1
¿Dije ya que me resulta dramático ver cómo se repiten ciertos temas de pesadilla y que, en muchas ocasiones, soy capaz de preparar un primer borrador, al que siguen versiones en las que cambio detalles, pulo el argumento, introduzco alguna nueva situación, encubro la forma autobiográfica, y, a pesar de ello, relato cada vez una versión de la misma pesadilla que es, en definitiva, la aventura de mi destrucción?
Soy yo mismo la materia de mis libros, y éstos surgen de mis sueños. Sueño siempre despierto. Intuyo una serie de imágenes visuales que vienen acompañadas de palabras que las manifiestan. Ayer, por ejemplo, tuve la impresión de que estaba contemplando una vieja fotografía de París, y, a fuerza de insistencia, me fue posible ir viendo más y más dentro de ella. Poco después, la imagen fue cobrando color, y la ciudad entera se puso en movimiento. Una vertiginosa sucesión de escenas triviales o trágicas, fantásticas o familiares —aquello que, para abreviar, llamamos infancia—, me trasladaron hasta un atardecer de diciembre, y me vi a mí mismo andando con ciega precipitación por una acera, apretujándome contra el muro, marchando en dirección contraria a los demás. Abrigo largo y oscuro, cuello levantado, y cierta amenaza de lluvia en el ambiente. Iba proyectándome en saltos terroríficos hacia delante, avanzando furioso por los márgenes mas líricos de la place de Fürstemberg.
¿Llovería? En acrobacias instantáneas, nubarrones sobre los caserones blancos y sobre el negro húmedo del asfalto y el gris ceniza del invierno y el arcoiris del hotel donde murió Verlaine. Como yo era joven y arrogante y recordaba al pirata del capitán Kid, viajaba siempre hacia lugares remotos en mis largas caminatas. No saqueaba buques, no. Pero, en mi mente, un pabellón de seda negra llevaba bordada la más feroz de las calaveras. Me gustaba pasear, pero aquella tarde el frío me lo impedía, y, para colmo, me encontraba sin un solo franco. Maldije mil veces la noche en que partí de viaje.
Malhumorado, me detuve ante un portal de la rué Jacob, y, desafiando al frío, miré a mi alrededor. Un peatón que andaba con paso marcial se detuvo a cerrar su abrigo como si de un impermeable se tratara y fuera urgente resguardarse de una tempestad cercana. No había visto nunca pasos tan combativos como aquéllos, y durante largo rato me divirtió imitarlos. El peatón, aun siendo probablemente un parisino, tenía rasgos de mandarín, y sus ojos, dos hendiduras en forma de almendras, evocaban China; llevaba gafas de montura tras las que podía verse el mezquino espectáculo de unos ojos verde mar reluciendo maliciosos; los abundantes cabellos y la barba eran postizos. Por lo demás, parecía torpe y bohemio, y era tan desgarbado como vulgar y triste. Cuando le perdí de vista, simulé que lloraba por sus futuras desgracias, y poco después pasé a imaginarle en un lienzo: el retrato de cuerpo entero de un joven vestido con traje de finales del xix, de pie junto a una mesa, con la mano descansando sobre un libro abierto. Le vi recitar unos versos, andar con paso marcial, toser y estornudar, girar alrededor de la mesa sobre la que, en lento resbalón, se desplomó. Imaginé más sucesos y todos concluían con una desdichada pirueta y la caída del desahuciado sobre el frío suelo de madera. Su nariz sangraba, y un hilo rojo y verde se deslizaba sobre la pastosa boca. Lo decapité y arrojé su cabeza al Sena.
Observé que las luces de la calle alumbraban sobre cierta textura viviente que variaba de forma y de color sin cesar, lanzando al aire gris y helado de la tarde un rumor invariable que nunca se apagaba. Pensé que aquel monótono rumor se situaría, un día, al inicio de alguno de mis poemas, y dejé que me acompañara hasta la puerta del hotel. Al entrar en mi cuarto, divisé, al sur de mis párpados, unas dalias marchitas de color violeta en una copa sobre un piano que, por supuesto, era imaginario. La visión me estimuló y, de pronto, me sentí como al inicio de esos relatos en los que el autor necesita retratarse a sí mismo en un estado muy eufórico. Súbitamente alegre, decidí no proseguir la redacción de un libro de poemas, que, basado en mi propia tragedia, me atormentaba sin cesar. Escondí mi manuscrito en la parte más oscura del más oscuro de los cajones de mi escritorio, y, de pronto, vi a una mujer en el espejo contemplando el paisaje.
Todos sabemos que aquello que el voyeur busca y encuentra no es más que una sombra detrás de la cortina. Lo que busca no es, como se dice, el falo, sino precisamente su ausencia, y de ahí la preeminencia de ciertas formas como objeto de su búsqueda. Lo que mira es lo que no se puede ver. Pues bien, esa tarde estaba yo fantaseando cualquier magia de presencia en mi espejo cuando vi que, detrás del improbable reflejo y al fondo de la estancia, se había dibujado la sombra que proyectaba una mujer apoyada en la pared de la que colgaba un cuadro que se abrió tras la tela para verter su espacio interior hacia un paisaje marino, hacia la arboladura de un barco y hacia un ruinoso hotel. La mujer, de cuerpo grande y hermoso, tenía la cabeza cubierta de rizos negros que caían en bucle junto a la sien; palidez lunar en la piel, mirada dulce y desgarrada. Para ese hotel en la playa, el crepúsculo llegaba siempre más pronto, ya que estaba vestido de sombras en una hora en la que su ya caída balaustrada superior solía regalar a la fachada algún relumbre de sol. Al abrigo de unas rocas, tomadas de revés por una resaca, menudos flecos de espuma rojiza volaban en torbellino bajo el sol, y entre las piedras blancas y planas, con sus cabelleras de algas a medio pudrir, sobre una extensión negruzca apenas inclinada, brillaba una caja de conservas provisionalmente respetada por la herrumbre… Pero no hay que especular ni alarmarse acerca de mi memoria, ya que tanto la descripción de esa mujer como la del paisaje no surgen del laberinto del recuerdo, sino de una aproximación meticulosa a la primera fotografía que puede verse, todavía hoy, en mi álbum familiar: mi madre, muy joven y arrogante, indiferente a la cámara, mirando al mar en Caldetas, verano del 47.
Fue al desvanecerse la visión cuando oí unos alarmantes golpes en la puerta, seguidos de un tintineo metálico en la casa del miedo. Como no esperaba a nadie, abrí con cierto recelo, acaso ya intuyendo la sorpresa que, tras la puerta, me aguardaba. Ante mí, sonriendo desde lo alto de su macabra silueta, se hallaba el joven de rasgos de mandarín. Di de inmediato un paso atrás, pues nada me produce mas pánico que un desconocido mirando con impertinencia desde algún rincón, inmóvil ante la niebla o —como en este caso— totalmente quieto en un umbral. Pero cuando me saludó, horror y confusión desaparecieron. Le vi abandonar su estatismo para pasar a disculparse por el disfraz que, según dijo, le ocultaba de sus acreedores. Mi visitante era Héctor Vega, a quien había conocido días antes en una fiesta durante la cual nos había invitado a mí y a otros cuatro poetas a pasar enero en una finca que él y su hermana Eva poseían en Honfleur. «Allí —nos dijo— siempre humea la chimenea, hay flores en las tumbas de mis padres, y los muertos están más muertos cada noche.» Acepté inmediatamente la invitación.
La había cursado en estado de tal ebriedad que pareció muy sorprendido cuando le recordé aquel ofrecimiento que, por lo que pude ver, sólo yo había aceptado. Ahora estaba frente a mí agradeciendo los cuidados que le dispensé aquella noche, pero parecía muy arrepentido de su invitación. Lamentó su generosidad cuando bebía, y yo me quejé de no poder ofrecerle más que vodka. Se bebió la botella entera, y ya en el bistrot de la rué Saint Benoit, justo enfrente del hotel, abandonó la comida para entregarse al calvados (diez copas en media hora), y muy pronto comenzó a desvariar, tambaleándose de forma muy parecida a la de la noche en que le conocí. En un acceso de lucidez, escribió un poema en papel de cigarrillos y después se lo fumó tranquilamente. «Lo importante es crearlo», dijo apagando el cigarrillo en el mantel, al tiempo que esbozaba una historia de terror que aquella noche escuché atentamente porque todavía creía en la utilidad de los relatos de los otros.
Interrumpió su historia para observar con incredulidad cómo su cigarrillo-poema perforaba el mantel. Después, levantó la vista y me preguntó por qué vivía en París. Le aclaré que no residía allí, sino que me hallaba simplemente de paso, en la primera estación de un viaje sin retorno, una larga huida en la que pretendía evadirme de todo, incluso de mí mismo. «¡Al diablo los viajes literarios!», dijo a voz en grito. Me puse en pie simulando que me iba. «¿Y adonde crees que vas?», preguntó enfurecido. Fui al lavabo, y a mi regreso, le encontré derrumbado al pie de una escalera por la que, sin duda, se había caído. Según el coro de voces femeninas, el joven poeta ebrio había brindado, en el umbral de su vértigo, por la maravilla del pasado y el esplendor del futuro. «Le aterra el presente», oí que comentaban media docena de gourmets que trataban de ponerle en pie. Tenía los ojos cerrados, graznaba de vez en cuando, y un hilo de sangre le corría por la comisura de los labios. Le zafamos el cuello y la camisa, le lavamos la sangre de la boca, y, para reanimarlo, le echamos calvados por el gaznate hasta que despertó de golpe y se incorporó con furia. Pidió un nuevo calvados, soltó una feroz carcajada, maldijo las obras completas de Celaya, y poco después se desplomó con la mayor naturalidad.
«No volver más a la luz de la lámpara —murmuró al volver en sí—, no regresar al gabinete, no terminar mi libro, no vaciar la pipa…» Su voz se perdía, a veces, en el tumulto de la sala, pero en ocasiones se dejaba oír, con alarmante claridad, en momentos que siempre coincidían con la petición infructuosa de un nuevo calvados. Tras una delirante mirada que anunció una pausa en su monólogo, encendió un cigarrillo. El humo se deslizó por su garganta y lo arrojó en anillos que fueron chocando en el aire: volutas suaves, azules —dijo que grandes jardines rodeaban su casa normanda—, circulares y fugaces. Contemplando los efímeros dibujos del humo, ironizó sobre la brevedad de la vida. Descubrí no sólo la necedad de la que recubría las ideas más vulgares, sino también su más penosa contradicción: aunque se esforzaba en mostrarse insensible ante una emoción excesiva, se sentía infinitamente solo, y muy a pesar suyo, expuesto a irremediables llantos.
Bastaba con observarlo a lo largo de una sola cena para comprender que, sin duda, era un ser extremadamente débil, cuya fragilidad propiciaba una tempestad de risas cuando, por ejemplo, se avergonzaba del espíritu ateo de su poesía, o bien cuando enrojecía por cualquier banalidad, o narraba azorado una experiencia sexual o su sueño más frecuente, aquel en el que la banda sonora era un ruido obsesivo de cuadernos mezclado con imágenes de pupitres tramando un penoso texto escolar. Era uno de esos jóvenes a los que vimos cruzar por la soledad del cuadro de honor. Sentado ante mí aquella noche, con el rostro suavizado por una sombra de tristeza, me dedicó su mirada más humilde poco antes de estallar en un llanto emocionado. Lloraba, dijo, porque había hallado en mí, silencioso escrutador de derrames lacrimosos, la primera amistad firme de su vida. Fui prudente y me mostré conmovido, y soporté el amplio retablo de sus desdichas: la muerte de los padres, la perversidad de su hermana Eva, las fisuras de sus poemas y la carga de la soledad ligera. Cuando se calmó, cerró los ojos y meditó en silencio. De pronto, se agitó una cortina, y él, alzando la mano con gran esfuerzo, arrojó muy lejos una colilla que fue a estrellarse contra el ojo tuerto del chef, que estaba dormido. Tras el intercambio de sonámbulos insultos, reconsideramos la situación y Héctor optó por pagar la cuenta y respirar el contaminado aire de la rué Saint Benoit.
Cruzando el boulevard Saint Germain, le vi hundir las manos en los bolsillos de su abrigo y extraer de él una libreta negra. «No puedo —dijo— dejar que pase más tiempo sin que conozcas mi obra literaria. Aquí tienes un libro de poemas.» Fingí cierto interés y hojeé el cuaderno: excelente caligrafía para versos muy mediocres y plagios fáciles de detectar. Por ejemplo, un Faulkner no confesado se movía en la superficie de estas líneas: «Las primeras gotas brutales / como aliviadas de una intolerable espera». Recordé un célebre comentario a tan retórica frase y lo cité a modo de velada ironía. «Parece difícil —comenté— introducir con más exactitud y prontitud el ansia de la tormenta por descargar su agua, tanto tiempo contenida.» Héctor me miró con estupor. «Es preciso —dijo— que te hagas cargo de mi obra.» Entramos en el bar del drugstore y fue inútil mi resistencia a hacerme cargo de aquella libreta. Con un sentimiento extremadamente vago, casi inexistente, del sentido de la discreción, comenzó a explicarme, en voz alta y muy clara, los motivos que le empujaban a confiar en mí como guardián de las ruinas de su castillo poético. Pero cuando subió a uno de los taburetes del bar, concluida ya la primera botella de champán y empezada la segunda, cierta impresión de terror se apoderó de mí. Héctor estaba allí, erguido sobre el taburete, con la copa de champán en la mano, y de pronto me pareció que la piel de la cara se le ponía tirante y que desaparecía cierta hinchazón, pasando a convertirse su rostro en una calavera. Los ojos se le hundieron y apagaron como si estuvieran muertos, los labios adelgazaron, y el color de la cara se desvaneció dejando un matiz de cera de vela quemada. Una mascarilla poética y, a la vez, cadavérica.
Cuando volvió a sentarse, que no a calmarse, pasé a describirle, con la mayor exactitud posible, el punto de extravío de aquella fascinante visión que me había visitado poco antes de que él irrumpiera en mi cuarto. Le hablé de aquel paisaje marino que, situado tras la figura de una mujer, parecía no tener fondo ni horizonte posible. Y mi esfuerzo se vio recompensado porque, antes de derrumbarse sobre la barra y arrastrar en su caída todas las botellas de champán, mostró su entusiasmo ante mi descripción y accedió a invitarme a Honfleur, cuyo puerto era, según dijo, lo más parecido al paisaje marino que yo acababa de describir.
Es evidente que la descripción suele provocar, de un modo gradual, reacciones en cadena en el interior de una narración, y que la necesidad de describir conduce a la introducción de tal o cual personaje y a dotarla de unos motivos. La descripción, pues, está muy lejos de ser un añadido decorativo y cumple, en ocasiones, una función muy determinada en la narración: la revelación de un personaje a través de un ambiente o de un paisaje concreto. Así acaba de suceder en este relato, donde la descripción de la descripción de aquella visión cumple, sin duda, una función muy determinada: la revelación del personaje de Eva, figura indisociable de aquel paisaje marino, que, situado tras ella, parecía no tener fondo ni horizonte posible en aquel frío día de enero en que, sin previo aviso, me presenté en Honfleur.
Un dolor espantoso, provocado por unos viejos botines, y una atroz molestia en los riñones me impedían andar erguido ese día. Por si fuera poco, la maleta pesaba tanto que, cuando alguien me confirmó que me hallaba ante la mansión de mi improbable anfitrión, estaba ya tan fatigado y era tan lamentable mi estado que me acobardé cuando, de pronto, al empujar la verja del jardín, levanté la cabeza y descubrí que una mujer espiaba mis encorvados movimientos. Detrás de ella, había una zona de sombras en la que pensé que quizá se encontrara Héctor u otras formas susceptibles de ser despojadas de la sombra, pero pronto constaté que tan sólo había profundidades de oscuridad aún más densas. Habían caído en el jardín algunos pétalos que reposaban sobre la tierra ahuecados como conchas, y era tal la oscuridad que para no aterrarme imaginé que por todas las flores pasaba la misma onda de luz lunar y que todas se apartaban de ella cuando el viento las agitaba… Para colmo, comenzó a llover, y las primeras gotas fueron brutales, como aliviadas de una intolerable espera. Levanté de nuevo la vista y pregunté:
—¿Eva?
En efecto, era ella. La describiré brevemente para acabar con este asunto: rizada cabellera negra, boca muy grande, aspecto de serpiente erguida, y una carne de raso, generosamente ofrecida a mi mirada por el escote de un vestido que dejaba los hombros desnudos, así como la espalda y el comienzo del pecho: extraña perfección en todas sus facciones, rasgos de inquietante desasosiego, descaro, sensualidad, una especie de cimbreante aflojamiento bajo la rodilla, prolongado hasta el pie con el que avanzó hacia mí. Pregunté por Héctor, y ella cogió mi maleta, me miró compasivamente, y dijo que iba a mostrarme mi cuarto. Estaba, pues, invitado, pero antes debía prevenirme acerca de Héctor; ocurría algo que quizá me sorprendiera, pero prefería postergar la explicación hasta que nos encontráramos para la cena. Aparecieron un viejo mayordomo y una cocinera joven. Subí unas empinadas escaleras, crucé pasillos, contemplé cuadros, y en una habitación inmensa vi libros, grabados, atlas, mapas y cartografías. Al entrar en mi estancia / divisé, al sur de mis párpados, / unas dalias marchitas de color violeta en una copa / sobre un negro y viejo piano.
(Stein, no deberías terminar así este primer apartado. Permíteme, pues, una breve inserción: Acaban de leer, señoras y señores, los mediocres versos que el aturdido David Stein escribió la noche de su llegada a Honfleur. Los compuso para matar el tiempo antes de una cena en la que aguardaba una revelación.)
2
Los muebles y las cortinas y los tapices eran de un rojo oscuro, y, en la sombra, palidecía un cuadro de la escuela de Rembrandt. Alguien había virado al revés un espejo. La lámpara era un conjunto de lágrimas, y la ventana estaba ligeramente abierta, dando a poniente y al mar. Como en las más felices noches, la luna parecía como un suave magnesio continuo que permitía tomar las más bellas imágenes nocturnas; en tales condiciones, el jardín era un gigantesco diorama con un fondo de montañas nevadas en las que giraba un jacarandá que, por supuesto, no giraba y, además, era imaginario. Es probable que yo estuviera bien dotado para las alucinaciones —ciertos documentos de la época lo atestiguan—, pero me faltaban las palabras. Sentado en un sofá del amplio comedor, crucé las manos por detrás de la nuca y contemplé a Eva, que, en ese momento, se disponía a servirme un aperitivo. Era la hora de la cena, y Héctor seguía sin aparecer. Había sólo dos cubiertos sobre la mesa. Eva se acercó a mí, y, dando un rodeo alrededor del sofá, formuló esta sencilla pregunta:
—¿Cómo descubriste la poesía, Stein?
Al oír ligeramente deformado mi apellido, apenas tuve tiempo para pensar en la respuesta más adecuada, ya que, por una misteriosa conexión de ideas, me asaltó esa sensación que venía persiguiéndome desde París y que acaso algún lector haya detectado. Iba andando por una calle, bebiendo champán en la barra de un bar, o escribiendo en la soledad de mi gabinete, y, de pronto, me llegaba la impresión de que mi vida era una variante de la vida de otro escritor más lúcido, inteligente, astuto, elegante y agudo que yo; no le conocía, pero confiaba en hablar y escribir bajo su dictado. No es, pues, extraño que aquella noche mi respuesta a Eva fuera una catástrofe de palabras que se atropellaban. Pendiente de la voz genial del escritor invisible, contesté del modo más estúpido y banal; formulé un relato biográfico como tantos otros, un bostezo en el funeral del yo, una sucesión de lugares comunes, la más tópica exposición de anécdotas sobre los paisajes atravesados por mi vocación poética, etcétera. Un conjunto, pues, de falsedades sombríamente trabadas entre sí —el otro escritor riéndose a la sombra del jacarandá—, sin la menor intención de profundizar en lo que se me preguntaba.
Propongo ahora una indagación seguida de un estremecimiento. Sustituiré la torpe respuesta de aquella noche por una investigación sobre mi encuentro con el mundo poético. Durante los primeros años de mi vida, mis sueños y sentimientos habitaban oscuros y alarmantes lugares desde el mismo momento en que descubrí el placer de la lectura, y cierto escalofrío recorrió los estrechos corredores mentales de la casa barcelonesa donde transcurrió mi infancia; mis tutores tenían la impresión —nunca verbalizada por temor a decir la verdad— de que, por un anómalo cúmulo de circunstancias, yo había nacido con ánimos de inquietar, y varios hechos les confirmaban la sospecha. Aunque no dudo que el lector impaciente o voraz salteará la descripción de esos hechos, me demoraré —pensando en mí, más que en él— en la introducción al relato de mi más remota experiencia poética. La primera vez que tomé la palabra fue para decir adiós a todos cuantos me rodeaban, utilizando con astucia los mismos términos que un poeta empleó para despedirse de sus amistades rondeñas; mis palabras, aun entristeciendo a todos, fueron también recibidas con cierto alivio, pues había cundido el pánico al observar que leía y escribía infatigablemente, pero nunca jamás hablaba. Por los mismos días, en una noche de singular tensión dramática, irrumpí en el comedor familiar —una austera sala rectangular con tapices y un trofeo de caza orientado hacia la luz de un patio del Ensanche— recitando una alegría y cantando el Adiós a la Vida; tenía cinco años y el hecho no pasó desapercibido, comprendiendo todos cuantos me observaban que se hallaban ante un extraño niño al que apenas le interesaba el mundo exterior como no fuera en función de sus necesidades más inmediatas o de sus alardes de inteligencia.
En efecto, el universo entero se hallaba encerrado en mí, en lo comprendido entre esos dos polos de mis preocupaciones, constituidos, por una parte, por unos versos a un poeta asesinado, y, por otra, por una canción de despedida. Añádase a esto mi total convencimiento de que mi primer recuerdo —en opinión general, un recuerdo falso pues ningún niño de dos meses memoriza algo— era la imagen de mi padre muerto, y yo, a su lado, abriendo y cerrando la palma de mi mano con la clara intención de decirle adiós en la hora de su muerte. Era una imagen rechazada por su carácter involuntariamente cruel y por no querer rendirse a la evidencia de que yo había nacido en las mismas condiciones mentales en las que, según el oráculo, moriría; es decir, loco, completamente loco, y despidiéndome de todo con una mueca de indignación.
Mi irrupción en el llamado campo de lo poético se produjo, como suele ocurrir, de un modo totalmente inesperado. Yo tenía seis años cuando, una tarde de agosto, paseaba con María, mi institutriz, por los bosques del Tibidabo; nos detuvimos en un claro para merendar, y, de pronto, ese lugar se convirtió en el escenario de mi primera erección. María, que me adoraba y mimaba porque me temía, estaba cantando un fragmento de zarzuela cuando, de pronto, dejé de mirarla y comencé a observar un grupo de niñas que se encaramaban descalzas a los árboles. Fue mi primera impresión poética aquella vibrante erección provocada, sin duda, por la extrañeza que tuve al imaginar la sensación, agradable y a la vez dolorosa, del contacto de unos pies y dedos desnudos con la corteza rugosa. Aquella brusca erección poética, que me introdujo casualmente en el misterio de las letras, correspondió también a una especie de irrupción de la naturaleza en mi cuerpo, a una súbita aparición del mundo exterior, que me empujó a escribir allí mismo unos versos eróticos. Los dediqué a mi institutriz, que, al leer mi mensaje, perdió momentáneamente la razón; su fragmento zarzuelero desembocó en una extraña nota desencajada, y la merienda fue a volar más alto que los pies descalzos de las intrépidas amazonas, al tiempo que María se fundía conmigo en un ardiente abrazo. En mi poema, esencialmente, decía adiós a mi supuesta inocencia y saludaba la introducción de un pie desnudo en el hondo paisaje del sexo femenino. La descripción de este acto, que allí mismo llevé a la práctica, entusiasmó a María, que, a partir de aquel día, se convirtió en la más fiel lectora de todos los poemas que sobre el mismo tema me dediqué a confeccionar durante aquellos años perdidos en la búsqueda de un cosquilleo lírico semejante a aquellas sensaciones de goce que más adelante, hacia 1958, ella experimentaría por sí sola espiando los bailes de la osada juventud francesa que durante el verano de aquel año hizo acto de presencia, sin zapatos ni moral, por todo el litoral mediterráneo.
Fue a lo largo de ese verano cuando me llegó, por fin, la necesidad ineludible de desprenderme de la tiranía poética a la que me sometía mi gruesa institutriz. Comprendí a tiempo que no podía pasarme la vida escribiendo poemas que versaran siempre sobre el mismo tema, de modo que ante la imposibilidad de convencerla de que otros temas también eran muy sugerentes, me vi obligado a trazar un plan diabólico para desembarazarme de mi querida y pesada institutriz. Decidí ponerla en contacto con algún poeta francés de provincias, algún joven descalzo derrotado por los embates de cualquier poema de Bretón. Me fue fácil dar con el ejemplar adecuado, e inicié rápidamente mi estrategia. En una calurosa noche de fines de agosto, a punto ya de concluir el verano, la veo a ella, más insaciable que nunca, pidiéndome nuevos poemas, tratando de sentar a mi lado su prodigioso trasero y rindiéndose finalmente al volumen del sillón más débil, que, lleno de terror, prorrumpe en una salva de lamentos. Ella se levanta y va hacia una ventana, se seca el sudor cuando huele sus sobacos, se acaricia el incipiente bigote, y en ese preciso instante me llega la oportunidad de dar un giro radical a toda mi producción poética. Acude puntual a mi cita un corpulento joven galo que, con una flor en el ojal, desciende ágilmente de su Renault y empieza a buscarme por el jardín andando cual máquina jadeante en busca del objeto de placer. Cuando ellos se encuentren, no tardarán en aprovechar las sombras de la noche para palparse, y yo tardaré aún menos en fingir un ataque de celos al encontrarles entrelazados en el pajar. Recuerdo mi premeditado y sonoro gruñido, pero la escena que sigue se desmorona en mi memoria tan silenciosamente como lo hacían las casas en los films mudos de otro tiempo. Adiós, institutriz, adiós. Eres sólo un personaje que languidece en el artificial mundo en que te he situado; te quedas en él para siempre, fundida en un abrazo con un desdichado en un maloliente pajar, sumergida en el carruaje poético de mi infancia.
Como dije, estaba terminando el verano, y era cuestión, pues, de apurar el tiempo. Playa de Aro aún conservaba su esencia en esos días; todavía no habían derribado ningún pino, y, a lo largo de la línea que bordeaba la playa, varias hamacas soportaban a los padres de una serie de niñas con sombreros de paja. Ellas eran mi objetivo. Me veo en la zona más húmeda de la playa, dirigiendo mi atención hacia los ojos grises del rostro anguloso de una niña con sombrero de paja, vestida con jersey de mangas enrolladas y pantalón corto de lana. Yo tenía nueve años y ante una niña de mi edad siempre presumía de brillantez e ingenio. Dos ardientes poemas escribí la noche del día en que la conocí; recuerdo que mi tutor se había retirado a la parte más alegre de la casa, mientras mi tutora se esforzaba en convertirse en la imagen más compuesta y extática de la velada cuando me deslicé hacia mi cuarto y me dejé arrastrar hacia los más abruptos parajes poéticos. Los dos poemas podrían constituir un curioso recuerdo de aquella noche en la que me creí inspirado, de no ser porque ambos han desaparecido: uno lo utilicé años más tarde para edificar en su solar una cursilería que precisaba para una desdichada declaración de amor; en cuanto al otro, se trataba de un sórdido plagio de una elegía y acabó sus días en el fuego soriano de un parador nacional.
—No estaría de más —comentó, a la mañana siguiente, Anne ante mis poemas— que fueras más preciso en la grandilocuencia estética de las imágenes.
Veo todavía hoy a mi brillantez e ingenio rodando por la arena de la playa, y a mi mirada derrumbada en un cubo de juguete. Anne aventajaba a las niñas de su edad en saber libresco, y hablaba en perfecto castellano cuando daba consejos a niños tan engreídos como yo. ¿Qué hacer? Aquel día lo pasé escuchando sus recomendaciones; me pidió que olvidara a mi inculta institutriz, me descubrió el mundo de los helados de fresa, me sugirió lecturas y se hizo siempre la distraída cuando, en varias ocasiones durante el día, se aproximó a mí para que sus tirabuzones me rozaran la cara. Y, al llegar la noche, después de haberle relatado mi única y monótona experiencia erótica —la sumisa masturbación del dragón rollizo—, se volvió lentamente hacia donde yo estaba y me besó la mejilla. Era del año la estación en la que ella debía regresar a Rouen y cambiar mi compañía por una oscura escuela; sentados en lo alto de una colina desde la que se divisaba una llanura y el mar —hoy se ve también carne quemada entre hoteles y bungalows—, nos balanceamos entre un haz de luna, en la brisa de aquel fin de verano, rodeados de hojas muertas que andaban perdidas por la escena en el momento en que tímidamente la besé en la boca.
Con luz ardían las lámparas de un jardín vecino y, tras él, con las cabelleras de sus árboles henchidas de luz meridiana como las de una floresta tropical, se extendía un bosque, casi ilimitado, por el que precipitadamente regresamos al pueblo. ¿Esperaba ella de mí algo más que un breve y respetuoso beso?
Por un momento, tuve la impresión de que me estaba mirando muy fría, negra, malvada, con el vientre azul y toneladas de desprecio hacia mi condición de poeta vestido de inocencia. Andábamos muy veloces y ella ni me miraba hasta que nos detuvimos fatigados a descansar en un claro del bosque. Apoyé mis codos en una baranda formada por nudosos leños, y, bajando la vista, contemplé, a lo lejos, ligeramente velado por la niebla, el mar. A mi lado, Anne observaba distraídamente la luz lunar que se filtraba por entre las hileras de pinos, y fue entonces cuando me llegó el presentimiento de que, de un momento a otro, podía ocurrir algo realmente relevante. Me senté en un banco de piedra y entonces vi que Anne comenzaba a moverse muy inquieta, y, poco a poco, iba quitándose la ropa; de pronto, me tomó como campo de ejercicio y se acercó a mí ya completamente desnuda haciendo una cabriola para echar sus vigorosos muslos en torno a mi cuello. Con el sexo de Anne ante mi boca quedé absorto, estúpidamente alelado, hundiendo mi nariz entre las nalgas, en el agujero del culo, y allí permanecí refugiado e inmóvil, perdido en aquel oscuro sendero hasta que ella, muy indignada, por poco me derriba al repetir a la inversa, y de un modo extremadamente violento, su cabriola, insultándome duramente mientras yo me excusaba lamentando mi indecisión y vergüenza. Ya no cruzamos otras palabras durante el resto del camino, y, al llegar a mi casa, me derrumbé triste y desolado.
Traté de recuperarme planeando una fuga que, al día siguiente, propondría a la dulce Anne. Me veo en mi cama, recién arropado, pensando en mi amor; en la semioscuridad de la habitación, comencé a mirar las sombras y secciones de sombras que se movían sin ir a ninguna parte; con los ojos aún despiertos escudriñé fuera de mi casa el camino por el que huiríamos. ¿Querría Anne subir al carro de la aventura, o, por el contrario, la había perdido ya para siempre? En la esperanza de que me concediera una nueva oportunidad, entré en el sueño que cierra este tríptico sobre mis experiencias poéticas: me dormí —todos los niños se duermen algún día con una ventana abierta y una cortina que es movida por el viento de las islas vírgenes—, y las luces de la playa vinieron a revolotear en la lámpara nocturna; anduve horas por un oscuro laberinto del que mi querida Anne me ayudó a escapar conduciendo mis pasos hasta un luminoso espacio: una vista fotográfica de una bahía y de un desfiladero coronado por un faro. Atrás quedaba el laberinto y ahora nos encontrábamos en la playa, desierta a aquella hora, abrazándonos sobre la arena, sobre mi cama, en la que Anne acababa de deslizarse tras entrar en mi habitación por la ventana convirtiendo a toda la bahía en un inmenso lecho de madera pintada de azul mar. Pasando mis manos alrededor de su busto, toqué durante un rato sus pechos bajo una blusa transparente, y luego descendí una mano hasta su sexo y me excitó que estuviera húmedo. La escena que siguió corresponde a la de mi inútil intento de perder la virginidad. Lamentos, estupor, vacío ardor, y una única certeza: mi poesía, al quedarse con la túnica de su inocencia antigua, continuaría siendo, durante algún tiempo, juanramoniana.
3
Pero basta de claroscuros nostálgicos. Volvamos a Honfleur y al momento en que Eva, tras formular su pregunta, se quedó atónita al escuchar mi respuesta. Se giró de espaldas, bruscamente, e intercambió párpados y reflejos con un espejo.
—A menudo pienso —dijo— que todas esas ciudades de mis atlas no eran más que puntos en el mapa de su locura.
Ya dije que aquella noche me desenvolvía con especial torpeza, y no ha de extrañar, pues, que le preguntara acerca de qué locura estaba hablando. Se hizo el silencio, y la irreal iluminación, propiciando sombras chinescas, fue dando a la escena cierto resplandor teatral. La joven cocinera hizo vibrar el suelo con sus pasos, y poco después, entrando con cautela en el salón, anunció que la cena estaba servida.
—Es la actriz principiante de las comedias —comentó Eva en voz baja, sonriendo.
Hice un gesto de desahogo, pues había algo en la situación que me exasperaba, probablemente mi propia torpeza. Ya en el comedor, la joven principiante nos sorprendió apareciendo con dos candelabros encendidos, cuyo brillo se reflejaba en los vasos, el mantel y los ventanales.
—Dime, Gertrude —preguntó Eva—. ¿Qué buen vino tenemos para esta noche?
Mi turbación se hizo menos exterior, pero más laberíntica al oscilar en el espacio interior.
—Fiambres y macedonia al ron —respondió Gertrude—. Pavo asado, licores. Y al llegar a los postres, está el misterio a resolver.
No di crédito a lo que acababa de oír. Eva, como aclarando el absurdo, me dijo que Gertrude era de Dijon. Nos sentamos, desplegamos nuestras servilletas con cierta solemnidad silenciosa, y, tras el primer vaso de Médoc, me decidí a preguntar por Héctor. Fue, sin duda, una pregunta inoportuna. Eva agitó una pequeña campanilla de bronce y pidió a Gertrude que nos dejara solos hasta nueva orden. Gertrude hizo un gesto de sumisión, muy corriente pero extraño, y eso me hizo pensar que hasta los gestos más obvios presentan lados oscuros en los que ni la mirada más aguda puede penetrar. Cuando Gertrude se marchó, miré con miedo a Eva, que se limitó a llenar de buen vino mi vaso al tiempo que lanzaba una carcajada nerviosa, que me excitó. Durante unos instantes, Eva permaneció callada, como reflexionando, y yo me quedé extasiado mirando su boca rojo coral; fue un momento extraño, y, viendo aquella boca, grande y cerrada, que emitía signos de silencio en la noche, sentí miedo, deseos de proseguir mi viaje, y estrellé mi servilleta contra el mantel. Quebrando el hechizo, Eva me ofreció más vino, al tiempo que iniciaba una fulminante descripción de sus pánicos. Dijo que estaba dominada por ciertas impresiones supersticiosas relativas a Honfleur, de donde, durante muchos años, nunca se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia que algunas peculiaridades de aquella casa ejercían sobre su espíritu.
—Pero lo más terrible de todo —añadió— ha sido la desaparición de Héctor. No es que haya muerto, no. Simplemente se ha esfumado, sin dejar rastro, y todo parece indicar que no volverá.
Nuestras miradas y nuestros miedos se encontraron, o más bien chocaron, ya que cada uno sintió que, tras los ojos, se declaraba en rebeldía ese ser solitario que descansa en la oscuridad mientras el otro gesticula. Pregunté, indagué, reflexioné. Héctor se había marchado, abandonando todas sus pertenencias, y era inútil cualquier intento de encontrarlo. Se había sentido rodeado de grandes mansiones a punto de desplomarse y de grandes bibliotecas que eran atravesadas por un escritor abrumado por las tareas que le quedaban por hacer. De noche, unas misteriosas voces le hablaban de la oscuridad, y mientras unas le referían las más selectas historias de terror, otras se reían sosteniendo un sinuoso discurso, que, sin duda, encubría misiones de espionaje. Observó que ciertas escenas se repetían idénticas a lo largo de un mismo día, y comenzó a sospechar que una conjura se estaba tramando contra él. Cuanto más apasionantes se volvían sus experiencias y más abundantes eran los temas y las obsesiones que se acumulaban sobre su mesa de trabajo, más deseos de continuar tenía; iba retrocediendo hacia esa puerta falsa, que, detrás de toda biblioteca, comunica con un desierto de palabras; trató de escribir Sten Stain, libro parecido al que el lector tiene entre manos —el viaje frustrado del narrador o la metáfora de un viaje literario por el país del Autor— pero no se hallaba en perfectas condiciones para emprender esta obra; imaginaba para él un glorioso destino después de muerto, y esto le entristecía; creyó que estaba muerto, y esto le alivió, dejándole totalmente mudo, y finalmente una noche se marchó lejos, muy lejos, llevando así a término su viejo proyecto de desaparecer (en su arte) y disolverse (en sus poemas) para no dejar otra huella que la duda, otra página inmortal que el silencio. Desapareció amablemente por el foro.
Pensé en la irónica farsa del extraño caso del poeta que acaba disolviéndose en otro que, a su vez, desaparece. El relato de Eva parecía concluir donde los cuentos de misterio comienzan. Ella se quejó de la luz demasiado viva de los candelabros, y volvió a llenar de vino mi copa, luego la suya. Terminamos el pavo, agitó la campanilla, siguió hablando de su hermano:
—En los últimos días me miraba con rostro de sometimiento a lo inevitable.
Entró Gertrude, pintada y empolvada, dominando a la perfección su papel. Miró furtivamente la mesa y cambió de sitio los candelabros. Retiró sin prisas los restos de comida, y elogió, en un tono muy apasionado, un té ceilandés, que, según dijo, tenía celosamente oculto en la cocina. La fatiga del viaje empezó a hacer mella en mi ánimo, tan deportivo otras veces. Gertrude, que me observaba fijamente, intervino para aclarar que, en torno a los postres, y en contra de lo anunciado, no había el más mínimo misterio; lo que sucedía era que, simplemente, no había postres. Bostecé con lentitud, mientras Gertrude preguntaba si nos conformaríamos con el té ceilandés.
—Sería ridículo —le dije a Eva.
—¿Y por qué no absurdo? —preguntó Gertrude.
—No seas ridicula —le dijo Eva.
—¡Qué absurdo! —comenté, haciéndome un gran lío con la servilleta.
Con un ridículo gesto, Gertrude se encogió de hombros y se alejó absurdamente enojada. Poco después, aparecía con una bandeja de té, muy humeante. Con manifiesto placer, dijo que el té estaba envenenado, pero su intervención me pareció tan incoherente que comencé a pensar en retirarme a dormir. Sonaron once campanadas en medio de un sepulcral silencio, y, al callar el reloj, sentí que tenía la mente vacía de personas, y me sentí bien así, pero entonces Gertrude esbozó una helada sonrisa y noté que retemblaban los cimientos de la mansión; los cristales, heridos por el aliento visible de su respiración, rechinaron amenazando saltar como si una mano de arena hubiera arrojado ésta contra su superficie. Gertrude dijo que el té estaba envenenado, y, de nuevo, sonaron las once campanadas, y la casa volvió a temblar, los cristales rechinaron, reapareció la mano de arena, etcétera.
Me negué a aceptar que el tiempo se hubiera detenido en una provinciana y polvorienta escena temblorosa. Dije que me retiraba a dormir, y Eva sonrió complaciente, muy serena, sin la menor huella de terror en su rostro; estaba apoyada en la ventana y parecía como atravesada por una luz que, a su vez, hubiera traspasado un espeso vidrio amarillo. Recuperé la calma, me levanté de la mesa, oí que se me invitaba a pasar al salón. A través del espejo que, en su marco de encina labrada, reflejaba un rincón del comedor, vi que parte del té se había derramado sobre la mesa y que Gertrude, hundida en un gran llanto, lo estaba lamiendo con apasionada fruición. Tomé, de inmediato, el camino de mi cuarto, pero algo desvió mi atención y quedé flotando, como en sueños, dirigiéndome al salón, que era también una inmensa biblioteca, entrando en él justo en el instante en que sonaban las once campanadas. Junto a la chimenea, un espejo de caoba reflejaba la presencia de Gertrude que, en una postura fundamentalmente obscena, estaba ya sentada en un canapé rojo cuando entré, al mismo tiempo que Eva, en el salón. La biblioteca adquirió insospechadas proporciones, rodando circularmente en mi cabeza. Se difuminó el techo, dando paso a un estrellado firmamento que observé maravillado poco antes de derrumbarme sobre la alfombra —cuyo dibujo central imitaba el anagrama de Demencia— y creerme envenenado por un té ceilandés que, al día siguiente, comprobé que nunca existió.
Apuntes de mi diario de 1970 me hacen ver que las últimas y más confusas impresiones de aquella noche de enero deben ser tomadas como la experiencia onírica que precedió al momento en que, al día siguiente de mi llegada a Honfleur, desperté bruscamente en mi cama, atormentado por la neuralgia más feroz. La pesadilla que acababa de soportar me era muy familiar, pues, a lo largo de incontables noches, el velo de la locura me envolvía con tenacidad, trasladándome al salón-biblioteca de la casa de mis tutores: vieja guarida, que se me ofrecía como secreta granada salvaje cuando quería convertir mis lecturas en paisajes a punto de estallar, en islas de fuego que podían reventar y desplegarse como cartografías del gran infierno de mi pensamiento.
La primera noche que paso en un lugar desconocido resulta siempre terrible para mí. El día que le sigue es desalentador. La biblioteca aún giraba en mi almohada cuando desperté con los nervios rotos y vi que una Gertrude muy distinta a la de la noche anterior introducía, con la discreción y el servilismo propios de su oficio, una bandeja de plata sobre la que tintineaba la más cordial de las teteras. Me abalancé sobre mi maleta en busca de mis pastillas antineurálgicas, y, al poco rato, la misteriosa mezcla de cafeína y butalbital me proporcionaba la serenidad pasajera que, en ese tiempo, tanto me estimulaba. Comencé a pensar en un poema que tratara de mi esfuerzo por convertir mi vida en un mensaje cifrado que remitiera a unas claves que le otorgaran grandeza —una grandeza abyecta, probablemente—, y descubrí a tiempo que esto exigía el esfuerzo de saber verme a mí mismo como personaje de ficción, pues se trataba, en suma, de arriesgarme y exponerme, intentando acceder desde el sórdido infierno de mi existencia personal a la región del mito artístico, operando así una acción directa de la poesía sobre la vida real —es decir, un proyecto parecido al que me propuse cuando inicié este libro.
Me levanté de la cama con una intranquilidad que remansaba, más que con la angustia de quien acaba de atravesar un oscuro salón de pesadilla. Me senté en un escritorio, que estaba situado junto a una alegre ventana, desde la que divisé el mar; me dispuse a escribir aquellos versos que tan indispensables me parecían para mi supervivencia, pero en cuanto tomé la pluma observé que todas mis ideas y futuras frases se desvanecían al abandonar su ritmo propio para adentrarse en la fatalidad a una ley desconocida. «A través de una metáfora —me dije— contaré que esta noche soñé que se incendiaba una biblioteca.» «No, no escribas nada», oí que decía una voz a mi espalda. Me giré rápidamente, pero detrás de mí no había nadie ni nada, salvo una puerta gris empotrada en una pared blanca en la que colgaba un triste paisaje rural. Miré la hoja en blanco y tuve un arrebato de furia, y sentí impotencia. Libros, cenicero, un despertador, pastillas, tintero, todo cayó al suelo, y la madera manchada y atormentada emitió crujidos de protesta contra mi sequía poética. «Cuánta tristeza en una hoja de invierno», escribí apresuradamente sobre la hoja que, a continuación, arrugué avergonzado. Me quedé mirando el horizonte, la confluencia de las nubes con el mar. Tomé la pluma, y en el preciso instante en que me disponía a reiniciar mi poema, oí que, al fondo del cuarto, alguien avanzaba hacia mí, deslizándose, con ágiles pasos de claqué, sobre el frío suelo de madera. Miré, y era Héctor.
Se reía de mi hoja en blanco y del vuelo y la caída de mi pluma sobre el escritorio. Su aspecto era penoso: sus dientes, por ejemplo, estaban sucios y se entremezclaba el polvo con las ondas oscuras de sus cabellos. Cuando se calmó, le vi sentarse, cruzar las piernas, mirarme, echar hacia atrás el sofá, ponerse un sombrero, y, en cinco zancadas, plantarse ante la puerta, abrirla de golpe, asomar la cabeza al exterior, volver a cerrar, acercarse hasta mi mesa e imitar el chirrido del gozne en mal estado, tomar al azar una de mis revistas y mostrar su disgusto ante un titular que proclamaba la muerte de Chelsea.
Le pregunté si acababa de regresar de Londres, pero se encolerizó de tal modo que aumentó el sonido de su chirrido, al tiempo que me responsabilizaba del titular de revista. «Sólo un incauto como tú —dijo— puede escribir tal necedad. Porque, vamos a ver, ¿y los bosques?, ¿acaso los bosques no están muertos?»
Se interesó por mi último sueño, porque dijo que quería interpretarlo, y eso colmó mi paciencia. Le hice ver que detestaba el alcohol matinal, odiaba el falso malditismo en los poetas, me aburría la dimensión fantástica que daba siempre a sus palabras, prefería el sentido literal de una frase al símbolo oculto tras ella. Fui hasta el diván mas cercano, me recosté en él, y dije que todas las mañanas me dedicaba a recordar los detalles de mis sueños sin recurrir a ningún símbolo sexual ni a complejos míticos. Fui hacia la ventana y miré la extensión desierta que podía adivinarse tras el horizonte. Traté de confundir a Héctor. «El mundo sensual —dije—, el mundo marino, soleado, donde creo vivir, ¿es real?, ¿no será un sueño que persigo toda la vida?» Arrojó enfurecido la revista y dijo que yo hablaba como el héroe de una novela. Comenzó a pasear, muy nervioso, con las manos hundidas en los bolsillos, y, de vez en cuando, me miraba y se reía de mí, cada vez con menor convicción. De pronto, se detuvo y me miró fijamente para decirme: «No más sílabas, ni caramelos, ni dientes blancos como la nieve». Dicho esto, derramó una gruesa lágrima, y, girándose lentamente, abrió la ventana, salió a la terraza, y, más allá de los árboles, del mar y del horizonte, eligió su mejor aspecto y quedó como petrificado contemplando el paisaje, y todo eso lo registré para siempre en las páginas de Aroma, mi segunda novela.
Pasado el éxtasis (el tiempo infinito de una novela de juventud), sus rasgos adquirieron una expresión melancólica que llegó al umbral de mi indignada lucidez. Desde el jardín, Eva le llamó, con autoritaria voz, y él palideció de horror. «Su voz retumba en su punto más alto, pero luego se pierde en la distancia», le oí murmurar. Después, le ayudé a ponerse la chaqueta, mejoré su aspecto, intenté peinarlo, y le di ánimos. Me miró con esa combinación criminal de timidez y osadía. Rió de un modo atroz, desatado, histérico y perverso. Y cuando fue al encuentro de Eva, le despedí afectuosamente, postergué la redacción de mi poema y me dediqué a examinar el paisaje que se divisaba desde mi privilegiado observatorio.
Todas las mañanas, sin excepción, deambulo por jardines, inventándolos. Esa mañana, cuando bajé al jardín, solo tuve ojos para Eva, que, a lo lejos, con abrigo de leopardo moteado, paseaba leyendo. Largo rato estuve observándola, mientras me dedicaba a atravesar unas hojas con la punta de mi bastón. Después, cuando mi vista se fatigó, estudié el ambiente que me rodeaba. Aún recuerdo la tranquilizante impresión producida por la amplia y clara fachada, las ventanas abiertas, el humo de las chimeneas, el césped y las flores, el suave crujido de mis pasos en la grava, y las verdes copas de los árboles, cuyas cúspides parecían perderse en el cielo gris de aquella mañana. Era tal la calma y belleza del lugar que pronto me invadió una sensación de absoluta desconfianza.
En la puerta principal de la casa, apareció Gertrude, seguida de un cameraman, un viejo con aspecto de sátiro: el mayordomo, muy sonriente, y dando saltos que le permitían avanzar con gran agilidad pese al peso de los años y de la cámara. Los vi dirigirse a un rincón del jardín, un lugar parecido a uno de aquellos estudios fotográficos del siglo pasado, que, con sus decorados y palmeras, sus arabescos y caballetes, estaban a medio camino entre la cámara de torturas y la de ecos. Allí acamparon. Gertrude, con falda sobrecargada de bordados, posó delante de un paisaje de invernáculo. Sobre el fondo, había rígidas ramas de palmera, y, como si tratara de convertir en más caluroso y sofocante aquel trópico falso, ella tenía en la mano izquierda un sombrero de anchas alas. Pensé que la luz de aquel día invernal era la más apropiada para la fotografía tropical que había imaginado, pero pronto descubrí que la instantánea no era posible. Deslumbrado por el sol del mediodía, Héctor, que avanzaba soñando imágenes, sollozó, de pronto, ante el espectáculo de un pájaro falso que rozó, con las alas, su melancolía. Le vi derramar lágrimas que descolorieron aún más el descolorido traje que tan buen juego hacía con el color de su piel y de su poesía. Y finalmente, el esplendor de la hierba, la brisa marina y ciertas nubes que se dispersaron sobre una cercana colina constituyeron los triviales sucesos que precedieron a una escena memorable, pues fui a donde estaba Eva y quedé atrapado en la red de este relato, cuya única trama —pronto lo sabría— era la aventura de mi destrucción.
4
Atrás quedaron otros tiempos, y hoy vicio y vacío palabras, compulso la lengua al abismo hasta que se hace el ritmo en mi corte. Pero la nostalgia me invade cuando pienso en lo agradable que era, de niño, caído en una vasta hora de soledad bajo la lámpara, tener fe en las palabras y cambiar de plumilla, escribir en cuadernos de música, tachar, insertar, volver a tachar, arrugar hojas, escribir cada frase cien veces, copiar luego el poema en tinta roja y letra inglesa, revisar de nuevo la totalidad, recopiarla con nuevas correcciones, dictarla finalmente a una secretaria imaginaria, alguna actriz que, frente a mi ventana surgía de los paneles de ensueño del cine Metropol. Si mi niñez fue esa mancha negra de tinta que se esparcía por el laberinto de una mano encantada, de una mano poseída que trataba siempre de restar eternidad a la muerte, curioso es constatar cómo más tarde mis mejores hábitos, al igual que el toro en la corrida, iniciaron una lenta agonía en espera de esa muerte que reclama, desde los márgenes del poema, a un imaginario silencio: desapareció el baile de plumillas, y los cuadernos de música dieron paso al papel cuadriculado, y mi memoria ya no fue más refugio en el pasado, ni aun a efectos de revivir lo que tuviera de dolor, sino desvelamiento de la ruina en la que vivían los sueños infantiles. Y así fue como por los grises espacios del tiempo se filtraron las primeras imágenes desoladas del triste y cruel poema que Eva me mostró aquella mañana, en el jardín.
—Por cierto, ¿qué sabes tú de este poema? —dijo ella, al verme llegar, tendiéndose en la hierba y recogiendo sus piernas.
Su cabellera negra le caía en cascada sobre el abrigo de leopardo, y su modo de echarla hacia atrás y la extrema seducción de su mirada pertenecían a ese tipo de revelaciones a las que acompaña el sentimiento inmediato de estar enamorado. Pero ahí es donde el ridículo comenzó a rondar tan plácida y acostumbrada situación romántica. Recordaba el poema, recitado por la vaga estrella de una ficción amada, y, por unos momentos, mientras lo leía en voz alta, me sentí en una isla mecida por las aguas, acunando mis últimos sueños de incesto.
Concluida la lectura, me tendí en la hierba y hablé, durante un rato, de mis antiguos hábitos de trabajo, un tema en el que venía pensando desde que crucé el jardín en dirección al lugar donde ella, dándome a leer Le ricordanze, comenzó a emitir signos amorosos que eran también engañosos, pues sólo se dirigían a mí escondiendo lo que en verdad expresaban; es decir, el origen de mundos desconocidos. Acerqué mis piernas a las suyas, y junté los labios para besar su rodilla y vi interrumpida mi acción por la mano de ella, que se posó en mi hombro y no sólo detuvo delicadamente mi avance sino que me empujó hacia atrás lo suficiente como para que perdiera el equilibrio y acabara cayendo en el ridículo más espantoso al desplomarme precisamente sobre las únicas flores del jardín. Constaté, una vez más, que nunca escaparé a cierta maldición que consiste en que cuando compruebo, o creo haber comprobado, que me siento enamorado, o cuando todavía no sé hasta qué punto de vértigo me he enamorado, una mujer, en el ángulo de un espejo, se ríe de mí.
—La cocinera y el mayordomo —dijo Eva.
—¿Cómo dices?
Se rió.
—Que nos espían.
—Casémonos.
—Bueno —dijo, descargando el puño sobre la hierba.
Este diálogo, como tantos otros, no fue más que escritura automática en un vendaval de polvo, pero lo reproduzco porque conviene que aquí se vea hasta qué punto mis propias palabras me traicionaron. Al llegarme, una vez más, la impresión de que un genial escritor dictaba mis frases, cometí el error de poner en marcha los mecanismos de este teatro en el que a la conjugación del verbo amar sigue el espectro de una boda junto al río, la devoción a la economía del hogar (ley estricta donde las haya), pipa turca, dorados bucles de los niños, zapatillas y cortinitas cerradas. Sin otras perspectivas, aquella mañana, en cuanto Eva descargó su puño sobre la hierba, me dejé atrapar en un teatro inmaterial.
—Bueno —repitió Eva, ocultando esta vez su cara en mi pecho.
Tardé en volver a ver su rostro, y cuando lo vi me pareció que danzaba en una nube roja. Traté de ayudarla a tenderse más cómodamente en la hierba e hice que apoyara su cabeza en mis muslos, sosteniendo su nuca en alto. Me incliné luego sobre su rostro, y, cerrando los ojos, creyéndome transportado por la nube roja, besé a Eva. El idilio era visible. Pero ella, hablando atropelladamente, con el tono de una voz interior, se deshizo súbitamente de mi abrazo, dio un grito, me escupió en la cara, y, en su desatada furia, una mueca desfiguró su rostro. Yo, tan dentro como fuera de mi desgracia, odié a Eva, y, por lo tanto, me sentí arrastrado por el impulso y necesidad absoluta de amarla. La biblioteca volante de mis sueños se extendió, de pronto, como una gigantesca araña, abultando como un tumor monstruoso que oprimió mi cerebro como el mundo en expansión del delirio. Miré hacia arriba, donde comenzaban a dispersarse definitivamente nubes de vaga inquietud, y el deseo se hizo tan intenso que acabé implorando a Eva que me visitara, lo más pronto posible, en mi habitación. ¿Y cuál fue su respuesta? Una gran risa. ¿Y de qué me habló ella? De su jardín, probablemente, de preparar pasteles, y del viento que se levantó una noche mientras Héctor estaba fuera, y cómo ella había tenido el valor de dormir a oscuras.
Ya camino de mi cuarto, se intensificó el paso rítmico de volúmenes y anaqueles que frenéticamente danzaban, sin la menor compasión, en mi mente. Lo que entonces vieron mis ojos fue simultáneo: pasó un pájaro pardusco que rozó, con sus alas, mi melancolía; Eva apretó sus labios; la luz invernal rubricó la huella del gesto de Gertrude al alisarse el pelo sobre la frente. No alteré el rumbo de mis pasos, encaminados, con decisión, hacia la casa, a la que llegué aturdido. Toda mi ambición se cifraba en tomar un nuevo calmante y sentirme invadido por una deliciosa ola erótica que me enviara directamente a la cama en la que aguardaría la visita de Eva. Comencé a subir, de tres en tres, los rojos peldaños de la empinada escalera central, y tropecé finalmente con un tramo en forma de trapecio, recién pintado de rosa, retrocediendo, en triple salto mortal, al origen de mi escalada; es decir, regresando al pie de la escalera, allí donde, observándome con curiosidad, se encontraba ya el mayordomo dispuesto a echarme una servicial mano. Se hallaba ante mí con sus pálidas mejillas vampirescas, sus ojos como rubíes falsos, sus breves canas sobre una pista de charol. Me resistí tenazmente a que semejante personaje me compadeciera, pero me dolía tanto la espinilla que no tuve más remedio que aceptar la ayuda del viejo, que socarronamente me fotografió en silencio. Yo, tumbado sobre la alfombra, entre un arcón y la pared, más bien parecía un mendigo deslumbrado por un foco invisible que un poeta en el umbral de la fama, de modo que traté de recobrar mi dignidad y serpenteé por la alfombra realizando una serie de altivos gestos que culminaron en una doble petición: la mano que ayudara a levantarme, y un ruego para que permaneciera atento a mi correspondencia, ya que aguardaba la respuesta de una editorial catalana que debía publicar mi primer libro de poemas; le repetí mi indicación en francés, y él ni se inmutó, y, pese a que su cultura más bien parecía fragmentaria y trivial, se valió de un brillante giro verbal para formular una extraña metáfora sobre la desdichada vida de un lirio, al que tuvo la osadía de relacionar, de un modo no excesivamente velado, conmigo.
En la creencia de que Eva acudiría a mi cuarto, reinicié la escalada. Al llegar a la primera planta, me aterré: a través de una puerta entreabierta, vi a Héctor completamente enjabonado, meditando, con los codos apoyados en su viejo pupitre escolar. Desde mi posición en el umbral, le vi comportarse como si del prisionero de Tubinga se tratara: con los ojos brillando como fuego apasionado, había tomado un cortaplumas y escribía con él sobre la madera escandiendo el ritmo de sus invisibles versos con los dedos de la mano izquierda, exclamando un «hum» de satisfacción al terminar cada una de sus rayas sobre el pupitre, al tiempo que movía su cabeza en signo de aprobación.
Abandoné la adolescencia. Me pregunté por qué él había dejado de escribir y descarté, de inmediato, los motivos que me parecieron más obvios (la indiferencia de los círculos literarios, no haber encontrado el lenguaje que exigían sus visiones, pérdida del habla en el momento en que tenía algo que revelar), y pensé que era un auténtico misterio si consideraba mi imposibilidad de saber si su decisión de callarse estaba destinada a llevarle más allá de la poesía, si era una última exigencia o un abandono puro y simple. En cualquier caso, él parecía describir su renuncia como una victoria, un nuevo paso adelante, y resultaba justo pensar que, al escoger ese silencio aparentemente trivial, escogía también la vida inauténtica, la de la acción.
Héctor no podía estar más activo. Le observé largo rato, asombrado, hasta que el azul frío / del que estaba revestido / besó el ángulo helado / de mi glacial mirada. En efecto, tal como me ocurre muy a menudo ante la irrupción de un exceso de imágenes, dudé de la óptica con la que me aproximaba al variado repertorio de escenas de aquella mañana. Héctor descubrió que le espiaba y dio un grito terrible, proyectando, en señal de amenaza, su sombra sobre la mía. Pensé, de un modo espontáneo, en una imagen poética: el otro que anidaba en mí / desplegó el puñal de hoja gastada / y cortó la garganta del joven / poeta que le espiaba. Y el ruido del viento atravesó el aire fresco de la mañana, y de mi rostro ningún pliegue se contrajo cuando, un instante más tarde, el azul frío del que estaba revestido besó el ángulo helado, etcétera. Comprendí que tenía el borrador de un futuro poema, de modo que dejé al enjabonado Héctor y fui a tomar notas a mi cuarto mientras aguardaba a que Eva me visitara. «El idioma de la muerte» fue redactado en dos breves sesiones; la primera de ellas quedó interrumpida en el instante en que Eva, que apareció vestida con una combinación agujereada y un collar de perlas atado a modo de cinturón, me acorraló junto a la cama, y, entre un vuelo de sábanas, se movió como se mueve una atalaya en lo más alto de su ámbito, y luego cayó pesadamente fuera de su cuerpo.
5
Era elegante, seductora, muy bella, de ideas fijas y la más caprichosa del mundo. Era más bien malvada en un sentido y tremendamente estúpida en otros. Una de esas mujeres que no acaban de cerrar nunca del todo los grifos. Y era también, tardé en saberlo, maniobrera. Desplegaba un galanteo poético, deslizándose cada noche en mi cuarto, sentándose en mi cama, leyendo sus extraños versos. Aunque se trataba de pésimos poemas, yo elogiaba su talento, la besaba con ternura y nunca me preguntaba cómo era posible que, siendo ella inteligente, escribiera tan torpemente. Ser surrealista era, para Eva, envenenar moscas en una gaveta, por ejemplo. Y utilizar en las comidas una salsa nada adecuada al plato correspondiente era, según ella, un acto muy creativo, absurda idea que, ante el espanto de Héctor, la llevaba, por ejemplo, a rociar con curry un pato a la naranja. Añádase a tanto absurdo su insistencia en llamarme Stein.
—Stain —intervine yo, pero era inútil.
Hasta que un día descubrí que tanta insensatez, lejos de ser absurda, era simplemente deliberada. Formaba parte de un calculado plan para enloquecer, todavía más, a Héctor, y conseguir que yo acabara con él. En efecto, examinando más atentamente alguno de los penosos versos de Eva, observé cómo, en muchos de ellos, manifestaba su deseo de que la librara de los desvaríos de su hermano; en otros, me pedía que me casara con ella («esa boda no sería quimera / si Héctor no la impidiera»); otros glosaban las excelencias del crimen perfecto, o bien elogiaban el asesinato, una de las bellas artes, etcétera.
El descubrimiento me turbó. Nada tenía contra el crimen, pero las razones que Eva esgrimía para acabar con Héctor me parecían frágiles y demasiado rodeadas de una extraña fe en la poesía. Me molestaba, además, que se sintiera tan segura
de poder sojuzgar, a través de sus versos, mi voluntad, y que, en un caso inaudito de jactancia juvenil, viera en mí a uno de esos pobres diablos que están dispuestos a vivir una historia de amor dejándose doblegar, degradar, arrastrar por un cuerpo rigurosamente lujurioso. A mí nunca me dominó nadie.
Bien. En honor a la verdad, debo incluir una nueva inserción: cierto episodio nocturno que se inició cuando un Stein arrogante se enfureció al descubrir que Eva leía, en la intimidad del salón-biblioteca, Of Human Bondage. Como se consideraba novio formal de ella, se sintió obligado a arrojar la novela por la ventana. Su gesto le valió un castigo ejemplar, pues tuvo que descender al jardín, desorientarse en la noche y perderse en la maleza hasta encontrar el libro, desnudarse en la cocina y pedir perdón de rodillas ante una despótica novia que le azotó con sumo placer.
Una tarde, casualmente, entre una maraña de imágenes, descubrí, en circunstancias inesperadas, la única razón poderosa para acabar con Héctor. Hasta aquella tarde, Eva había venido apabullándome con centenares de indirectas, nada convincentes. Pero ese día, íbamos ella y yo por la polvorienta avenida que, bordeando el mar, unía la casa con Honfleur, cuando, de pronto, las olas rugieron con extraño dinamismo. Ante la amenaza de borrasca, recuerdo que miré a Eva, que, sonriendo, insistió en sus burdas persuasiones y propuso que simuláramos la muerte de un nuevo Werther. Siguió un rugido espectacular de las olas, y vi gaviotas al borde de los abismos. Eva invocó la belleza plástica de la escena en la que hallaríamos el cuerpo del suicida. Me pregunté, de inmediato, por qué iba yo a cometer un crimen tan culto, y una vez más, rechacé la idea. Insinuó Eva que yo cometería el crimen simplemente para poder seguir a su lado, pero pensé que tampoco era razón suficiente, tan sólo una amenaza, y traté de besar sus labios. Su rigidez y frialdad (como un aviso de lo que me aguardaba si no accedía a sus deseos) derrumbaron la torre de mi ardor. Fue entonces cuando, de pronto, apoyando mis codos sobre una baranda azul que se desplegaba sobre el mar, presté atención a un yate que bordeaba el horizonte. Lo miré tan fijamente que, al poco rato, vi la ventana de uno de los camarotes y me interesó el empapelado azul, el embaldosado blanco y negro, las sillas, armarios, cortinas, mesas, etcétera. Detalles que, en realidad, me resultaban por sí solos fastidiosos y aburridos, pero que no dejaban de atraerme. Comprendí que estaba satisfecho de que se encontraran allí, precisamente porque, al igual que las descripciones en las novelas, hacían posible el camarote y que en éste ocurriera algo. Me aterré. ¿Y si no sucediera nunca nada en el camarote?, ¿si el cuarto permaneciera siempre vacío? «Podría ser —me dije— que todo cuanto acontece, todos los acontecimientos que vislumbramos, sólo contribuyesen a hacer visible el camarote, el cuarto cada vez más susceptible de ser descrito, más expuesto a la claridad de un descripción completa, firmemente delimitada, aunque infinita.» No era la primera vez que pasaba de la reflexión a la fantasía para poco después pasar de la fantasía a la reflexión, pero sí era la primera ocasión en que la súbita aparición de imágenes me remitían no sólo al terreno poético sino también al novelístico.
Rota la demarcación entre los géneros, vi a Héctor en el instante intemporal en que se estrellaba contra el alféizar de la ventana del camarote. Y me quedé, de nuevo, reflexionando. Pensé en el desdichado, en su desahuciada letra, en su apego vacío a un ideal vacío, en sus deseos de suicidio, en esa impotencia suya que no le dejaba abrir los ojos sobre sí mismo, y me sedujo la idea de intervenir brutalmente para acabar con la ficción de su arruinada vida.
Bajo la lluvia, el camino de vuelta fue húmedo y fúnebre, y el atardecer que hoy evoco (memorable por la imagen de violencia en el alféizar) fue pródigo en trivialidades: la helada sonrisa del mayordomo al abrirnos la puerta; los fríos huesos de un pavo en el plato de Gertrude; los cantos de un tenor radiofónico; la lectura de una novela idiota; mi encuentro con Héctor, que presentaba un cómico aspecto cuando le encontré en su habitación.
Fui a verle porque estaba alarmado de mi progresivo abandono de la poesía. Quería, por otra parte, estudiar de cerca el posible escenario de mi crimen. Pero el desorden espacial, que siempre desata mi sentido del humor, me alejó inmediatamente de mi malestar y de la idea central sanguinaria, pues nada puede parecerme más gracioso que la visión de un poeta maldito luchando desesperadamente por introducir un pie calzado dentro de una estrecha pierna de pantalón vaquero que danza desmañada. Me reí a gusto ante aquel espectáculo, aplaudí tan fina ironía, pero me lastimé una mano contra la lámpara de pie y perdí ambos zapatos en la pelea que siguió. Cuando cesó el combate, me hallé sentado sobre el frío suelo de madera, y, aunque había aumentado notablemente el desorden espacial, éste ya no desataba mi risa. Me armé mentalmente hasta los dientes. Héctor, junto a la ventana, había roto un cigarro y se dedicaba a mascar nerviosamente los pedazos. De pronto, habló de constelaciones, de estructuras óseas, excavaciones, mitologías y amor. Le noté tan enloquecido que me dio lástima verlo predispuesto a estrellarse, en cualquier momento, contra el alféizar, pero pensé que nadie creería que se había suicidado con tanta estupidez y tan escaso estilo, de modo que me limité a pedirle que me ayudara a levantarme del suelo. Me miró con indiferencia. «¿Me ayudas o no?», le pregunté en tono conciliador. «Niatsnets», respondió él, y pronto supe que, con esa palabra, a veces quería decir sí y a veces no. Sentí un fuerte dolor en mi pierna izquierda, y pensé que, en el fondo, muy a pesar de todo, le guardaba cierta simpatía al desamparado Héctor. Él me tendió la mano amigablemente, y cuando fui a sujetarla para incorporarme, la apartó con la suficiente astucia como para que yo cayera grotescamente, de culo, sobre una esterilla. Me serví de un sillón para lograr, por fin, ponerme de pie. «Cojeas sensibleblemente», comentó él. «¿Y te parece divertido?», pregunté yo. Se limitó a sentarse en su pupitre. Me quedé un rato delante de él, pero no me hizo ningún caso. Pensé que se inquietaría, pero no fue así. Comenzó a redactar una Carta al padre en términos confusos, de protesta, con escritura desesperada, sin puntuación ni oraciones estructuradas. Me alegré de que hubiera abandonado sus rayas en el pupitre y le perdoné la vida. Pero, de pronto, me alarmó que sus ojos se clavaran en los míos. «No soporto tus poemas», dijo tranquilamente. Y a partir de ese momento, su indiferencia hacia mí fue tan inmensa que tuve que abandonar la estancia.
Hasta donde alcanzan mis recuerdos, es como si, en sueños, estuviera siempre destinado al horror. Aquella noche, creyendo que Eva enloquecía en el centro de una biblioteca en llamas, llegué al punto vital de la pesadilla: empuñando una metralleta Stein, avanzaba yo por corredores de ensueño buscando a Héctor para matarle. Pero, al entrar en su lavabo, leía, escrita con carmín rojo en el espejo, la leyenda con la que se despedía de mí. «Adiós, te dejo, porque no puedo soportar tus poemas.» En la bañera, entre neblinas celestes, flotando junto a una lira, se hallaba el cuerpo de Héctor: boca abajo emergiendo suicidado por entre el deslumbrante rojo del agua normanda que me despertó.
6
Dormí hasta el mediodía y Eva me despertó con un jarro de agua fría. Mientras aguardaba la hora del almuerzo, trabajé en la parte final de «El idioma de la muerte». Pero estoy harto de mi poesía, y creo que nunca llegaré a escribir ni un solo buen poema. Escribo mal. (Últimas notas de mi diario de enero de 1970, redactadas tras el agitado sueño ya referido.) Por aquellos días, me resultaba siempre difícil ser más explícito acerca de mi obra poética, ya que tenía la impresión de que mis versos nacían de un estado de alucinación que venía provocado por un choque, objetivo o subjetivo, del que era enteramente irresponsable; tenía la impresión de que me esforzaba en alcanzar, a través de mis medios expresivos, una mayor claridad, y que, sin embargo, terminaba siempre mi tarea en la oscuridad del ajedrecista que se da por vencido tras un abismo de reflexión. A principios de febrero, incluso estas teorías sobre mi actividad poética se derrumbaron, lo que permitió a Eva comentar que mi progresivo silencio y la locuacidad banal de Héctor se compensaban. En efecto, algo de esto estaba ocurriendo. Lentamente, mi poesía había tomado el rumbo de la poesía de Héctor, mientras que en éste la locuacidad banal iba en aumento.
Bajé a comer y Gertrude reparó en mi cojera. Le pedí que me reanimara con licores fuertes como metal fundido, pero se desentendió de la metáfora, limitándose a abrir las puertas que daban a la gran vidriera, que, a su vez, se abría a la terraza en la que un optimista Héctor, cojeando ligeramente de su pierna izquierda, trasladaba, de un lado a otro, un grueso volumen de poesía, que, con asombro e indignación, identifiqué como mío. Se trataba, además, del ejemplar más celosamente oculto en el mas oculto compartimento de mi maleta. Al verme, él pareció alegrarse. Me saludó con cortesía, encendió un cigarrillo, y me preguntó si conocía el museo Moreau, si había estado en Bretagne, y si aceptaba tomar una copa de vodka con él. «No comprendo —le dije serenamente— por qué has estado hurgando en mi maleta.» Se indignó, y probó, con los más convincentes e irrefutables argumentos, que el libro pertenecía a su biblioteca. Me acusó de habérselo robado, y, por un momento, llegué incluso a creer que, en efecto, se lo había robado. Me dejó tan perplejo que opté por refugiarme, de nuevo, en la casa.
¿Dónde estaba Eva? Gertrude lo ignoraba y no dejaba de observar mi cojera. Fui hasta mi cuarto, hice la maleta, me senté en la cama, releí a Klee, comprendí que nada tenía que hacer en aquella habitación. ¿Cuándo me avisarían para el almuerzo? ¿Me avisarían? Fui a lavarme las manos, y, al mirarme en el espejo, recordé el sueño con el que me había despertado, y, en ese momento, descubrí otra imagen de mí mismo, la imagen inaprensible que derrumba la idea que tenemos de nosotros. Cuando toqué el grifo del agua caliente, me di cuenta de que estaba hirviendo. ¿Acababa de salir agua de él? ¿Dónde estaba Eva? Di la vuelta al grifo, y, al principio, salió aire, y luego, de golpe, un líquido hirviente que me salpicó. Salté hacia atrás en un instintivo gesto de defensa y me llevé la mano a la oreja, un gesto muy habitual en Héctor. Me aterré. Al igual que en mis años de adolescente, tras descubrir en mí la repetición inconsciente del gesto más peculiar de alguien a quien no quería parecerme, me vi forzado a dirigirme un gesto de asco que anulara rápidamente al anterior.
Me llamaron para comer y se inició la escena de pesadilla que iba a trastornarme hasta límites insospechados. La terraza se había convertido en una gran platea desde la que se divisaba el pálido espectáculo del día de invierno. Eva y Héctor leían, al unísono, mi libro de poemas, y, de vez en cuando, intercambiaban comentarios en voz muy baja. Me acerqué para escuchar qué decían, y, de pronto, Héctor se transformó en el brillante imitador de un extraño personaje. Lo imitaba con divertidos y grotescos registros de voz que se apoyaban en gestos bufonescos que, por un momento, me resultaron ligeramente familiares. Eva, a su lado, contemplaba la parodia con cierta frialdad, sin reírse, con el cuerpo rígido y esbozando el mismo gesto de desdén o de expectación, de atención o de desprecio, que acostumbraba a dirigir a quienes le resultaban indiferentes. Sentí una mezcla de cariño y odio hacia el sobrecogedor Héctor, cuya parodia no era más que un patético esfuerzo por seducir a su hermana.
Me pregunté a quién estaría parodiando. A juzgar por las frases que ponía en boca del personaje, éste era, sin duda, un individuo mediocre, abyecto, ruin e indeseable. Pensé, de inmediato, en uno de esos hombrecillos que ocultan sus insuficiencias en un discurso trascendente. El parodiado era, con toda seguridad, un poeta fracasado. Era también un miserable mendigo. El parodiado cantaba las excelencias de un jardín normando. El parodiado era un imbécil, no cabía la menor duda. Y, de pronto, cuando más confiado me encontraba, resonando su voz en mi conciencia, descubrí que aquel ser abyecto, grotesco, miserable no era otro que yo mismo. Me tambaleé en el pórtico de la terraza, hasta que Gertrude vino a socorrerme con una infusión de té que, con cierta altivez, rechacé. «En la cumbre de las parodias tolerables —me dije—, y usurpando mi propia máscara, creyendo que no me doy cuenta de ello, el condenado Héctor me imita.» Al entrar en el comedor, observé, con espanto, que no sólo había copiado mi modo de vestir, sino que mis gestos, mi forma de cojear, de reír, e incluso de mirar a Eva, habían pasado a ser completamente suyos.
¿Y qué decir de ella, de la maldita conciencia, ese espectro en mi camino? Fue la primera vez que pensé en despedirme de su tiranía, pero me arrepentí ante el vértigo de quedar suspendido en medio de una situación que, en el fondo, me apasionaba. Héctor se había aprendido muy bien mi papel, pero no había previsto que, una vez superado el sobresalto inicial, yo podía ser capaz de imitarle a él. Cuando lo comprendió, se enojó de tal forma que trató de abofetearme en el preciso instante en que precisamente me disponía a abofetearle a él. Aterrados, ambos bebimos vodka.
A la hora de los postres, la situación se había enrarecido notablemente, y Héctor se dedicaba a reptar sobre la alfombra. ¿Era yo también esa culebra? La vimos comerse con los dedos todo el arroz, imitar perdices, bueyes, e incluso adoptar la forma de una manzana. Descubrimos que, en su delirio, imitaba a todo aquello que deseaba devorar. Pidió más vino, imitó a una botella en el momento de ser descorchada, y, al ponerse en pie, se estrelló contra el alféizar de su ventana. Quedó inmóvil, como aturdido, en el suelo, mientras Eva le conminaba a que cesara en sus payasadas. El pidió una ambulancia, repetidas veces, hasta que, por fin, se incorporó, rió, preguntó por el Médoc, escupió. Terminada la botella, los ojos le centellearon; se puso en pie, se dirigió hacia donde yo estaba. Yo hice lo mismo, pero a la inversa, y aunque le vi venir de lejos, tropecé con él. Creo que fue inevitable que chocáramos ya que ambos habíamos decidido interceptamos el paso realizando los dos gestos idénticos que se correspondían como los de un solo personaje y su imagen en el espejo. Y colisionamos con violencia a causa de la brusquedad con la que, en el último momento, tratamos de evitar el choque.
Suspiramos, y él se había enfurecido por el accidente, dio unos pasos hacia atrás mientras farfullaba unos versos misteriosos. Comenzó a tomar carrerilla, con la cabeza por delante, en dirección a mi estómago, y aunque parecía, de nuevo, inevitable el choque —ambos realizábamos gestos idénticos—, en el último momento llevé a cabo el gesto más brusco de toda mi vida y me aparté ligeramente de su camino. Él fue a estrellarse con gran estrépito contra el alféizar de la ventana, quedando inmóvil sobre el frío suelo de madera, el verso interrumpido, la pirueta desdichada. Yo fui a estrellarme contra la pálida marquetería. Eva exigió a Héctor que se levantara de inmediato y Gertrude trató de ayudarle a incorporarse. «Terminaron las payasadas», dijo él mientras Gertrude le examinaba la profunda brecha que se había hecho en la cabeza. Eva le conminó a que se levantara de inmediato, y yo le rogué a ella silencio.
—¿Por qué? —dijo enfurecida.
—Déjalo tranquilo, por favor.
Me hizo el favor, lo dejó tranquilo. Intercambié miradas con Gertrude, encendí un cigarrillo. Afuera se preparaba una gran tormenta. Había uvas de postre, pero ya no me apetecían. Eva dijo que no quería dejar en paz a Héctor.
—Déjalo, te he dicho.
Bajé la mirada. Contemplé un tapiz azafranado.
—Pero ¿por qué?
—Porque está muerto —contesté simplemente.
Y, en efecto, lo estaba. Le dediqué «El idioma de la muerte», y, tras breves reflexiones sobre el carácter fortuito y terrible del accidente, abandoné la estancia, rindiendo homenaje a aquella muerte providencial, que tanto parecía facilitar mi porvenir, la continuación de mi viaje. ¿Era preciso que él muriera para que yo pudiera escribir? De un modo ciertamente inconsciente, yo había deseado muchas veces su muerte como el que persigue el fin de su demonio familiar más arraigado, en este caso, mi tendencia irremediable a abandonar la poesía. El fatal desenlace evitaba, o parecía evitar, mi deserción. Aun sabiendo que la poesía es silencio porque es lenguaje puro, veía crecer un cañaveral de palabras en el lugar donde había caído mi doble para que yo pudiera seguir escribiendo.
Mi pulso es firme y sostenido esta noche. He digerido la cena de un modo excelente y no he sobrepasado mi dosis cotidiana de Médoc. Hoy se ha celebrado el funeral por Héctor. Asistieron algunos vecinos y curiosos. Muchos curiosos. En el momento de escribir estas líneas, Eva está frente a mí, silenciosa, cubierta con una bata de color naranja, con las piernas desnudas y cruzadas, el delicioso cuello blanco realzado por un grueso moño negro, sentada ante el tocador, dando brillo a sus uñas. Nos casaremos en la Costa Azul. Clara impresión de estar entrando en una etapa luminosa. Doy por concluido aquí este diario de mi paso por Honfleur. (2.2.70)
7
A la mañana siguiente, Eva y yo abandonábamos Honfleur. ¿Es extraño que un cambio de lugar contribuya, a menudo, a hacernos olvidar como un sueño aquello que preferimos ver como irreal? En la fría mañana de febrero, tras dos largas noches y dos largas pesadillas en las que Héctor se me aparecía encarnado en una mancha oscura que reía y sangraba, salimos hacia París con un reducido equipaje, compuesto por mi maleta y dos baúles negros que depositamos en el compartimento posterior del negro automóvil que el mayordomo, impecablemente vestido de negro, conduciría hasta la puerta del Hotel Noir. Aún faltaba más de medio año para que llegara la primera crisis —muy violenta pero pasajera— en mis relaciones con Eva. Gertrude la besó en el cuello, y yo besé a Gertrude en la boca, en un gesto espontáneo, que años más tarde yo comentaría en una tertulia. Gertrude iba a ser testigo de nuestra boda; tenía resecos los labios por el viento, y me sonreía con cierta tristeza o enigmática complicidad. Las ruedas del coche comenzaron a rodar suavemente, y se cerró el tiempo de los adioses, y, de pronto, la mansión se fue convirtiendo en un extraño sueño enmarcado en la ventanilla posterior del coche. Miré hacia la casa y pensé que el secreto de su misterioso aspecto estribaba en estar dispuesta como una pintura, e imaginé que algún paisajista la había compuesto con los mismos pinceles envenenados con los que había pintado el negro telón de fondo de mi historia de amor.
Mi vida avanzaba, se deslizaba por el camino, hacia adelante, pero yo no podía dejar de contemplar la mansión, el jardín, la verja, los grandes árboles, la sombra de las rejas sobre la grava. Por fin, todo se diluyó en el paisaje normando y mi enfebrecido pulso recuperó su antiguo ritmo. Un cañaveral de palabras fue creciendo entre Eva y yo, que sentíamos que la poesía también tiene su diccionario de crímenes no confesados que vuelven siempre como los verbos y los adjetivos en el discurso cuando somos jóvenes y estamos enamorados y viajamos, hacia adelante, trastornados.