País Relato

Autores

enrique vila-matas

abandono

Bajo una sombrilla listada, durante una de las olas de calor muy comunes en Malibú, estaba sentado un hombre. Su nombre era Andy Andrews, y llevaba unos pantalones color magenta, zapatos de cuero en tono cereza y una prenda deportiva que parecía un fino pijama azul. Andy Andrews no era un excéntrico, ni sus prendas eran algo insólito en aquellos días y en aquel lugar. Cuando me encontraba con él, me gustaba saludarle.
—¿Cómo estás, Andy?
A él le gustaba contestar parodiando una frase de Scott en su diario:
—Ya ves. Treinta y dos y triste como un condenado.
No tenía treinta y dos años, pero aparentaba siempre tenerlos. En cuanto a la tristeza, tenía sobrados motivos para ella. Le habían abandonado todas sus mujeres, su mejor amigo había muerto, y su querida hermana se había suicidado en pleno santuario familiar. Y, además, él, que siempre confió en convertirse en el mejor guionista de Hollywood, era tan sólo, cuando había ya rebasado los cuarenta años de edad, un guionista de talento poco conocido, subvalorado y, en ocasiones, despreciado. Todo esto había cambiado notablemente su carácter y últimamente, quizá porque bebía en demasía, desplegaba una gran agresividad, dirigida hacia los otros y hacia sí mismo. Y lo que era más grave: tras sus espectaculares borracheras, no recordaba, al día siguiente, nada de lo que había sucedido. Con el alcohol perdía la memoria, y a él parecía complacerle esto, porque le encantaba sentarse bajo una de las sombrillas listadas del bar de Joe Bell y aguardar a que alguno de nosotros pasara por allí y le contara los sucesos de la noche anterior.
—¿Cómo estás, Andy?
—Ya ves. Treinta y dos y triste como un condenado.
—Ya será menos, Andy.
—Oye, ¿recuerdas lo que dije anoche a última hora? Creo que discutía sobre carreras de caballos, pero no acierto a recordar lo que yo decía.
Quienes conocíamos su talento estábamos alarmados ante su gusto por perder la memoria y, aunque sabíamos que la espectacular transformación de su forma de ser podía desembocar en la escritura de un guión genial —ese guión que, cuando él era feliz, nunca habría sido capaz de escribir—, no ignorábamos el alto precio que tendría que pagar por ello. La ansiedad que escribir conlleva es casi intolerable, y el éxito no compensa el gasto de energía, el daño causado por los estimulantes y narcóticos, el miedo a que el propio trabajo carezca de valor.
Yo, por ejemplo, cuando heredé la fortuna de mi abuela cubana, dejé inmediatamente de escribir. Fue un gran alivio. Alquilé en Malibú una casa de campo con postigos verdes, solana, comedor, porche, cuatro dormitorios y jardín. En ella, en estos últimos años, he vivido feliz, dedicado exclusivamente al ajedrez, la lectura de la nueva poesía congoleña, las damas y el cuidado de mi jardín. Desde esa casa escribo hoy sobre Andy Andrews y, por unos minutos, vuelvo a ser el que era: un pobre hombre solitario sentado frente a una máquina de escribir con la necesidad de contar una historia ejemplar. Esa historia se inicia el mediodía en que, al pasar por delante de Andy Andrews, le saludé como de costumbre.
—¿Cómo estás, Andy?
Contrariamente a lo esperado, no citó la frase de Scott. Cerró los ojos y apuró un daikiri. Luego dijo que tenía que contarme algo. Mi vida, creo haberlo dicho, era fácil y feliz. Era una vida que se alejaba de las complicaciones que el guionista Andy Andrews parecía tratar de comunicarme en aquel mediodía en el que, pese a mi resistencia, acabé comiendo con él. Sentado frente a mí en la peor mesa del mejor restaurante de Malibú, Andy Andrews, mordisqueándose una uña roída hasta el final, dio un extraño rodeo antes de ir al fondo de la cuestión. Empezó diciendo:
—Me alegro de que hablemos lejos de Joe Bell. Cada día me espía más y quiere enterarse de todo lo que cuento.
—Pero, Andy, si tú no cuentas nunca nada. Tienes a todo el mundo dedicado a contarte lo que haces por las noches.
—Bueno, da lo mismo. Joe Bell anda siempre fisgoneando y quiere enterarse de todo.
—Lo que ocurre es que está enamorado de ti y le divierte saber las tonterías que haces por las noches. Eso es todo. Pero supongo que no me habrás hecho venir hasta aquí para hablarme de Joe Bell.
—No, claro. Bien, no sé por dónde empezar. Sí. Fue el pasado domingo cuando empezó todo. Hacía mucho calor, yo tenía una resaca fenomenal y estaba tendido sobre mi cama cuando sonó el teléfono. Nadie me llama en domingo. Bueno, en realidad no me llama nunca nadie, así que me metí debajo de las sábanas, quité el teléfono de la mesilla de noche, me lo puse en el estómago y descolgué ansioso.
—¿Son precisos tantos detalles?
—¿Sabes quién me llamaba?
—Pues no, francamente.
—Una mujer.
—¿Y qué tiene de extraordinario?
Sonrió con aire de suficiencia y llamó al camarero.
—Un daikiri, por favor. ¿No bebes nada?
—Preferiría comer.
Se inclinó hacia mí para decir confidencialmente:
—¿Te has fijado que este restaurante es pésimo?
—Sí, pero no hay otro mejor.
—Es una parodia de la alta cocina en su forma más vulgar. Sirven las espesas salsas harinosas que Escoffier condenó, y si pides carne te la dan dura y nadando en una sustancia viscosa totalmente innecesaria. Y del pescado es mejor ya ni hablar.
—Pero supongo que no me has hecho venir hasta aquí para criticarme el restaurante.
—No, claro. ¿Dónde estábamos? Sí. Era domingo, hacía calor, yo tenía resaca, descolgué el teléfono y era una mujer que deseaba verme lo más pronto posible. Le pregunté si nos conocíamos de algo y le sorprendió que no la recordara, es más, se enfureció. Dijo que la noche anterior habíamos estado hablando largo rato en el bar de Joe Bell. «Yo fui —dijo ella— la mejor amiga de su hermana y ayer estuvimos hablando de ella y de que usted podía darme clases a un precio muy económico.» «¿Clases?», pregunté desconcertado. Hubo un largo silencio, y después ella dijo tranquilamente: «Sí, clases de baile». ¿No te parece muy extraño?
—Bastante.
—Además, mi hermana se suicidó precisamente porque no tenía amigas.
—Y cuando tú te emborrachas, supongo que ya lo sabes, te aferras más que nunca a tu papel de escritor-sobrado- de-talento-que-se-mata-con-mezcal.
—Lo sé, lo sé. Por eso me intrigó tanto lo del baile. ¿Sabes qué hice?
—Pues no.
—La cité en el bar de Joe Bell. Llegué una hora antes a la cita y dispuse del tiempo suficiente para interrogar a Joe Bell, que me confirmó que la noche anterior había estado yo hablando largo rato con una chica. Una colegiala, dijo, a la que nunca había visto en su bar. Aguardé impaciente a que llegara y cuando apareció por la puerta, respiré aliviado. Era simpática, muy bella, culta. Insistió en que yo me había ofrecido como profesor de baile. Fuimos a mi casa y allí me contó una historia tristísima sobre sus padres. Los dos eran pintores y, durante mucho tiempo, estuvieron envenenándose lentamente. Chupaban la pintura de sus pinceles. Y el resultado final fue que murieron. Lloré cuando me dijo que era huérfana. Conmovido, le propuse que se acostara conmigo y entonces me dijo que nunca había sentido el menor apetito sexual. Nunca en la vida. Me quedé atónito y ella aprovechó mi sorpresa para declarar su oposición a las relaciones prematrimoniales, al alcohol, a las drogas, a la promiscuidad y a los cigarrillos. Tardé cinco horas en convencerla de que yo no era un profesor de baile.
—Te invito a comer.
—Aún no he terminado. Camarero, otro daikiri. ¿No tomas nada?
—¿Y si pidiéramos ya la comida? Estoy ansioso por volver a ver las salsas harinosas.
—Espera. Aún no he terminado.
Traté de que mis ojos dejaran de ser amables, pero fue inútil. Andy Andrews siguió hablando:
—Lo curioso es que anteayer me llamó otra joven interesándose por mis clases de baile. «Soy —dije profundamente molesto— un guionista de cine, ¿quién le ha dicho que doy clases de baile?» Me respondió como sorprendida: «Usted mismo, ayer en el Fever, ¿no se acuerda de mí?». Recordé entonces que, a la salida del bar de Joe Bell, había tomado unas últimas copas en el Fever, pero tenía la impresión de no haber cruzado palabra con nadie, y menos aún con una mujer. «Pues estuvimos hablando largo rato. No puedo creer que no se acuerde», dijo ella. Me pareció todo excesivamente extraño, pensé que se trataba de una broma. Ella me aseguró que no, y como no tenía nada que perder acabé citándola en el bar de Joe Bell. Cuando a las diez en punto ella apareció en el local, mi sorpresa fue inmensa. Se trataba de una mujer negra, bellísima y muy esbelta. Tenía aspecto de serpiente erguida, vestía de seda blanca con un chal sobre los hombros, y parecía la clásica tentadora que arruina con sus ojos negros, profundamente negros. Desde luego, algo estaba claro para mí. A esa peligrosa mujer jamás la había visto antes. Pierdo la memoria, pero no tanto como para no recordar, aunque tan sólo sea vagamente, a una mujer como aquélla.
—¿Estás seguro de que no quieres comer? Yo voy a pedir mi tortilla.
—Ella era una bebedora infatigable. Fuimos a mi casa y se bebió todo mi whisky. Comenzó a ponerse pesada pidiendo que le diera la primera lección de baile. «Soy escritor», dije desesperado. «Claro, claro, cariño», respondió misteriosamente ella. Y a partir de ese instante la noche entró en su última etapa, un desenlace feliz. ¿Qué piensas de todo esto?
Nada. Yo no pensaba nada. El me miró tan fijamente que mis ojos acabaron apartándose temerosos. Fui al lavabo, encargué mi tortilla y, cuando volví a la mesa, vi que Andy había cambiado los daikiris por whisky y se hallaba ya notablemente excitado.
—¿Qué piensas de todo esto? —repitió.
Sonreí, no de contento, y, para salir del paso, dije:
—Puede que gustes más como bailarín que como escritor. O viceversa. Francamente, no sé qué decirte.
Creí que se enfadaría, pero no fue así. En cambio se molestó mucho cuando descubrió que había ya encargado mi tortilla. Me miró con gran insolencia y dijo:
—Como escritor ya no existo.
Dicho esto, sacó de su bolsillo un cuaderno y me lo entregó pidiendo que me hiciera cargo de su última obra, un breve relato basado libremente en una anécdota de la vida de Tatiana Andreievna Behrs, la cuñada de Tolstói. Cuando esta señora era joven ingirió veneno a causa de un problema amoroso y rápidamente cambió su decisión de morir al enterarse de que otro de sus pretendientes había venido a visitarla.
Yo no tenía el menor interés en hacerme cargo del relato. Me disponía a decírselo cuando a gran velocidad desapareció de mi vista. Nunca más he vuelto a verle. Al parecer, aquella misma tarde fue al bar de Joe Bell y, tras contar que me había entregado el cuaderno, se quedó largo rato bajo una de las sombrillas listadas, permaneciendo inmóvil, frágil, como temiendo esbozar el menor ademán o un paso de baile, hasta que éste se le escapó y abandonó Malibú para siempre.