País Relato

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enrique vila-matas

de aroma a balumba

1
Es siempre un incidente ínfimo el que desgarra la trama del tiempo.
—Cuando hablas de un recuerdo personal —dijo Eva a bordo de un carguero que remontaba el Sena a finales de diciembre de aquel agitado 1970—, este recuerdo no llega a adquirir sentido hasta que no lo combinas con recuerdos e invenciones posteriores…
Inclinó oblicuamente la nuca en dirección al mástil, y este gesto insignificante, que tuvo lugar en un momento preciso, el curso del tiempo lo devolvió, y no como un recuerdo, sino como un hecho real que acaece de nuevo, en otro momento del tiempo. En el ferry que une Dover con Calais, a finales de diciembre de 1971, Eva repitió, completándola, la frase iniciada un año antes. Y al mismo tiempo reincidió con exactitud en el gesto de inclinar oblicuamente la nuca en dirección al mástil. Bajo el lejano y apagado ritmo de un fox-trot, contemplando el crepúsculo normando, viviendo ese movimiento veloz por el cual dos instantes infinitamente separados vienen a encontrarse entre sí uniéndose como dos presencias que se identificase escuché a Eva, que, entre risas, completó su frase.
—La imaginación —dijo en voz alta y sin miedo— es una forma de la memoria. La imagen depende del poder de asociación, y ésta viene dada por la memoria, de modo que tanto la imaginación como la memoria son negaciones del tiempo, y creo que en torno a esta secreta convicción has edificado tu novela.
A continuación, inclinó oblicuamente la nuca en dirección al mástil, y el gesto me conmovió, conmueve decirlo. La novela en cuestión era la desdichada Aroma, y su argumento, tal como intuía Eva, había sido edificado en torno a la búsqueda del tiempo puro, sin acontecimientos: un borrador de caóticas tachaduras, a la vez que espacio interior en el que era factible ordenar una simultaneidad: ese tiempo que, en definitiva, es el tiempo de todo relato, y que no se halla fuera del tiempo, pero sí afuera, bajo la forma de un espacio imaginario. Y sin embargo, pese a mis esfuerzos por abolir el tiempo en mi relato, éste siguió subsistiendo, y la novela acabó por tener una anécdota (mínima, pero, en definitiva, anécdota): el misterioso retorno del narrador al punto de partida. Desde un punto de vista comercial, Aroma fue un espléndido fracaso.
Un fracaso entre tantos otros, en aquel año en que fui absurdamente prolífico: no sólo construí y olvidé la novela, sino que, además, realicé un cortometraje, escribí comentarios deportivos, redacté cuatro ensayos contra el cine, tres demoledoras reseñas, dos diarios íntimos y un esforzado texto de corte dadaísta —reunión de recortes periodísticos con opiniones bárbaras sobre el amor, las mujeres y la muerte— que sirvió para presentar la galería de arte que, a principios de mayo, Eva inauguró en la Rive Droite. La primera en exponer allí fue Joyce.
A la entrada del local, bajo unas luces violáceas y giratorias, varias mujeres disfrazadas de violetas reclamaban la atención de los viandantes repartiendo lechugas en las que se escondían verdes folletos que informaban de que, al cruzar el umbral, podía verse la momia de Salomón, maquillada por una nueva estrella del anti-arte, una tal Queen Finnegans of Saba. Al entrar en la sala, se olía a orina de recién nacido seccionado en dos partes exactamente iguales: sendas esculturas de bronce que, flotando en aqua micans, encajaban de vez en cuando configurando la imagen de una extraña criatura. Salomón no estaba. En un rincón muy sucio del lugar, podía verse a dos madres llorando en el fondo de una amplia cuba, acostadas con las sábanas hasta la barbilla, en sendas cunas adaptadas a su talla infantil. C’est tout.
Seguí con horror los preparativos de aquel gran error, y en vano traté de convencer a Eva de que olvidara el proyecto. Todo cuanto yo decía, dijo, provenía del pabellón de los celosos. No quiso comprender que, aun sintiéndome celoso, sabía distinguir entre un conflicto amoroso y el mal gusto exigible al buen gusto de un acto cultural contra el mal gusto. Joyce se había convertido en amante de Eva desde el día en que comprobó que ambas coincidían en adoptar aires de languidez y éxtasis cuando descubrían mi presencia en algún rincón del barrio. Se hicieron amantes en el día más cruel del año, y tras un penoso embrollo, se separaron a finales de verano.
Como hasta ese momento viví angustiado, nadie debe extrañarse si digo que Aroma se erige hoy, en mi recuerdo, como la Novela Extraviada por excelencia, pues cuanto más sufría mejor era lo que escribía y, por tanto, mayores los deseos de perder de vista, de inmediato, todo lo escrito.
Inspeccionemos el origen de tanto trastorno: café Pacifique, una tarde de abril en la que, sentado ante varias jarras de cerveza, oía a extraños hablando, con monótonas voces, de mi obra literaria, o de lo que yo creía que era mi obra, pues todo lo que mencionaban, incluso los títulos, aparecía deformado por un misterioso delirio… De pronto desperté y vi que entraban en el café, con sus zigzagueantes pasos y sin conocerse entre ellas, Eva y Joyce, ambas vestidas con traje negro y bufanda roja, dejando atrás una vaga estela infernal. La coincidencia fatal»—y el hecho inevitable de que las dos se dirigieran directamente a donde yo estaba— me obligó a presentarlas. Aquí Joyce, aquí Eva. Saludos, vagos comentarios en torno al tiempo, lecciones de abismo. En la calle, de repente, sopló un viento fuerte, cayó una lluvia tropical. En el interior del café, la misma atmósfera de desesperación de siempre: estupor, coñac, humo, y el dueño echando serrín para que una anciana lo removiera con su incomparable paraguas.
Pensando en mi madre y en la humedad de su tumba, sorprendí a Eva en el momento de inaugurar una fase de estrategia con calculada serie de emboscadas en las que, de entrada, tropezó con la incomprensión de Joyce, que no se apercibió del cerco hasta que su asaltante, cansada de tanto galanteo inútil, pasó directamente a la acción.
Reaccionó Joyce con signos de tolerancia, aferrándose a su pudor pero perdiéndolo poco a poco, a medida que iba hallándose cada vez más cómoda en el suave clima de Lesbos. En un momento determinado —confesión hallada en su diario íntimo— comprendió que, en la silenciosa seducción de Eva, poco podía haber de turbio o de prohibido, ya que parecía remontarse a mucho tiempo antes, a un pasado indefinido; pensó que era absurdo oponerse a aquellas propuestas amorosas, pues era como negarse a ser la heroína de una festiva escena que había soñado infinidad de veces. Se besaron apasionadamente, se despidieron de mí, las vi perderse en la noche, bajo la lluvia. Pensé que iban a un lugar cercano y erré. Se fueron lejos.
Al regresar a casa, encontré esta retórica nota en la que Eva me reprochaba antiguas infidelidades y se vengaba de mí.
Mi pobre David
Tengo tareas urgentes que realizar (me he enamorado y esta misma noche hemos partido Joyce et moi hacia Marruecos), pero antes te confesaré que me apena y duele en el alma la vulgaridad con que expones tus deseos, denotación de esquemas simétricos, por ello aborrecidos. Me duele la violencia, el grito estéril, la mano arrogante, el desamor, pero aún más tu evasivo olvido. La exigencia que connota sumisión es un esquema falso de entender el amor, aun más, implica carencia. Adiós, ahí te quedas.
EVA
Pese a su absoluto desconcierto, Stein durmió tranquilo aquella noche, y curiosamente, en los días que siguieron a la fuga, vio aumentar el ritmo de su trabajo. Juzgando frágil y provisional la historia entre Eva y Joyce, se sentía, en realidad, muy feliz cuando imaginaba a su esposa remontando el vuelo. Todos conocemos esos pensamientos o alegrías en los que se infiltra un punto de vanidad que termina por conducirnos al punto más bajo de la necedad. Pues bien, Stein andaba, en aquellos días, convencido de que la fuga de Eva y Joyce había sido inventada por él y de que el desarrollo de la historia dependía del modo en que supiera mover los hilos de la representación. Su vanidad engendró un notable texto —el único fragmento legible de Aroma—, pero su necedad acabó sumiéndole en la más absoluta perplejidad.
El notable texto surgió de la recreación de un recuerdo infantil, el Hombre de las Palomas, viejo vagabundo de barba canosa, tolerado o protegido como atracción ciudadana, que se quedaba de pie, en el crepúsculo, con una paloma posada de perfil en su pelo desgreñado, o dormía la siesta al sol público, acurrucado cómodamente de espaldas al puerto, en un banco de las Ramblas debajo del cual había ordenado prolijamente trazos multicolores de dibujos abstractos de aves.
En pensamientos y sueños, él era ese vagabundo. Joyce y Eva volaban amaestradas a su alrededor, bailando en mezquitas, orando en los mercados, regresando de noche a las doradas jaulas en las que él las encerraba… Tanta presunción le convirtió en blanco perfecto de unos dardos envenenados, y, a los pocos días, al recibir una carta de Eva, su moral cayó en picado, como caen esos arrogantes pájaros que, de repente, se estrellan, en pleno vuelo, contra la invisible superficie de algún cristal de Brigadoon.
Tánger, abril, acariciando miradas de terciopelo.
Stein, se quebró el hechizo. Domador de la palabra, erraste. Tu altivez estéril te condujo a equivocar la seducción por rivalidad. Desconocedor del mar de seda que te proponía la desvalida Joyce, celoso de mi apetencia hacia ese mundo, te erigiste en árbitro del deseo.
Indómito, ¿no has entendido aún que era el camino más peligroso para acercarte al abismo de tu soledad?, ¿no has entendido que te ibas prostituyendo mientras creías ser el provocador de alianzas entre «ellas», «las más débiles»?
Mañana vamos a Fez. De Algeciras a Tánger, el barco humeaba, no angustia ni desazón, sino alegría y lealtad; lejos quedaba tu interferencia, tu presencia coactiva, tu absurda arrogancia. Te quedaste sin personajes, querido. Nos adentramos tibias en el camarote para respirar con alivio nuestra decisión de alejarnos de ti.
EVA
No me anima la venganza, pero me complace imaginar a Stein en pijama, sentado en su Mundo (así llamaba a su gabinete de estudio), releyendo incrédulo aquella carta, el codo sobre la mesa, la sien apoyada en el puño, los ojos húmedos y nublados, tratando de borrar el pequeño buque fantasma que da vueltas sin cesar en su mente, eternamente.
2
La cinta de terciopelo negro que sujetaba su cabellera aquel día —el día en que regresó a París, a finales de aquel mismo abril— se convirtió misteriosamente en el mayor atractivo de Eva cuando, al detenerse el ferrocarril, la vi precipitarse fuera del compartimento.
Llegaba cargada de novedades.
Sueltos los brazos, que balanceaba de un lado a otro, conteniendo las lágrimas, atravesó uno y otro vagón, llegó hasta el final del coche-cama y a través de la puerta trasera sólo vio el aire, el vacío, el cielo nocturno, los dos rieles que, como una oscura cuña, se perdían en la distancia. Con un gemido retrocedió, y entonces le hice señas, la saludé repetidas veces, hasta que por fin me vio.
Joyce, detrás de Eva, iba vestida de pesadilla futurista. Ya no era mujer, sino un ojo exasperado, una mirada destruida y distraída ante el mundo artificial del que creía sentirse rodeada. A su lado, Eva andaba callada, soñadora; de vez en cuando, ante mi estupor, silbaba. En el comedor, bajo el techo abovedado de la estación, vi a Joyce andar sobre las manos, con una máscara negra sobre su nariz de carnaval. Cuando se sentó a la mesa, trató de alcanzar la cumbre de una atalaya de gambas. Eva, rígida como las estatuas, no decía palabra y estaba claro que tardaría mucho tiempo en decirla. No interrumpí a Joyce cuando se empeñó en aclararme, con su prosa sembrada de anacolutos, que aquel mutismo demencial me anunciaba un largo calvario y novedades: Eva podía saludar a las estrellas en todos los idiomas, del mismo modo que era capaz de despedirse para siempre de mí con un simple silbido; tras el viaje, abundaba en curiosidades y le interesaba la criptografía, la música, la fabricación de colmenas transparentes, el curso de un
planeta invisible… Bebí de un trago una taza de café y un dedo de licor de cerezas; me puse de pie, enfurecido.
—Por hoy ya es suficiente —dije.
Por toda respuesta, Eva silbó el inicio de una habanera y reveló ser otra persona. Me latió el corazón como al final de un duro ascenso; pensé que Tánger había debilitado su excelente salud mental, y culpé de la catástrofe a Joyce, que se limitó a reír mientras se encaramaba a su silla para atrapar una nueva gamba, que comió con fruición. Temblé de espanto, zozobré visiblemente, derribé dos vasos. Eva no se inmutó, mostró su asco hacia lo que comíamos (otra novedad era su carnet vegetariano), se abrochó unos largos guantes negros y apretó contra ella una sombrilla cerrada. Miré al techo y la visión de la bóveda me reanimó, pero Joyce eligió ese feliz momento para amargarme con un nuevo comunicado: sus lienzos inaugurarían la galería de arte de Eva.
—No, no es posible —dije—, ¿vas a exponer la basura de tus pinturas?
La respuesta fue toda una declaración de principios:
—Me gusta, digamos, el brillo y el color que sale de tu boca, y siempre tuve la esperanza de poder pintarla, en cierto modo lo mismo que Van Gogh pintaba las noches de Arlés.
Una bocanada de humo que provenía de los tres cigarrillos en danza sobre la mesa inundó la escena, y el Stein más conmovedor se rindió a la evidencia de que muy pronto se hallaría totalmente perdido si insistía en obrar con impericia, de modo que se dejó guiar por cierta idea de evasión. Pensó que aquella cena no era real. La mesa era una esfera de reloj, y él un joven traficante de drogas que, hallándose lejos de su Katmandú natal, se había vestido con esmoquin azul marino y cenaba en una terraza inundada de luz, con tres bellas mujeres, A, B y C, que nunca antes se habían visto entre ellas. A era la Eva que, en Honfleur, se había enamorado de él; B era también Eva, pero transformada, tras un viaje a Tánger, en mujer muda y vegetariana; C era la Eva futura, su lúcida, aguda, inteligente y astuta amiga, su gran amor, viajando con él en barco, huyendo del desesperante pasado. Pidió otro café, creyó que contemplaba el crepúsculo panameño: algunas olas que parecían iluminadas desde su interior por una gran llama verde chocaban levantándose en afilados riscos por encima del barco. Arrojó el café sobre la floreada falda de Joyce; el café era una ola sobre una playa desierta, una lluvia cálida entre el rumor de los cocoteros y pelícanos… Una soberbia bofetada le devolvió a la insolente realidad.
—Todos tenemos un pasado conservador —estaba comentando en ese momento Joyce, dejando caer satén negro sobre el escenario del sueño de Stein.
La inverosímil frase le obligó a reaccionar y pensó que había fabulado una cena improbable. Pidió la cuenta, encendió un cigarro, miró fijamente el bordado de una miniatura en la sombrilla de Eva. Como un río de orillas áridas, en cuyas aguas no se reflejaba ni el rastro de una sombra, corría ante Stein el mundo desprovisto de toda belleza. Lloró, se batió en retirada, suavizó las aristas de su malhumor. ¿Y qué obtuvo en compensación? La promesa de que sería él quien redactara el folleto de presentación de la galería Belle Haleine. Dudoso honor que, como ya sabemos, no declinó.
3
Belle Haleine era una lavandería china con una trastienda en la que Eva y Joyce traficaban con perfumes, ropas, drogas y cuadros africanos. Bajo las opacas luces que giraban sobre la invisible momia de Salomón, observé atónito cómo los escasos y enigmáticos asistentes a la inauguración rechazaban mi champán y en su lugar, con una risita irónica, exigían zumos naturales, leche en polvo o batidos. Era gente con aire de suficiencia y utilizaban mi texto dadaísta para confeccionar gruesos filtros para los innumerables cigarros de hachís que circulaban semiocultos por toda la sala; su música ritual parecía ser el rock eléctrico, y, entre sus barbas cristianas y sus túnicas sagradas, asomaban grotescos símbolos pacifistas; eran, o así me lo pareció, seres fosforescentes, que parecían haber brotado de una botella de tinta china. Eran seres sobrecogedores. Por si fuera poco, Eva y Joyce parecían moverse con agilidad en aquel inmenso bazar en medio del cual yo, con los ojos irritados por el colosal humo, lloré, lloré desconsoladamente.
Tan grande era mi estupor que, por un momento, creí que los tabiques de yeso de la Bella Haleine, al derrumbarse, dejaban llegar hasta mí gritos humanos, y pensé que eran gritos de gente que deseaba ayudarme, sin darme cuenta de que no eran más que alaridos de mis semejantes: barbudos y enanas infames, sentados en el suelo y provistos de todo tipo de cachivaches, pipas de Ketama, collares hindúes y otros aparejos sagrados; sus estados contemplativos eran de una notable pereza mental, y me recordaron, de inmediato, una imagen infantil hallada en un libro que me había siempre atemorizado: una lámina en la que un grupo de plateros, burros demasiado humanos, pastaban en una ladera cubierta de hierba nepalí. Cuando empecé a recordar la lámina, ya había fumado, entre peste de sándalo y de sandalia, mi primera pipa de kif.
Punto y aparte. Ahora es el momento de confesarles que mentí, pues miento cuando escribo que miento pues no miento. ¿Es mayúscula una sorpresa que no es relativa? (Esto escribí en la portada dadaísta de aquella cartulina beige que, convertida en filtros, circulaba de boca en boca.) Curiosamente, la respuesta a mi pregunta llegó en el punto más crítico de la neblinosa orgía, en el preciso instante en que, andando por los pasillos contiguos a la sala, sentí como punzada una sorpresa que, aun siendo relativa, fue, al mismo tiempo, mayúscula. Cuando ya me hallaba al borde imaginado de la desdicha, atravesando oscuridades del pasillo, llegué a la trastienda, estancia débilmente iluminada, y la estúpida queja de la madera me delató justo en el instante en que enfilaba la dirección de un barroco tocador cuyo espejo reflejaba la imagen de la vegetariana Eva engullendo un bistec. Al verse descubierta, silbó con gestos de terror.
Mis mentiras, Stem, tan sólo buscaban agilizar tu mente. Pero era dramático ver cómo en ocasiones en que te mostrabas más agudo que de costumbre y te esforzabas en imitar el cinismo de mi genio encubridor, te convertías entonces en un simple estorbo familiar, al que yo (al igual que el hacedor cuando soporta a un personaje que pretende emularle) sostenía con paciencia, en particular porque no advertía ninguna semejanza alarmante contigo, del mismo modo que una tampoco advierte hasta qué punto comparte tics con un narciso al que resulta divertido desplazar, de vez en cuando, de su patético pedestal de narrador. Stein, me agotas. Nueva inserción.
Eva desplegó su servilleta de papel, con ese ligero bostezo con el que solía acompañar un movimiento excesivamente vulgar. Me había mentido y yo no entendía por qué.
—Lo falso —dijo— se apodera de lo verdadero, y la mentira es la que expone claramente la situación en la que se halla nuestro arte.
Miró a través de un catalejo y prosiguió su extraño discurso impulsando con gobernada elegancia las sílabas:
—Lo falso es el arte, pero tú pareces no comprenderlo, como tampoco comprendes la curiosa facultad de crear equívocos. Por supuesto, hay al menos dos clases de equívocos, y uno, el que lleva consigo el simple y puro engaño, no tiene el menor interés. Pero hay otro, que es el que yo practico, que consigue crear tensiones y climas fuera de lo ordinario. Juego sin cesar, me enmascaro siempre, no creo en verdades absolutas y siembro la confusión en ti para que despiertes ya de una vez.
Al término de la travesía Dover-Calais repitió Eva, con escasas variantes, las mismas palabras. Habían pasado ocho meses desde que las dijera en la Belle Haleine, y lo sorprendente —aparte de las palabras mismas, que siempre me pareció que componían frases incongruentes— fue que, al recitarlas, reincidió con exactitud en el gesto de poner los ojos en blanco para mirar a través de un catalejo. De nuevo, dos instantes que se hallaban infinitamente separados se encontraban entre sí uniéndose como dos presencias que se identificasen.
El catalejo, Stein, no era tal catalejo, sino unos minúsculos gemelos de teatro, cada uno de cuyos tubos, de dos milímetros de anchura, contenía una diapositiva: los bazares de El Cairo en un caso, un muelle de Luxor en el otro.
Calais, cubierto por la niebla. Debía hacer algo con la colilla de mi cigarrillo. La arrojé al mar, imaginé un oleaje de colores y tintas, escuché el improbable rumor de las líneas, miré a Eva, que acababa de moverse con un gesto extraordinariamente lánguido, como si escapara de un enemigo, o, simplemente, de manos que la asediaran. Ese gesto la convirtió en otra mujer, la dama de las nieblas, casi oculta por la bruma que era un pañuelo tan blanco como la púrpura de la muerte. No soporté mirarla más, porque tenía los ojos en blanco. Y a lo largo de aquella noche, al igual que meses antes en la Belle Haleine, fueron tres somníferos los que me salvaron de la locura acudiendo providencialmente en mi ayuda y manteniendo en jaque al monstruo del insomnio cuando sus garras, amenazando mi equilibrio, me aproximaban a la sospecha de que, tras ciertos gestos de Eva y tras aquella mirada en blanco, se ocultaba un código secreto y criminal. No podía olvidar la intervención de sus ojos en blanco en la escena que acabó con la vida de mi madre. No podía olvidar sus ojos en blanco en la escena que acabó con la vida de Joyce. Sospechaba, acaso al borde del delirio, que lo último que Héctor había visto en vida era aquella mirada en blanco que Eva velaba tras la bruma, bella y mortal, de sus ojos.
Stein, te empeñas en hacer bailar las categorías al ritmo lógico de tu música; tu lectora más demente se ríe de ti esta noche y prosigue leyendo, cada vez más asombrada. Inserción en lápiz rojo.
Aquella noche, en la pensión de Calais, mientras los somníferos comenzaban a aplacarme, recordé que yo era mortal, y me estremecí. Creí que oía a alguien pasar ante mi ventana; sin embargo, era sólo una mariposa nocturna. Me dije que la muerte aún estaba lejos, que sobraba tiempo para tratar el tema, aunque sabía que jamás lo haría, y finalmente opté por apagar las luces de mi sueño, cambiando de posición en la cama y pensando en otra cosa. Pensé en no pensar en nada y fue tal la angustia que eliminar aquel sabor anticipado de muerte me trasladó a un gran teatro en el que las luces se apagaron inmediatamente, y, en medio de la penumbra, apareció Eva con los ojos en blanco, la mirada extraviada en el vacío. Terror absoluto en mí, salté de la cama, vuelo de sábanas, olores portuarios, y, de nuevo, en las garras del insomnio.
Especulas con torpeza, Stein, y te obcecas con párrafos e impresiones gratuitas que no son más que simples borradores de los relatos que un día escribiste, borradores de otros relatos que nunca escribirías.
Encendí la luz, me calmé viendo a Eva a mi lado, dormida. Recordé el emotivo momento de nuestra llegada a Calais: un viejo marinero, al contemplar su tierra natal, había gritado una maldición que estaba viva, según dijo, en el ojo de los muertos… Era una hora avanzada de la noche, me demoré recreando la imagen de la Muerte; un nuevo sentimiento de terror se apoderó de mí, apagué la luz, y fue entonces cuando en la penumbra descubrí que Eva no dormía. Abrí la luz. Eva me contemplaba con sus ojos en blanco, una helada sonrisa en los labios, la cabellera velada por la bruma. Temblando, fui en busca de somníferos. Entre extrañas sensaciones, al dictado de la locura, me fui orientando por el estrecho pasillo de la pensión.
Suelo detenerme a contemplar los lienzos que decoran los corredores, de modo que la búsqueda de somníferos derivó en la contemplación de una escena en la que, en el interior de una mansión sevillana, al que se filtraba la luz exterior por medio de huecos que se abrían al paisaje, dos mujeres permanecían sentadas; una de ellas se peinaba ante el espejo, la otra mantenía perdida la mirada. La visión resultaba chocante, pues una profunda asimetría, cuyo origen no me era apreciable, rompía la supuesta placidez del tema. El clima era tenso, como en un preludio de tragedia, y ligeras deformaciones de las figuras cargaban las tintas en lo maligno.
No rehuyo los cuadros sombríos, de modo que, a la mañana siguiente, tras un agradable desayuno, fui lentamente hacia donde estaba Eva y la culpabilicé de la muerte de Joyce.
—Es una gran muerta —dijo ella, tras evocar serenamente la belleza fugitiva, radiante e indecisa de la que fue su amante.
Me quedé inmóvil, y ella se quedó inmóvil ante mí: máscara contra máscara, hundió las cuencas de sus ojos en mi mirada. Del instante que siguió, el más patético de mi biografía literaria, ya me ocuparé más tarde. Nada quiero decir ahora para poder más tarde desvelarlo todo. Dejemos que gire la rueda del tiempo, y así cuando volvamos a llegar a ese instante, única y excepcionalmente terrible, podré detenerme con más comodidad en él.
Lo cierto es que, pasado ese momento de excepción, todo se volvió más complejo, y el habla de Eva se enrareció. «Tú eres un escritor —me dijo— y yo estoy del lado de la muerte.» A continuación, con vocablos infernales, me habló de Joyce, de lo infeliz que era, de su ajetreado y último (por suerte) verano: calurosa estación en la que las dos se dedicaron a probar suerte en todos los campos de la ciencia y el arte, de la alquimia a la pintura, del espiritismo a la vida social, de la pedagogía a la religión. No cosecharon más que sucesivos y rotundos fracasos. Y, al final del verano, sólo les quedaba por explorar el campo de las letras. «Nous reste la littérature», dijo Eva hurgando bajo un arbusto.
¿Habré de recordarte, maldito Stein, la postura de pensador que adoptabas en el retrete mientras componías tu abominable Aroma?
Fue breve su exploración del misterio de las letras. Digamos que una ventana abierta en una sesión espiritista dejó entrar un viento que heló sus relaciones. Se vieron obligadas a guardar cama durante siete largos días, y descubrieron entonces que ya no se soportaban entre ellas. Eva se dedicaba a corregir sus poemas mientras Joyce pintaba su autorretrato, reproducción minuciosa de su imagen, violencia gestual y ciega de quien deseaba simular su efigie. Discutían varias veces al día, y su gran amor iba quedándose en nada; la nada les susurraba canciones de infancia; y la infancia era un recuerdo que las vaciaba. Yo recuperé mi gabinete y me sentí más cómodo en aquella casa en la que habían pretendido que me sintiera como un extraño. Me puse a trabajar, noche y día, en mi novela, y fui feliz durante siete apretadas jornadas descansando en la última, tras un peligroso amanecer en que oí todos los pájaros cantando; cuando disminuyó el volumen de su música, saludé al otoño, presencié una escena entre Joyce y Eva, violenta pugna entre los dos ecuadores de sus corazones: la fiebre de una contra la fiebre de la otra, una nota griposa a pie de página en la última línea de su historia de amor.
—Ya no tengo a nadie —gimió la desvalida Joyce.
Pensé que con aquellas palabras trataba de amortiguar la violencia de la pelea, pero me equivoqué. Lo que Joyce pretendía era que Eva se confiara unos segundos para así atraparla desarmada cuando comparara su belleza con el pálido encanto de entreguerras de una vieja bruja hitleriana. Tras la comparación, Joyce estaba ya prácticamente en la calle. Me apiadé de ella cuando, sintiéndose entre las cuerdas, se abrió paso entre nosotros moviendo sus caderas con rara pesadez. Su estrategia había fracasado, y, a partir de entonces, con un toque aquí y otro más allá, en un singular vaivén de amenazas, Eva, con agresión balanceada en los dos flancos del tablero, acorralaría a Joyce, que, tirando la toalla, anunció que se iba a Londres.
El descabello o la maniobra final de Eva iba a presentar las más curiosas variantes tácticas. Demacrada y afónica, aceleró las estrategias, y, mientras yo preparaba la maleta de Joyce, gritó una frase que era, al mismo tiempo, orden y despedida. Eva solía gritar de este modo cuando quería detener los taxis que pasaban por debajo de su ventana.
—No me queda nadie —gimió Joyce con un patetismo que, en esta ocasión, cabe suponer como real. Le quedaba menos de una hora de vida.
En el trayecto hacia la Gare du Nord, soportamos sus ironías sobre cierta dama, que, al final de sus días, hablaba sola, completamente sola, por los bulevares. Nos divirtió escuchar su historia sobre una compañía de acróbatas que se exhibían en lo alto de Notre-Dame y se vieron sorprendidos por un jorobado que les cantó un fado… Cuando ya llegábamos a la estación, Joyce recibió un obsequio, una cajetilla de Gitanes conteniendo diez mil francos, y yo esbocé un tímido comentario sobre los excéntricos modales que Eva exhibía cuando de dilapidar su herencia se trataba… Por un momento, Joyce me hizo sentir nostalgia de los buenos tiempos, pero busqué su mirada sin hallarla. Ya en el andén, miramos al techo, ensayamos bostezos, murmuramos adioses, todo dentro de un clima cada vez más trivial. De pronto, un tren directo irrumpió en la estación. Joyce, con paso suelto y sereno, se dirigió al borde del andén y saltó. Eva tenía los ojos en blanco y siguió teniéndolos durante largo rato, después de que la locomotora arrollara a Joyce, fragmentara su cuerpo, esparciera su pensamiento. Yo me quedé mirando el desfile ininterrumpido de ventanillas iluminadas.
4
En los días que siguieron a aquella muerte, me volví más irritable que de costumbre, y apenas toleraba el desorden, el frío o la calma. A veces me sorprendía que no me cayera al suelo en plena calle, tal era la insensibilidad que, al pensar en Joyce, me sobrevenía. Una tarde, Eva, al verme tan afectado, dijo:
—Tengo la sensación de que es incomunicable lo que siento tras su muerte.
Yo sabía que no sentía nada, que la excitaban los suicidios y que, de noche, se reía a solas recordando los aspectos cómicos de aquel trágico salto del andén.
Propuse que saliéramos de viaje, y ése fue mi gran error. Hasta Marsella el trayecto en tren fue asquerosamente dulce: Eva consumió cantidades fabulosas de bombones de chocolate (un kilo como mínimo). Y era muy oscuro el día en que, soplando un viento áspero y cortante, sobre un inolvidable mar azul acero, nos embarcamos hacia Barcelona.
Stein, me agotas, pero seguiré, no obstante, oponiendo a tus frases mis observaciones, aun cuando reconozco que no dispongo de la suficiente habilidad verbal que me permita distinguirme de la tuya (por el contrario, yo misma suelo quedar atrapada en la miserable trampa de tus descripciones, y apenas me quedan fuerzas para liberar a mi personaje de tu pluma), pero sé que, al término de tu relato, mi risa será mi victoria.
La bruma se extendía por todo Marsella y se deslizaba hacia el mar donde se extinguía. Aunque el día hubiera sido luminoso me habría parecido tétrico. Encendí el fuego de mi pipa. Oí una señal de aviso, vi que soltaban amarras, escuché gritos desde el puente, observé que nos poníamos en marcha. Cierta sensación de libertad, fuerte viento salino, mar muy picado, melancolía al cruzarnos con un paquebote tras el que, más allá del perfil de su casco, apareció, por fin, la noche negra, espectacular, y el gran horizonte solitario. Pude librarme de Eva cuando, cansado de mi silencio, dijo que se iba a cenar con los Duval, abominable pareja de ancianos que, entre sonrisas y agitaciones de mano, no cesaron de brindar con ella, a lo largo de toda la velada, saludando a los jóvenes en luna de miel (¡nosotros!), a la vida, a la muerte, al amor y a los hermosos días de antaño cuando veían a la petite diablesse, Eva, degollar en Honfleur todas las rosas de su jardín.
Los Duval, pareja descaradamente vieja, pasaron toda la cena preguntando por mí. Yo estaba en cubierta, bien resguardado de sus brindis. Soñoliento y fatigado, contemplé el declinar del sol y me sumergí en el silencio del espacio nocturno. Desde mi punto de observación controlaba el comedor en el que los dos viejos no cesaban de brindar. En cuanto vi que pronto podían aparecer por la cubierta (madame Duval bailaba un bolero y el absurdo monsieur hundía su mirada más melancólica en un yogur), me refugié inmediatamente en mi camarote. Me acosté pensando en nuevas páginas para Aroma y pronto me dormí. A medianoche estalló una fuerte tempestad, y, pese a los alarmantes crujidos del barco, conseguí seguir durmiendo profundamente; mi única reacción relacionada con la tormenta fue la proyección en sueños de una monstruosa joya que, bajo los rayos del sol, despedía reflejos casi insoportables; era un diamante tan grande como el Ritz, tallado en facetas que parecían encerrar distintos objetos dotados de movimiento; a medida que me acercaba, podía distinguir con mayor nitidez un rumor de océano que me atraía, con gran magnetismo, hacia la piedra preciosa. Cuando llegaba a ella, miraba por una de las facetas, y, abarcando de una ojeada circular todo el interior, distinguía, en el centro, bajo la luna negra, una lluvia sobre las aguas de un océano perdido en el que Eva, envuelta en una amplia tela oscura, bailaba y gemía en persecución de un dios escondido en su pereza fría. Al recordar este sueño, quise escribir algunas notas sobre el asunto, pero muy pronto me di cuenta de que era innecesario que relatara o tratara de interpretar mi sueño, pues aunque ya estaba despierto seguía viendo el diamante.
Llamaron a la puerta, y, en mi sobresalto, pensé que eran los Duval. Di un salto en la cama, intenté dar con la luz para poner orden en todo el camarote (algunas hojas del manuscrito de Aroma danzaban frenéticamente sobre la moqueta), me golpeé con una silla y caí al suelo balanceándome al mismo ritmo que el movimiento del mar. Volvieron a llamar a la puerta, abrí y di paso a un joven de pelo rojo en ondas laqueadas, el camarero. Avanzó con una bandeja, me saludó, preguntándome si podía reírse. Le dije que hiciera lo que le viniera en gana. Me entregó un periódico arrugado, el desayuno y la gaceta de a bordo. Cumplida su misión, saludó de nuevo y se quedó quieto un instante en el umbral; observé sus gafas baratas, uno de cuyos cristales estaba reparado con un trozo de cinta iluminado por un rayo de sol. Se fue vertiendo lágrimas dulces. En ese momento, desperté. El camarero había entrado realmente, pues la bandeja, el periódico y la gaceta estaban a mi lado. Llegué a la conclusión de que el camarero, aun sabiendo que dormía, se había tomado la libertad de descorrer las cortinas.
Desayuné en silencio, comprobé que la gaceta era aburridísima y que habría seguido siéndolo aun cuando hubiera informado sobre la noticia que Eva, al despertar y con un laconismo propio de una gacetilla, me facilitó: a las tres de la madrugada, madame Duval, completamente borracha, había estado a punto de ahogarse en la piscina cuando, en plena tormenta y dejándose llevar por una extraña euforia, dio un salto acrobático desde el trampolín… Eva, que lo presenció todo, fue la primera en auxiliarla, se acostó tardísimo, detestaba la respiración boca a boca, qué pesadilla, qué horror, pedía silencio para seguir durmiendo. Me solidaricé con su justa indignación y critiqué los saltos de trampolín.
En el periódico, un negro recuadro se ocupaba de mi país. Por todo el litoral de Cataluña llovía con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas, ennegreciendo muros, goteando fábricas, filtrándose en los talleres mal iluminados. Miré al mar que estaba relativamente en calma; recordé los tranquilos días de mi niñez cuando no necesitaba pensar en nada y estaba temporalmente fuera de este mundo y me sentía agradablemente aburrido. Consulté la lista de pasajeros y di con Elena Bellini, un nombre ligado a cierto recuerdo. Rodeado de una legión de mirones, la había estado observando mientras ella rodaba, en la calle, un film vanguardista ambientado en un Montmartre irreal. En la escena que presencié, Elena Bellini doblaba la cabeza sobre sus dos brazos y lloraba amargamente para liberarse de la angustia acumulada desde la invención de la fotografía. Me fascinó que, a medida que se iba repitiendo aquella escena (la filmaron diez veces), ella lloraba cada vez con mayor intensidad. Alguien me contó la tragedia en la que se desarrollaba la vida real de la actriz; al oscurecerse su estrella en Hollywood, Elena Bellini había sido protegida por respetuosos jóvenes franceses, animosos vanguardistas, que sólo pensaban en ella para que se interpretara a sí misma en films lentos e incomprensibles…
De aquel día retuve un extraño recuerdo, una singular y constante acumulación de sensaciones e imágenes, un caos generoso del cual el duende del recuerdo total, conjurado aquella mañana en mi camarote, extrajo cuanto le vino en gana: unas cerezas bordadas en un sombrero, un dulce e infinito llanto, cierta impresión de vacío, la desolación más absoluta, el color gris ceniza de un film lamentable, y muchas otras cosas más. Me vestí muy lentamente y salí a buscarla. No la encontré en la cubierta de juegos, tampoco en el bar, y en la cubierta de paseo sólo estaban los Duval y diez parejas más de ancianos bronceados que se saludaban cortésmente en la ficticia calle Mayor de aquella villa navegante. Tras un largo recorrido, la encontré tendida en una hamaca blanquiazul en el castillo de proa. Vestía un traje deportivo que consistía en un jersey azul con las mangas enrolladas y pantalón corto de lana azul; dos detalles femeninos: una pulsera en su muñeca y los ensortijados bucles que aparecían bajo su gorra de marinero. Estuve largo rato contemplándola hasta que, de pronto, ella se dio cuenta de mi presencia; echó atrás los cabellos que el viento había arremolinado sobre sus ojos y me miró con el mismo espíritu de seducción y de tristeza que caracterizaba la desolación de Joyce. Tras un largo silencio, dijo que quería detener su pasajero destino. Tendió lentamente su mano tratando de atrapar la luz del sol, pero la luz prosiguió tranquilamente su camino y entonces ella se refirió al destino:
—¡Oh, quién fuera capaz únicamente de contemplarlo tan tranquila y sensatamente como la marcha de los astros!
Me preguntó quién era yo, qué hacía en la vida, de dónde había surgido, por qué la observaba tanto. Preguntas todas sin respuesta. Sonreí y en aquel momento convergieron en mí el deseo extremo de comunicación y el enmudecimiento más total. Se detuvo mi respiración y al mismo tiempo el corazón marchaba aprisa. Pensé en responder de un modo ingenioso, pero finalmente fui modesto en mi respuesta. Dije simplemente que yo era alguien que un día la había visto llorar. Durante un rato busqué obstinadamente la frase que definiera más justamente quién era yo, pero eso no era posible, y, en una reacción realmente infantil, tratando de no llorar, dije que era escritor. Le expliqué que por senderos de tinta se alejaba al galope el ímpetu guerrero de la juventud, la energía de aventura, gastados en un mundo de tachaduras y de papeles arrojados a la basura. Se interesó entonces por la novela que estaba escribiendo y preguntó cuál era su argumento. Que era el sueño de las líneas, le dije. Y aún hoy su grito de espanto me resulta estremecedor. Se quejó largo rato de los films no narrativos que la habían obligado a rodar; se lamentó de las comedias sin sentido y del escaso talento de los jóvenes que se refugiaban en el monólogo interior. Me defendí como pude. Aroma no tenía el más mínimo argumento, o yo no sabía vérselo —meses después, Eva, con su manía de comentar todos los textos, dijo habérselo encontrado: fusión en un infierno de espejos, de dos imágenes gemelas del héroe—, de modo que opté por inventar sobre la marcha una historia, un show existencialista, muy móvil, en el que el itinerario de mi héroe solitario en busca de su identidad no era tan sólo espiritual sino físico; recorría varios países en tren, coche, avión, transbordador, canoa, moto y a pie —a su país había llegado en barco—, para establecer cierta comunicación consigo mismo y con el exterior. De esta historia, inventada apresuradamente, surgió, al día siguiente, el breve y alegre sueño que me sirvió de base para elaborar Balumba, novela inacabada.
—Ya veo qué te propones —dijo Elena con voz corrosiva, que recordaba a la inolvidable Joyce—. Quieres ilustrar con metáforas una historia de amor lógica, que va progresando desde el pasado al presente, desplegándose hacia un relato sin futuro.
Le dije que no, que no era exactamente esto, pero Elena estaba ya pensando en otras cosas, y me confesó, sin venir a cuento, que solía dejarse llevar siempre por su primer impulso y que su conducta era siempre imprevista, incluso para ella misma. Cuando quería trazarse un plan de antemano, se embarullaba porque siempre en el momento de la acción se le ocurría una idea nueva y la seguía con arrebato. Había pensado en narrarme un largo viaje en el que no hacer nada y deambular con eterna tristeza habían acabado por provocarle una crisis nerviosa; pero ya no le interesaba narrar con detalles su nueva idea, consistente en tratar de convencerme, allá en alta mar, de que la tierra estaba fija y no se movía. Utilizó argumentos tan socorridos como la invocación del movimiento de los cuerpos separados de la tierra: vuelo de pájaros, fluir de nubes.
—Si la Tierra estuviera en movimiento —dijo acercando sus labios a los míos—, un cuerpo que se dejara caer desde lo alto de un mástil, no caería jamás, si la nave se mueve, junto a su pie.
—¿Y qué diremos de las nubes —objeté inmediatamente— y otras cosas que flotan en el aire, y de las que caen, o inversamente, tienden hacia lo alto?
Nos sonreímos, con perplejidad en nuestras miradas. Elena acabó acercándose a mí, e intentó besarme. Por ciertas razones de seguridad —y sorpresa, pues no daba crédito a lo que veía—, me aparté. Aunque ella estaba triste y desquiciada y probablemente necesitaba mi aliento, me guardé mucho de cometer cualquier imprudencia. Pensé que no había necesidad de que me dejara llevar por mi primer impulso. Me eché hacia atrás, y la brusquedad de mi gesto hizo que rodáramos por el suelo y que yo sintiera como si una muchedumbre burlona, emergiendo del fondo del mar, fuera a mirarme. Me excitó, no obstante, el cálido contacto de los dos cuerpos. Elena se rió y dijo que se hallaba ya en otro escenario, que se sentía arrebatada por una idea muy alejada de las anteriores; dijo que se estaban apagando todas las antorchas de los esclavos, que desaparecía la luz de la luna y que se oscurecía definitivamente la escena. Me guió por los pasillos de niebla de su castillo de proa: una gran terraza que daba a la sala de banquetes de un lujoso palacio. Acodados sobre la balaustrada, podíamos ver, a nuestra derecha, una escalera monumental que conducía a una puerta tapizada. A la izquierda del escenario, una antigua cisterna reposaba rodeada por un muro de bronce verde. Claro de luna.
—He besado tu boca —dijo—, he besado tu boca. Tus labios tenían un amargo sabor. ¿Era el sabor de la sangre?… Tal vez era el sabor del amor. Dicen que el sabor del amor es amargo. Pero ¿qué importa?, ¿qué importa? He besado tu boca, he besado tu boca.
Atrapado en el escenario giratorio de su delirio, retrocedí unos pasos más ante el renovado acoso de quien me tomaba por el Iokanaan de su drama. Para Elena, la terraza ya se había difuminado, también el palacio, y descendía el calor de las antorchas. Entrábamos en la etapa glacial de nuestro encuentro. A partir de aquel instante, dos teatros de escenas imbricadas se irían oponiendo y enfrentando, reflejados y asimétricos, hacia el relato por mi parte y hacia el teatro y la demencia por la suya. Miré a mi alrededor. Hubiera deseado reproducir en algún escrito aquella luminosa y radiante realidad, porque el día era claro, lucía el gran sol del norte, navegaba yo feliz hacia Barcelona. Para Elena era muy oscura la noche, pálida estaba la luna, inmóvil permanecía la Tierra, yacíamos en pasillos de niebla nosotros, seres de mortal origen. Claro de luna.
Habló de una actriz, muy vieja, que había conocido en otro tiempo. En cuanto la maquillaban, lloraba todo el rato. Cuando dejaba de llorar le secaban las lágrimas, pero entonces se acordaba de sus penas, y empezaba a llorar otra vez. Habló de un escritor que escuchaba el relato de su vida en boca de dos personajes que deformaban absurdamente los nombres de los libros que creía haber escrito, las situaciones que creía haber vivido, los improbables datos biográficos. En aquel relato, todos los intentos literarios eran aventuras destinadas al fracaso, pero consolaba pensar que los círculos de aquel inevitable fracaso eran evocadores, pues esas contradicciones constituían la realidad del esfuerzo literario. En las últimas páginas, el escritor se hundía. Habló de su angustia cuando se hallaba ante una cámara. Ya no podía posar ni actuar, ni tan siquiera llorar; arrugaba la frente y levantaba las mejillas intentando una sonrisa, pero los ojos miraban con las pupilas desviadas del centro del iris, con una tristeza tan inmensa que, incluso, no podía derramar lágrimas. La mera existencia se había convertido, para ella, en una gran tortura. Se sentía fuera de este mundo, hablaba sólo con quienes le parecían moribundos, su lenguaje ya no era razonable porque no quería repetir una sola de las ideas recibidas, y a su depresión continua se añadía el peso de la nostalgia de lo no vivido. Hablaba sola por los bulevares. Nada de lo que veía le parecía verosímil, ignoraba por qué andaba errante por un mundo que nunca fue el suyo, oía voces, sé extasiaba ante las tumbas de los poetas, y nunca estaba sola en la oscuridad de su drama. Mi actitud de rechazo hacia ella era la última de una larga cadena de frustraciones afectivas. Pensé que era conveniente que me despidiera. Con un íntimo suspiro de irónica sumisión, dijo que cuando no quería estar triste era cuando más triste estaba. La mejilla que me disponía a besar fue reemplazada por una boca ansiosa y esperanzada.
—Como había que perecer o ser inteligente —dijo, refiriéndose probablemente a su vocación de actriz—, el talento en mí, como ocurre a menudo, nació de la necesidad.
Dije que me iba.
—Ven a mi camarote —suplicó—. Sólo deseo que contemples mi álbum de recuerdos. Es todo cuanto poseo. Te lo ruego, James. ¿Qué te lo impide?
Básicamente me lo impedía la fantasmal aparición de madame Duval en aquella piscina desierta, azotada por un viento que movía las palmeras y parecía mover, como por un impulso mecánico, el enorme trasero de una madame más ebria que nunca, avanzando hacia nosotros disfrazada de dama fofa, mujer de ojos de vaca y boca grande que se convertía, a menudo, en un triste pliegue carmesí. Cuando estuvo ante nosotros, exhaló un suspiro y dijo:
—Me han llegado rumores de que un simpático grumete, un tal Stan Stain, viaja de incógnito en este barco, disfrazado de viejo lobo de mar, en cuyo caso se parecería a usted.
—No necesariamente, señora —respondí.
El viento le arrancó el sombrero y mientras corría en su persecución, Elena observó con alivio el enloquecido vaivén de los pliegues glúteos de la horrible madame. Un ardiente azul era cortado por vientos cada vez más fríos, y el agua de la piscina empezaba a desbordarse sobre las artificiales palmeras, el embaldosado color arena y sobre las palmeras pintadas en el pared ocre en la que se apoyaba Elena mientras se cubría con un abrigo. El clima, en poco tiempo, había cambiado notablemente. Observé que había un tercer tipo de palmeras en el abrigo de Elena; pero eran tan minúsculas que sólo una atención desmesurada podía descubrirlas. Ella se acercó tan rápidamente a mí que me aterré con esa emoción que surge siempre de un movimiento que juzgamos incomprensible, excesivamente raudo, acaso más veloz que la luz.
—Escucha, James —dijo.
—Te escucho.
—¿Por qué no lo intentamos? Es bien sencillo. Te acuestas conmigo, sigue una travesía feliz, nos casamos en Barcelona, nos instalamos en Nueva York, tú escribes, yo apenas te molesto, escribes guiones para mí, yo vuelvo por la puerta grande a Hollywood, triunfamos, todo nos sonríe, etcétera. ¿Por qué no lo intentamos? ¿Me escuchas?
Escondido tras mis gafas ahumadas, me puse a pensar en una baraja de colores, una de cuyas cartas era el arcano representado como un viejo giboso con una clepsidra en la mano, un adivino que invierte el tiempo irreversible y antes del antes ve el después. Pensé entonces en lo cansado que estaba de efectuar tantos falsos movimientos. Qué gran fatiga disimular mi sorpresa cuando ella, como sólo era costumbre en Joyce, me llamaba James.
—Tu boca —oí que me decía— es como el arco iris… No. Es como el arco del rey de los persas, pintado de bermellón y con cuernos de coral. Nada en el mundo tan rojo como tu boca. Déjame besarla, déjame pintarla. Me gusta, digamos, el brillo y el color que sale de tu boca y siempre deseé pintarla…
La última frase, que recordaba mucho a la que un día pronunciara Joyce, fue dicha por Elena con gran tranquilidad como si le resultara imposible imaginar que yo pudiera escucharla de otra forma que no fuera con cierto temor. Sopló con gran fuerza el viento y algunas de sus ráfagas rizaron las imaginarias hojas caídas de las magnolias… de mis dudas ante el constante teatro de Elena Bellini, heroína desgraciada de un cuento de hadas. Tuve la impresión, y poco después la certeza, de que el tiempo, incluso en los sueños, era muy largo. No recuerdo cuánto rato estuve allí contemplando aquel desbordamiento rítmico de la piscina. En un momento determinado, vi que madame Duval, que había visto cómo su sombrero se refugiaba en una ola que se encogió para saludarle, avanzaba, de nuevo, lanza en ristre, hacia nosotros, al tiempo que Elena hundía distraídamente su nariz en una almohadilla de goma repitiendo, como en los sueños que se atascan en las frases más banales, el estribillo de su curioso plan:
—Te acuestas conmigo, sigue una travesía feliz, vivimos en Néu York, tú escribes, yo te molesto poco, conquistamos Jollibud, etcétera.
—Okey —dije.
Y hui corriendo velozmente.
5
Mientras corría y corría, vi la sombra azul de un tren parisino y alguien que, entrando en un compartimento, pasaba a otro mundo saludándome en el momento en que, con las manos en los bolsillos, yo comenzaba a caminar al mismo paso del tren que, al ponerse en marcha, se iba deslizando suavemente para que todo se fuera diluyendo con lentitud y resultara imposible que nadie se ejercitara en la técnica del suicidio.
Si las cosas hubieran ido así, dulce despedida que no existió, si Joyce no se hubiera arrojado al vacío de una trama de railes en aquel andén, probablemente la habría encontrado cantando en el comedor y no habría sufrido como lo hice cuando tuve que apagar su voz difundida por las ondas del recuerdo en aquel remoto rincón en el que Eva me había citado para almorzar, y donde me recriminó, pese a que llegué corriendo, la lentitud y la tardanza, sonriendo musicalmente para que así conectara su enojo con la evocación de un ritmo imposible, cuyo secreto sólo era conocido por Elena, actriz desdichada que, a lo largo de aquella escena y suplantando a la amante muerta, cantaría su tristeza: melodía de dolor como fondo musical de un almuerzo nada singular, más bien patético y triangular.
Sin duda, el lector poco amigo de ciertas piruetas se reirá de mí, pensando que pasé toda aquella mañana corriendo, lo que no es del todo exacto, pues la pasé esprintando en mi afán de zafarme del acoso de Elena, aunque de bien poco sirvieron mis esfuerzos, pues a la hora del almuerzo ella estaba allí, en el comedor, oculta detrás de unos novelistas americanos que bebían daiquiris (ya se sabe que esta gente se pasa la vida en los bares), espiando la escena en la que yo, con paso suelto y sereno, saludaba a Eva, que me esperaba para comer. Elena se acercó a nuestra mesa, la invité a marcharse, acabó comiendo con nosotros.
—Según mi experiencia —comenzó diciendo— las parejas que se comportan con mayor corrección son las que cometen las fechorías. No podemos confiar en nadie.
Eva no parecía dispuesta a aceptar una sola palabra más de Elena, que, a su vez, parecía ignorar la presencia de aquélla. Intervine para suavizar asperezas, y reflexioné en voz alta sobre un tema que me interesaba, el del fracaso que encierra toda huida. Puse como ejemplo el caso del pintor Biogi, huidizo de Napoleón cuando ya la gloria de éste alcanzaba su plenitud. A Biogi sólo se le recuerda por su ilusoria ridiculez de huir de las cordiales llamadas que le hacía el emperador. Creía que porque huía iba a ser un gran pintor… Eva comentó que era tan ilusorio creer que el que huye de un destino ajeno alcanzará el suyo, como pensar que permaneciendo en el ámbito de un aparente destino subordinado romperá su posibilidad de ponerse a flote. Había logrado animar la conversación, y por primera vez Eva y Elena se miraron entre ellas. Elena relató entonces la historia de Watersouchy, que pasó varios meses de su vida pintando una pulga, y después de este último esfuerzo de su talento, su vista decayó, sus malestares se multiplicaron, fue encogiéndose hasta casi desaparecer, y en pocas semanas fue a parar a la tumba.
En el bosque de alusiones e indirectas, Eva se aventuró en la metáfora sobre una extraña pareja que constituía la constante obsesión de Violet Knight, pintora de provincias que se dedicaba exclusivamente a pintar discretos y variados interiores en los que siempre una mujer-cebra bailaba con una cobra en la quietud y el remanso de encantados atardeceres. El combate verbal, un animado fuego de artificios, llegó a su apoteosis cuando, ante los restos del tercer plato de Elena —que compaginaba admirablemente la tristeza con la glotonería—, nos sumergimos en la vista submarina de unos postres acuáticos, al tiempo que ironía y tirantez parecían a punto de estallar en aquella mesa. Comprendí que una nueva intervención mía podría producir una derivación que trajese un nuevo enojo o una larga confusión. Me callé, pues, en espera de que, por sí sola, se disolviera la reunión. Me dediqué a observar la fauna que nos rodeaba: en el rincón más sucio del comedor, un vagabundo se había sentado en el suelo para comer; era un viejo muy barbudo, de abrigo raído y sombrero existencial, acurrucado de espaldas a la gente e indiferente al barco que le arrullaba en su movimiento: pasó cerca de él una anciana con algo parecido a una cesta de la compra y le reprochó, con duras palabras, el género de vida que había elegido… Desvié mi mirada hacia el fondo de la sala, allí donde monsieur Duval hundía su melancólica mirada en los días felices de su niñez; a su lado, varias parejas de catalanes observaban la proximidad de la tormenta. La visión imposible del viento me trasladó a las luminososas mañanas de Honfleur, cuando todas las ventanas de la casa estaban abiertas, y las cortinas de encaje formaban globos de aire sobre el paseo bajo las vidrieras alzadas.
Volví a ocuparme de la mesa. Elena me miraba con tristeza, Eva parecía esperar a que yo tomara la palabra y callaba pensando que su silencio podía ser esclarecedor, pero, de pronto, ante los continuados signos que emitía su rival, tomó la palabra para citar un pasaje de la vida de la Bellini, pintora hiperrealista que una noche, mientras terminaba su autorretrato, descubrió que había pintado un rosetón de arena en una llanura de polvo. Desesperada, la Bellini se ahorcó.
El primer capítulo de un viaje, al igual que el primer episodio de un almuerzo, suele ser lento. Los momentos que siguen son interminablemente aburridos y los últimos, veloces. Dicho de otro modo, abundan en un almuerzo, como en un viaje, los pasajes en los que de un ritmo dactilico se pasa a un ritmo espondaico que se remansa de nuevo para dispararse velozmente al final cuando va a terminarse el párrafo.
Al final del almuerzo, estaba yo contemplando el reflejo del pequeño diamante que llevaba Eva incrustado en su sombrero cuando de pronto estalló la tempestad y los acontecimientos se precipitaron. Elena, que había abandonado la mesa porque prefería oficiar de espía, aprovechó el ruido de un trueno para acercase y pedirme, una vez más, que la acompañara al camarote. Sorbí el último trago de café, el más dulce, y arrojé la servilleta sobre la mesa, preparándome para, de nuevo, salir huyendo. En esta ocasión, Eva me ayudó; se puso de pie y, como si se tratara de una señal convenida, clavó la vista en el blanco, atroz blanco del mantel, y, con endiablada velocidad, me abrió paso entre los pasajeros. La servilleta se deslizó lentamente del borde de la mesa y cayó en picado al suelo. Ya en la calma del camarote, me deshice en muestras de afecto hacia Eva, al tiempo que escudriñaba los brillantes cojines del sofá en busca de algún presagio de desgracia. Yo era, y así lo reconocí, el único culpable de tantos silencios, tensiones y sospechas entre nosotros. Eva, que tenía una mirada maligna, siguió mi juego y manifestó que era ella la verdadera culpable. Me pareció verla recobrar aquella mirada fatal, aquella fascinante gestualidad que emitía una tarde en Honfleur mientras me pedía que acabara con Héctor. No había cambiado tanto como aparentaba; había serenado sus impulsos, pero, en contrapartida, gozaba viendo rodar las cabezas de los personajes que odiaba. Parecía muy segura de sí misma, como si el haber sido testigo de una cadena de muertes la hubiera convencido de su poder sobre la vida de los otros. Me habló de Elena en términos desazonantes, como profetizando su inmediato fin. Ante tanta arrogancia e invadido por una sofocante ola de cansancio, decidí hacer la siesta. El susurro de la lluvia se mezcló con un zumbido de mis oídos. Me apresuré a acostarme, caí en un sueño profundo, pero fui despertado por unos golpes en la puerta. Era Elena, con registro ebrio de voz:
—La tormenta ha pasado, joven. Mañana hará buen tiempo… ¿Puedo entrar? Tengo algo que decirle.
Llovía con singular violencia. Respondí con un gruñido, pero ella prosiguió:
—Abra. ¿De qué tiene miedo?
—¡Basta! —dije—. Conozco Bombay.
Siguió una breve pausa, una carcajada al borde del llanto, y, tras un dramático silencio, Elena se fue. Me froté los ojos como un niño, fui en busca del sueño perdido. Dando la vuelta a la almohada, me encontré, de pronto, ante una vista aérea de Barcelona. Las murallas de esa ciudad componían la silueta de un revólver, y el ángulo que formaba el cañón con la empuñadura estaba ocupado por las Ramblas. Había un aspirador gigante en el extremo sur de Sarriá, un oso de peluche dominaba el Ensanche, y un sorbete bloqueaba Gracia mientras que un monstruoso parabrisas oscilaba, de un extremo a otro del Guinardó. Vi la calle que más veces he recorrido, el camino que separaba la casa familiar de la escuela. Era una gran feria y, en mi memoria, una secreta granada salvaje. Reviviéndola, me llegó el mismo deslumbramiento y horror de la primera vez que la recorrí. En esa calle, punto de avanzada de mil desiertos futuros, pude ver los fantasmales caminantes de antaño, las jaulas de mimbre, la casa del maestro rebelde, los sombreros turcos y las escarapelas, la sangre turbia de los colegiales, la frutería con frescas pirámides de naranjas. En un rincón, agazapado, se reía el Deseo, hundido siempre en las bibliotecas convertidas en guaridas donde me refugiaba (y aún hoy lo hago en sueños) como escolar fugado.
Me oí a mí mismo emitiendo un ronquido y di la vuelta para situarme sobre mi lado derecho. Dejé de oír el corazón, pero seguí escuchando rumores de lluvia, mezclados con un nuevo zumbido: el de la portezuela de la mansión de Honfleur. Me llegó aquella humedad que exhalaba el césped, el crujido de la grava, la melancólica mirada de Gertrude, las veladas bajo el suave eco de olvidadas músicas, la miel en el té, y otras muchas imágenes, que, al final del sueño, se vieron interrumpidas por el elegante silbido de un tren asesino. Reviví la muerte de Joyce, hasta que una explosión de luz acabó con todo. «Larga siesta», murmuré al salir de aquella breve siesta. Abrí los ojos y vi a Eva, sentada delante de mí chorreando agua por todas partes. Dijo que era monstruoso lo que acababa de sucederle.
De lo que narró, interpreté que los acontecimientos esenciales habían sido éstos: en el bar de la cubierta de paseo, Elena Bellini iba por su sexta tequila, se había atiborrado de calmantes, y parecía presa de cierto vértigo suicida. Nadie le prestaba atención, ni el barman ni los dos únicos clientes, que eran dos jóvenes del género rebaño, empeñados en rebanar el párrafo más olvidado de Kolectif, su guía y maestro. Sólo Eva trató de ayudar a Elena, pero sus bonachones consejos sonaron a ésta como frases almibaradas que, aun pareciendo amistosas, dejaban en el corazón algo así como la huella de la apestosa lengua de una víbora. Elena, tratando de protegerse, habló del miedo a la muerte cuando, de niña, veía luces como flechas en la rueda nocturna de las estrellas. Eva intentó, por todos los medios posibles, que Elena olvidara su amargura, pero ésta, incrédula ante las buenas intenciones, la miró con tristeza, como si fuera el reflejo de algún lago muerto, y le habló entonces de la nieve sucia y del mal olor de los canales del viejo barrio natal. Eva la escuchó tratando de recomponer, en su mente, el mapa de la lejana Aroma, y finalmente se estremeció de pena al pensar en la vida. Sollozaron ambas amargamente, pero sólo enrojecieron los ojos de Elena, que, al sentirse tan débil, quiso hacerse fuerte y aún se volvió más vulnerable, más desvalida y miedosa. Quería ser amada y no lo conseguía, buscaba su derrota y no podía lograrla, y, paradójicamente, se vio obligada a seguir siendo libre. Con gran arrogancia, anunció que iba a matarse.
Bajo la torrencial lluvia, ascendió Elena, en vibrante zigzag, la escalera que conducía a la piscina. La siguieron Eva y el barman, que, temiendo lo peor, trataron de alcanzarla, pidiéndole a gritos que fuera sensata. El desbordamiento de la piscina inundaba sin cesar las baldosas sobre las que acabó resbalando la pareja perseguidora, cayendo, o más bien aterrizando en la piscina, justo en el instante en que, desde lo más alto del trampolín, Elena, indiferente al gag, vio proyectados ciertos recuerdos de los días dorados de su infancia, ciertos árboles lozanos y aquellas salpicaduras del sol en los veranos color lila de un mundo desaparecido ya para siempre. Después, saltó con gran estilo, en dirección contraria a la piscina, y, en extraña pirueta, fue a caer blandamente sobre unas colchonetas acumuladas en torno a las falsas, o más bien falsísimas palmeras. Simulando que había vuelto a nacer, estalló en una sonora carcajada final.
Se burló de la triste Muerte, y vio que la brigada antisuicidio no aplaudía su teatro. Eva y el barman habían salido tan extraordinariamente mojados de la piscina que Elena se aterró ligeramente y, temiendo represalias, apretó a correr en dirección al bar. Cuando llego a él, se apoyó en la barra y vio a la Muerte, que, tal como siempre imaginó, era algo particularmente miserable e infeliz, algo así como la polilla blancuzca que revoloteaba en la lámpara más sórdida del lugar. Centelleantes e indignados, Eva y el barman arremetieron contra Elena, que disimuló su azoramiento desviando la mirada hacia los relámpagos de color cobalto que, más allá de las claraboyas, revelaban un mar que imaginó hirviente. Elena escuchó, con calma, una letanía de insultos y finalmente, viendo a Eva tan enojada, le atacó la risa.
«Algo realmente monstruoso», sentenció Eva, hinchando de rencor el adjetivo que cerraba su relato. Me restregué los ojos, le pedí algún licor, le sugerí que se cambiara de ropa. «Te convendría —añadí— descansar un rato.» Eva seguía muy afectada: «Lo cierto —dijo— es que creí ver en ella algo de esa especie de embriaguez de alejamiento que precede y facilita el suicidio». Le recomendé que no pensara más en todo aquello. «He de reconocer —prosiguió ella— ciertos rasgos geniales de su estilo.» «¿Qué estilo?», pregunté intrigado. «Su habilidad —respondió Eva— para enlazar las frases más vulgares con fuegos de artificio que preceden a ciertos destellos de ingenio.» En ese momento, casualmente, la propia Elena se encargó de confirmar el elogio, al aparecer, enmarcada en la ventanilla, caminando con un ropaje geométrico parecido a un jeroglífico animado; se movía bajo la lluvia revelando el sentido de un nuevo lenguaje físico basado en signos y no ya en palabras. Al verla, Eva se quedó alucinada, y, poco después, se sintió derrotada, como ensimismada ante la gran rapidez con la que Elena corroboraba todos los juicios que se emitían sobre ella. En la expresión de la vencida Eva, había un rictus de tristeza, y cierta alarmante húmeda rigidez.
La rigidez, Stein, nunca es húmeda, nunca me sentí vencida y nunca como hasta ahora resultó tan conmovedor tu atrevimiento al falsear personajes y situaciones. En la vida real, esta Elena Bellini —dotada, en tu texto, de un genio que en modo alguno posee— no es más que una discreta jovencita, Elena Villena, con la que entablamos una fugaz conversación a bordo del bateau ivre que nos acercó a Honfleur, donde ahora escribes para combatir tu depresión y alejarte de la demencia. Nada en contra de tu esfuerzo, yo misma te lo sugerí, pero lamento tener que confesarte que últimamente me enervan tus fabulaciones. Mira: sospecho que eres la víctima de una confabulación. ¿Aún no has comprendido que tu autobiografía parece compuesta por una serie de voces que parecen surgir de tus peores pesadillas, aquellas en las que, al borde de la locura, veías deformadas todas las situaciones vividas, todos los personajes, todos los títulos de tus impopulares poemas y novelas?
Sobrecogido por el eco de viejos temores, desvié nuevamente la mirada hacia el exterior del camarote y observé los movimientos de la tripulación, que, vestida con amplios chubasqueros, luchaba con el viento y la lluvia, extendiendo cordones de seguridad por toda la cubierta de popa. Donde antes se encontraba Elena, había ahora una estrecha lengua de tierra coronada por un monasterio en ruinas. De pronto, el monasterio se movió y comprobé que no había tal monasterio, sino que se trataba de un efecto óptico, hábilmente provocado por Elena que, en compleja postura, había convertido los infinitos pliegues de su traje en un paisaje de desgarrada movilidad. Entre las nubes, como trazadas a lápiz, había líneas verticales de lluvia. Y bajo el cielo bajo y salvaje, separada del perfil de Eva por uno de esos trazos finísimos de lluvia, Elena estaba inmóvil, con todo su teatro sobre el viento armado, inolvidable viajera, Gea estática emitiendo sin cesar las formas más brillantes y efímeras…
Me conviene ahora que el tiempo presente haga su aparición en mi texto. Hace unos instantes, he terminado un autorretrato; me he limitado a dibujarme, tratando de encarnarme en mi propia efigie para convertirla, por medio de un deliberado acto de autodestrucción, en naturaleza muerta. Por lo demás, soy inmensamente feliz, aquí en Honfleur. Sol de invierno filtrándose por las vidrieras que dan al jardín en el que Eva, como todos los días, está esperando a que Gertrude le lea un nuevo fragmento del manuscrito de mi novela. Recuerdo que ayer, a estas mismas horas, la escena resultó divertida; seguí el movimiento de los labios, e imaginé este diálogo: «¿Por dónde sigo?», preguntó la servicial Gertrude. «Por donde acabamos ayer», respondió Eva. Gertrude buscó y, al poco rato, leyó: «Pero ella no me escuchaba y más bien parecía extrañamente transformada…». En ese momento, Eva la interrumpió: «Pero ¿qué estás leyendo?». «Creí—dijo Gertrude— que nos habíamos interrumpido aquí.» «No —dijo Eva—, nunca llegamos a este párrafo. Nos detuvimos en una frase que decía que me fuera a dormir un rato.» «Ah, lo encontré —dijo Gertrude—, aquí puede leerse…» Gertrude leyó mi recomendación a Eva, párrafo que el lector ya ha leído hace un rato. Me reí viendo que ni Gertrude ni Eva sabían lo rezagadas que iban. Hoy le espera una buena sorpresa a Eva. He aquí el mensaje que, dentro de muy poco, deslizaré disimuladamente en un bolsillo de su abrigo:
Al terminar la redacción del episodio Elena Bellini —a la que he adornado de genio para oscurecerte—, hago un alto en el camino para anunciarte algo muy desolador para ti. Desde que empecé a escribir mi novela —construida por el feliz encadenamiento de ideas tales como fijar una rueda sobre un taburete y mirar cómo la frase gira—, tuve el presentimiento de que, tarde o temprano, modificarías mi relato insertando esos lamentables comentarios que hasta ahora, simulando ignorarlos, te he permitido escribir, pues sentía curiosidad por saber si lograrías mantener cierta brillantez de tus intervenciones iniciales. No ha sido así, y como botón de muestra ahí está tu última y más desafortunada inserción, un penoso comentario con vocación de contraportada. Perdiste los nervios y tus inserciones llegan ahora a su fin con este mensaje que te mando hoy, 15 de abril, fecha en la que dejas de ser tú quien mecanografíe mis emborronadas fichas. No podría aguantar verme convertido en uno de esos escritores que se sienten arrastrados por sus personajes y soportan su rebelión bajo la niebla. No desesperes. Las inserciones que hasta ahora has escrito pienso conservarlas en mi texto, pues no sólo te delatan mostrando los aspectos más cómicos de tu carácter, sino que, además, me evitan el esfuerzo de tener que describirte. Consuélate pensando que te hago un gran favor, pues, al fin y al cabo, siempre has tenido menos dominio que yo sobre tu imaginación. Farewell, my lovely.
6
Hace tanto tiempo que el lector se despidió de mis tutores que ya va siendo hora de volver a mencionarlos, aunque sólo sea para informarle de que ella, Rialta, aún existe y vive muy fría y húmeda en su humilde nicho del Ensanche. Aprovecharé que hemos llegado a Barcelona para hundirme de nuevo en esa ciudad y en la escena de mi encuentro con Rialta. Es noche cerrada y hay un velo flotante de tiniebla ante el portal de la casa en la que fui siempre muy infeliz. Rueda lenta de los coches que ascienden Roger de Llúria. En el oscuro rellano, aguardo a que Rialta abra enfurecida su puerta; llevo tres años sin enviarle cartas ni noticias, de modo que espero ser muy mal recibido. Y sin embargo, en cuanto me ve, se desploma de risa en un rincón de su etéreo recibidor. Nos abrazamos, y ella no deja de reír. Y ahí tenemos ya el primer rasgo distintivo de su carácter, pues esta piadosa y conservadora señora pretende a veces rebelarse contra el destino y actúa entonces de un modo absurdo con tal de evitar lo que piensa que va a suceder.
Si terrible es que aporree su piano, rece en el reclinatorio de ámbar o se masturbe ante un uniforme militar (la esencia misma de su sexo y de su religión es la hipocresía y, en consecuencia, el bostezo eterno), más terrible es cuando actúa en contra de sus más firmes convicciones morales y se enfrenta, con un comportamiento absurdo, al destino.
Sospecho de todos sus gestos y desvío la mirada hacia la alfombra donde duerme un breve y escuálido gato, cuya delgadez delata esa tacañería congénita de Rialta. Ahí tenemos ya el segundo rasgo distintivo de su carácter: esa radical oposición a cualquier idea de despilfarro, de juego, desperdicio o
placer: es decir, de erotismo en tanto que actividad puramente lúdica, transgresión de lo útil, derroche gozoso. En la casa de Rialta no sólo se ahorra en comida sino también en palabras, pues cuando llega la hora de manifestarlas, o simplemente de gestualizarlas, toda iniciativa parte siempre de Rialta siendo a continuación el niño Oriol —tan mal alimentado y ridículo como el gato— quien la secunda, limitándose a repetir la frase, el gesto o aullido de su directora en jefe. No es nada extraño, pues, que en esta casa ya no se discuta nunca, ya que, por una suerte de tácito, elaborado y antiguo convenio entre Rialta y el niño, toda opinión que sea discrepante con una de las opiniones ya conocidas y aceptadas de Rialta es recibida como un atentado al régimen de esta comunidad regentada por el ser menos espléndido que he conocido nunca.
En sus esfuerzos por doblegar el destino, ha señalado al niño Oriol mis atributos masculinos, y éste, como descubriendo el sexo, repite el gesto de su matrona y baja la cabeza hasta hundirse ante la provocación de mi eterno jaque. El niño Oriol es muy rubio, de ojos azules, estudioso, y de una estupidez indefinida: la persona más radicalmente opuesta a mí; debió de adoptarlo Rialta cuando me escapé de casa, y está muy claro que se precipitó en la elección de sustituto; el histérico llanto del niño acompaña la escena de mi retorno al antiguo hogar. Llora porque nunca llegó a pensar que un día iba a serle posible verme; le saludo con infinito desprecio y comienza a dar golpecitos en el suelo, y pronto se desboca en una vergonzosa pataleta cuando es obligado a tomarse un jarabe que engulle entre gruesos lagrimones y mirándome de reojo, con ternura, lo que aún me hace detestarle más. ¿Cuántos años tendrá este niño de estupidez tan indefinida como su edad? Ciertamente tiene un incipiente bigote; es gatuno, bonachón y pardo; aprovecha los descuidos de Rialta para acercarse a mí, y, en una de esas ocasiones, me expone sus teorías sobre la vida de los peces; su impresión de que los más gordos se comen a los más flacos me obliga a refregarle la nariz hasta que aúlla de dolor y da uno de esos saltos que tanto prodiga en sus recreos escolares. Estáte quieto, le dice Rialta, y se lo lleva a dormir tras una penosa escena de secuestro, dominada por el olor a orina que dispersa el monstruo a lo largo de su breve resistencia. El monstruo se acuesta en la cama de Rialta, que parece dispuesta a lo que sea, con tal de sorprenderme y torcer así el rumbo de los hechos que parecen destinados a sucederse.
Pasamos al salón-biblioteca, cuyas figuras rituales son el sofá (más bien un butacón) y la mesa-escritorio de adornadas patas; el pequeño buró está junto a la ventana, cerca de ese mundo exterior que oculta unos visillos, mientras que, al otro extremo del salón, se sitúa el trono del poder, ese sofá donde la matriarca se sienta a presidir la vida familiar en trono de cretona. Un empapelado (con dibujos de tresillos y coliflores), condecoraciones militares, fotografías de mi tutor muerto y un mueble-bar completan ese sereno rincón en el que un biombo, junto a la puerta, crea una equívoca sensación de aislamiento. Contemplo detenidamente esta sala-biblioteca que tantas veces ha girado en mis pesadillas, y ninguna sensación nueva me llega, ninguna salvo la urgente necesidad de sentarme en el mullido y casi sacramental butacón reservado a Rialta, lo que provoca un penoso accidente cuando a ella le entra alergia al acomodarse en un triste sofá al que, por lo visto, no está ni estará nunca habituada. Estornuda con violencia, repetidas veces, hasta que el Niño-Loro, desde su gran cuna de amor, interrumpe la función reclamando la presencia de su inconfesada amante e imitando, con gran perfección, el ruido y la furia de tan curioso sobresalto nasal.
Aunque Rialta se muestra inquieta tanto por mi visita (que ha venido a estropearle su luna de miel) como por el riesgo que yo corro en la ciudad, trata de disimular su incomodidad hablando de modas con Eva que, como se ve, sigue empeñada en ir a todas partes conmigo y ahora se halla inmóvil en su silla, escuchando atónita los comentarios de la enfebrecida Rialta. Pasa un coche de bomberos por la calle, y su sirena quiebra el monólogo de Rialta, que se decide a hablar conmigo. Tras unos instantes de estar como ausente, se muerde los labios y me comunica con gesto dramático que, a excepción de Raúl Escabia, todos los que fueron mis amigos duermen hoy en las cárceles del país; enlaza la noticia con alusiones críticas a mi posición política y a mi aventurada fuga del país, y finalmente enciende, en cálida frase, la llama del elogio: ensalza la paz, los caligramas, la moral, los hai-kis y la salud de los generales. Eva la mira como si estuviera asistiendo a un proceso de locura irreversible.
Parece Rialta más ida que nunca y sus comentarios —a media voz, como riendo, y de una ingenuidad desarmante— se sitúan al más alto nivel del disparate. De pronto, dispersa varias lágrimas sobre un pañuelo bordado y sólo entonces reparo en algo que hasta ahora me había pasado desapercibido: su expresión recuerda a la de Elena, pues, en su anguloso rostro, sobrevive el mimetismo gestual que misteriosamente Joyce esbozó en su autorretrato; ella es lo más semejante a lo que habría podido ser Joyce si hubiera alcanzado los sesenta años, es decir que recuerda a alguien que, salvo en lienzo, no existe ni existirá nunca.
—A veces —dice Rialta— encuentro a Escabia apostado en alguna esquina de este barrio. Cuando me ve, pregunta siempre por ti, pero nada de lo que le digo le llega de una manera directa o clara. Es como si todas mis palabras le presentaran una duda, le parecieran ajenas o vacías.
En el fondo, Rialta suele hablar siempre de sí misma, muy especialmente cuando se dedica a describir a alguien que, en apariencia, nada en común tiene con ella. De hecho, lleva ya un largo rato imitando a Escabia; se identifica tanto con él que todo lo que le digo le presenta una duda; vive con concentrada minuciosidad todos los instantes, deteniéndose en cada uno de ellos, pero atravesándolos como si una nube transparente lo envolviera todo. Ni mi aparición, ni la noticia de mi boda, ni la trágica muerte de mi madre, ni el desprecio que muestro hacia su clan familiar, parece llegarle de un modo directo o claro. Es como si hubiera llegado a ese delicioso estado en el que se juzga tan vacía como absurda cualquier idea de aferrarse a las inmutables convicciones de antaño. Se ríe incluso de su personaje, de Escabia, se ríe de sí misma.
—Cuentan que a veces —dice con una media sonrisa— se aterra porque cree que algún objeto de su casa se ha movido de sitio. Pasa las horas hundido en meditaciones, investigando un misterio que nunca llega a resolver, por lo que acaba replegándose en medio de un gran llanto y devuelve el objeto a su posición original. Eso le tranquiliza tanto como deshacer sus jugadas en un tablero de ajedrez.
Una ambulancia, con atronadora sirena, interrumpe a Rialta, que se queda contemplando los ventanales; más allá de los visillos, en las azules cristaleras que dan a la calle, se aplastan las primeras gotas de lluvia, rápida y copiosísima, que se convierte, acto seguido, en un imponente y espeso aguacero. Una raya fulgurante. Una gran detonación y la tempestad, una inesperada tormenta.
—Escabia no puede estar ya más solo de lo que está —continúa, imperturbable, Rialta—. No sabe qué hace aquí en este mundo. Se le ve tan sediento de amor, tan desventurado en su soledad y tan irremediablemente triste que es imposible no dejarse encantar por su dolor.
Bajo el aguacero, pasa una segunda ambulancia, a gran velocidad, por delante de donde estuvo el Metropol.
—Hace pocos días —prosigue Rialta, ajena a la histeria ciudadana— le vi detenerse frente a un quiosco de revistas, pero tan lejos, que el hombre que las vendía no podía atenderle. Se quedó mirando fijamente hacia los titulares de los periódicos, pero estaba lo suficientemente lejos como para no poder leerlos. Yo misma me pregunté qué estaba haciendo allí.
Se despereza en su butacón, y, con una ingenuidad desbordante, trata de indicarme dónde se encuentra el quiosco, dirigiendo su índice al punto más blanco del visillo; emplea tanto tiempo en culminar su gesto que por poco pierdo la paciencia.
—Allí —dice finalmente— está el quiosco.
Y continúa hablando de Escabia, al que, a veces, suele ver sentado en un banco de la Diagonal.
—Allí —dice— está el banco.
Y señala lentamente hacia un oscuro punto del gradulux de su cámara matrimonial. A través del premioso tejido de frases inconexas, descifro el horror cotidiano del ciudadano Escabia; al parecer, este viejo y buen amigo se dedica ahora a extrañas tareas. Se sienta en ese banco de la Diagonal y, de vez en cuando, saluda a alguien con la intención de hablar con él, pero nadie le contesta al saludo, por lo que se queda entonces como ausente, largo tiempo, con los ojos cerrados, acaso esperando a abrirlos y hallarse con una nueva realidad. Cuando abre los ojos, parece aún más molesto que antes, saluda a la primera persona que ve, es ignorado por esa persona, y vuelve a cerrar los ojos; su resignación es ya, en ese momento, todo un misterio. La vida se le escapa, y únicamente juzga reales una serie de esporádicos recuerdos de su juventud. Abre nuevamente los ojos, saluda a quien sea y nuevamente es ignorado, y se queda como ausente, y vuelve a cerrar los ojos, y sueña todos los colores de la subversión, y…
—¿Y adonde va? —pregunta Eva.
—Se va, se va —contesta Rialta, cerrando sus ojos.
No los cierra Eva, que los deja en blanco y luego se inclina o más bien se vuelca con ferocidad sobre Rialta, con la obvia intención de aumentar el malestar de ésta, afligirla hasta el fin. La infelicidad y la soledad no producen en Eva sentimientos de solidaridad, pues no soporta a las mujeres desvalidas, y si encuentra a alguna se convierte en su apuntilladora. Por ello, ahora, en un esfuerzo tan ridículo como patético, se esfuerza Eva por recobrar, ante la desahuciada Rialta, sus perdidos aires de mujer fatal, y, en un bochornoso espectáculo, intenta tomar la forma de una serpiente y el aspecto de una larga flor en su tallo: víbora erguida de eterna belleza y enigmática sonrisa, mujer que contempla el paisaje mientras trata de recuperar aquel diabólico poder que antes le permitía, o parecía permitirle, no sólo prescindir de la gente con tan sólo entornar levemente los ojos exhibiéndose vacía y sin memoria, sino también desvincularse de los personajes y de la causa que la emparentaba con ellos.
Rialta es ajena a tales maquinaciones, y como los movimientos de Eva no parecen llegarle de una manera directa o clara, van pasando los minutos y las horas sin que se produzca evento alguno en este oscuro salón-biblioteca, eje de mis pesadillas; ninguna de las frases que en él se dicen parecen nunca completas. Monotonía. De vez en cuando, un trueno. Red argentada de lluvia que cae fuertemente, azotando los tejados, las grises aceras. Eva consume ya su segundo té cuando el niño comienza chillar con desesperación (pronto sabremos que lo único que desea es cambiar de nombre), y Eva, que acude a consolarle, se pierde tras la vorágine de rojas cortinas que separan la estancia de ese largo pasillo por el que pronto seguiré los pasos de Rialta, camino de la que un día fue mi guarida. Cuando abra la puerta, la decepción será inmensa: mi antiguo cuarto es hoy el taller de pintura de Oriol, el Monstruo.
—Le fascina helarte —dice Rialta.
Sobresaltado, le pregunto qué ha querido decir con esta frase, y me contesta que no ha querido expresar nada en particular. Le digo que tiene que existir algún motivo para que la haya dicho, pero ella se ríe y me repite la frase. «Le fascina helarte», dice, y me deja tan perplejo que le pregunto por qué en esta ocasión las vocales han sido dichas con un impulso de gobernada elegancia. Por toda respuesta, ella se queda mirando su reloj, como si el reverso de aquellas horas que suenan en otros lugares fuera el que tuviese contenido. Contemplo el taller: un repugnante festival del mal gusto, una miserable exposición de telas en las que siempre aparece un niño jugando. Ante tanto horror, silbo la habanera preferida de Eva.
—Estoy bastante tranquila, ya ves, aquí dando una calada a mi cigarrillo —dice Rialta al tratar de excusar el lamentable empleo del rojo en la descolorida capa de un niño que observa el baile de una peonza.
Estamos ante el más notable lienzo de Oriol, el Pintaniños. Le hago ver a Rialta que el tema de los imberbes jugando está muy visto, y que en ningún caso resulta original. Le señalo un lienzo en el que hay un niño —muy mal pintado, parece abstracto— contemplando absorto el frágil equilibrio de una torre de naipes. Le digo a Rialta que el Pintaniños es un pésimo imitador de Chardin, pero ella cree que hablo de otro Chardin. Por no enfadarme, soy capaz de cualquier cosa. Le digo que sí, que, en efecto, estamos en el taller de Chardin. Entonces me mira con tanta tristeza que me recuerda, de pronto, a Joyce; hundo mi mirada en lo único que queda de mí en este cuarto: la estrechísima cama, que se conserva tal como la dejé, casi intacta, diríase que incluso con las mismas sábanas. Descubro entonces que Rialta está convencida de que esta noche dormiré en la que fue mi cama; ésta y todas las noches que vendrán. Quita lentamente el cubrecama de seda roja, mientras yo busco en él alguna de las más gloriosas manchas de mi semen. Me pregunta Rialta a qué hora deseo ser despertado mañana; le advierto, de inmediato, que no logrará con su invitación separarme de Eva. Me mira como asombrada y me dice que he perdido la razón. Llegan gritos del niño, cada vez más desesperado ante los cuentos —terroríficos sin duda— de Eva. Cuando trato de hacerle ver a Rialta que, en esta ocasión, había una clara intención detrás de su última frase, ella se ríe hasta que enfurezco y le digo que antes, cuando hablaba de Raúl Escabia, estaba hablando de sí misma. He tartamudeado al culminar la frase, y en consecuencia mis palabras no han salido tan fluidas como en este papel. Las carcajadas de Rialta se confunden con el dramatismo intensísimo de los truenos que presagian el veloz paso de nuevas ambulancias. Noche de terror en Barcelona. ¿He visto a Rialta arropar en mi cama a un ser invisible, escoltado por dos cisnes de negros cuellos? No, no es posible, así que nada he visto, no he visto nada. Vine aquí por casualidad y me iré pronto, esta misma noche. No tengo tutora, salvo cuando la recuerdo a la luz de aquella lámpara que era conducida en tinieblas, en las más tristes noches de mi infancia. La mano de la memoria, situada en el guante de algodón blanco de Eva, coloca ahora la vieja lámpara sobre la mesa de noche, y, al graduar la llama, la pantalla de la lámpara ilumina el descompuesto rostro de una Rialta sumamente envejecida: arrugas de color lila como profundos surcos, y olor a sedas y pergaminos viejos.
Huyo, pero las voces de Rialta me persiguen y acaban alcanzándome en un punto fatídico del pasillo: rincón reservado a los lienzos que reproducen imaginarios bustos de Eva, Yeldis, Helena, Salambó y Circe: sombrío rincón unido a la desgracia de las más tristes tardes de antaño. Me giro para encontrar el rostro de Rialta, y la raya que divide su engominada cabellera se confunde con un sendero suburbial que, en la anónima pintura, enlaza un breve puente con la Seo, más allá de la cual surge, imponente, un castillo y una cripta, la cueva ignaciana, en la ciudad de Manresa. Rialta quiere saber si todavía admiro a Moliner.
—Apollinaire —le corrijo, dominándome a duras penas—. ¿Conoces otros nombres de escritores?
—Vamos, vamos, David… Un lapsus linguae lo tiene cualquiera, y no creo que merezca respuesta tan dura —interviene Eva.
El viento en la calle parece huracanado, y sopla también en este maldito corredor, donde aprendí a detenerme para mirar cuadros. No encuentro ya motivos para prolongar la visita, pero Rialta me pregunta si todavía escribo; me veo obligado a informarle de que estoy terminando Aroma y me propongo escribir Balumba: una historia que gira en torno a un escritor y al viaje como forma de aprendizaje y formación de un carácter. Rialta me interrumpe, porque quiere saber si todavía me drogo para escribir; le explico que la biblioteca giratoria de mis pesadillas se extiende como una araña gigantesca que me atrapa impidiéndome salir de la casa, abultando como un tumor monstruoso que oprime mi cerebro y el mundo en expansión del delirio… Con voz cavernosa, Rialta insiste en saber la hora en que quiero ser despertado mañana. Le digo que las sirenas de ambulancias, el malestar, la lluvia y su decrepitud me hacen ver gaviotas surcando el vacío azul de los abismos de Manresa. Oriol, impaciente en el lecho, grita su nuevo nombre. Rialta sonríe, tratando de disculpar la necedad del niño; muestra el nácar hundido en su vieja boca deficiente, y se alarma cuando le digo que lo siento pero me voy. Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna; he venido casualmente y me iré pronto. No me reconozco en esta tumba desierta. Al oír esta última frase, Rialta me pregunta qué he querido decir. Suena la hora de mi venganza.
—Lo que dije —digo.
Y emprendo, de nuevo, el camino del exilio.
7
Nos fuimos —por la ruta más breve— a Venecia. Y entramos en la ciudad al atardecer, soportando un calor asfixiante. Ni el menor hálito de aire. Eva, tan pegajosa como el clima —insólito para la temporada—, no se resignaba a su pérdida de protagonismo e insistía en personificar, sin demasiado éxito ya, a la mujer fatal. Horribles horas de vagabundeo por los canales. Eva, con la cabellera trenzada en joyas y flores, paseaba ataviada con una túnica flotante de color escarlata, y, en sus esfuerzos por convertirse en un personaje alegórico, extremaba su exotismo adoptando el porte de una princesa perversa, afirmando el mundo de los sentidos, transfiriendo la realización del deseo a un marco exótico y legendario, acaso la Venecia de otro tiempo.
Góndola resbalando por los canales de aceitosa agua. Tras el frustrado intento —por parte del clima y de Eva, doble pegajosidad— de asfixiarme en el trayecto, atracamos ante una terraza profusamente iluminada, donde un sexteto —escarlata y bistre—, con sus desencantados aires zíngaros, nos recibió. Como espectros, como sombras erráticas, fueron pasando, a nuestro lado, los huéspedes de aquella brumosa pensión en la que Eva comenzó a perder los papeles.
La noche en la que debíamos partir, la encontré junto al fuego, en la sala de estar de la pensión. Me dio pena verla tan empeñada en inquietarme. Pobre Eva. Se había vestido con un dominó de raso negro, ocultándose tras una máscara de terciopelo; me dio lástima verla tan obcecada en asustarme. Estaba sentada, o más bien desplomada en una butaca, en el claroscuro de aquella planta baja abarrotada de extraños objetos, oscurecida por profundos tapices, acompañada de la llama alta de un lámpara de petróleo y la oscilación de dos largas velas muy blancas, esbeltas y funerarias. La hostilidad de su silencio y el rictus inconmovible de su máscara me hicieron estallar en una inmensa carcajada. Le di a beber un café turco, espeso y azucarado, y le recomendé que pensara en el genio femenino del mal si deseaba mayor eficacia a la hora de aterrarme. Era tan conmovedora la inexpresividad de su máscara que sentí que volvía a amarla.
Descubrí que todo mi afecto hacia ella descansaba en la más simple y llana admiración hacia su maestría en el oficio de acompañante. Eva avanzaba a mi lado inspirando las más bellas escenas de nuestro singular combate, marchando bien alta a través de metáforas y alusiones, con la fantasía cada vez más espoleada, a medida que avanzaba, por el gusto y la diversión que le proporcionaban sus propias imágenes y descripciones. La amaba, sí, cuando la odiaba. Y la odiaba cuando quería que yo perdiera los estribos. Coronada de azucenas, en su supremo esfuerzo por alterar mis nervios, avanzó Eva aquella noche hacia mí imitando la rigidez de un espectro, para que así yo creyera que no había nada, solamente el hueco de la tela redondeando el vacío. Avancé hacia ella, y, con un veloz gesto, bajo la luz del gas más llameante, con una mano crispada por el miedo y la otra por la indignación, le arranqué la máscara. Descubrí que la pobre Eva estaba llorando, temblaba de miedo, sin duda porque aterrando a los otros se aterraba a sí misma.
Aquella misma noche partimos hacia Londres. Inicié Balumba en el trayecto, planeando que mi nuevo texto se viera dominado por notas íntimas y alusiones autobiográficas a través de la descripción de unas ciudades y de unos paisajes. Pero la escala en Zurich duró más de lo previsto —dos días encerrados en la sala de tránsito, caminando sin rumbo entre el vuelo sin fin de las palabras—, y las cuarenta pequeñas, minúsculas, fichas de la futura novela acabaron en un cenicero, pereciendo, como todo lo extinguible, en un mundo de humo y de falsas notas. ¿Es necesario precisar que aquel proyecto de novela era protagonizado por un joven narrador, el intrépido Stan Meister, sin excesivo ingenio, sin giros ni chispa, incapaz de pasar de un estilo a otro? Dejando las imágenes a un lado y las descripciones al otro, Stan Meister avanzaba derecho hacia el ecuador del corazón y acababa conmoviendo, a orillas del Támesis, a un par de conmovedores críticos. Allí en Londres, donde las aves turbaban sus crepúsculos, lo abandoné.
8
Considerando todo esto, y, en especial, tanto fracaso. Sabiendo además que la Muerte podía estar mucho más cerca de lo que suponía, dije que desearía moverme sin cesar, de modo que, al llegar a Londres, fuimos del Soho a Piccadilly, y de allí a Chelsea, y de Chelsea a Regent Street, y de Regent Street al hotel. Los bares y los museos se convirtieron en los recintos que más frecuenté, mientras Eva, en su intento por mostrarse tan activa como excéntrica, dedicaba su tiempo a visitar catedrales destruidas por la furia nazi. En un autobús pintado de ocre claro y de azul oscuro, recorrí muchas mañanas un inmenso circuito de la gran ciudad. En el British Museum simulaba extasiarme ante los frisos del Partenón mientras componía mentalmente alguna escena de mi futura novela. En la National Gallery maquinaba, ante la severa mirada de Enrique VIII, los más refinados planes para desembarazarme, de una vez por todas, de la adorable Eva. En el London Museum tomaba el té. Todavía más estériles que la dicha misma: mis movimientos. Muchas tardes subía a taxis que atravesaban velozmente las avenidas y me acercaban a Hyde Park, donde contemplaba la puesta de sol. Fue en ese parque donde comprobé que, en efecto, un hombre me seguía. No me equivocaba en mis sospechas; lo había visto ya como mínimo dos veces en el Bloom’s así como en los lavabos de la terminal del aeropuerto, recién llegado el avión de Zurich (en ese avión, afortunadamente un escritor de New Brighton, completamente borracho, le había impedido sentarse junto a nosotros), y ahora estaba allí, sentado en un banco del parque, simulando estúpidamente un éxtasis ante el crepúsculo. Era un hombrecillo de chaqué oscuro ribeteado y pantalón rayado de corte, con un sombrero hundido hasta las orejas, y el paraguas bajo el brazo, espiándome sin cesar. Volví a encontrarlo aquella tarde en un pub de Hampstead; encaramado en un taburete de caoba, saboreando un gin-cocktail en silencio, tomando notas de todo lo que veía. Aunque consciente de la nube de negra furia que crecía en mi cabeza, traté de dominarme y comparé a mi sombra con el hipopótamo, bostezador y charolado, que había descubierto, hacía un par de días, en el viejo zoo; me reí de él hasta que el implacable míster Genteel me lanzó una mirada agria, como adivinando a quién le comparaba. Pagó su consumición y fue a tomar posiciones a la esquina más cercana, también la más idónea, por cochambrosa, para un espía de su tamaño y condición. Cuando doblé esa esquina, el hombre, buen conocedor de su oficio, supo confundirse entre una balumba de elegantes caballeros, más ágiles y altos que él, y no reapareció hasta mucho más tarde, comiendo y mirando sin cesar, en Wiltons. Iba disfrazado de espía trasnochador, y me sorprendió que pidiera cuatro platos, tres postres, cuatro Irish-coffees y tres aspirinas; su actitud era de desafío, y, aunque resultara extraño, se hallaba ya en el local mucho antes de que Eva y yo entráramos.
¿Cómo sabía que cenaríamos en Wiltons? Unas manos que me ofrecieron jerez y almendras, o que se ofrecieron a sí mismas, interrumpieron mis cavilaciones. Era Eva que me miraba alegremente y que, antes de disertar sobre la barbarie nazi, me hizo notar, a modo de prólogo, que en el supuesto —a todas luces improbable, dijo— de que el hombrecillo me espiara, no cabía duda de que era poco discreto y muy hábil, pues llegaba a los sitios antes que yo. Creo que sonreí y di paso a su tesis doctoral sobre la miseria de los bombardeos. La cena tendría su colofón en un lamentable trueque de sombreros; el mío había sido adquirido para disfrazarme, en alguna verbena, de espía británico; el de míster Genteel era elemento básico en su disfraz de británico. Los sombreros se hallaban alineados, uno al lado del otro, sobre una amarillenta repisa que crujió de risa al detectar el cambio. Cruzamos la calle y entramos en el hotel, y ya en la habitación, descubrí que el sombrero estaba destinado a una cabeza más pequeña que la mía, no me pertenecía. En respuesta a unos elegantes golpes de paraguas en la puerta, abrió Eva la ventana que daba al jardín interior del hotel, y allí estaba el espía, con sonrisa sospechosa, sin sombrero en su cabeza de foca. Dio un paso de ballet y me entregó el sombrero. «Muy gentil», dije espiando su espionaje. Mis palabras las interpretó como una invitación a entrar, y por poco registra toda la habitación; corrí en busca de su sombrero, y, arrugándolo, lo lancé al aire, en dirección a un seto de espinos que podía verse más allá de la puerta que, providencialmente, Eva acababa de abrir. El sombrero describió una magnífica parábola y el hipoágil Pótamo lo detuvo con el mejor de los estilos, en incomparable blocaje, despidiéndose con extraños insultos, que revelaron que no era un caballero británico sino mallorquín.
Se alejó con paso rápido, girando por una galería lateral que conducía a una parte del jardín plantada de arbustos que constituían la transición más sensible con el hotel. Apenas tuvo tiempo de darse cuenta de que yo había apresurado el paso para seguirle cuando ya estábamos fundidos en violento abrazo, al pie de un sauce llorón, rodando juntos hasta que él se revolvió con la astucia propia de su oficio y huyó de mis garras gritando, a los cuatro vientos, el nombre de Demencia, la región en la que, en efecto, acababa yo de entrar. A la mañana siguiente, el espía —peatón eterno de las luminosas avenidas— marchaba sigilosamente, con cierta vergüenza, siempre delante de mí, y, aunque lo rebasara, reaparecía, de nuevo delante, siempre dispuesto a reactivar mi febril estado demente. Cien veces lo adelanté y cien veces volví a encontrarlo, de modo que acabé habituándome a él, pidiéndole fuego, preguntándole la hora, rogándole que se apartara, pidiéndole una dirección —que él me obligó a pronunciar con perfecto acento mientras farfullaba el sustantivo lavaplatos—, poniéndole la zancadilla que ocasionó el altercado en que perdí dos dientes y la noción del tiempo. En la antesala de la pérdida del juicio, traté de calmarme, pero parecía imposible. A mi espalda, reflejado en las lunas de los escaparates, simulando la mirada azul de la inocencia, el espía me observaba. Pensé en comprarme un libro.
En Fortnum & Masón, tras adelantar, en las escaleras mecánicas, a mi perseguidor, llegué a una planta muy iluminada en la que podía respirarse cierta calma. En la librería no había un solo cliente y estaba semioculta por una sección dedicada a la venta de raquetas. Tristes tiempos son éstos, pensé mientras pedía una novela de Jack London y vigilaba que no apareciera —no habría podido soportarlo— ningún gentleman en busca de su raqueta. El dependiente era un hombrecillo alelado que parecía juzgar intempestiva mi petición. Repetí el nombre del autor, y el enano comenzó a metamorfosearse.
—London, London, London—dijo.
Parecía estar aguardando a que se disolviera la espuma laberíntica que le impedía razonar. Repetí mi petición y entonces comenzó a aparecer, en la cabeza del desdichado, humo y mi sombrero. Siempre sentí pánico ante la posibilidad de vivir situaciones de este estilo. Más miedo aún sentí siempre de que alguien, que estuviera sumiso y callado ante mí, se volviera, de pronto, loco y comenzara a gritar. Debí sentir tanto miedo que fui yo quien se transformó. «Sí, London», dije gritando al mismo tiempo que abofeteaba, con cierta calma, al hombrecillo, que, con notable énfasis, se defendió con acierto y de un gancho de izquierdas me envió contra las cuerdas de las raquetas. Me bajaron en un oscuro montacargas en el que simulé desvanecerme, y ya en la calle me arrojaron al cubo de basura en el que simulé despertar. Con grandes zancadas, traté de alcanzar pronto el hotel, pero las piernas me dolían enormemente, e iba deseando que cada paso fuera el último. Las ojeadas rápidas y medio disimuladas que lanzaba a las farolas o a los tejados me mostraban, a tamaño gigante, el rostro de mi espía, hendido por una monumental sonrisa y brillante de sudor entre las dos botas que calzaban sus dos brazos rígidamente levantados. Yo debía, en efecto, avanzar muy deprisa porque alcancé a más de un espía, y en cuanto lo adelantaba me parecía que detrás de mí sus pasos se detenían. Desemboqué en una gran plaza, al fondo de la cual se alzaba un gran museo, que resultó ser una iglesia, o quizás una catedral. Iluminada con esplendor, la nave central parecía desierta. Saqué mi pañuelo para borrar mis lágrimas y enjugar la sangre que se deslizaba por la comisura de mis labios. Di varias vueltas, muy rápidas, sin ver alma viviente, y pensé que quizá los espías se ocultaban dentro de los confesionarios, o en el púlpito, o dando vueltas, con escobas alrededor del órgano. Marchaba yo tan deprisa que, sin darme cuenta, atravesé en diagonal cuatro veces la nave, y, al final, la puerta que crucé no era la de salida, pues allí no había calle sino una escalera de caracol que empecé a subir a grandes zancadas, como si huyera o persiguiera de cerca al espía ciudadano. Ascendí a extraordinaria velocidad hasta lo más alto de todo, y allí, flanqueada por una barandilla que daba al vacío, había una gran cúpula. En la calle se formó muy pronto un coro de espías o club de observadores del suicido; pasaron dos horas y esa gente comenzó a agruparse misteriosamente en torno a una ambulancia. Pensé que la cúpula aún no me había revelado sus secretos, y me decidí a subir a lo más alto de ella, allá donde el sol cala implacable, ardiente e impetuoso sobre el granito, que imitaba una fina arena en la que parecían caldearse guijarros veteados de grises, azules y negros. Me acordé del genial escritor aéreo y simulé que pasaba por allí; lo saludé, le perdí el respeto, me reí de él. Pensé que ya no lo necesitaba. Había tanta luz que probé a creerme que lo único que veía era oscuridad, y entonces lo vi todo tan oscuro que me coloqué la mano delante de los ojos. Vi al sol reluciendo como oro oculto en cada línea de mi mano, y aparté entonces esa mano delante de mis ojos. Era tan fuerte la luz que hice un gesto de desesperación y volví a taparme los ojos. En una imagen más breve que el tiempo que emplearé en describirla, vi abejas indias pululando de grieta en grieta, agrupándose una y otra vez, manchando el blanco mármol con miel seca, y fabricando sus panales, altos y profundos, en la oscuridad de mis pupilas. Aparté la mano que me impedía ver el exterior.
—¿Puedo saber qué viste? —preguntó Eva, que, tras rescatarme del psiquiátrico, escuchaba mi relato.
—Me sentí como iluminado, y tuve la impresión de que eras tú quien dictaba mis pensamientos.
—¡Stein! —dijo.
—Stain —dije por milésima vez.
—Así tu cuerpo fue como resumen tus ojos el mundo —sentenció ella, abreviando sensatamente el capítulo.
9
Aunque el tiempo nos sobra, no pienso entretenerme en una descripción detallada de la etiqueta de agua mineral que reposaba en la entrada de la pocilga psicoasnal en que me internaron. Tampoco voy a fatigar a nadie con mis lamentos y protestas por la infame actuación del nefasto de turno, en este caso el doctor Gouachet, un miserable que no merece nuestra atención cuando estamos llegando al feliz punto en que la rueda del tiempo, girando a mi merced, nos aproxima, de nuevo, al incidente ínfimo que, en el ferry Dover-Calais, desgarró la trama de los horarios. Aquel descubrimiento de que dos instantes, infinitamente separados, podían encontrarse entre sí uniéndose como dos presencias que se identificasen, entroncó directamente con otro instante decisivo, aquel cuya descripción postergué cincuenta páginas antes porque previ que más adelante, y por tratarse de la pérdida temporal de mi razón, tendría más relieve que en ningún otro lugar: máscara contra máscara, Eva, en la pensión de Calais, hundió las cuencas de sus ojos en mi mirada, y lo que sucedió fue simplemente que adquirí una conciencia de mí mismo tan fuerte que se rompió mi cohesión con el curso de los acontecimientos y comencé a vivir fuera del tiempo, en una angustia mortal. Reflejada en las cuencas de los ojos de Eva, vi una inagotable sucesión de imágenes, y sentí que describirlas me resultaría imposible. A partir de aquel instante, todo lo que fui viendo me llamaba la atención, las imágenes no parecían naturales sino ensayadas para alguien con sumo esmero, y describirlas resultaba siempre imposible; en cada uno de mis movimientos tenía la impresión de que se me escapaba algo; y, en los días que siguieron, si alguna vez iniciaba una frase, hablada o escrita, me detenía a mitad de ella, pues me hallaba sumido en esa estimulante, pero también desazonante experiencia a través de la cual toda imagen, por breve o sencilla que parezca, termina convirtiéndose en un lienzo de fondo infinito, imposible de describir y cuento de nunca acabar. Por todo ello, cuando tras un silencioso paso por París, regresé a Honfleur, supe, desde el primer momento, que me estaba acercando a ese otro taciturno momento en el que dejaría, con sumo gusto, de escribir.