País Relato

Autores

enrique vila-matas

en un lugar solitario

Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio pues llegó la hora de mirar de frente la vida cuando ya no te queda vida y tan sólo dispones de esta noche para decirte algún día yo era joven guardando la debida compostura al contemplar a mi madre colgada de su ventana gesticulando con la cabeza ligeramente despegada del cuerpo mientras en equilibrio su sombrero de paja se deslizaba por el cuerpo antes de caer al vacío y yo no sentía ni la más remota inclinación a decirle tu desnudez pone en libertad a un número indefinido de pájaros, única frase de aliento que me viene a la memoria mirando a la izquierda donde vieja letra reza borrosa toda propiedad es un robo, inscripción a la entrada en Villa Soledad que es la finca más lejana que puede verse en el horizonte siempre que la bruma cubra Casa de Rosa y Torre Mirador donde se inicia una hilera de jardines separados por verjas de variados colores así como columpios en reposo siguiendo el trayecto del paseo Marítimo hasta llegar a una torre donde está el balcón que ocupo yo absorto girando mi vista a la derecha donde puede verse lo que fue el Hotel Colón con sus gloriosas ruinas asaltadas por la hierba que invade trepando la finca contigua que es casi un castillo con jardín inclinado ante estatua al borde de una piscina a la que rodean sombrillas atrapadas en enredaderas que serpentean hasta una ventana en la que acaba de asomarse Elena, que me mira tristemente en esta noche de verano en la que sin duda ando absorto pues mi padre ha entrado en la habitación manejando su cuerpo a través de los muebles y diciendo será mejor que te acuestes, arañando el aire como queriendo atrapar la luna con sus zarpazos antes de inspeccionar mi armario con los dientes derribando un clown de goma que se apoyaba en unos zapatos de baile que fueron de Elena, que me señala el malecón al fondo de la bahía y luego incomprensiblemente se ríe y me manda mensajes que dicen diríase que esto es Florida, refiriéndose sin duda a la fiesta que esta noche se celebra en el yate Victoria donde no faltarán esposas que bailen surf descalzas a altas horas de una madrugada en la que se arrojarán al mar demostrando una vez más que el verano fue banal y furtivas todas sus historias de amor por mucho que mi padre piense lo contrario ahora que ya no es más que un manojo de convulsiones y grititos en el momento de abandonar la habitación dejándome a solas con Elena, que me manda nuevos mensajes que dicen te estuve esperando esta tarde a la hora en que todos toman el té, quedándose pensativa antes de ser desvelada por unas niñas que se dan la mano frente a la casa y corean alegres Por la mañana temprano cogí mi caballo y salí a pasear antes de embobarse con las lanchas que surcan poderosas la bahía camino del Victoria que está lujoso con su pista de baile alumbrada por farolillos rojos amarillos y azules, antes de echar a correr camino de sus torres donde los padres andarán ya por los últimos retoques frente a los espejos pensando que les aguarda la fiesta en el Victoria sin saber que Elena mira fijamente las canoas como esperando estallidos de pólvora que conviertan la bahía en el centro de una gran explosión de champán y arroz hawaiano truncando la música de las olas móviles como la memoria que me habla del día en que la tormenta había desolado el Casino y estaba yo cenando solo a la luz de las velas aburridamente acompañado por las sentimentales notas del piano de Sam al que imaginé mi más fiel amigo en un cabaret de Casablanca viéndome enfundado en esmoquin blanco de rosa roja en el ojal y con un amor a olvidar escuchando la lluvia en el jardín y apurando los cigarros con cierta turbación que no era más que inquietud por la ausencia total de comensales hasta que de pronto llegó alguien diciendo nunca vi esto tan vacío, sentándose a mi lado para mirarme de arriba abajo y luego añadir me llamo Elena y de niños probablemente jugamos juntos, quitándose el sombrero lleno de lluvia al tiempo que tosía y yo ocultaba mi confusión balbuceando algo así como creo que te recuerdo pues fuiste quien derribó la bandeja de Ama Leonor en el jardín de los Pardo, siguiendo silencio y después el enfurecimiento en una respuesta que decía jamás pisé lugares semejantes, y estaba Elena tan solemne que me escondía entre las copas y las velas con grave sensación de ridículo que palié cruzando una invitación para ver Johnny Guitar en la pantalla del Metropol escuchando así los diálogos de amor —Johnny pregunta a Vienna a cuántos hombres ha amado y Vienna pregunta a Johnny a cuántas mujeres ha olvidado— presintiendo un trágico desenlace a lo largo del saloon donde ella ataviada de blanco hasta los pies cantaba esperando la celebración del linchamiento en las calles de este pueblo recorrido al azar por los caminos de una noche en la que Elena se ríe cuando la miro como si frente a un espejo me encontrara y fueran ya demasiadas las palabras que dejo atrás y escasas las que me aguardan cuando contemplo la bahía y doy la espalda a mi habitación pensando pronto será posible que pasee bajo la lluvia saludando a las últimas parejas que en la madrugada abandonarán el Victoria procurando no elevar excesivamente la mirada y así evitar ver a mi madre de la que me pregunto qué decir y qué pensar de su esplendor pasado en conversaciones ligeras que hoy aprietan el corsé del olvido y de las que ella misma, de no ser por los hilos de sangre a que se reduce su cuello, tanto podría hablar antes de decirme adiós optando por una resolución que habría de valerle mi ayuda convirtiéndome en alguien capaz de protegerla con paraguas de la lluvia siempre y cuando no llamáramos la atención del Victoria del que pronto pueden surgir prismáticos que nos conviertan en el espectáculo central de la fiesta a la que Elena mantiene sitiada con sus ojos enmarcados en la base de esta ventana de una casa que, separada de la nuestra tan sólo por la barrera de un breve huerto que no contiene otro verdor que algunas matas de hierba tardía sobresaliendo de una alfombra de vegetación muerta y a medio pudrir a causa de las últimas lluvias, conserva cuatro estatuas en su jardín al pie del viejo santuario abandonado adonde solíamos dirigirnos en las tardes de este último verano para desde lo alto contemplar las casas cercanas aunque preferíamos recorrer como locos desatados las ruinas con aquellas grandes puertas plateadas que el viento bateaba mientras Elena se reía y mirándola ahora pienso en qué forma andaba ya maltratada su salud cayendo en sueños de varios días y al despertar continuando los sueños más tristes pues estaba madura para la muerte y vaciarse de palabras era su objetivo mientras luchaba con ellas a la busca del silencio que ha de llevarle esta noche poco después de oírse por todo el pueblo las grandes salvas con las que el Victoria anuncia el comienzo de la fiesta en la amplia cubierta donde alguien baila Glenn Miller con admiración compartida por mi padre que ve coronadas con botines sus largas piernas de bailarín descendiendo autoritario la escalera central de esta casa en la que se entrega al desenfreno de un claqué que le conduce a colgarse de la lámpara del comedor desde donde piensa en cuando él era joven y en aquel día de lluvia en el que estaba sentado de cara a la ventana con dos gruesos libros encima de la silla para poder escribir cómodamente en aquella habitación tan oscura donde sólo el tablero de la mesa recibía del exterior la luz suficiente para que el roble encerado brillara aunque pronto desciende de la lámpara por una de las interminables arañas de vidrio y taconea frente al espejo que le devuelve la imagen de su rostro de piel rosada arrancada a jirones mientras su voz sensiblemente mermada se ahoga a causa del maquillaje de sudor de sus párpados y me recuerda que en mala hora tuve un sombrero que era rojo los días de sol y solía quitármelo para luego ponérmelo y nuevamente quitármelo y así pasar de alguna forma concreta la infancia —si es que puede llamarse infancia a un desierto corredor compuesto de espacios vacíos que acusaban alguna deficiencia cesárea, algún helado fórceps que oprimió mi cabeza en el instante preciso en que debió haberme arrancado hacia la libertad— por las calles de la ciudad que me vio pasar indiferente noche y día camino del comedor familiar presidido por una cabeza disecada de impala en cuya captura resultó herido mi padre que contaba y recontaba en las largas noches de invierno su versión de la mañana aquella en África cuando partió bajo un sol asfixiante en una camioneta que conducía un nativo al que acompañaban dos portadores de fusiles que amablemente despidieron a mi madre que —apoyada en un inmenso árbol y todavía joven con su vestido tenuemente rosado y sus oscuros cabellos echados hacia atrás apretados en moño sobre la nuca— les vio adentrarse en la selva donde horas más tarde les cortaría la respiración un rebaño de impalas hacia el que se acercaron en sigilo para sorprender de un solo disparo a un viejo macho de cuernos grandes y muy abiertos, sin lograr evitar que la salvaje desbandada que siguió al tiro —saltaban los animales unos sobre los otros con largos botes flotantes como los que a veces damos en sueños— le hiriera aunque todo quedó en el recuerdo y nada le impide esta noche bailar claqué mientras Elena silenciosamente piensa en nuestra correría la tarde en que entramos en el pueblo montados en triciclos marchando lentamente a lo largo del paseo de los pinos donde encontramos a la vieja Rosa que asustada al vernos reír se sentó al borde del camino y de qué os reís preguntó antes de contarnos una vez más aquella historia de la guerra en la que por orden del alcalde le afeitaron el cráneo humillándola públicamente y ella no esperó más que el paso del tiempo para vengarse penetrando en el lecho de muerte de su antiguo verdugo turbando la paz de sus últimos momentos con tremendos aullidos y maldiciones que interrumpieron el rosario y las oraciones de la familia que también antaño había sido cómplice de aquel hecho ya lejano cuando Elena desde su ventana contempla la caravana de extrañas gentes que beben cócteles en coches descapotables antes de marchar hacia la fiesta que cierra el verano del que me propones huir mediante signos que imitan las contorsiones del cuerpo de mi madre que —arruinada ya su vida y atemorizada ante esta ola más fuerte que las anteriores que con ruido parecido al de un bofetón choca contra la roca y levanta un chorro de espuma del que salen algunas gotas que llevadas por el viento caen muy cerca de su cuerpo moribundo en el vacío— implora piedad cuando le pido dinero por última vez y me escucha decirle entiende cuán vano fue jactarse de las cosas huidizas que es seguro perder y comprende tu error pues mira cómo papá te sobrevivirá porque ha ocupado su tiempo en ser como Fred Astaire y pide a quienquiera que amortaje tu cuerpo no destroce ni interrogue la corona de sangre de tu brazo derecho que ahora proyecta en el vacío los dedos en dirección al Victoria donde ya grande es la burla por parte de quienes deciden revisar tus años de juventud cuando sentada en la terraza del Hotel Colón presumías de belleza y solías decir que pensabas que a la sombra de una sombrilla de encaje y seda los madrigales mueren de amor coloreando tus rizos a juego con el magnífico Ford e ignorando ellos que un día te besé y tenías tibios los labios que bruscamente me rechazaron mientras las sombras del candil se velaban en la pared cercana a la ventana que abriste para que, sentado al borde de la cama deshecha y con los pies desnudos reposando en la alfombra, me abandonara a la contemplación de la calle de Aribau —librerías viejas y viejos cafés rondando el Cinema Central donde en un cartel de violentos colores un hombre de traje gris apretaba la garganta de una joven que en camisón expresaba toda la angustia y el pánico del momento— sin cansarme nunca pues a veces cambiaba de posición y me sentaba de cara a la ventana con dos gruesos libros encima de la silla a fin de poder escribir cómodamente en aquella habitación oscura en la que sólo el tablero de la mesa recibía luz suficiente del exterior por lo que brillaba el roble encerado en una casa de la que recuerdo la tristeza del comedor presidido por la cabeza de impala que protegía el fuego del hogar que tú avivabas caída de bruces en el terciopelo de los sillones mientras inexorable circulaba el tiempo y envejeciste, madre, para dejar de golpe los días felices y aquellos veranos y las alegres veladas en el Hotel Colón donde ahora mármol de mesas rotas se apoya en hamacas y sillas plegables —en una de ellas derramaste aquel té caliente recubierto de porcelana china, incidente que te precipitó al matrimonio— ocultas por la hierba que es viajera en las alfombras del grandioso hall con su espejo reflejo del comedor antaño hervidero de luz y salón inmenso con baños oscuros al fondo junto a los billares que como bestias dormidas vieron fondear riquezas en las estancias de visillos blancos y cuadros de mujeres con flores en la cabeza hoy residuos culturales alojados en las bañeras semejantes a ataúdes y expuestas al sol de las terrazas frente al mar y visibles desde cualquier ángulo del jardín principal donde olvidó Elena sus zapatos la tarde en que visitamos el hotel con miedo y reclamando casi la presencia de los fantasmas pues hubiéramos jurado que mi madre se paseaba entre ellos sentada en malla roja sobre la colcha de seda de la gran cama de la habitación aquella donde sedujo a su futuro esposo ligeramente conmocionado a causa de unas salpicaduras de té en aquel traje blanco hoy olvidado en el armario contiguo a la terraza desde la que —de callar los gritos de mi madre que en este momento ve cómo su chaqueta gris, medio empapada de agua ya queda cogida entre una pequeña ola y la onda inversa de la resaca siendo tragada por el choque hundiéndose lentamente para verse aspirada poco después hacia alta mar por la depresión progresiva que se forma más allá de las rocas— fácilmente podría oírse el ruido que arma el dueño del Victoria en la cubierta de su yate cantando a viva voz mientras contempla este paisaje que es el mismo que antaño presenciara la forja de su fortuna cuando nada más estallar la guerra puso su flota de pesqueros a disposición de las tropas nacionales escondiéndose en un consulado donde aguardó la victoria a la que seguiría el milagro de la multiplicación de sus bienes que en gran número restituyeron dignidad a su vida y prepararon esta vejez de ahora serenamente lujosa a bordo del Victoria donde pegado a una invitada en el resplandor de proa baila intentando mantenerse en pie mientras la guerra queda lejana y así olvida el ruido de metralla la noche en que mató a Rojas, que moribundo recordaba a su madre con la Biblia en la mano y el dedo pintado de rojo señalando el salmo ciento y tantos implorando a Dios que vive allá arriba en las nubes con barba poblada y blancura de marfil en el rostro, aunque nada más exacto decir que estaba desangrándose por momentos y no le quedaban muchos segundos de vida y lo había matado este que ahora baila en su yate nostálgicamente refugiado en los pechos de la invitada que le escucha decir qué pasa con mi memoria pues me vuelven algunas cosas pero no me vuelve nada y de ahí a estar seguro de que ya nunca nadie vendrá a hablarme del pasado me permite pensar que he dominado el recuerdo, aunque luego cierra los ojos y allá arriba en su cabeza se escenifican las antiguas situaciones en el lodo de los campos de batalla y piensa que las cosas hubieran podido ser ligeramente distintas pues no ha querido decir nada y puede arrepentirse si alguien se lo exige pero piensa que su vida aquí, pausa, su vida aquí pudo haber sido distinta, pausa, no ha podido olvidar muchas cosas de la guerra porque fue muy dura pero también hoy una vez más, pausa, una vez más volvería a disparar sobre Rojas pues era es y será el enemigo, aunque más tarde cae extenuado en el silencio de esta noche semejante a las restantes de este verano en que Elena y yo intentamos liberarnos de nuestro destino descubierto un día cuando percibes compacto el recogimiento familiar a tu alrededor y la voz de tu madre que dice quisiera hablarte de algo y fuma nerviosa en la cena y más tarde te mira con gesto autoritario mientras apoya el codo sobre la biblioteca de roble y te vas vencido por las ganas de reír en los momentos más sólidos del discurso que habla sin tregua de la importancia de tu futuro cuando más sientes el tedio mezclado con sentimientos de ternura que inmediatamente utilizas para pedir una vez más un dinero que ella se niega a entregar despertándote a la mañana siguiente para esperar a que muerto de sueño desayunes en la cocina con niebla afuera quemándote los labios el café hirviente que aún arrastrarás cuando salgas a la calle en una ciudad recorrida día tras día en marcha a una escuela donde aprendiste a ser el joven ni triste ni alegre llamado a recitar Romance del Cid en las fiestas más señaladas asombrando a todos con las pulseras de plata tintineando sobre el piano que acompañaba el poema aprendido en los claustros de un patio en cuyos oscuros váteres fumaste los primeros cigarros nervioso de verte obligado a cavilar sobre tu futuro una vez rechazados todos los proyectos de tu madre que ya entonces comenzaba a avergonzarse de los pozos blancos de sus cabellos echados hacia atrás apretados en moño sobre la nuca que ahora es un muñón de grasa y sangre visitado por las moscas que acompañan la agonía observada de cerca por Elena en quien reconozco el recuerdo de un tiempo vivido juntos cuando ella cantaba en los cafetines de Marruecos, sentada al piano en Texas dueña del saloon esperando la hora del linchamiento y herida en las calles de un Shangai traicionero que la verá bailar al borde de mi cama parodiando las fiestas de palacio en Viena con una rodilla en el suelo y yo desvistiéndola lentamente escuchando su risa al juntar las camas Benny Goodman en disco a lo lejos leyéndole historias que superaban el tono mediocre de la nuestra y así un día Elena se detuvo sonriente —habíamos bebido y andado bordeando la playa tras horas dando saltos alegres bajo el sol que se deslizaba a lo lejos en una calle con una hilera de árboles a cada lado y con los bares repletos de gentes que gesticulaban agrupadas y comentaban nuestro paso de alegres espectros— para relatar su infancia y acabar preguntando por mi madre que es ahora tan sólo cabeza adornada por ojos de severo amor en ángulo ideal hacia el cielo del que espera llegue su socorro, rígida de rodillas en camisón de dormir rezando con las manos juntas en salmodia católica mientras su cuerpo oscila frente a la luz de la ventana en la que se ve ruinoso el retrato de bodas con guirnaldas y sangre en el velo del que no guarda memoria, agitada en su lucha por sobrevivir a la fiesta del Victoria que es cuerpo de luz en los oscuros espacios del oleaje que va y viene como mi vida hasta hoy, tumulto de ideas y síntomas de extraño errar por los rincones buscando dormir todo cuanto quisiera atado al pasatiempo de releer las notas del diario poético de mi abuela recién casada divertida e irónica al comentar algunos episodios de su vida poco antes de arrojarse al fondo de un río al verse arruinada por una apuesta que se permitía poner en duda el talento del joven Stravinski cuyos primeros triunfos la suicidaron depositándola en una cama laqueada de hierro que contenía en su vértice inferior derecho la figura de mi madre en el suelo con un florero verde aflautado y ocultando su endeble complexión en el tornasol de un vestido de seda con las piernas colgando como el trapo entre las margaritas derramadas en el piso según fiel reproducción de un documento gráfico que se hizo eco de esta primera crisis familiar a la que poco después había de seguir otra cuando en las afueras del pueblo frenaron la marcha del coche de mi abuelo que descendió excitado a enfrentarse con una patrulla armada que le impedía el paso siguiendo las instrucciones de un hombre de cazadora de cuero abierta con un pañuelo al cuello y en la cintura pistola, Rojas se llamaba y tenía profundidad en los ojos y cortaba de raíz las argumentaciones de mi abuelo histérico envuelto en el polvo de los camiones y perdido entre los gritos de su chófer que andaba asustado al verse rodeado por aquel grupo de hombres cansados y encorvados en cuerpos maltratados hundidos en el fango que cielo arriba proyectaba en tiralíneas unos pantalones de polainas que flameaban al viento mientras desfilaban en camiones unos milicianos cantando himnos a lo largo de la tarde de agosto en la que se oyó la detonación seca de un disparo coincidiendo con las risas de Rojas, que obligó al chófer a cargar con su amo y a devolverlo a la finca de verano que en esta ocasión le vio regresar muerto con sangre en los labios y los ojos muy abiertos como espejos donde se reflejaban los chopos del camino que conducía a la finca habitada por la presencia solitaria de mi padre que, al saberse huérfano, dobló sus piernas sobre la hierba fresca preludiando así los pasos del claqué que esta noche le desliza por los pasillos donde, vestido con blusa de abombadas mangas y chaqueta rayada, rinde un último homenaje a mi madre que me hablaba en otros tiempos de la ternura y los corderos pascuales y de las indulgencias y la santidad, palabras a olvidar cuando dejes, Elena, todo esto pues te veo y cierro los ojos y nuevamente te veo recorriendo la playa en el Ford a gran velocidad abandonando al amanecer el pueblo para así dejar atrás toda esta sordidez y este espíritu de cálculo que tanto odiaste en las gentes de aquí según dijiste paseando por el viejo santuario andando sin ruido como temiendo que nuestras pisadas despertaran viejos espectros aventurándonos en las tinieblas de un corredor oscuro a tientas palpando el muro entre las manos y fingiendo nuestra mente medrosas resonancias que nos llevaron al resplandor de un torreón donde recuerdo que te besé y tenías tibios los labios que bruscamente me rechazaron mientras las sombras se velaban en el muro y observabas cómo caía la tarde recordándome aquellas tardes en que me había encerrado en la habitación de la casa junto a la carretera del faro y había contemplado las luces de las barcas que regresaban replegando las velas mientras mi madre se sentaba ante el piano e interpretaba el Preludio de Tristán esperando la hora de postrarse de rodillas ante el altar de la capilla familiar en cuyo retablo campeaba el escudo de nuestro linaje y la imagen de un santo antepasado al que implorábamos protección mirando al cielo que a veces entreveíamos oculto tras las cortinas de un alto ventanal cilindrico que a merced del viento nos daba a entender cómo, más allá de la iglesia donde tristes y augustas resonaban hondas las oraciones, la vida seguía su curso y era fácil en el aburrimiento de aquel enclaustramiento memorizar situaciones pasadas como la del día en que entraste en vecindad conmigo —tu torre parecía arder y la miraba desconcertado entre los matorrales observando la inmensa llamarada de luz que producía destellos sobre la alambrada de la carretera hasta que te advertí en el balcón principal contemplando la noche con la casa iluminada de los desvanes a los sótanos al tiempo que el viento hacía oscilar las alambradas incendiando y apagando las luces como si la casa guiñara los ojos en la oscuridad así que me acerqué lentamente para verte cruzar el césped y te hablé— aunque es posible que ya estuvieras conmigo el año pasado cuando mi madre comenzó a pintarse de rojo los labios antes de tambalearse en el marco de su ventana y quedarse cadáver callada y borrosa en la niebla dormida en la paz eterna por lo que la enterramos, aunque es probable que fuera en otro año cuando nos conocimos y bruscamente giraste una y otra vez la dirección del Ford salpicando de lluvia las aceras mientras algunos cortinajes se abrían a la luz de la mañana y tras ellos aparecían los rostros de aquellos que seguían con extrañeza las maniobras del coche que, a lo largo del paseo Marítimo, iba dejando una estela de humo que ocultaba, desde mi posición en la terraza, gran parte del Victoria donde cansados del baile algunos invitados abandonaron el tango y miraron a mi madre que ahora sigue colgada en el vacío gruñiendo entre las cigarras y entorpeciendo los saltos acróbatas de mi padre que —como cuando llegaba a casa extraordinariamente bebido obstinándose en querer salir por su propio pie del ascensor y se contorsionaba alegre musitando In the Still of the Night— baila sobre la mesa del comedor y se apoya en el bastón de cobre que antaño paseara por un balneario donde se repuso del canto de las hienas africanas tan ligadas a su etapa de mayor esplendor —grandes días y grandes años y nacimiento crecimiento y decrecimiento del amor para quien luego cae en esfuerzos por resucitarlo todo con el espectro de la muerte cercana y la senectud con sus escenas birriosas e iguales a las de otro tiempo que fue en cierta manera el período más feliz pues también este hombre tuvo sus buenos momentos aunque hoy prolonga en el silencio un débil grito que es el pregusto de un murmullo que acompaña el claqué por toda la torre— poco antes de intentar apartarse de mi madre que ya entonces andaba obsesionada por coleccionar papel de plata para los chinos infieles, oh madre de faldas en forma de coliflor paseando bandejas de té a las cinco de la tarde en el jardín de la finca de tus padres que pegados a una emisora de radio vivían pendientes de unas voces de tinte sombrío, proclamas de generales en aquellos años de guerra que estaban ya olvidados la noche en que te desvaneciste mirando al cielo con el cuello en difícil equilibrio sobre los hombros salpicando de sangre las guirnaldas y el velo blanco de aquel retrato de bodas que era un pequeño cuadro que colgado de una de las paredes se abría tras la tela para verter su espacio interior hacia una playa de agua azulada y quieta donde un grupo de soldados festejaban con vino el final de la guerra, conteniendo el fondo del lienzo la figura de un combatiente que sentado con los pies colgando en el horizonte sostenía en la mano derecha una bandera que abría en la tela su espacio interior hacia un jardín en el que varios árboles daban sombra a una solitaria silla caída a los pies de un tocador de caoba barnizada y mármol blanco con un espejo minúsculo donde podía verse la fotografía de mis padres al salir del templo en el día de su boda sonriendo nerviosos a la cámara mirándose enamorados de espaldas a las familias que en la sombra aguardaban el momento de dejarse retratar en aquella mañana de mayo a la que seguirían algunos días felices que quedan lejanos esta noche cuando en el jardín mi madre se entrega a la recreación de un tropo compostelano del que las entradas sucesivas de las voces del coro vienen dadas por los gritos procedentes del Victoria que es de la cabeza el tronco, del mismo modo que el coro lo es al canto primordial del corifeo sostenido por mi madre que en una sucesión de acentos nuevos crea el ritmo general de una orquesta que se ve coloreada por las cigarras que se van revelando en su misión de sostener con fuerza su papel de plañideras, rondando los ojos de Elena, que se duerme en su terraza siguiendo las evoluciones de la fiesta en el Victoria donde antaño cayó al suelo Rojas bañado en sangre y en circunstancias dramáticas que hallaron desenlace al ser rescatado el cuerpo por sus hermanas que incrédulas de ver su mirada para siempre perdida en el vacío negáronse a darlo por muerto llevándolo hasta el viejo caserón de ocho ventanas enrejadas donde le sentaron a la mesa del comedor ordenando las pompas y encendiendo los cirios para preguntarle qué deseaba cenar aquella noche a lo que respondió callado, con el mutis sereno de los que mueren por una causa que creen justa, callando también ellas para de esta forma mantener el respeto que siempre le habían profesado, escuchando finalmente el zumbido persistente de un moscardón que interrumpió el vuelo deteniéndose en la mejilla de Rojas que no modificó en nada la helada expresión de su rostro por lo que sus hermanas comenzaron a sospechar que estaban cenando con un cadáver aun cuando en un último intento por resistirse a la realidad de los hechos le dieron una servilleta azulada que envolvía una cuchara que esperaban pronto utilizara para tomar una sopa que no tomó pues ya no tan sólo continuó sin dar señales de vida sino que, al perder el equilibrio y tambalearse en la silla, estrelló la cabeza en la sopera salpicando de sangre y fideos a sus dos hermanas que inmediatamente comprendieron que era más prudente pasar a los rezos y enterrarlo en una cala donde al abrigo de unas rocas en las que volaban en torbellino menudos flecos de espuma rojiza fue sepultado al término de una jornada triste para este pueblo por cuyos más deshabitados callejones paseó Elena antes de sentarse en la terraza donde bailan sombras en todas las direcciones y una baranda corre sobre los balaustres y en vivo resplandor brota de atrás la luz de una lámpara que iluminando del embaldosado a los árboles atraviesa el balancín y golpea los ojos de Elena, que se mueve de un lado al otro del balcón hasta que finalmente se ve recortada en sombras que la desencajan del marco estricto de un espejo, mientras mi padre baila en el comedor de esta torre que tantas noches recorrió arriba y abajo cuando me conducía a una habitación en la que previamente había fijado el espacio de mis movimientos y donde agoté los esfuerzos por imaginar los días que iban a seguir a aquellos en los que la gente era, desde mi ventana, un solo cuerpo en las tinieblas recorriendo en silencio las calles de la ciudad que eran visibles desde la habitación donde pasé largas horas contemplando el exterior con el fondo permanente de las voces de mis padres que, al otro lado de la casa, se comunicaban en un patio interior con la vecindad —una gente sensible y cultivada que estudiaba las glorias de la raza y llenaba las iglesias—, aunque en otras ocasiones me tendía sobre la alfombra apoyando la cabeza en la cama y esperaba a que entrara mi madre con la bandeja de la cena para examinar entonces la vieja tapicería de los sillones y aquellos muebles amontonados entre lámparas de araña a lo largo de las cuatro paredes, aparentando así que me era indiferente que ella hubiera irrumpido en la habitación donde ahora penden sombras del ventanal mientras en la niebla que se ha hecho más espesa por momentos puede entreverse a mi madre con la cabeza ligeramente despegada del cuerpo y en equilibrio su sombrero de paja se desliza por el vientre antes de caer a los pies de su marido que anda despacio sin dar muchos pasos sobre el pie cojo con los ojos cerrados y casi sin aliento mirando a su alrededor aunque apenas ve nada bajo este cielo oscuro con la niebla ocultando el pueblo que en los días que amenaza tormenta se vuelve más misterioso que nunca a causa de aquellas historias que mi madre inventaba mientras se maquillaba frente al espejo del tocador de su habitación hasta que un día mi padre perdió el control de sus nervios y la abofeteó repetidas veces viéndose repelido por la gran violencia de mi madre que le estrelló en la cabeza una parte de los objetos del tocador mientras él iba lentamente desplomándose para así fingir que había sido asesinado buscando impresionarla aunque no logró inquietarla en lo más mínimo pues se entretuvo tranquilamente en desmaquillarse frente al espejo —la lámpara ardía en la mesa de noche iluminando con luz viva el cubrecama encarnado y, encima del tocador, entre botes y frascos inclinado hacia atrás se hallaba el marco de metal cromado con la fotografía de una antigua cacería— y más tarde, ante la insistencia de él en hacerse el muerto, analizó fríamente la situación y se decidió a borrar ciertas huellas que podían comprometerla arrastrando el cadáver hasta el lavabo donde lo dispuso todo de forma que pareciera un suicidio en la bañera sin prever que mi padre iba a recobrar de súbito el aliento y con una furia más salvaje que la anterior le apretaría entre sus manos la cabeza despintada maquillándola y desmaquillándola hasta anestesiarla y colmarla de polvos blancos culminando así uno de los muchos espectáculos en familia a los que asistí durante los años de la infancia que si bien para muchos son tiempo de desconcierto en mi caso lo fueron de diversión —mis padres sin ser artistas poseyeron el don del travestí y solían en las noches de invierno intercambiar sus ropajes para sorprenderme por los largos pasillos de la casa— pues cada habitación era un escenario diferente que se abría a constantes representaciones en algunas de las cuales gustaban de hacer incursiones históricas —mi padre en danza con velos multicolores y mi madre en bandeja de plata su cabeza con barbas de Juan Bautista y el ceño fruncido— modificando la personalidad de sus personajes pues en una ocasión ella se convirtió en un fraile nazareno de grandes barbas y beatífica figura que dialogó con los muñecos de mi habitación haciéndoles rezar al usar de artilugios de ventrílocuo mientras él se transformaba en un cuerpo zurcido en traje de franela blanco corbata cigarro habano gafas de sol y sombrero de anchos vuelos, colonialista asediado por las moscas que siempre poblaron este jardín que contemplo ahora desde la terraza en la que veo a mi madre imposibilitada en una silla de ruedas, el mango de la vieja bicicleta, donde sostiene su trasero y donde reposa por momentos de la fatiga sin saber que voy a retirar el triciclo dejándola nuevamente suspendida en el aire cada vez más calmado de una noche que dedico a la búsqueda del silencio pues suele suceder que un día vuelves a tu habitación y recuperas el gesto mecánico de tu escritura y en un rincón se amontonan los papeles y la ventana medio entornada trae el frío de la mañana mientras te llega desde alguna casa cercana un tema nocturno de Mozart y escuchas el paso de los automóviles que inician la cuesta de la calle de Aribau, atrapado en los límites de la cama que heredaste a la muerte de tu abuela suicida desesperada e incrédula al ver los triunfos de quien revolucionando la música de vanguardia era llamado Stravinski con un ligero acento yanqui que ella no se cansó de ridiculizar ni siquiera cuando se arrojó al río Dwina en aquella madrugada en un país extranjero que reaccionó ante su muerte con el mismo estupor de mi familia que devota y recogida en la cámara mortuoria cayó durante algunas horas en el más absoluto silencio y ni tan siquiera rezaba y parecía ya definitivamente formada para las situaciones duras de modo que apenas se conmovieron cuando más tarde terminó la guerra y huyeron del país los vencidos camino del exilio con semblantes que eran el reflejo de la desesperanza, las mantas liadas al hombro y el caminar errante, miles de familias que en larga procesión hacia la frontera de Francia anduvieron sin convicción de nada sabiendo que no eran más que sombras borrosas en la noche, pero en la noche también es posible comprobar que uno está de tal forma sincronizado con el universo externo que es imposible delimitar las identidades como cuando se pone en marcha un Ford y hay un momento en que uno puede preguntarse si está empujado o es atraído, pues al principio todo resulta extraño y más tarde el coche circula junto al Embarcadero marchándose del pueblo donde tu padre hace ahora unos años estaba locamente enamorado de la que hoy es tu madre y cenaba a la luz de las velas aburridamente acompañado por las notas sentimentales del piano de Sam en el Casino imaginándose enfundado en esmoquin blanco de rosa roja en el ojal en un cabaret de Casablanca con un amor a olvidar escuchando la lluvia en el jardín y apurando los cigarros con cierta turbación hasta que llegó mi madre y le besó empujándole al matrimonio, piso en la ciudad claraboyas restricciones geranios y viejo Ford aparcado frente al portal pues así lo marcaban los cánones de la moda local que tuvo en mi abuela a una de sus más fieles seguidoras cuando se empeñaba en defender el talento de un bailarín frente a las renovadoras ideas de Stravinski en los días en que aún era posible discutir de ballet pues es obvio que no todos habitamos el mismo tiempo y el de mi abuela en este caso seguía el ritmo de aquellos que ignorando profundamente el nuevo sentido que a la vida y a la danza iba a concedérsele en años venideros recreábanse en consolidar estrictamente una formación cultural clásica de la que mantuvo alejada a mi madre que ahora me mira aterrada como solicitando auxilio mientras recompone su situación en el balcón —atrás he dejado, piensa, el dormitorio en penumbra y el armario viejo y la combinación negra sobre la colcha y la foto de bodas y el despertador y la novela sobre el mármol de la mesilla y el rosario de huesos en la pared formando un corazón invertido en torno a la estampa coloreada del beato Martín y las zapatillas del baño apoyadas en el reclinatorio junto al candil mientras que delante tengo, piensa, una doble hilera de cercas y murallas colindantes rodeando el viejo hotel en ruinas y gente que despliega sus paraguas para protegerse de la lluvia y un yate en fiesta y el mar— y al deshilarse una venilla ya casi desangrada del cuello estalla en fuertes gritos que por momentos hacen peligrar su reputación pues es tal el desorden que imprime a sus quejas que incluso del Victoria emergen sombras de gentes que —aun siendo relaciones de verano vinculadas a la temporada de vacaciones y por consiguiente de relativa trascendencia— podrían censurar su actitud, lo que sería penoso pues otearían recelosas el panorama de nuestro jardín y en él hallarían la fuente de venideras conversaciones sobre la torre en la que me oculto mientras me esfuerzo por contener la risa cuando veo a mi padre que ajeno a todo cuanto le rodea baila ya lejos de aquellos años en que fue denunciante sin escrúpulos en los días en que aún estaban abiertas las heridas de la guerra y era ya un hecho consumado la victoria de quienes vengarían la muerte de mi abuelo persiguiendo a los amigos de Rojas que vieron divididas y dispersas sus familias y pronunciados sus apellidos con rencor y encono por todos aquellos que como mi padre alardeaban del triunfo y encarcelaban a sus antiguos adversarios o bien los fusilaban dejando así una estela de odio como fruto de los años de una guerra perdida en el recuerdo de quienes este verano vieron a mi padre soplar y apagar las velas de su pastel de cumpleaños con gran fuerza e ímpetu arrancando aplausos por parte de quienes morbosamente esperaban verle convertido en la más arquetípica imagen de la vejez, creencia que él en disimulo a lo largo de la tarde sepultó con gestos aparentemente vitalistas y en los que resultaba fácil descubrir un aire de comedia y un esfuerzo por confundir a quienes convocados por la celebración del aniversario soñaban amortajarle durante la fiesta en la que rivalizó con todos a la hora de beber y a la hora de hacer teatro pues condujo la representación hasta sus propios límites de forma que a medida que el alcohol iba haciendo mella en su grueso cuerpo aumentaba su contagiosa exhibición de fuerza y euforia contrariando a quienes aguardaban el final de la fiesta para descubrirlo fatigado y envejecido por los rincones aferrándose desesperadamente ;t la vida e intentando detener los relojes que marcaban la hora de la muerte, pero no tuvieron ocasión de asistir al espectáculo aunque para mí su inicial control de las apariencias convirtióse en una escenificación no exenta de un alto grado de comicidad pues a altas horas ya de la noche le vi transformarse en la imagen del niño que era en la fotografía antigua en el jardín de la casa de verano cuando hurgándose la nariz y mirando insolente a la cámara mantenía el rictus levemente ingenuo de aquel que no prevé la posibilidad de que semejante instante se perpetúe en el recuerdo y que sus descendientes acaben contemplándole con esa clase de pasión y a la vez desidia, compasión y ternura que arrasan la imagen del ser más querido y lo incorporan al blanco de mi mente que ahora ve las sonrisas abiertas de los invitados estacionados en amplios sillines nacarados donde balanceaban sus zapatos de charol y observaban confundidos la actuación deliberadamente jovial de mi padre en aquella fiesta de cumpleaños que se cerró mientras él devoraba una monumental tarta de frutas que era el regalo de sus mejores amigos que, presentes en compacto bloque en la cena, soltaron gran cantidad de discursos que evocaban pasajes de la vida de mi padre y que fueron un gran colofón a aquella reunión que memorizó con la ternura que cualquier hijo respetuoso almacena a través del tiempo que inexorablemente fue cayendo sobre el balcón en la ciudad donde aprendí a escuchar los rumores siempre secretos de las conversaciones conyugales de quienes habitando la estancia contigua esforzábanse por contagiarse sus problemas personales y disponían calculadamente sus travestís más inesperados como el de mi madre el día en que recogiendo su cabellera en una austera gorra vistiése de chófer y alteró el silencio de la noche con bocinazos que parecían reclamar a su dueña que era mi padre vestido con blusa tirante cuello alto cerrado anudado con cinta de seda azul y faldas estrechas muy ceñidas que apenas se movían en la noche cuando él sonriente retocaba los rizos de su rubia peluca aguardando en el portal el frenazo del coche conducido por el impaciente chófer que se dedicaba a desabotonar lentamente el uniforme ofreciendo los pechos a su dueña mientras el viento empujaba el Ford que giraba alrededor del estanque donde alborotados movíanse los cisnes y, a medida que iba haciendo descender su escote a extremos francamente desenfadados, apretaba el acelerador maniobrando frente al portal de la casa en la que desencorsetó sus sentimientos y desprendióse de la gorra para así soltar la espesa cabellera negra y saludar a su dueña que se excitó y vio encenderse en ella la llama de la pasión más ardiente llegando a límites semejantes a aquello que llamamos humillación cuando, ya definitivamente despojada de cualquier antifaz, obstinóse en morder el polvo de los zapatos de su siervo y recorrer con la lengua la línea recta del impecable planchado de los pantalones del chófer que —erguido majestuoso sobre el entarimado que a modo de viejo puente levadizo une el jardín con la casa— tenía ya medio desnudo el cuerpo y en la boca una rosa mustia como sus pechos agitados con frenesí en un acto que tenía tanto de provocador como de ingenuo pues todo cuanto mis padres ingeniaban estaba dominado por la nostalgia y sólo a través de ella fue soportando mi padre el paso del tiempo y así ahora, rendido por tanto esfuerzo, cae abatido sobre el sofá rojo del comedor con su sombrero de copa ligeramente ladeado y sonriente mientras sigo leyendo el diario poético de mi abuela, una mujer de torre óptica en extremo breve y descriptible a partir de las clownescas barras de hollín y brea que en una fiesta de disfraces convertían su cara en la de un payaso y que, al ser la única fotografía que se conservaba de ella en casa, me hizo siempre imaginarla en el circo con una cabeza de cartón y equilibrista intrépida en el aire amarrada a un triciclo amenizando la tarde a un grupo de niñas que llevaban todas la misma máscara y se diferenciaban en dos facciones a la hora de los aplausos pues, mientras algunas habían alcanzado un alto sentido de la desdramatización y era tal su distanciamiento al contemplar las piruetas de mi abuela que apenas se emocionaban ante el número, otras se esforzaban en verse conmovidas por el espectáculo y parecían pedir aún más efectismo a los equilibrios que acababan siempre con la muerte de mi abuela estrellada joven sobre la arena del circo Atracciones en un final trágico y parecido al auténtico —aquel suicidio en aguas del río Dwina echándose al agua desesperada por la ruina económica en que había quedado sumida a raíz de una apuesta brutal que pesó decisivamente sobre el carácter de mi madre que llevó al palco familiar de la ópera su odio por la música vanguardista inaugurando una licencia social de la que azar y resentimiento no andaban lejos— aun cuando sería para mí difícil discernir una muerte de la otra pues es obvio que desenredar la ficción de la realidad y viceversa es tarea conflictiva y ocupa tiempo cuando como en este caso jamás supe reconstruir fielmente las circunstancias que empujaron a mi abuela a tomar decisión tan grave dándome oportunidad así de concebirle una bella muerte y un romántico relato del final de sus alegres días al servicio de las ideas más convencionales y vulgares de la época y descifrables a partir de la lectura de su diario poético donde —aparte de revelar intimidades secretas de aquella apergaminada nobleza de la España del rey Alfonso— dedicábase a reflexionar sobre la vida —una manzana que se devora y desaparece para reencarnarse en un fruto más opíparo iluminado por los rayos divinos— y sobre la muerte acerca de la que no tenía opiniones muy concretas pues sus escritos eran más bien superficiales y aún hoy creo imaginármela con los codos y antebrazos reposando sobre la mesa mientras a uno y a otro lado se amontonan grandes libros en desorden y ella escribe impasiblemente frases sobre el amor, pausa, el amor es como la música, pausa, el amor es algo muy grande y tampoco admite muchas innovaciones, pobre abuela te enterraron lejos del país en una tierra extranjera y fría donde te tomaron por un emigrante y te repatriaron en viaje de regreso que duró muchos días pues en los caminos que siguió el féretro cruzóse por azar un atentado anarquista en las cercanías de Brujas y peligró la integridad de tu cadáver ya corrompido a causa de la tardanza en regresar a tu ciudad natal donde te esperaba el olvido pues mi abuelo —fatigado por tus extravagancias de las que el suicidio en las riberas de Riga era la más aparatosa— entregóse a una vida licenciosa y escandalosa a nivel familiar aunque algunos sostenían que jamás hubiera expuesto tanto su reputación de no ser por el dolor de tu desaparición y otros pensaban todo lo contrario y decían que era un hombre finalmente feliz pues es duro encerrar la juventud en una casa oscura de largos pasillos y techos altos escuchando los trinos de la inmensa jaula de pájaros del comedor mezclados con la música de arpa con que le obsequiabas frecuentemente pues fuiste siempre entusiasta de todo aquello que te alejaba de frivolidades como el music-hall del que mi abuelo acabó siendo con el paso del tiempo —y es lógico pensar que fue una venganza a tantos años de encierro prohibiciones y represión— un gran adicto pues se cuenta que días antes de morir y alta ya la fiebre que le llevaba a la tumba aún apareció acompañado de su hija en el palco del Teatro Arnau donde siguió de arriba abajo rítmicamente con los pies el trajín musical y las alegres musiquillas de la revista que por ser la última a la que asistía quedó grabada en el recuerdo de aquellos familiares que siempre admiraron en él esa rara habilidad para congeniar una vida disipada y bohemia con la más irreprochable sensatez comercial —era médico a la vez que secretario y confidente del alcalde y sentía tanto entusiasmo por esto como por pasear Ramblas abajo con la vedette de moda— alcanzando al término de su vida el reconocimiento popular pues en su funeral diéronse cita en la abarrotada abadía los más opuestos ambientes de modo que las más reconocidas eminencias de la medicina del país mezcláronse con una masa bullanguera de viejas amistades del Paralelo que compungidas inicialmente por la severidad del templo y por la mayor rigurosidad que al Credo y al Salve otorgaban las gentes de moral reconocida examinaban con curiosidad cuanto les rodeaba y observaban no sin cierta sorna a aquellos hombres de bien, con sus trajes sombreros y calcetines negros formando una masa compacta y triste que sentada de pie oraba en voz alta y oraba en voz baja y demostraba penar por la muerte del amigo al tiempo que comprobaba cómo los artistas de la ciudad marcaban las distancias con ellos y se amilanaban ante el grandioso canto del coro que sostenido por el órgano de la iglesia cerró el réquiem entre el desconcierto general de la bohemia que estaba formada por un grupo coloreado de gentes que aquel día sintió vergüenza por ser lo que eran y por haberse tomado tan a la ligera la vida y la muerte adoptando una actitud frívola y completamente opuesta a la que siempre tuvo mi padre de quien recuerdo especialmente sus despertares en el piso de la ciudad cuando el gran chambelán o el primer gentilhombre de cámara abría los cortinajes de la cama y presentaba a su señor el agua bendita de la pila suspendida a la cabecera de un lecho que mi padre no abandonaba sin antes lavarse con alcohol las manos calzándose más tarde las chinelas que arrodillado le presentaba el ayuda de cámara con los ojos postrados en el suelo durante todo el tiempo que mi padre era peinado afeitado y vestido por sus siervos que le ceñían la espada, le anudaban un cordón grana y traíanle la corbata guantes bastón y sombrero para que así ataviado se arrodillara en un reclinatorio donde meditaba antes de pasar a su gabinete particular donde solía charlar con mi madre y conmigo una hora o dos diarias aprovechándolas también para dar comida a los perros que pernoctaban en la cámara siendo todos sus gestos —incluso cuando se trataba de tomar un vulgar pediluvio— de una habilidad y una destreza que disipaban su misma trivialidad pues nada había en él de pompa o de rigidez enfática sino sencillez y nobleza y una notable grandeza que le llevaba a transformarme en uno de sus más fieles servidores según su patriarcal concepción de la familia en la que el padre es dueño y señor absoluto y un verdadero rey del hogar tolerante a la hora de permitir a sus siervos la entrada a la cámara para contemplar el solemne acto de su despertar matinal en operación que repitió día tras día a lo largo de sus mejores años de vida hasta llegar a esta noche cuando Elena, desde su posición en la terraza, se asombra viéndole bailar y planea marcharse de aquí imaginándose con su Ford recorriendo en la madrugada el paseo Marítimo hasta llegar a la plaza Mayor donde se puede enfilar la recta que comienza a alejar los coches del pueblo, pero aún es pronto para la huida pues es preciso aguardar a que cesen los gritos de mi madre, que empieza a llamear iluminada por el paso de un coche en el paseo mientras me pregunto qué fuerza extraña está detrás de esta grave situación en la que se halla pues nada aparentemente explica su decisión de degollarse en lo alto del mejor árbol del jardín y nada explica el hecho de que traslade las piernas de un lado al otro de la terraza en la que por momentos quedaré dormido hasta que vuelva a despertar y entonces decida reconstruir los hechos sobre los que ignoro todo pues qué hechos puedo abordar cuando éstos no existen ni me fueron confesados y apenas sé si hoy espero algo con aquel mismo espíritu alegre de cuando esperaba a mis padres los días en que veíales preparar cuidadosamente sus travestís, juego de las noches de invierno, grandiosas veladas en las que abrían los baúles de la habitación cerrada con llave, y mi padre entraba en el comedor de casa con ropajes de organza engalanando su vestido con agujeros que dejaban gran cantidad de espacios de su piel al descubierto llevando las muñecas amarradas tras la espalda flagelada moviendo desdeñosamente sus grupas y mostrando frialdad ante el cadalso —la mesa del comedor convertida en tablado donde mi madre, el verdugo, fingía indiferencia ante la monotonía de su trabajo—, patíbulo holgado sobre el que sonaban solemnes redobles de cajas de tambores que pronto daban paso a la caída de la cuchilla que segaba la cabeza de la traidora y me arrojaba al terror más fascinante que hoy igualo con el más grande de los placeres pues mi padre, parco en palabras, empeñábase en redondear el espectáculo haciendo rodar su cabeza por el pasillo de la casa empujando un trapo rojo en el que había dibujado sus facciones con la más espeluznante precisión obligándome a reír cuando la guardaba en un entrepaño de la biblioteca y me decía por hoy basta enviándome a una cama donde me despedía con besos que olían a regaliz y a tabaco usando a modo de bata sobre el cuerpo desnudo ropa descosida de satén blanco cuyo tacto le era deleitosamente fresco mientras mi madre sin desprenderse de sus atavíos de verdugo rompía la severidad del momento colgándose de los barandales y haciendo sonar el carillón de un reloj al tiempo que abriendo los ventanales a la calle para que así entrara el aire fresco de la medianoche me ordenaba también la inmediata marcha a la cama con una voz grave y desgarrada profunda y más bien musical sin ira casi en voz baja pero con un cierto tono de amenaza agazapado tras la fingida suavidad de la orden que aún esta noche repite desde su incómoda posición en el jardín donde gira moribunda a placer del viento esperando a que mañana la sepultemos en la arena húmeda que rodea el árbol grande mientras soporto las horas que me conducen a la madrugada en la que huiré del pueblo no sin antes haber reanudado el gesto silencioso de mi escritura sobre la carpeta floreada que entreabro ahora que otros ecos habitan el jardín pues las músicas del Victoria dominan la bahía y lo invaden todo lentamente mientras la niebla y la lluvia privan la salida del sol cuando amanece más allá del mar y escribo llenando mecánicamente las hojas en blanco buscando callar y alcanzar el silencio amontonando los escritos en el vértice superior del escritorio trabajando con desidia para evitar que caiga otra noche más sobre los papeles a los que en ocasiones abandono para regresar al balancín donde observo que todo sigue igual a como lo dejé y que nada ha variado pues sigue mi madre agarrada a la cuerda de un árbol vecino pidiendo auxilio en gritos inútiles que se estrellan en la indiferencia general bajo la lluvia que nubla la vista de Elena atenta a una de las ventanas del salón exactamente frente al camino que desciende al patio pedregoso oscurecido por las sombras del mobiliario de mi habitación —ficheros estanterías dos sillas y el compacto escritorio con dos cajones en uno de los cuales guardo la fotografía de Elena a orillas del mar en España— mientras a intervalos los gritos de mi madre señalan sin duda la irrupción de mi padre en el jardín andando sigiloso con suelas de goma revisando nostálgicamente los muebles viejos arrinconados junto a la higuera y bailando sin cesar hasta que entra nuevamente en la casa y se sitúa de pie frente a la mesa del escritorio puesto de perfil en el marco de la ventana abierta diciendo será mejor que te acuestes, robando inesperadamente el capuchón de oro de la estilográfica y escondiéndolo entre las manos para acabar sonriendo amenazador y alejarse de mi vista devolviendo el capuchón y siendo su traje tragado por las sombras del pasillo que le devuelve al comedor donde comprobará que efectivamente el sol está apareciendo tras el espolón rocoso que culmina el saliente más importante de esta costa en la que se verá a gente del Victoria mover hacia la derecha sus cabezas cuando Elena recorra el paseo aunque ahora ella me mira vestida de negro con ramos de azucenas y ahuyentando las sombras (los mosquitos revolotean alrededor de la luz sobre la mesa que es un disco de metal con innumerables agujeros dibujando un rosetón), me dice te estuve esperando esta tarde a la hora en que todos toman el té y me ve torcer la cabeza en actitud exacta a la que adoptó en otro tiempo el abuelo de quien fuera mi abuela cuando al verse en Francia condenado al patíbulo por supuestos discursos contrarios a la Revolución decidió inmortalizar su retrato entre mi familia por lo que dispuso como última voluntad que su cabeza ensangrentada por la decapitación fuera rescatada de la fosa común y guardada como reliquia por lo que habría de ser embalsamada en operación que fue llevada a cabo por manos inexpertas que permitieron la putrefacción de los tejidos aun cuando lograron que el tiempo respetara el cerebro y las fibras faciales siendo así conservada por generaciones sucesivas de mi familia que rindió homenaje al héroe del pasado aunque pronto tuvieron serios motivos para sustituir su cabeza —elemento decorativo en la estantería junto a los libros y los floreros— por un jarrón verde lleno de violetas pues el tiempo no pasa sin dejar huella y algunos objetos vieron modificadas las posiciones más estables como en el caso de la lamparilla de porcelana china que tras haberse roto repetidas veces a través de los años acabó viéndose sustituida por una pieza de cerámica que me fue harto difícil aceptar pues de siempre los objetos nuevos me desconcertaron y lo mismo me ocurría cuando descubría variaciones notables en las fachadas de las casas frente a las que solía detenerme a menudo cuando recorría el paseo Marítimo camino del viejo torreón blanqueado que colgaba de la serpenteante carretera y donde habían nacido mis padres y los padres de mis padres conservándose siempre intacto a pesar de los muchos años que habían caído sobre él y recordaba entonces la muerte de mi abuelo en uno de los últimos días de aquel mes de marzo poco después del desastre de Guadalajara —donde tantos soldados del Duce fueron puestos en fuga al atardecer de una jornada en la que las fuerzas republicanas les atacaron desde el bosque y al sur de Trijueques por lo que la infantería huía como dominada por el pánico al que siguió un ambiente de innumerables chistes que alcanzaron incluso la zona nacional donde el nuevo refrán decía los mejores soldados del mundo son los españoles pero los segundos son los rojos, pues así es este país cuando de manera tan espectacular unos compatriotas por muy enemigos que sean ridiculizan huestes del extranjero— y recordaba a lo largo del muelle —donde se alinean fachadas de casas viejas que llevan a la escollera y hay una luz del puerto que siempre las roza y descubre las manchas de humedad, unas casas sin edad ni época— el enamoramiento de mi padre cuando era un joven que asomado al balcón de una de esas fachadas quedó fascinado por los ojos de una dama asomada a la ventana de una casa vecina a la suya y años más tarde empeñóse en que su mujer representara para él aquella poética escena de modo que la hacía vestirse de escritor romántico para que en divertido travestí mostrárase enfervorizada por el resplandor de la luna en unos ojos femeninos mientras él revestido por el monograma estelar de un maquillaje improvisado y fiel a ciertas estrofas del poema «To Helen» de Poe daba vida a estos ojos pues interpretaba a la dama de la casa vecina escuchando a la luz de la luna cómo le recitaban versos antes de acabar los dos borrachos desvistiéndose entre el polvo y las sombras del desván y escribiendo sobre pergaminos descoloridos poemas que guardan bajo llave en un cofre secreto del piso en la ciudad donde, a lo largo de la cuesta de la calle de Aribau, pasaban automóviles por los amplios ventanales tras los que escribía de cara a la calle y de espaldas a unas cortinas de terciopelo rojo que eran la puerta de la habitación y me separaban del resto de la casa y evitaban que viera los preparativos que precedían a cualquier representación de las que en aquella época organizaban mis padres para así pasar de alguna forma concreta el invierno esperando noche tras noche que todo estuviera dispuesto para descorrer entonces las cortinas atravesar los pasillos y llegar hasta el comedor donde ocupaba mi lugar en el sofá teniendo como fondo las luces de la ciudad, la universidad aquí y el colegio allá, ahí la aprehensión al cojín de alfileres que arrancabais todos en procesión de desagravio a Jesús, a lo lejos mi padre sentado en el salón contando viejas historias de los Mares del Sur bajo su fotografía de cazador de hienas confesando que llegó joven a la ciudad y pronto fue abnegado perseverante patriota disciplinado en la universidad, afuera hacía frío y mi madre en el comedor bailaba el vals, más tarde siguieron los primeros gritos huecos en el jardín, las noches de insomnio, los cirios y el carro engalanado con flores por los gitanos, la tierra húmeda y el tono blanquecino del cadáver mal iluminado a causa de una restricción de luz, la noche sobre la caravana mortuoria, el entierro de mi madre vestida de negro bajo la lluvia y la voz de Dios —decía mi padre de pie en un portal de bajo dintel cerca del embarcadero y en tinieblas—, una voz explícita aunque muda planeando como lengua de fuego sobre nuestras cabezas de creyentes extasiados en esas emociones ancestrales que contienen las sombras cuando andas a la luz de las estrellas y es lógico correr si te sientes perseguido y te llamas Rojas y la noche es de enero y te busca un grupo de gente porque la guerra está concluyendo y urge dar fin a tu vida de modo que tienes miedo cuando te refugias en la casa abandonada y en un lecho de hojarasca pasas horas enteras al acecho de los aullidos lejanos de unos perros que siguen tu rastro mientras vigilas desde lo alto con una pistola en la mano dominando la antigua casa que te sirve de albergue y en la que pasarás tus últimas horas de vida combatiendo herido en la pierna y borrosos ya los recuerdos de tus días de amor y lejana ya la época en que fuiste verdaderamente feliz, así que te quedas quieto en un rincón de estos desvanes y divisas la llegada del grupo que viene a cazarte, aumenta tu frío y aunque te cubrieran muchas mantas seguirías temblando porque sientes que la muerte te ronda y recorres nervioso la estancia y comprendes que todo terminó pues ellos no te perdonarán la vida, así que corre, asciende a la colina y corre, apodérate del Ford negro si quieres escapar con vida, corre con tu sombrero ancho y viejo, corre desafiante encañonando el paisaje camino de la costa a toda velocidad seguido de cerca por los perros y por los caballos que galopan tras de ti en el aire frío de la mañana de enero en la que unos jinetes portadores de sentencia de muerte persiguen el coche con sus caballos blancos y los fusiles negros y la tierra roja y tú embestido por seis disparos que alcanzan las ruedas del Ford cerca del embarcadero donde te deslizas ligero por el puente y por la plaza y por los aires mientras te agarras al volante y a tu último recuerdo —el pueblo dormido y aquel tango feliz el día en que murió el Rey— ofreciendo el blanco perfecto para ser acribillado al salir del coche cayendo al agua al tiempo que los caballos alborotados sobre la lona del puerto relinchan esperando el rescate de tu cuerpo para más tarde retratarse en la luz del mediodía junto a tu cadáver, seis caballos y tú a sus pies muerto y desfigurado, hay balazos hasta en los ojos que se hunden en el cerebro donde el malecón y unos yates ocupan el centro de tu ángulo de vista alrededor del que se extiende el mar que está surcado por lanchas y una embarcación que frágil y provista de una vela cuadrada hinchada por el viento está a punto de doblar el extremo del muelle portando bebidas para las tabernas del paseo repleto de un gentío alterado por los disparos y agrupándose para la venta del pescado en el callejón del Xaloc pues es domingo y lloviznea suavemente sobre el mar en calma más allá del malecón mientras los niños juegan con cometas y una de ellas flota como un vestido viejo en el oleaje débil de la mañana que acompaña el trasiego del viaje de vuelta de algunas embarcaciones pesqueras cuyos ocupantes aún hoy continúan con sus mismas costumbres y me miran cuando entro nuevamente en mi habitación y pienso en mi madre serena callada y sentada muerta sobre un sillón en el jardín al borde de una mesa con dos tazas de té observada al otro lado de la tapia por mi padre que adornado por un vistoso plumaje azul sobre el frac rasga un violín sin cuerdas y me contempla cuando escribo que llueve sobre esta tranquila mañana de domingo poco antes de que ordene mis papeles, el diario poético de mi abuela con sus seiscientas inacabables hojas ya archivadas, las cartas de mi padre desde el frente de León con sus terribles confesiones sobre el miedo, un relato juvenil de aventuras en el que la sangre es cerveza de los cuervos y la tierra es caballo de la neblina y los ojos son piedras de la cara y una nave es lobo de las mareas, mi último escrito en el que resumo las conversaciones que acerca del tema de la vida eterna sostuve con mi padre —coincidimos ya en el pasado le digo, creo que las mismas cosas volverán puntualmente y estarás conmigo otra vez más allá del plazo fijado en la tierra para nuestras vidas—, ciertos párrafos subrayados del diario poético de mi abuela y ciertas frases elegidas de entre la correspondencia amorosa de mis padres —entonces se decían que urge hoy más que nunca hacer triunfar, más allá del Intelectualismo, la Intuición Espiritual y, más allá de las Categorías Lógicas, las Categorías de Sentimiento—, algún documento gráfico de la familia riendo a la sombra del árbol más viejo del jardín en la finca de verano, papeles amontonados sobre papeles en los que escribo que la mañana de domingo es espléndida y que la animación es grande y que en estas circunstancias pienso en mi madre —nos queríamos en la oscuridad comíamos sándwiches a bocados alternos cada uno el suyo cambiando palabras dulces mi querida muerdo yo traga mi querido muerdes tú dame un trago la boca llena todavía no nos arrullábamos— y en mi padre —cuántas veces de rodillas cuántas veces en el suelo en esta misma terraza bajo todos los ángulos, de espaldas en todas las posiciones de rodillas y en el suelo cuántas veces el sol centelleando en las losas rojas— y en mi abuela y sus grandes reflexiones sobre el flujo de la memoria, lo efímero de la vida, el paso del tiempo y el paso del amor así como otros temas de la literatura de ayer hoy y siempre, temas abordados con frialdad y desde una perspectiva inmutable y siempre distante, intemporal y ajena a cualquiera de esas graves emociones a las que tan sujeto estuve en la época en la que mis padres empeñábanse frecuentemente en representar Otelo y memorizaban el texto con especial énfasis dramático al abordar la escena final a la que mi madre imprimía gran apasionamiento pues por exigencias de la caracterización su rostro empolvado negro era el reflejo de la luz de la lámpara del comedor y el pánico más grande se apoderaba de Desdémona adornada de oro y plata en túnica de bordados malva y temblorosa de espanto cuando pretendía vocalizar sin ocultar la profunda desconfianza que sentía hacia su partner, un Otelo que fuera de sus cabales le apretaba el cuello más allá de las cortinas de cretona que con tan lúgubre concisión separaban en aquellos tiempos el living del comedor cumpliendo la función de ser el telón de fondo para todas las representaciones en las que al desplegarse la cortina sobre la estatuilla de bronce negro del bufet me arrancaba en nerviosos aplausos bajo aquel ambiente de misterio que precedía todas las funciones en las que incluso se incluía la ópera pues pude verlos más de una vez representar Tosca iluminando brillantemente la casa con los balcones a la calle de Aribau engalanados y utilizados como palcos desde los que podía contemplarse a mi padre cantar apasionadamente creyéndose Tosca ante el suicidio y contemplando las estrellas como si de ellas dependiera el gesto definitivo de segar su vida y arrojarse por el hueco del ascensor en una idea realmente importante como todas aquellas que contradecían sus sentimientos a lo largo de aquellos días de colegio, años de aprendizaje para la vida, días tristes con pizarras frente a nosotros y algunas pistas para continuar —éramos un millón de objetos inmóviles de dos en dos aglutinados en los pupitres por los requisitos del tormento, quinientos mil montoncitos color azul rayado y otras veces mil millares de solitarios sin nombre, la mitad abandonados y la mitad abandonando— aunque pensábamos dejar pronto de santificar todas las mañanas alguna nueva imagen sagrada de la Pasión mientras los padres se callaran con las copas de brandy en la mano y examinaran las notas deteniendo sus partidas de billar en los sótanos del Nacional con los gabanes desabrochados, veinte dólares en los bolsillos y una rubia platino a la que enamorar, Big Flora la llamaban y bailaban claqué para poderla encaprichar, aunque luego vendrían los veranos y las fiestas y Elena recorrería la playa bajo la lluvia sentándose a las puertas de Villa Estefanía fumando lentamente con calma aguardando la salida del sol mientras por lo bajo de dos ventanas que daban al sur penetraba la luz a través de las rendijas dejando ver a mi madre que cantaba cuando hervía el café que despertaba a mi padre abatido en un sillón del comedor al lado de los espejos al fondo de los cuales, más allá de las botellas de seltz y de los bodegones, sucedíanse las vidrieras que enmarcaban a Elena en la puerta de su habitación donde se enfrentaba a la oscuridad del pasillo con todo su embaldosado iluminado por pálidas amarillentas luces que lo recorrían hasta el salón de este viejo caserón de verano escenario de las más desordenadas pasiones pues por aquel entonces la época ignoraba la posibilidad de controlar los sentimientos afectivos ya que hambre sed impulso sexual memoria y toda la gama de sentimientos que llamamos afecto (incluida la imaginación creadora) están sometidos a la dependencia de moléculas químicas bien definidas que abren el control del hombre sobre su propio cerebro así que sórdidos dramas planeaban sobre la casa y mi padre los narraba al lado del fuego contando cómo su hermano que era hombre generoso y adinerado habíase convertido en republicano de corazón a causa de un desengaño amoroso al que vino a sumarse una profunda crisis de fe religiosa y explicaba cómo el destino quiso que tras asistir a numerosas tertulias de corte liberal y fuertes ya sus convicciones políticas muriera en los primeros días de la guerra al intentar escapar de la zona nacional a través de un acantilado donde sin duda le había fallado el pie o había resbalado o se apoyó en una saliente demasiado frágil de las rocas de modo que fue hallado muerto en una playa con el cuello torcido y la boca muy abierta pensando en la familia que había abandonado este mundo hablando sin cesar y sin duda pedía la presencia de un confesor y debió de invocar el nombre del Padre Hijo y Espíritu Santo y probablemente renegó de sus ideas políticas y sin duda los amaba como debía amarles yo y en él estaba un buen ejemplo pues murió con la serenidad de aquel que en su agonía se reconcilia con las más antiguas convicciones de la infancia: yo cagaba en mi cuna y tijereteaba en delgadas cintas las alas de las mariposas y no estaba atento más que a las noches de teatro que siguieron a la guerra, aquellos inviernos en la ciudad y aquellos disfraces de mis padres en la capilla familiar con la sacristía utilizada como camerino y Cristo en la pared crucificado entre las rojas candilejas y las estampas del circo al tiempo que el altar bellamente iluminado por dos focos anclados en la nave central convertíase en el escenario de las representaciones que en ocasiones devenían jocosas cuando por azar desplomábase un decorado y entre ecos de mis risas retumbando por toda la iglesia derribaba inesperadamente a los confiados actores que sumidos generalmente en una espantosa confusión, pues solían estos accidentes interrumpir los momentos más sublimes de las obras, se estrellaban de bruces contra la base del pulpito entre las alfombras moradas derivando siempre las caídas en tragedia cuando mi madre —ebria y a decir verdad en estados a cual más bochornoso— desmoronábase entre el cartón de los frágiles decorados recitando el «Poema de la bestia y el ángel», y la recuerdo hermosa cuando se reía al retratarla mi padre en lo alto de unas rocas con las palmas de las manos ennegreciendo el objetivo y me miraba con tristeza, y un 12 de agosto se detuvo —habíamos bebido y andado horas bordeando la playa dando saltos alegres bajo el sol que se deslizaba a lo lejos en una calle con una hilera de árboles a cada lado y con los bares repletos de gentes que gesticulaban agrupadas y comentaban nuestro paso de alegres espectros— para relatarme episodios de su infancia y acabar preguntándome por Elena, que esta noche contempla del jardín las señales de huellas en las estrías y franjas que como surcos recorren la arena hasta el árbol a cuyo pie sepultamos a mi madre en un día de lluvia después de que se quedara colgada de su ventana y pasara una noche entera pidiendo ayuda desconociendo por ejemplo mi sordera cuando escribo versos que a la mañana recitaré a modo de epitafio sobre su cadáver derrumbado en el centro del jardín aun cuando ya nada recuerde de los momentos que siguieron al encuentro de su cuerpo sin vida junto al estanque pues tan sólo sabes que muchas horas después el olor a la humedad y a la aspereza de la tierra te hiciera comprender que en algún momento caíste boca abajo para dar rienda suelta a tu gran aflicción durante prolongado espacio de tiempo ya que cuando levantaste la cabeza empezaba nuevamente a oscurecer y regresaste a casa comprobando entonces que tu padre había ocupado el día en borrar las manchas de sangre sobre el árbol la ventana y la tierra fresca y apagando las velas del salón se había acercado al fuego con la sensación de un frío mortal y el presentimiento de que ya nunca más volvería a tener calor de modo que cuando apareció en el comedor ya estabas sentado en la sombra a solas con tus pensamientos mientras frenaba en el umbral y te espiaba antes de acercarse al sillón que ocupabas y decirte has de saber que esta noche tu madre ha muerto abrumándote más tarde con su actitud ligeramente desviada del tema central de la conversación que él mismo había iniciado pues con largo y pesado ritual encendió una pipa y buscó el silencio mientras imitaba aquellos estereotipados gestos que normalmente son propios de un lobo de mar aunque su puesta en escena para nada logró impresionarte pues no es suficiente acariciarse la inexistente barba y aún menos buscar la confesión de sus viejas pretensiones de navegante y capitán de un barco velero para evitar que tú que nunca prestaste excesiva atención a las revelaciones de sus frustraciones recuerdes la situación de antaño: una noche tu padre bailando en el comedor atento al efecto consiguiente en los espejos, tu madre llorosa boca abajo colgada de su ventana y Elena frente al paisaje en un instante de extraña ausencia de espíritu ya que en el trivial ensimismamiento de sus figuras el destino aparecía como una enfermedad y las veías como nosotros cuando nos recordamos inmersos en una ocupación de la que nada importante parece advertirse aunque precisamente sean estos instantes los que perduran pues su destino no conocerá ninguna evolución a no ser que llamemos evolución al hecho de que se precipiten de desgracia en desgracia igual que los cuerpos al caer no evitan ni uno solo de los tramos de piedra de una escalera que bien podría ser la de esta misma torre de verano donde por fin pusiste orden a tus terrores más tempranos —creías que esta finca era la doble tiniebla de lo apenas pasado y de lo inmemorable y que habitarla resultó siempre un suceso cargado de miedo y de magia— hablando sin cesar pues sólo a través de esto te afianzabas en la certeza de que existías aun sabiendo que no hay necesidad de hablar y que las palabras están en ti y no interesa escucharlas pues estás hecho de ellas, palabras tuyas y palabras de otros y a nada esto conduce y en definitiva nunca dicen nada pero eres terco e insistes y en un ángulo del escritorio acumulas los escritos de esta noche y buscas callarte cuando acabe esto para recobrar el silencio con el que empezaste pues has andado para llegar al mismo punto de partida cuando, detenido en la terraza, mirabas fijamente a Elena, que en aquel momento acababa de asomarse al balcón desde el que se veía el jardín en el que no había nada capaz de dar acción a la noche por lo que tus ojos centrados y desencajados estaban rojos como carbones encendidos y a veces te preguntabas si las dos retinas no estaban encaradas entre sí mientras escribías y te llegaban desde el jardín los gritos de tu madre que aún ahora se lamenta del aburrimiento general con el que se acogen sus sufrimientos mientras las moscas orientadas hacia los reflectores de luz que iluminan el portalón y la verja de entrada le zumban en los oídos aunque ya la habías prevenido cuando antes de que se quedara colgada de la ventana le dijiste oh mira tienes que gritar muy fuerte y desmadejarte cuando sople el viento si no tu tormento habrá resultado inútil y al final no lograrás quedar deshecha al reventar de vejez y no podrás verte declarada muerta, pero ella apenas me escuchó y finalmente la declararon muerta bajo el frío de la madrugada y cubrieron su cuerpo con una colcha negra mientras perdía sus zapatos de tacón en el viaje a la fosa en la arena y me quedé solo en el silencio de la noche dando fe de mí a través de las palabras que en otro tiempo me sirvieron para entrar en la habitación de los padres y besarlos y desearles buenas noches mientras ellos se mudaban de ropa y abandonaban sus disfraces, la madre tenía ojos de zorra y rezaba reclinada el escote bajo los pechos rosados malolientes sobacos la boca roja por donde chillaba desde hacía horas a lo largo de aquella noche, la madre zurcía la sangre que a modo de jersey empapaba su cuerpo desnudo y hablaba de las cosas más antiguas, la madre que en otro tiempo fuera una gruesa gota de alcohol y se acostaba con las botellas de ron me escuchaba atentamente cuando le pedía dinero, la madre sólo quería un jugo de pomelo para refrescarse y lo imploraba por caridad y decía a mi padre no te quiero volver a ver, escucha padre, dice que te volverá a querer, el padre tenía un pañuelo blanco sobre la frente y se miraba en los espejos y se veía viejo y se quitaba los botines mientras cantaba, el padre bailaba toda la noche y al final siempre se desplomaba en el comedor sobre el sofá rojo y nunca llegó a escuchar los ruidos de Elena el día en que puso en marcha el Ford y despidió gases como el plomo a lo largo de la carretera de la costa bordeando el mar hasta llegar a Torre El Mirador donde nos reímos y recuerdo que era verano y la lluvia estaba en el parabrisas y el camino brillaba hacia el océano y en nuestra carrera íbamos empapados de agua y riéndonos al comprobar que dejábamos el pueblo atrás mientras contemplábamos las extrañas luces a la salida del sol aunque, sentado en la terraza, esas luces no son hoy las mismas mientras a mi alrededor hay silencio y la voz de Elena como tejida con la mía me habla de los paseos de William Wilson en la niebla y de aquellos coches que huían cuando pasaban por la calle de Aribau en los días en que mi padre provisto de una potente voz que había cuidado sumamente en las sobremesas de invierno entonaba fragmentos de zarzuela para así olvidar que en otras ocasiones y presidiendo la mesa del comedor hablaba y hablaba sin cesar y en realidad no decía nada y acababa siempre refugiándose en el silencio y mirando tras los ventanales en una posición parecida a la que tengo ahora cuando, sentado en la terraza, me ocupo de la curiosa tarea de tener que hablar de mí mismo por lo que me veo obligado a utilizar los más socorridos recursos para dar con una historia que por su gran dramatismo resulte suficientemente convincente y pienso que esta historia podría ser la de mis padres que se amaban y se casaron para amarse mejor y en la ciudad organizaban fiestas en las que bailábase alrededor de un mástil que se levantaba recto hacia lo alto del techo se alcanzaba un nivel de paroxismo en el momento en que las voces enronquecidas adquirían un tono extremadamente femenino y mi madre con una especie de araña de hierro sobre el trasero y con las puntas despellejándole la piel hacía brotar la sangre a cada movimiento excesivo de sus muslos empolvados con azafrán y cubiertos de oro y bailaba hasta el amanecer para acabar más tarde retirándose a sus habitaciones donde daba rienda suelta a su gusto por el teatro y la poesía en libertad pues esperaba a que entrara mi padre en la cama para mostrarle las heridas de la araña de hierro al tiempo que una horda de muñecos no cesaba de moverse y de gritar salvajemente al lado de la ventana y sus voces eran las voces de mi madre que utilizaba trucos propios del arte de la ventriloquia excitando grandemente a mi padre al tiempo que creaba un clima de desorden y anarquía parecido al de esta noche aunque lentamente voy recuperándome por lo que dejo caer la frente contra la pared para que la luz llegada de arriba ilumine todo el balancín y me parezca que fue ayer cuando mi madre sentada al piano interpretaba el Preludio de Tristán y se dormía frente al ventanal que enmarcaba el pueblo con sus musiquillas de los días de fiesta, ah los días del verano, escuchen esta historia feliz: café hirviente, partida de tenis y playa por las mañanas, mediodías al sol y por las tardes paseos por el mar, el velero al viento y la cita en el casino, pantalones blancos, medias de seda y jerseys al cuello en la noche por si hace frío y tu amor del verano que aprieta su cuerpo en tu cuerpo cuando a la luz de la luna Amstrong canta al borde del mar en la terraza del club, fuimos felices y jugábamos a la guerra y Elena tenía una espada y se batía como en las Cruzadas en el bosque junto a las ruinas del monasterio en el puente viejo camino del cementerio donde una larga hilera de momias y cabezas preservadas en distintos estados de descomposición así como calaveras alternaban con graciosos cuerpos perfectamente curtidos y rellenados asomando entre las lápidas empotradas de ébano sobre las que descansaban instrumentos musicales de cuerda madera bronce y viento con los cuales tocábamos a veces guardando siempre el debido respeto que merecen los antepasados y produciendo disonancias de desagradable cacofonía entre las azucenas funerarias hoy lejanas de la memoria cuando escucho las músicas del Victoria y compruebo cómo el tiempo no me deja nunca porque viene a amontonarse a mi alrededor a cada instante y por todas partes y es este tiempo el mío y el de los demás y el de los viejos muertos y el de los muertos por nacer aunque Elena esta noche ya no piensa más que en marcharse y así con las primeras luces del alba abandonará la torre de sus padres y se irá lejos por los caminos del exilio como la madre de Rojas, que con una capa por todo abrigo y el rostro bajo el cuerpo frío y encogido en larga procesión para escapar a Francia cayó desfallecida una vez que había cruzado la frontera en aquel día de viento y tropezó con el polvo en la rué Descartes y le sobrevino la muerte y aunque habíanla puesto en aviso de la existencia de Dios y le habían dicho procedes de Él en última instancia ella tenía pensado que cuando llegara su hora echaría a correr camino del mar en el que se adentraría en un viaje de curvas sobre la playa bajo el sol danzando al tiempo que se desnudaría moviendo al viento los siete colores de los velos que cubrían su ceñidísima ropa negra abandonada entre las rocas a media tarde con el cielo de un rojo encendido andando ni triste ni alegre sin memoria de nada sin esperanza de nada sin conocimiento de nada sin historia ni porvenir cayendo al borde de las aguas y levantando polvo el desvanecimiento del cuerpo que al estrellarse sobre la arena estaba impregnado de todo este cansancio que acomete a Elena mucho después de que los padres hayan abandonado la torre pues ha paseado por todo el jardín mientras en vano han dado vuelta en su cabeza multitud de preguntas —esa clase de cuestiones que alguien sumido en el sueño que provoca el opio hubiera discurrido con fines similares, ideas que alternativamente parecen las más razonables y las más absurdas— hasta que finalmente ha vuelto a detenerse en la terraza contemplando entonces un retrato de bodas que le pone el corazón en marcha, ah el corazón a ritmo de claqué bum la mi fa re do chip pum enterneciéndola por espacio de unos segundos hasta que sube a su habitación asomándose por la ventana para contemplar el panorama a su izquierda donde vieja letra reza borrosa toda propiedad es un robo en inscripción a la entrada en Villa Soledad que es la finca más lejana que puede verse en el horizonte siempre que la bruma cubra Casa de Rosa y Torre El Mirador donde se inicia una larga inacabable hilera de casas y jardines separados por los desperdicios de sus cocinas y por verjas de distintos colores así como columpios en reposo siguiendo el trayecto del paseo Marítimo hasta llegar a una torre donde está el balcón que ocupa Elena, que esta noche sueña que intenta escalar desesperada los bordes de una grieta resbaladiza a causa de la humedad y en la que resulta difícil hallar un punto de apoyo en las partes menos ásperas mientras que en algunos trechos donde la subida es casi vertical las dificultades se agravan en gran proporción y es fácil pensar que sólo el coraje podrá con la desesperación así que haciendo muescas en la blanda piedra con cuchillos de monte y suspendiéndose peligrosamente de pequeños trozos protuberantes de una roca pizarrosa logra finalmente llegar a una plataforma natural desde la que puede verse un jirón de cielo azul en lo alto de un precipicio densamente arbolado siendo sin duda esta plataforma natural su propia terraza iluminada tenuemente por la luz de una lámpara y dominando el sector de torres y jardines que apretadamente dispuestos junto al pueblo constituyen un lugar apto para el veraneo al borde del mar o un punto fijo donde detenerse y decir de aquí no pasaré y que siga a esto el final de tus escritos así que con las primeras luces del alba un coche girará repetidas veces alrededor del estanque del jardín y después a gran velocidad bordeará la costa hasta llegar al punto de ligazón entre el pueblo y las torres —con ser grande la diferencia entre un sector y otro lo que más resalta es la perfecta continuidad del embaldosado de la carretera— a finales de aquel septiembre en que ella pensó que quien da un salto al vacío no tiene ya que rendir cuentas a aquellos que la contemplan y recuerdo cómo lentamente se extinguía aquel verano y el rostro de Elena era inicialmente una máscara que se identificaba conmigo y cómo a la orilla del mar el 20 de agosto lloviendo sobre el pueblo veía lo mismo con los ojos abiertos que con los ojos entornados caminando por las calles una tras otra buscando a mi madre para matarla y fue así y no de otra forma cómo sucedió pues entre las sombras aplasté su cuerpo en la pared gris cercana a su habitación en una oquedad protegida por un saliente oblicuo donde se había acumulado un espeso lecho de musgo amarillento del cual el viento arrancaba jirones que dispersaba luego en torbellinos hasta lo alto de la casa y mis ojos no eran mis ojos o más bien sí lo eran lo era a la manera aquella que suele cobrar el brillo cuando lo ilumina la luz de la luna pues eran los ojos más acabados de la tierra y ya ni tan siquiera lloraban, se abrían y cerraban por la fuerza de la costumbre, y aún veo el reguero de sangre que los labios apretados de mi madre vertieron pidiendo piedad bajo los olmos con la cabeza metida en aquel agujero inicialmente superficial de la pared como un fósil en la roca gritando cuando yo la miraba abriendo y cerrando los ojos a mi antojo poco antes de quedarme solo en mi balcón contemplándola hundida en el fango que antes era polvo por lo que razono ahora la posibilidad de que últimamente haya llovido pero nada recuerdo desde que concluyó la cena y salí a caminar por las calles del pueblo y por no querer decidir de antemano el rumbo de mi caminata anduve al azar y pronto me hallé en un barrio de casas bajas ruinosas en las afueras sin balcón alguno que se asomara a las calles y con el fondo de un callejón ya campestre que se desmoronaba hacia el sector de las verjas y los jardines desde los que me llegaba procedente de Villa Estefanía la obertura de Las ruinas de Atenas en un ambiente de singular tristeza que invadía la noche mientras contemplaba el pueblo largamente extendido junto a la playa y entonces pensé todo está exactamente igual que antaño cuando de las montañas surgieron los últimos disparos que dirimían una guerra ya perdida para Rojas que cayó en emboscada a la orilla del mar al disponerse a huir hacia el extranjero intentando apoderarse de un barco anclado en el puerto e ignorando que por todos los rincones habíase apostado un gran número de enemigos que le acribillaron en el castillo de proa donde se tambaleó herido de muerte y aún guardó fuerzas para recorrer el camino hasta la escotilla donde una bala acabó de rematarlo atravesándole la frente y cayendo de bruces rodeado de sus enemigos que se entregaron a demostraciones de alegría llorando y riendo como salvajes saltando y pateando arrancándose mechones de cabello y maldiciendo u orando alternativamente pues la guerra había terminado según los últimos discursos de una radio que no dejó de funcionar aquella noche tan quieta como la de hoy en la que, sentado sobre las rojas baldosas de mi terraza, hablo ante el espejo y contemplo a Elena, que nunca estuvo demasiado triste y antes de optar por el silencio se reía en nuestros paseos por el pueblo cuando daba saltos alegres bajando por los callejones donde colgadas en el aire las casas más viejas cubrían casi todo el cielo y Elena se dedicaba a hablarme con aquella clase de lenguaje que, siendo niños y lejos de la férula de los maestros, utilizábamos con pretensiones de libertad a lo largo de unas noches en las que si es cierto que todo se repite parecía cerrarse el ciclo cuando Elena me besaba entrando en mi lecho con gestos que parecían apartar pesados cortinajes avanzando aún algunos pasos antes de retirarse hacia atrás y combarse siendo su sombrero algo más gastado que un zapato viejo del que algunos mechones rojizos asomaban desplomados sobre los ojos y finalmente avanzando un paso, dos pasos y tres pasos antes de saltar su cuerpo encima del mío que perdido entre las sábanas se desvanecía en sus brazos o bien cuando ayer cansados de andar por el pueblo vimos de pronto una luz encendida en la noche y unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones en los que al claror de la lumbre se veían grandes troncos encendidos en el centro de la habitación en la que cuerpos de árboles que allí ardían dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo negro que vagaba en las afueras mientras cerca del fuego y agrupados como sacos yacían algunos hombres callados y era fácil pensar en que todo viene a repetirse imaginando a la madre de Rojas chapoteando en el agua y limpiándose el peso de la larga caminata que la había aproximado a la frontera donde se sintió fresca y renacida cuando por la noche emprendió los últimos kilómetros de una jornada que la separaba de su país para siempre y se encontró con un fuego en el camino a la vera de unos viejos torreones donde agrupados como sacos yacían algunos hombres callados distinguiéndose en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que naciendo de las brasas y la oscuridad hablaba de amor y de distancia en un lamento de nostalgia que la madre de Rojas escuchó antes de sentarse junto a la fogata y dormirse para al amanecer seguir con paso errante los caminos del exilio sin esperanza de nada sin conocimiento de nada sin porvenir ni futuro andando con convicción andando sin convicción estando lo suficientemente despierta como para saber que estaba llegando al final de su viaje y que su voz iba a apagarse y ya no quiso volver más la vista atrás por lo que aumentó la velocidad de sus pasos y no sabía muy bien adonde se dirigía pero comprendía que era preciso huir como Elena lo entiende esta noche cuando piensa que al amanecer avanzará su Ford por estas calles y en la ventanilla trasera irán quedando enmarcados fugazmente estos jardines torres verjas terrazas veraneantes playas fiestas y aquellos días en los que a la cita del casino iba alegre porque estaba yo esperándola a las seis de la tarde puntual siempre desde el primer encuentro, pero ahora son palabras lo único que tengo y aunque van escaseando y mi voz se altera sigo mirándola al tiempo que observo el Victoria donde algunas parejas bailan Stardust y la luna es blanca o plateada según las nubes que por ella pasan y el ángulo de vista que tome en la terraza desde la que mi madre es un punto gris y a veces negro columpiándose en el vacío recordando que era hermosa y que también fue hermosa su madre y la madre de su madre y que todas vistieron trajes de organza sombreros y corsés bajo las pérgolas en las fincas de verano y que en sus ratos libres parloteaban y en definitiva nunca decían nada pues era gruesa mi abuela y también rubia y culta y se pavoneaba de bucles dorados y era como una muñeca y la más hacendosa del lugar aunque su acusada anchura de caderas era casi tan grave defecto como el bigote que le crecía con gran regularidad mientras que mi madre habilidosa en el arte de coser estaba ligada con la tenebrosidad que era la palabra que mejor calificaba sus años de juventud, a pesar de lo cual la amé y al enterrarla junto al árbol grande sobre la tierra húmeda me desplomé sobre la cruz de leño a cuyo pie dejé escrita una carta cuyo texto era copia del diario poético de mi abuela recién casada cuando escribía sobre lo difícil que resultaba encontrar palabras cuando todas se habían gastado de modo que tras los rezos dejé escrito esto sobre la tierra arenosa cerca de las piedras de cal y granito apiladas para hacer un muro lejos de los espinos y de la valla verde que rodeaba el cementerio y me marché pensando en cómo nos habíamos amado y en cómo sobre nosotros había caído un aburrimiento mortal tan grande que si la peste me hubiera arrebatado a mi familia lo hubiera aceptado a condición de que no se hubiera resentido de ello mi comportamiento, pero ahora encontrar palabras cuando todas se han gastado me conduce al silencio y me callo como si fuera la madrugada de aquel día en que intenté escapar de la ciudad y acabé regresando a casa soportando finalmente una larga sucesión de situaciones que no eran más que un callejón sin salida y de las que ya no guardo memoria y ni tan siquiera los papeles que amontonados sobre otros papeles ocupaban mi mesa de trabajo pues otros escritos sucedieron a éstos y fueron quedando atrás los días en que Elena y yo nos besábamos, nos deseábamos las buenas noches, un sueño reparador, nos retirábamos manoteando en largas despedidas junto al portal de casa, pensábamos envejecernos, aguanta bien que el invierno es largo, adiós amor, y a solas luego cada uno consigo mismo organizábamos la memoria del paso por la universidad —reivindicaciones sindicales, la lluvia de abril en los claustros y el cartapacio bajo las nalgas de espaldas contra la pared del aula alzando los ojos hacia la cátedra con aquellas nubecitas rosadas que se veían y el azul del mar a través de la playera rayada horizontalmente azul y blanca de aquel chico de barba dorada vestido con túnica despertando sudados y sin apuntes para los exámenes de junio habiendo encontrado a Cristo en sueños— en aquellos años de lucha sin más caminos que los de la fuga pues la ciudad se volvía hostil para quienes vivían de forma distinta a lo que de ellos se esperaba aunque todo se olvidaba al concluir las largas representaciones de las noches de invierno cuando mis padres se encerraban en una habitación que era no tan sólo el camerino sino también el punto de reunión donde discutían el desarrollo de la acción antes de aparecer contorsionándose por el pasillo central de la casa con secretos ropajes que yo celebraba con aplausos mientras fijaba la atención en el centro de la alfombra del comedor donde mi padre inició muchas veces un largo discurso que no era más que una bravata patriotera y ramplona aprendida hacía años en una reunión política que había marcado profundamente su juventud y me llegaba ahora con la misma hueca retórica de entonces entre las muestras de aprobación de mi madre que en el filo luminoso de la terraza gritaba vivas a España imitando con gran habilidad y a varias voces aquella palpitación chula y politiquera propia de los mítines de antes de la guerra al tiempo que mantenía una actitud idéntica a la que en el entierro de mi abuelo había adoptado al mirarme con censura y menosprecio cuando aparecí vestido tal como me había levantado de la cama poniendo una nota de desidia y descaro en el cortejo fúnebre pues vigilaba incluso mis sueños vestida con un camisón rosado de estampados frugales y provista de un lúgubre candelabro con el que adoptaba aquel tipo de gestos solemnes y severos tan característicos de las amas de llave que se pretendían misteriosas cuando miraban, con sus ojos redondos y perspicaces de la misma forma que yo miro desde la terraza a Elena, que me señala el malecón al fondo de la bahía y luego incomprensiblemente se ríe y me manda mensajes que dicen te estuve esperando esta tarde a la hora en que todos toman el té sonriendo cuando me muestra el camino de la costa, este lugar por el que algún día he de regresar al pueblo aunque entonces —como Ulises cuando despertó en la playa de Ítaca adonde había sido transportado por marineros feacios mientras dormía y no reconoció en absoluto la tierra de sus antepasados— seré extranjero en mi propio mundo y me sentaré en la terraza mirando al cielo comprobando la amenaza de una lluvia y recordaré aquellas veladas en que mi madre se aburría y se sentaba al piano interpretando el Preludio de Tristán en los años en que se acumulan las impresiones sin darnos cuenta hasta que despierta la conciencia y apresas al vuelo momentos como éste: mi padre en elástico salto de claqué cae sobre un cojín donde el naranja se extiende y fragmenta en gránulos en los que caben los sueños más espesos para mitigar su desfallecimiento en el bermellón del sofá donde sofocadamente se rinde a mi mirada.