el aplazado desenlace del aria
Me he convertido en uno de esos viejos que deambulan como sombras por los dormitorios, arrastrando los pies, recordando mejores tiempos en voz alta, y de quienes nadie se acuerda hasta el día en que amanecen muertos. Y sin embargo, entre tanta desdicha, he tenido una alegría. He encontrado por fin a un joven al que he podido iniciar en los secretos de mi arte y confiarle todas mis pelucas y trajes, pero a ese joven le aterra, como te aterraba a ti, la idea de tener que inventarse un espectáculo propio, un espectáculo diferente al mío. Le aterra la idea porque es uno de esos narcisos cuya autocontemplación es fija e histérica y nunca busca la fuerza necesaria para una larga contemplación de los demás. Mi discípulo es incapaz de crear un personaje que no sea él mismo. Y, además, tiene otro problema a la hora de inventar: le aterra, como a ti te aterraba, comenzar a escribir una historia porque le da miedo ese comienzo en que la obra es toda ignorancia de sí misma, debilidad de lo que no tiene peso, ni realidad, ni verdad, y, sin embargo, comienzo necesario. De ese comienzo él tiene miedo. Buscando inventar pasa los días y las noches yendo y viniendo por la alfombra de su estudio, sin jamás atreverse a escribir una línea. Para hacerlo, para entregarse a la fuerza de un relato, necesita un esquema, un trabajo que clarifique y desmenuce el tema de la futura obra. Eso explica que, por falta de esquema y otras historias, se limite a hacer en su espectáculo aquello que, durante años, he venido haciendo yo. Es decir que cambia de cabeza y ropajes a una velocidad delirante e incorpora todos los papeles de la comedia que tanto tiempo parodié. Yo, lejos de enojarme por su falta de iniciativa y persistente plagio, le dejo hacer y le trato lo mejor que puedo, con paciencia y mucho tacto, pues, como tú ya sabes, nadie se interesa en continuar mi arte y temo que, si mi único discípulo se desalienta, se extinga, cuando se extinga mi vida, el transformismo.