1
Al llegar a la descripción de su regreso a Honfleur, Stein ha dejado de escribir. En el jardín de mi mansión, su rostro se ha fundido, de pronto, en el paisaje: el lindero de sus cabellos se continúa en la fronda amarilla del bosque, y las bolas de cristal que adornan los rosales brillan al unísono con la piedra preciosa que vimos relumbrar en el más ruin de sus sueños. Stein ha caído, pues, en su propia trampa, y, por una ironía del destino, ha de verse ahora como víctima de su propio estilo y descrito por mí según el torpe patrón de sus descripciones, fundiéndose irremediablemente en el paisaje, tal como solía ocurrirles a sus personajes: un penoso truco literario; un fin, pavoroso y tranquilizador a un tiempo, pues cuando la mirada funde lo separado en algo extrañamente unificado e imposible ya de diferenciar, se siente una advertida de algo que era invisible en la infancia. Yo, Eva Vega, me paso la lengua por los dedos abiertos, sin dejar de contemplaros. Mis labios son carnosos, almibarados y brillantes. Os mando miles de besos desde el lugar de Stein. No desaparece su estilo porque completar su autobiografía impide ciertas rupturas y porque, además, formalmente fui siempre ligera y muy propensa a las frases telegrama con cantinela de tabla aritmética, así que por doble motivo elijo imitar ese estilo de buscar el estilo, la más patética de las inclinaciones de Stein, personaje con alarmante tendencia a cultivar aquello que llamamos seriedad y cuya esencia, por lo general, no es más que la maquinación más burda, y en consecuencia el engaño. Y es de grandes engaños, trabados con habilidad suficiente para encubrir defectos de la mente, de los que están hechas las autobiografías de la serie seria.
Lo cómico de lo grave de tales engaños es que tan sólo delatan la incapacidad del narrador de inventarse personajes fuera de él mismo. Hubo un tiempo en que, conociendo esa incapacidad, el desdichado Stein entraba en un lujurioso sopor y se dormía siempre, al atardecer, sobre sus escritos, eligiendo entonces su sueño favorito: transformado en aclamado novelista, volvía al oscuro dominio del marista, y, desde las galerías, era saludado por los párvulos obsesos: rumor de jauría que celebraba su regreso y aullido del escolar anónimo del que sabía prescindir para ir directo al surtidor del embrujo y de la paciente hilera; allí, las indescifrables muecas del último de la clase resumían sus recuerdos de aquella infancia de diplomas y tiza beata junto a baberos como percheros, al atardecer siempre, cuando se embebía creyendo que el agua era leche que penetraba hirviente por su corredor de satén hasta la profunda garganta en que sentía inmovilizado el inmortal chorro y detenido el deseo para que así fuera posible, al atardecer siguiente, la prolongación del embrujo culminando su reiterada fantasía: ése era el mecanismo principal del efecto somnífero, porque eran píldoras las que le permitían olvidar su gran fracaso. Mas cuando regresó a Honfleur ya no precisaba de ellas, y el somnífero más efectivo era su propia escritura, ese viejo chorro, y nada más. Le bastaba con escribir una de sus líneas para caer en aquel sopor profundo que obra de calmantes fue otros días.
Tratando de que despertara, le hacía yo descender a Honfleur todas las tardes, pero allí, en el paseo del mar, saludaba Stein con una exageración que revelaba burla o afán de protagonismo. Conmovía ver que, aunque no tenía amistades ni conocidos ni colegas, sabía, con elegancia, quitarse el sombrero y decir, con arrogancia, «stenstain» en cuanto veía que saludaba yo a alguien. Su palabra y la risa que la acompañaba difundía la errónea impresión de que entre los dos sosteníamos las más animadas conversaciones, aunque la realidad era otra, y los diálogos eran así: «Bonsoir», decía yo. «Stenstain», se apresuraba a añadir él, y el resto era silencio y pasar el atardecer pendiente de su risa y su sombrero hasta que caía la noche y regresábamos. «Diez saludos hoy domingo», era su plegaria diaria, mirando la luna, antes de acostarse, cerrando después la boca con extrema dureza, los tensos labios apretándose con violencia para acabar estallando en una risa desgarrada y, a la vez, desahogada, tras la cual se dilataban sus iris como dos aros encendidos y se preparaba para recibir a los desaparecidos. Muchas noches, cuando la oscuridad nocturna tergiversaba las sombras, yo leía en Stein, palabra por palabra, esa larga frase siempre interrumpida por el miedo que mi presencia, quietud y silencio, provocaban en él: sudor frío como lágrimas de lluvia en el nocturno incierto, con espanto y siempre insomnio, toda la noche en vela. Aún sudorosos y con las manos entumecidas, arrastrando tumbas, llegaban, con las caras más lastimosas, los muertos. Joyce, Héctor e incluso su madre le visitaban todas las noches, y partían con las primeras luces, cuando yo despertaba y descubría garabatos en su pupitre, inscripciones en la pizarra, plumillas rotas y húmedo el delantal. Riña de miradas. En su delirio, Stein me culpaba de las tres muertes.
2
Aunque se viera mezclado en un acontecimiento, nunca parecía apercibirse de ello, e incluso una vez concluido su desarrollo, difícilmente podía considerarlo Stein como algo importante. Pasaba por las situaciones como ahogado, amordazado, como polvo a través de un tapiz, y era evidente que sólo escribiendo habría podido resaltar lo que visto en forma progresiva no le parecía absolutamente nada. Como ya no escribía, para él era como si nunca pasara nada. Y como no comprendía a los vivos —salvo a mí misma, a los demás los encontraba absurdos—, se refugiaba en las ensoñaciones mientras aguardaba las horas del sueño y del paseo, que eran prólogo del gran insomnio, sumamente exaltante, que cada noche ensanchaba el espacio de la nada en que había venido a convertirse su existencia. Silencio del tigre en su ámbito, silencio del ángel en su transparencia universal, mutismo del dador. Desde las primeras luces del alba, vivía en la ensoñación, un vagar negligente, un fantasear a partir de nada hasta que, al atardecer, el somnífero le trasladaba al agradable sueño tras el que le esperaba la ronda del otro y su sombrero. Desde las primeras sombras de la noche, vivía en el insomnio, pesadilla de precipicios, emboscadas y peligros de los que nunca se salía. Imaginaba caminatas que describían grandes círculos, cuyos radios eran cascadas de llanto. Sueño, pesadilla y ensoñación se entrelazaban impidiéndole tomar la pluma o comunicar con el exterior, de modo que era sumamente feliz, siempre en libertad se le veía, sin patria ni letras, por los ángulos del espejo, en reversible trayectoria. Hasta la maldita hora en que regresó a la lectura, y, a medida que iba devorando libros, adquirió el sentimiento infantil de creer que todos los personajes, incluso los tres desaparecidos, habitaban la mansión. Se creyó protegido por una guardia real, ronda de fantasmas que defendía su vida, tan amenazada, pensaba él, por mí. Su risa era infinitamente seria. Y todo se volvió más denso, y una tarde, bajo la fina lluvia de abril, llegó a sus manos un ejemplar de Al sur de los párpados, novela recién publicada. En un principio, creyó que la firmaba él.
—Rústica —dijo refiriéndose a que era una edición en rústica, muy extraña, escrita en castellano por un anglosajón que la había editado en Francia.
La intriga de la novela no podía resultarle más familiar: cierta dama, Erika Volga, escribe unos papeles que describen la muerte de un personaje, un poeta. El manuscrito circula de mano en mano y cuantos lo van leyendo —un barbero, un buzo y un guerrero— acaban desapareciendo… Al término del libro, el lector comprende que él podría ser la cuarta víctima del manuscrito y que, además, hay misteriosas vinculaciones entre la asesina, la Volga, y la narradora, ilustrada en el interior del libro.
En cuanto concluyó su lectura, Stein vio aspiradoras cayendo de un telar a un escenario desde el que los tres desaparecidos se dirigieron a él: «Vencimos a la luz y al tiempo. De aquí ya no nos vamos». Stein aplaudió la frase, pero sintió que la piel se le había doblado, cosido y encerrado. Extendió sus piernas buscando que yo tropezara con ellas y nos enzarzáramos en combate. «Por fin estoy realmente cómodo», se dijo, pensando que aquella frase no significaba nada. Sintió que estaba como borracho y todos los objetos se hallaban fuera de su alcance. Soñó con el mar, mordió un oso de trapo, recordó que un día no muy lejano, en lugar de pertenecer al club Demencia, había poseído cierto talento individual. «Qué raro», se dijo, y eso amortiguó su absoluto desconcierto, aunque, al ponerse en pie, giró sobre sí mismo y resbaló ligeramente en una losa del camino que bajaba en meandros por un declive cubierto de césped en el empapelado que presenció, en silencio, su retorno a la elocuencia. «Pero bueno», dijo como iniciando una frase. Hacía meses que no lo intentaba.
—Pero bueno sería que el viento emocionado me aplaudiera en todas las… —dijo apretando contra un papel una pluma que se fracturó.
Le pedí que completara la frase.
—Ventanas —respondió cerrando la frase y una ventana al mismo tiempo.
A partir de ese momento, se animó tanto que tuvo la impresión de que podía volver a escribir. Dijo pomposamente que una novela era una sucesión lógica de frases, pero se detuvo sin saber cómo continuar, comenzó a buscar nuevas frases, tembló y resbaló, simuló un desmayo. Le hice ver que su última novela, Al sur de los párpados, era más bien una sucesión de instantáneas. Me respondió, no con una, sino con dos frases: «Sabes perfectamente que yo no he escrito ese engendro. Además, mañana iré a Dieppe a investigar este asunto». Dicho esto, comenzó a ver todas las cosas con un equilibrio inaguantable: ya no se sentía mareado ni borracho, y todo le parecía insoportable. Observó que la intensidad de su mirada no viajaba nunca con sus palabras. Hablaba sin encontrar los verbos, y su silencio o incapacidad para culminar las frases hundía su voz en el más profundo hoyo de la sangre negra. Sintió que era el último verano de su juventud, y le pareció que su cabeza, como un colchón hundido bajo su peso, tenía una altura tan excepcional que era insoportable. Su conciencia de sí mismo volvió a hacerse tan fuerte que le llegó, muy pronto, la más inaguantable angustia, escalofrío ante visiones de eternidad: se hundió en la oscuridad más fría, y, prisionero de una alegre melancolía, partió aquella misma noche hacia Dieppe.
3
Al día siguiente, el dueño de una ridicula granja podría haber estado contemplando, al amanecer, la hermosa ruta rural, recién pavimentada, que conducía a su no menos hermosa y ridicula finca. De haberlo hecho, ese granjero —cuyo parecido con Bendetti podría ser muy asombroso— habría observado que un jeep se apartaba del camino, entraba en el bosque, se orientaba a tientas en el laberinto imposible, reaparecía arrastrando maleza y levantaba una copiosa nube de polvo que le hacía reducir velocidad al entrar de nuevo en el camino asfaltado para poco después acelerar, bruscamente frenar, reanudar la marcha por el bosque dando pequeños saltos, sortear una hilera de ranas mofetas, hasta desembocar, de nuevo, más allá de unos charcos, en la carretera, donde el jeep patinó con rara movilidad. A un espíritu menos despierto que el de nuestro supuesto granjero le habría podido parecer que ese jeep era conducido por un niño. Y sin embargo, su chófer era Stan Stein —Stein—, novelista en edad de aprendizaje, extraviado por las afueras de Dieppe.
De encontrarse apostado allí ese falso Bendetti habría podido abrir un baúl, desenterrar unos anteojos y confirmar su sospecha de que, en efecto, era un loco el que avanzaba hacia su finca. Se habría entonces preparado para rechazarlo con la estrategia menos adecuada en estos casos: convertirse en estatua. Cuando Stein creyó verlo, soltó una carcajada en espiral ante tan exótica escultura del desinterés: el supuesto granjero tenía la cabeza ladeada, apoyada en la mano derecha; dos dedos en la sien, y otros dos bajo el labio inferior, forzando un rictus de ingenuo y rebuscado desdén. Stein aprovechó la circunstancia para fisgonear en la casa, reponer fuerzas en la cocina, reaparecer en la terraza y preguntarle a la estatua —un homenaje al granjero desconocido— dónde podía encontrar la imprenta de Dieppe.
—No crea que no admiro su casa —dijo el más joven de los Stein— pero yo cambiaría algunas cosas. Donde yo gobierno se sienten orgullosos de que no respete excesivamente lo antiguo y agregue toda clase de adornos a la vieja mansión señorial, aunque sin limitarme a lo arquitectónico, sino teniendo bien presente que siempre hay en las paredes espacio para un nuevo cuadro, un rincón que puede embellecerse con un jarrón, una mesa que requiere un tapete de terciopelo bordado en oro, etcétera.
Pronunció «oro» y «etcétera» con gran placer, y se dio cuenta de que habría podido seguir hablando de cualquier otra banalidad durante muchas horas más, sin interrumpirse nunca, pues la sensación de hablar solo o de dirigirse a un espectador mudo le tranquilizaba obrando el milagro de que, por fin, le fuera posible recuperar el habla. De ahí a su regreso a la escritura había ya un solo paso. Dio media vuelta y se despidió de la estatua, corrió hacia el jeep, y aprovechó el viaje a Honfleur no sólo para elegir la trama de la novela que acabamos de leer, sino también para continuar con aquellas heroicas prácticas de conducción que le sirvieron para aprender a maniobrar, con pericia, en rutas tan angostas como el bosque de charcas, laberinto vecino a la finca por la que volvió a zigzaguear. Si alguien hubiera presenciado esas maniobras de despedida, las habría juzgado, sin duda, patéticas; si alguien las hubiera olfateado, habría olido a sulfúrico de chimenea y testamento quemado. Pero no había nadie, absolutamente nadie en aquella no menos patética y desolada zona, salvo un conductor chiflado dando vueltas alrededor de sí mismo. Me pregunto qué habrá sido de él.