tenacidad
Era un tiempo de angustias, de escasez y de muerte, como ningún otro que aquellas personas, acostumbradas a la adversidad, hubieran visto jamás. Los elementos se habían ensañado con los seres humanos: primero, sequía; luego, demasiada lluvia. Una desgracia llevaba a la otra, forjando una cadena de sucesos que año a año, sumía a la población en una miseria cada vez más insufrible. El fin de la mala racha no parecía estar cerca; solo se podía esperar que las cosas siguieran empeorando.
Hasta el día en que llegó ella.
Era una dama joven y hermosa, de buen pasar, a juzgar por el fino vestido verde, bordado en hilos de oro, que llevaba puesto; por la red salpicada de perlas que adornaba su cabellera rubia. Nadie sabía de dónde venía ni cómo se llamaba; impresionados por su belleza, sus modales delicados y la dulzura de sus palabras, quienes se le acercaban, no se atrevían a hacerle preguntas, temerosos de perder demasiado pronto la valiosa compañía que ella les ofrecía por algún tiempo, pues en cada sitio dejaba claro que solo estaba de paso, y de la misma forma imprevista en que había aparecido, un buen día se marchaba. De pueblo en pueblo, de casa en casa, iba con su sonrisa blanca, su mirada cálida y sus soluciones prácticas, devolviéndoles la alegría a los que le abrían la puerta. Y, ¿quién podía resistírsele, después de todo, si era la respuesta a todas las plegarias? Por eso, al conducir, por ventura, su caballo blanco hacia aquella villa enclavada en una alta colina, que dominaba un valle surcado por un río de aguas turbias, la dama no imaginó que allí podría haber quien se rehusara a franquearle la entrada. No sucedió de inmediato. Las personas que vieron entrar a la forastera, la recibieron con el interés y la cordialidad que su aspecto y su carácter siempre inspiraban. Luego de conversar con esos pueblerinos macilentos, sucios y mal vestidos, que le salieron al encuentro, dejándoles con una sonrisa en el rostro, la mujer se alojó en una abandonada posada de tres pisos que sobresalían uno por encima del otro, de madera pintada y techo a dos aguas de tejas grises, ubicada en la esquina de una calleja. Pronto, la noticia de la llegada de una extranjera que quitaba el peso de los corazones oprimidos, se esparció por la villa, y la gente comenzó a acudir al establecimiento para pedirle consejo, para implorar, con los ojos húmedos, extendiendo hacia ella sus brazos y manos descarnados, que bendijera sus hogares con su visita. La desconocida acarició sus semblantes enflaquecidos, secó sus lágrimas y prometió que iría a verlos a todos. Y no faltó a su palabra.
Cuando la bella mujer había ya recorrido buena parte del pueblo, sembrando ilusión y cosechando confianza y devoción, una tarde, dos ancianos se cruzaron por su camino sin siquiera voltearse a mirarla, pese al revuelo que causaban los lugareños que la acompañaban a todas partes, halagándola.
—¿Quiénes son esas personas? —preguntó la dama, sin dejar de mirar a aquellos dos aldeanos—. No recuerdo haberles visto en la posada. No, no los he visto; estoy segura. ¿Por qué no han venido a buscar mi guía y mi consuelo?
Una muchacha le dijo sus nombres y, luego, deseosa de complacerla, los pronunció en voz alta, llamando a los ancianos.
Actuaron como si no hubieran escuchado. Tenían un aspecto enfermizo, la piel amarillenta, como todos los habitantes de la villa, y vestían ropas de lana de baja calidad, gastadas y remendadas. Cargando dos cestas llenas de raíces y trozos de corteza de árbol comestibles, los rostros inexpresivos, continuaron su camino sin vacilar, y la dama les siguió con sus ojos glaucos y un extraño rictus en sus labios finos, hasta que desaparecieron de su vista.
—¿Podríais indicarme dónde viven esos dos? —preguntó, de nuevo sin dirigirse a nadie en particular, y un jovencito de cabello rubio desgreñado le explicó cómo llegar al hogar de la pareja.
A medianoche, cuando era improbable que alguien la viera y decidiera acompañarla, la dama se dirigió sola, y aliviada por esa soledad, con urgencia en el rostro, a la pequeña casa de muros torcidos y descascarillados donde vivían los ancianos. Había luz en las ventanas, y del interior brotaban ruidos y el murmullo quedo de una voz femenina y otra masculina. Pero nadie abrió. La dama volvió a golpear la superficie de madera descolorida de la puerta, pensando que tal vez esos dos estaban sordos y por eso no habían escuchado a la muchacha dando voces para atraer su atención esa tarde, ni tampoco el suave toque de sus dedos ahora. Golpeó y golpeó, cada vez más fuerte, hasta que le dolieron los nudillos, y siguió haciéndolo con los puños cerrados. Se detuvo cuando se le cansaron los brazos, y aguardó, expectante e intrigada. En el interior, el hombre y la mujer seguían conversando, al parecer, indiferentes a su llamada. Derrotada y contrariada, la dama regresó a la posada.
Ocurrió lo mismo poco tiempo después; ocurrió una y otra vez. Siempre que veían pasar a los viejos, quienes escoltaban a la forastera durante su recorrido por la villa, les llamaban, con enfado, insultándoles, incluso; pero tanto uno como el otro les ignoraban, aunque, era evidente ya, por sus miradas de reojo y sus cuchicheos, que podían oírles, y eran conscientes de la presencia de la magnífica dama. Más tarde, ella iba a la casa y aporreaba la puerta. Y, en cada ocasión, lo hacía en vano.
Finalmente, una vez que todos los moradores del pueblo hubieron puesto su fe en la desconocida, excepto los dos ancianos, ella se hartó de su desdén y, al repetirse la usual escena, no permaneció callada, observando, como siempre, sino que decidió llamarles también, con su voz melodiosa y cautivadora, esbozando una sonrisa. Dijo los nombres una, dos veces, y viendo que era inútil, su expresión se endureció.
—¿Por qué rechazáis la ayuda que esta buena señora os ofrece? ¿Por qué persistís, con tanta tenacidad, en vuestra vana tarea? —exclamó un hombre de cabellos canos, irritado por la terquedad de aquellos vejestorios.
—¿Acaso lo que recogéis nos librará a todos del hambre? ¡Pronto estaremos salvados, pronto seremos ricos! —dijo una mujer morena de dientes podridos.
La anciana echó a los que habían hablado una fugaz mirada de soslayo, con el arrugado rostro serio –una mirada fría y desaprobadora–, y siguió andando, a la par de su esposo.
—¡Escuchad a vuestros paisanos! Hablan con la sabiduría que, a las claras, os falta, a pesar de vuestra avanzada edad —exclamó la dama, con un temblor, una inquietud en la voz que sorprendió a los que estaban más cerca de ella, y, al ver que los viejos seguían sin hacerle caso, se interpuso en su camino, con los brazos en jarra, obligándoles a detenerse. Solo entonces, ellos se fijaron en la forastera —. ¿Es orgullo lo que os impide aceptar mi ayuda? ¡Pero qué orgullo os puede quedar, si no sois más que un par de esqueletos cubiertos de piel seca!
Pese a que la joven mujer les superaba en altura –pues la anciana era de talla pequeña y su esposo, algo más alto, tenía la espalda encorvada por los años–, y, si lo deseaba, podía tumbarlos a los dos de un solo empujón, le sostuvieron la mirada, con expresión desafiante, sin decir una palabra, hasta que la irritación de la dama fue tal que le arrancó a la pobre vieja la cesta de sus huesudas manos, y la arrojó a la calle, esparciendo su contenido. Aquello enmudeció a la gente que, hasta ese momento, había estado vociferando increpaciones… Era la primera vez que veían perder el temple a la siempre modosa y paciente desconocida.
—¡Qué estúpidos sois! —murmuró la anciana, mirando ahora al grupo que les rodeaba, por momentos con furia; por momentos, con compasión—. Os prometió que pronto concebiríais ideas que os traerían grandes fortunas y ya no tendríais que luchar más por sobrevivir… —Y, volviéndose a la forastera— ¿Ideas como la de atacar a los viajeros y cortarles la garganta para robarles sus pertenencias, quizás?
—¿No seguís enterrando cadáveres día tras día? ¿No tenéis aún los estómagos pegados a las costillas? ¿No rugen vuestras entrañas? —añadió el anciano, con voz quebradiza—. Ni siquiera os molestáis en tomar lo que ofrece la naturaleza; pero sabemos que algunos habéis estado quitándoles la carne a los muertos, la carne de vuestros propios hijos, para tener algo que llevaros a la boca.
» ¿Habéis olvidado a vuestros padres y abuelos que se han dejado morir, renunciando al sustento para que vivierais vosotros, los más jóvenes de la familia, los que aún podíais trabajar?
—¡Tonterías! —interrumpió la dama, imperiosa. Pero la desesperación en su mirada desmintió su actitud autoritaria—. Las cosechas empeoran año tras año y solo la nobleza tiene acceso a las reservas; las personas enferman y también las bestias. ¿Para qué gastar vuestras energías, entonces? ¡Descansad ahora y regocijaos, porque todo mal acabará pronto!
Las palabras resonaron en el hondo silencio que se había adueñado de la villa. Pero la gente, que minutos atrás hubiera coreado sus palabras, permaneció callada.
—Ahora sí que has dicho una verdad. Sí, ¡todo mal acaba en la tumba! —se mofó la anciana —. La esperanza que traes es falsa; lo único que buscas es que nos entreguemos a la pereza y que, más temprano que tarde, muramos, sin hacer el más mínimo esfuerzo por evitarlo. Pero tu obra no estará completa mientras haya alguien que no se deje seducir por tus engaños.
» Nos damos una idea de cómo pudiste entrar a este mundo… en alguna parte, invadido por la angustia, un incauto debió haber abierto un viejo libro de encantamientos. ¡Oh, has empalidecido! Imagino que te habrás dado cuenta ya de que, a diferencia de la mayoría, nosotros sí conocemos tu nombre…
—¡Belfegor! —exclamó el esposo.
Con el rostro transfigurado por la ira, la dama retrocedió unos pasos. Ante la mirada asombrada de los hombres, las mujeres y los niños famélicos que poblaban la villa, el cuerpo de la extranjera se abrió por la mitad, blando como un fruto maduro, y mientras el disfraz de carne, tela y cabello caía al suelo, quedó al descubierto una criatura con cuerpo de hombre, rostro decrépito y grotesco, y dos largos cuernos retorcidos a cada lado de la cabeza. Tenía orejas puntiagudas y una larga cola terminada en un mechón de pelo hirsuto, que se sacudía con nervioso vigor, fustigando el aire. Recortada su silueta deforme contra el cielo rojo del crepúsculo, el monstruo rugió y extendió una mano de largas uñas hacia la anciana…
Justo cuando sus dedos estaban a punto de alcanzar la frágil garganta de la mujer, un joven pueblerino se interpuso.
—¡No queremos morir! Seguiremos resistiendo, con lo poco que tenemos —dijo el muchacho, tomando al ser infernal por sorpresa. Una joven se acercó y, de cuclillas, recogió del suelo las raíces y trozos de corteza que el demonio disfrazado de hermosa dama había desparramado. Poco a poco, todos los que habían ido en pos de la forastera aquel día, y quienes habían salido de sus casas al escuchar el vocerío, formaron una muralla humana frente a la criatura.
—¡Vuelve a tu trono-letrina, demonio! —exclamó la anciana.
Y con un último bramido de impotencia, Belfegor se desvaneció, dejando un rastro de humo en la atmósfera vespertina.