latía la embriaguez de alejamiento que precede y facilita el olvido más absoluto. Quería, Miranda, dejar de pensar en ti. Por eso, comencé a crear la celda focal, un invento que exigía ir en busca de la belleza de un interior perfecto, mi gabinete de trabajo, ordenado para una determinada impresión anímica. Se trataba de conseguir que el sillón, la mesa, el tintero, los jarrones, las pipas, los libros, el gabinete entero estuvieran impregnados, como si fuese un olor, una sensación de separación progresiva de ti.
Para la construcción de la voluptuosa celda era indispensable elaborar, al mismo tiempo que iba ordenando mi interior, un extenso poema de más de diez mil versos, cuya lectura concediera, al igual que la atmósfera del estudio, facultades para un progresivo olvido tanto del poema como del muerto más amado. El poema consistía en la descripción exhaustiva de lo que yo estaba inventando. Pero cuando la celda estuvo terminada, me di cuenta de que, para describirla, bastaba con decir que, desde muy lejos y a primera vista, parecía una mancha roja, de un rojo brillante, pero oscuro, con sombras casi negras, que formaba un rosetón irregular de contornos muy netos, y se extendía por diversos lados en ramas de desigual longitud que se separaban y reunían hasta convertirse en simples hilos sangrientos. Vista más de cerca, esa mancha se convertía en una celda coronada por una gigantesca bombilla que emanaba una claridad amarillenta, visible incluso en pleno día. De vez en cuando, la gran bombilla se apagaba durante una fracción de segundo, poniendo de manifiesto que su cristal no tenía ningún color, y que la luz era amarillenta por sí misma. Durante esa fracción de segundo podía verse, sin tiempo material para ser leída entera, esta inscripción:
lettre close, chose morte, vain
projet, inutile soupir.
El día en que instalé el cartel que contenía esta inscripción, me olvidé un poco de ti y tuve la impresión de que, por fin, estaba obteniendo la atmósfera ideal para mi interior. Comencé a imaginarme cómo podía ir y venir, pleno de intimidad y silencio, soñando que una gran fiebre excavaba en mi interior y me arrancaba de lo más profundo experiencias, imágenes, hechos que desconocía, la vida por venir. Convencido de que serían muchos los interesados en visitar mi celda, publiqué el siguiente anuncio:
«Gracias a mi tristeza e ingenio, me siento dichoso de poder anunciar al mundo un gabinete de trabajo, celda focal insólita, ordenada para un olvido, progresivo y totalmente garantizado, del muerto más amado. Gabinete de muestra, visible en mi propia casa».
Como pronto descubrí que mi interior no interesaba a nadie y que sólo había una forma de olvidarse de ti, me encerré cada día más horas en el gabinete, ocultándome tras gruesos cortinajes, convirtiendo pronto mi soledad en una excentricidad agresiva e incontrolable, hasta que di por supuesto que los otros ya sólo me observaban con recelo y comprendí que había llegado la hora de ocultarme definitivamente en la celda y buscar la más absoluta calma, la calma que ha comenzado a llegarme, hace sólo unas horas, cuando ha brotado dentro de mí un pánico, un silencioso, cálido y tranquilo pánico, y he notado que, en la celda, el único signo de vida era un viento helado, y he sentido que me volvía impenetrable a la escritura y que flotaba cuando me movía, haciéndolo mecánicamente, sin pasado ni futuro, ajeno a mi presente. Entonces, me he dejado atraer por un tintero, y mis manos se han aferrado a ese espejismo, y he bebido el veneno con placer insaciable y con el deseo de beber, y he apurado hasta la última gota y he visto cómo lentamente voy perdiendo mi vida y cómo mis manos, huellas de violeta en la nieve, concluyen esta carta, Miranda, cuya lectura cae sobre este papel como la losa que cerrará mi tumba.