País Relato

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enrique vila-matas

el revés

El joven Wilheim Wietz, modesto empleado de una fábrica de jabón, iba en taxi por su ciudad natal.
—Eh… Pero… ¿dónde?
—¿…?
—¡…!
—¡Ah!…
—Ya…
—Bueno…
El joven Wilheim Wietz hablaba consigo mismo.
Sí. Y tenía prisa. El conductor del taxi, sin ocuparse del camino, vuelto hacia él, conducía. Los obstáculos sobre la calzada no faltaban a esa hora. Alocados peatones cruzaban temerariamente. El conductor, sin tomar cuidado alguno, miraba fijamente al joven Wietz. Le miraba a los ojos porque era en ellos donde veía aparecer los obstáculos que en el último momento evitaba. Naturalmente, Wietz, aunque tan sólo fuera por precaución, tenía los ojos muy abiertos. Muy abiertos hasta que despertó del sueño y vio bajo la puerta un sobre plateado. Como nunca le escribía nadie se precipitó inmediatamente sobre la carta. En un principio, pensó que podía tratarse de propaganda de jabón, pero se quedó más tranquilo cuando vio que le escribían de la parroquia. El texto era breve. Le anunciaban que, en el sorteo anual entre los miembros de Acción Católica, le había correspondido el primer premio, un viaje a París.
—Es rarísimo esto —dijo Wietz.
Wietz era un ser solitario y triste, poco imaginativo salvo cuando veía a una silueta que, en traje de etiqueta, gesticulaba. Era evidente que el premio podía modificar sensiblemente su vida, pero Wietz no tenía la menor idea de que la parroquia sorteara algo, así que sospechó que todo aquello no podía ser más que una confusión o una broma pesada. Dejó que pasaran los días. La tarde en que se suponía que debía partir de viaje, llamó al párroco y trató de averiguar la verdad sobre el asunto.
—¿Y qué es la verdad, hijo mío? —le preguntó el párroco.
Wietz quedó pensativo, pero pronto volvió a la carga. Preguntó si podía canjear el viaje por dinero.
—Ni lo intente —respondió el párroco—. Eso molestaría seriamente al obispo, que ha sido el promotor de la idea de enviar feligreses a Europa.
—Está bien, iré de viaje —dijo Wietz mirando escépticamente los billetes de tren y las reservas de hotel.
De pronto, mientras oía la asmática respiración del párroco, evocó a un caballo que galopaba en el aire, a unos cien metros de altura. Ese caballo era de musculatura firme y avanzaba vivamente hacia arriba, conducido por un jinete muy decidido. Era el caballo que tantas veces había aparecido en sus sueños de infancia. En esos sueños siempre corría a gran velocidad un niño que alcanzaba y sobrepasaba al caballo. Ese niño era el propio Wietz, un corredor a pie que acababa siempre reteniendo el caballo y logrando que éste terminara por descender y pararse. Se rió pensando en el famélico aspecto que tenía él cuando era un simple niño. Luego, se preguntó si podía llamarse niño al más viejo ocupante de su cuerpo. Por un momento entristeció.
Entretanto, el párroco, sin duda inquieto por el angustioso silencio de Wietz, comenzó a confesar.
—Me pidieron —le dijo— que fuera su cómplice. Querían divertirse a su costa… Es usted tan apocado… varios feligreses… La verdad es que…
—La verdad es verdura.
—Ya lo sé, hijo mío.
—Pues tráguesela.
—¿Cómo?
—Coma.
Wietz colgó con autoridad el teléfono. Sintió cierto alivio, pero la calma iba a durarle poco, porque oyó que llamaban a la puerta.
—Entre —dijo Wietz.
No hubo respuesta. Había empezado a pensar que su visita se había ido cuando oyó dos o tres pasos en el rellano y otra llamada a la puerta.
—Sí, entre —repitió Wietz.
Otra pausa. Empezó a ir hacia la puerta, pero se abrió justo antes de que llegara. Apareció un feligrés obeso, de mejillas sonrosadas, diciéndole que en la parroquia le habían elegido a él para acompañarle a la estación.
—Son ustedes muy amables —dijo Wietz.
El feligrés se puso muy contento al ver que Wietz hacía la maleta.
—Créame —le dijo Wietz— que estoy ansioso por viajar. Nunca salí de esta ciudad, y la sola idea de abandonarla me hace inmensamente feliz. ¿Conoce usted París?
—¿Cómo?
—¡Pa-de katr, sil vu pie!
—¿Eh?
—Que si conoce París.
El feligrés bajó la cabeza y con evidente tristeza confesó que tampoco él se había movido nunca de aquella lamentable ciudad.
—Y sin embargo —dijo Wietz— usted me recuerda a un astronauta.
—¿Cómo?
—Como prefiera.
Dicho esto, Wietz aprovechó la confusión para describir, con gran lujo de detalles, las maravillas que vería en su viaje. Citó, entre ellas, el séptimo arte, y acabó abrumando al feligrés.
—Ya veo —dijo Wietz— que siente envidia de que el premio me permita ver Londres, Roma, Atenas y Estambul.
—Creo que no está bien informado. Usted sólo va a París.
—A París voy solo, pero pienso ir acompañado a las otras ciudades. Tenga en cuenta que me sobra el tiempo. Ayer me despedí de la fábrica de jabón y pienso invertir todos mis ahorros en este viaje.
Visiblemente confundido, el feligrés pidió un vaso de agua.
—¡Estambul! —dijo Wietz, y cerró su maleta. Luego, entró en su cuarto y levantó la baldosa bajo la que escondía su pequeña fortuna. Ocultó el dinero en el forro del cinturón, se colocó un elegante sombrero y entonó un himno. Con una amplia sonrisa de felicidad, volvió al salón y describió al feligrés a las mujeres que conocería en aquel largo viaje. El afligido visitante fue visualizando interminables escenas eróticas que se iniciaban en un vagón-restaurante y terminaban en la intimidad romántica de una lujosa cama acolchada. Eran tan ardientes las descripciones que el feligrés, secándose el sudor de la frente, pidió, de nuevo, un vaso de agua.
Wietz le trajo aspirinas y una botella de vodka. El feligrés reaccionó como si nunca hubiera visto una botella.
—Puede quedarse con ella —le dijo Wietz—. Es más, quédese con todo lo mío. No pienso volver más por aquí. Muérase usted en mi cama si le apetece.
Con la mano vuelta, golpeó la sonrosada mejilla izquierda del feligrés.
Riendo fue hasta la puerta.
Dejó la casa dando un portazo contundente.
Ya en la calle, le pareció que oía como un graznido de grullas.
Se fue directo a la estación y compró el primer billete de su formidable viaje sin retorno.