Tatiana lee, en un rincón del salón, el último cuento que escribiera Chéjov. Parca es la vista al exterior, oculta por cortinas que ensordecen los tumultos organizados por los mercaderes de izaras, más allá de los cuales puede verse aún la bella Astarté que se extingue en el espacio. Solemne es el interior, con arreglo informal de muebles, lienzos, sblakies, plantas y empapelado con motivos florales de la desaparecida Tierra. De no ser por la presencia de una galastártica y de briznas visuales podría pensarse que nos hallamos en un típico salón burgués de finales del xxi. Hay incluso un piano, repisa con figuras de porcelana, alfombras persas, los libros de Hammet y fuego en la chimenea.
De pronto, levanta la vista del libro y se imagina viajando en tren por África. Desde su ventanilla va sorprendiendo imágenes fugaces: escorpiones asustados entre la hierba, jirafas errantes bajo nubes plateadas, mujeres instantáneas bañándose desnudas bajo los puentes. Cree que entra en un túnel y la oscuridad le parece sedante y también inquietante. La oscuridad, a medida que mira dentro de ella, va dejando de ser negra para convertirse en un extraño azul plateado que acaba siendo el umbral de visiones secretas. Asiste al misterio de ver la imagen de sí misma proyectada por la superficie de unos ojos que se alejan hacia sus profundidades sin fin, hacia sus corredores de oscuridad, más allá de los cuales puede ver las playas de Madagascar, palmeras sobre acantilados de fuego, luchas tribales, cabañas en llamas, mujeres desvaneciéndose al sentir el perfume de la sangre enemiga. Así era África, piensa. En ese instante, llaman a la puerta de la casa.
Ha llegado el correo del día, y su madre, vestida con el impecable sfarji de gala, entra en el salón y le entrega un sobre franqueado con los pintorescos sellos de Vashtar. Antes de rasgar el sobre, Tatiana, intuyendo el drama, se queda inmóvil, con la mirada baja. Cuando su madre se retira, abre con miedo el sobre y lee la carta en la que su pretendiente le anuncia que ha decidido dejarla:
«Adiós, querida. Desde que te conocí, he vivido preso en una doble trampa: la que tú me tendías y la de mis propias fantasías. A éstas no las temo porque se limitan a ver los muertos más muertos cada noche. Pero respecto a tu obsesión por tenerme atrapado eternamente, olvídate de ella. Quedaron ya lejos los tiempos de Julieta y hoy Verona —mírala— no es más que una oscura mancha en el espacio».
Tras esbozar un gesto de desesperación, suprime para siempre de su léxico varios sustantivos y verbos de los empleados por el pretendiente en su renuncia y, poco después, disuelve en agua el veneno que puede acabar con su vida en este mediodía de mayo en el que suena por toda la luna de Astarté el Ángelus y a Tatiana le parece que ésa es la hora ideal para morirse, por lo que, sin pensarlo dos veces, ingiere el veneno y se sienta en un sofá a esperar el instante en que el vidrio azul de la agonía invada sus arterias.
Los primeros efectos del veneno son, como suele ocurrir, poéticos. Ve a la luna caminando por la calle, llevándose a sí misma en el bolsillo. La observa con detenimiento y ve que, en una pendiente, a la luna se le desata la cinta de un zapato y que, cuando se inclina para atarlo, se le cae del bolsillo la luna, que empieza a rodar veloz por la asfaltada vía, mojada por la imprevista lluvia: la luna tras la luna, y una de ellas perdiéndose a sí misma en la tiniebla del azul. Entonces, Tatiana desliza por sus labios, amortiguando el cordaje de las vocales, las sílabas que componen su nombre, ese nombre que quisiera ver inscrito, entre dagas y estiletes, en lo más alto de la inolvidable Astarté.
Ahora Tatiana siente el miedo de irse sola a la sombra del tiempo. Pero, de pronto, llaman a la puerta y es como si el héroe llegara a tiempo de salvarla. Entra en el salón su madre y le anuncia la visita de un joven que le ha entregado un ramo de micabias y una tarjeta de presentación. Tatiana comprende que ha llamado a su puerta un nuevo pretendiente, y en ese instante la masa opaca del oscuro espacio exterior se cierne sobre ella cuando a tientas busca su abanico.
—Dejemos que todo exista, que exista este triste salón, que exista mi soledad —dice Tatiana cuando, esperanzada ante la visita, se dirige a su madre suplicándole que le suministre un antídoto.
Afuera, cesan los tumultos de los mercaderes de izaras, pero la vida, en la luna de Astarté, continúa. La vida sigue, piensa Tatiana, prosigue su curso, eternizándose como un mediodía español.