A las siete de aquella tarde de otoño, ella tomó el coche y partió en dirección a Haro, donde a la mañana siguiente le esperaba su marido. Desde las últimas disputas no habían vuelto a verse y aquella se presentaba como una ocasión propicia a la reconciliación. Habían planeado pasar unos días, en plena vendimia, por la Rioja (un viaje calcado del que diez años antes les había llevado al altar), pero sucedió que, en un cruce de caminos, ella se desorientó, aventurándose por una polvorienta carretera, y sólo al cabo de un par de horas pudo llegar a otra asfaltada en la que un borroso cartel, entrevisto a la luz de los faros, le indicó la cercanía de un pueblo, cuyo nombre jamás había oído, quizá por lo impronunciable del mismo. En ese momento comenzó a llover torrencialmente y, como no logró orientarse en el mapa, decidió que lo mejor sería quedarse a dormir en ese pueblo. Pero cuando llegó a él vio, entre rayos y truenos, que éste se reducía a cinco o seis caserones alineados a un lado y otro de la carretera, sin luz, probablemente deshabitados y con aspecto particularmente tétrico, así que, a pesar del cansancio y de lo avanzado de la hora, no tuvo otra opción que seguir adelante e intentar dominar (no ignoraba que estaba totalmente perdida) cierto miedo. Por eso, cuando a los pocos kilómetros dio con unas luces de neón que, sorprendentemente, anunciaban un hotel, sintió cierta desazón pero, al mismo tiempo, un profundo alivio.
El hotel era un viejo edificio, de madera alta, angosta, quizás un poco ladeada, con una cúpula cónica puntiaguda, más ladeada aún, con una puerta de hierro. Rodeaba la casa un breve jardín, desdibujado por la maleza y por la hiedra. A ella le pareció que, desde la espesura de ese jardín, alguien la vigilaba. Trató de no asustarse y llamó al timbre al tiempo que reparó en que había, en el primer piso, una ventana débilmente alumbrada por una lámpara. En cuanto sonó el timbre, esa luz se apagó y, poco después, se encendió la de la planta baja, abriendo la puerta un joven que a ella le pareció de gran belleza, dulce y seductor, de aire renacentista, sobrio en sus gestos. Ella observó que en el casillero no faltaba una sola llave, lo que le pareció una confirmación de lo que había sospechado al llegar. No había un solo cliente en todo el hotel. El joven, tras escuchar la petición de alojamiento, le entregó una llave con el número 7 estampado en una oscura chapa, y le dijo:
—Disculpe el atrevimiento, pero no disfruto de compañía a menudo. ¿Querría tomar una copa conmigo antes de acostarse?
Aunque él la atraía, también tenía miedo y cierto cansancio. Dijo que necesitaba descansar.
—Como usted quiera —dijo el joven, con expresión profundamente contrariada—. Si necesita algo, no dude en llamarme.
Ella se lo agradeció al tiempo que se preguntaba qué haría aquel espléndido joven en un lugar tan lúgubre como solitario.
—Oiga, ¿cómo se llama el hotel?
—No tiene nombre.
Pensó en preguntar cómo se llamaba el pueblo más cercano, pero temió una respuesta idéntica a la anterior y, antes de retirarse, pasó a la otra cuestión que la intrigaba.
—¿Es usted de la región?
—No. Escribo teatro. Llegué aquí huyendo de la vida de los cafés. Tanto en la Puerta del Sol como en Montmartre dormía poco, perdía la salud y no escribía una sola línea.
—Entiendo.
—Por cierto. En Montmartre fue donde la vi por primera vez.
Ella rió de una manera infinitamente seria. Y, no sabiendo cómo salir del paso, le dijo:
—Vamos, vamos…
—¿Adonde?
Ella disimuló su turbación y, con palabras atropelladas, insistió en que estaba rendida y necesitaba un descanso. Con un gesto desmesuradamente cortés, el joven besó su mano y desapareció. Antes de perderse en las sombras le dijo:
—Si cambia de opinión y quiere tomarse esa copa conmigo, no dude en llamarme. Hablaremos de ratones.
Sin poder disimular ya su turbación, ella se dirigió apresuradamente a su cuarto. Pero ya en la cama se dio cuenta de lo difícil que iba a resultarle dormir. Estaba muy alterada tanto por aquel extraño que la había fascinado como por la posibilidad de que aquella noche fuera asesinada y nunca se descubriera al culpable. ¿Cómo iba alguien a sospechar que se había detenido a dormir en el hotel de un raro? Sintió pánico mezclado con cierta perplejidad, y ambos sentimientos fueron en aumento cuando reflexionó sobre las últimas palabras del joven. ¿De qué ratones quería hablar? ¿Y lo de Montmartre? ¿Sería cierto que él la había visto en Montmartre? Entraba dentro de lo posible porque en ese barrio ella había vivido más de un año. ¿Y lo de la primera vez? ¿Cuántas otras la había visto ese joven? Pensó en armarse de valor y llamarle, aceptar esa copa, hablar de ratones. Pero finalmente el miedo se impuso a la curiosidad y se dijo que sería prudente aguardar a la mañana siguiente. Después de todo, aquel joven era un raro, y de un raro puede esperarse siempre cualquier cosa. Tanto el amor como la muerte.
De pronto, recordó lo desgarbado y mezquino que era su marido y le bastó con pasar revista a sus numerosas infidelidades para volver a detestarle, esta vez con más fuerza y rabia que nunca. No, ni soñarlo. En Haro no habría reconciliación. Es más, no iría a Haro. Odiaba al mezquino desgarbado especialmente por su inconstancia en el amor y, además, por grosero, pelendrín, falso búho y bravucón. Era lo más opuesto a aquel joven solitario al que sólo por precaución mantendría, aquella noche, apartado de ella. Le mantendría apartado porque a veces los jóvenes solitarios practican el asesinato. Matan para vencer su miedo al miedo. Y viven del miedo, del miedo. Diciéndose esto, se durmió.
Soñó que se deslizaba por un barranco nevado y que seguía después por un angosto sendero hasta la boca de una caverna. Desde la oscuridad le llegó un rumor de risas y despertó. Despertó convencida de que algo estaba sucediendo fuera de su sueño. Y fue entonces cuando oyó las voces, el cuchicheo de unas mujeres al otro lado del tabique en que descansaba su almohada. Pegó el oído a la pared, pero no logró averiguar de qué hablaban. Y no tardó mucho en comprender que las voces estaban por todas partes. En ocasiones se aproximaban mucho a ella y en otras se alejaban aunque lo hacían con una intensidad que contradecía la lejanía. Abrió la luz y las voces cesaron de golpe, no así las risas. Cuando cerró la luz, volvieron las voces y, gracias a una descomunal atención, acertó a descifrar algo de lo que decían. Le pareció oír:
—Pero, bueno: decir eso es como no decir nada.
—Sí, tiene razón. Pero ¿puedo repetirlo?
—¡Chist!
—Etcétera, etcétera.
—Pero, bueno…
En este punto cesaron las voces y ella escondió la cabeza bajo la manta, y entonces oyó que se reanudaba la conversación, pero ésta se había hecho tan recogida (como si se desarrollara también en un muy cercano y a la vez lejano lugar bajo las sábanas) que no logró entender nada. De pronto, las voces aumentaron su volumen y le revelaron el secreto del joven raro. Con sudor frío, jadeante y agotada, se dispuso a encender la luz cuando vio que se encendía la del pasillo, y oyó pasos, el constante avanzar de su enamorado. Sentada sobre la cama, retrocediendo con temor hacia la pared, vio cómo giraba el picaporte, y fue entonces cuando lentamente armonizó su grito con las voces.