la que ve con mal ojo
Al despertar, la mujer se encontró acostada boca abajo sobre un suelo áspero y frío, en medio de una negrura impenetrable. Con un quejido, se llevó una mano a la cabeza adolorida y embotada. Quiso incorporarse, pero el mareo interrumpió sus movimientos, y volvió a tenderse en la posición en que estaba al principio, respirando pausadamente para contener las náuseas; sin embargo, el intenso hedor que impregnaba el aire terminó por hacerla vomitar. Aquello alivió un poco su malestar; se limpió la boca con el dorso de la mano y se apartó, gateando, de lo que había expulsado, y al toparse con un muro, se volvió y se dejó caer una vez más, apoyando la espalda contra la rugosa superficie, con el aliento entrecortado. Sus ojos estaban habituándose a la oscuridad; ahora distinguía los límites de una habitación y reparó en un retazo de cielo nocturno, contorneado por una ventana rectangular y angosta, cruzada por barrotes. Algo más divisó en las sombras: bultos informes, inmóviles, que se esparcían por el recinto, e instintivamente encogió las piernas y se rodeó las rodillas con los brazos, en un innecesario intento por evitar que alguna parte de su cuerpo tomara contacto con aquellas cosas. ¿Serían el origen del espantoso olor que lo invadía todo? La muchacha no quiso hacer más conjeturas al respecto y se preguntó, en cambio, cómo había acabado en aquel sitio desconocido.
—¡Ese desgraciado! —murmuró cuando a su mente vino el recuerdo del hombre con quien había estado antes de perder la conciencia. Seguramente le había echado un somnífero a su trago; pero ¿con qué propósito? Él llevaba algún tiempo asistiendo al club nocturno que ella frecuentaba y, desde su primera visita, le había dirigido miradas y sonrisas provocadoras. No obstante, como era un hombre seductor y adinerado, que siempre estaba rodeado de mujeres, nunca se había mostrado lo bastante interesado como para tomarse la molestia de acercársele. El día anterior, la muchacha se había dicho que, si él volvía esa noche al club, sería ella quien diera el primer paso. Pero no había tenido necesidad de hacerlo; él había ido a su encuentro al verla entrar.
Aunque no le conocía, la muchacha comprendía que no era la clase de hombre con quien pudiera iniciar una relación formal; no se había hecho ninguna ilusión al respecto. Pero estaba dispuesta a vivir una aventura memorable. Y eso le había dicho a él sin tapujos. ¿Qué necesidad había tenido, entonces, de poner algo en su bebida?
La respuesta hizo que la sangre se le fuera de golpe a la cabeza, agravando su cefalea.
¡Tráfico de personas!
Aquel sujeto, que desempeñaba un cargo político, sin duda debía parte de su fortuna a actividades de esa clase. La joven sintió que se le hacía un nudo en la garganta, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Antes que ser explotada sexualmente –y, quizás, también con fines reproductivos– preferiría estar muerta, se dijo, pero enseguida se arrepintió de aquel pensamiento. Si vivía, siempre podría hallar la forma de recuperar su libertad, de intentar sanar sus heridas y seguir adelante. Entonces, una visión diferente se formó en su imaginación: la visión de su cuerpo desnudo, abierto sobre una mesa quirúrgica; sus órganos repartidos en bandejas de metal.
—No, no, no —murmuró, negando enérgicamente con la cabeza. Pero aquel olor a corrupción, el zumbido de un enjambre de moscas y esas siluetas que, con la tenue luminosidad de la hora que antecede al alba, comenzaban a adquirir a sus ojos la forma de cuerpos humanos, parecían confirmar su última sospecha. Se deshizo de esa idea para intentar concentrarse en la búsqueda de una solución. Ahora también podía vislumbrar una puerta de madera, de arco redondo; para llegar a ella, tendría que atravesar el recinto sembrado de lo que suponía eran cadáveres. Se puso de pie despacio, la espalda aún contra la pared; pero no se atrevió a dar un paso. No se movería hasta que no pudiera ver con más claridad. Se frotó un pie descalzo contra el otro (había perdido o le habían quitado los zapatos); Crispó los dedos, con impotencia, en el ruedo de su corto y ajustado vestido cubierto de lentejuelas, que despedían un tenue resplandor plateado en la penumbra. Sintió el impulso de gritar, de pedir ayuda, pero calló. No le haría saber a su captor que había despertado. Sollozó en silencio, cubriéndose el rostro con las manos, y cuando el amanecer se coló por la estrecha ventana y la lóbrega luz de un día gris inundó la estancia, su llanto cobró intensidad, porque había abrigado la esperanza de que sus sentidos estuvieran engañándola, pero ya no podía tener ninguna duda: aquel sitio, que lucía como una antigua y rústica mazmorra, estaba lleno de cuerpos sin vida.
Superado el primer momento de pánico, la muchacha se obligó a abandonar el rincón donde se había quedado paralizada, para intentar averiguar qué les había sucedido a esas personas y si había algo que pudiera hacer para no acabar de la misma forma. Decidida, pero al mismo tiempo renuente, se inclinó con lentitud sobre el cadáver que tenía más cerca; un hombre que yacía de costado, dándole la espalda. Posó una mano temblorosa sobre su hombro, presa de un extraño presentimiento, y comenzó a volver el cuerpo hacia sí. Cuando este quedó boca arriba, la joven dejó escapar un grito de horror y retrocedió. ¡Era Bruno, el hombre a quién había creído responsable de su cautiverio! La noche anterior había estudiado con detenimiento aquel rostro alargado de nariz aquilina y labios llenos; se había fijado en el hoyuelo que tenía en la barbilla, en las profundas líneas de expresión que marcaban sus mejillas, en cómo se ondulaba su abundante cabello castaño... era una buena fisonomista, estaba segura de que se trataba de él. Pero ¿cómo podía tener ese aspecto macilento y desaliñado? Una barba de días, la ropa sucia. Aquello no tenía sentido; era como si hubiera pasado un tiempo en esa celda antes de morir. Con una mueca de repulsión, la muchacha volvió a inclinarse sobre el cuerpo y lo tocó. Aún estaba tibio; no podía hacer mucho de que el hombre había muerto. Espantando las moscas, examinó los demás restos humanos y advirtió que se hallaban en diferentes etapas del proceso de descomposición: unos estaban hinchados y desfigurados; otros tenían la piel arrugada, adherida a la osamenta. Varios no eran más que esqueletos vestidos con ropas raídas y polvorientas, ¡ropas que habían estado de moda un siglo atrás!, y eso aumentó la confusión de la muchacha. También, en los rincones, había pilas de huesos secos cuya edad era imposible determinar a simple vista. La inicial deducción de la joven sobre el motivo de su secuestro perdió fuerza ante lo inexplicable. ¿Habría caído en manos de alguna secta de lunáticos que, generación tras generación, había efectuado sacrificios humanos sin que la justicia descubriera sus crímenes?
Terminaba de hacer esta conjetura cuando un sonido progresivo atrajo su atención: pasos al otro lado de la puerta; uno a la vez. Alguien subía por una escalera; se acercaba. La muchacha soltó un gemido de nerviosismo. Una sucesión de preguntas asaltó su mente. ¿Estaba a punto de perder la vida? ¿Tendría una muerte veloz o una larga y dolorosa agonía? Su exploración la había acercado a la entrada de la cámara. ¿Podría coger a aquel sujeto desprevenido? ¿Tendría fuerza suficiente para arremeter contra él, tumbarle y correr en busca de una salida? Cuando los pasos se detuvieron y en el cavernoso silencio reverberaron el ruido metálico de un cerrojo al ser descorrido y, un instante después, el chirrido de unos viejos goznes, los músculos de la joven se tensaron. Mientras la pesada hoja de madera se movía lentamente, los latidos de su corazón se aceleraron y, lista para entrar en acción, contuvo el aliento. Pero lo que vio entonces la dejó en tal estado de perplejidad que olvidó por un momento su desesperado plan de fuga.
De pie en el umbral de la puerta había una anciana ataviada con una túnica clara sin adornos, de mangas largas, ceñida a la cintura. Tenía la cabeza envuelta en vendas a través de las cuales asomaban unas orejas de grandes proporciones y algo semejante a un par de cuernos que se curvaban hacia abajo. Fijó sus pequeños ojos hundidos en la joven y una expresión mezcla de disgusto y anhelo contorsionó sus rasgos. Apartando la mirada, se acuclilló con una agilidad impensable en una mujer de edad y depositó en el suelo, junto a un cadáver descarnado, lo que llevaba en sus manos nudosas: una bandeja con un cuenco humeante y un jarro de terracota. Luego se incorporó y se volvió una vez más hacia la prisionera, con una especie de sonrisa en los finos labios arrugados.
—Espero que te sientas a gusto en tu nuevo hogar —comenzó a decir con voz meliflua y cascada—. Esta mazmorra pertenece a un castillo que alguna vez fue esplendoroso; una de mis muchas posesiones. Que ahora esté en ruinas es un detalle menor, pues es mío. No siempre fue así, ¿sabes? Algún día, quizás te cuente la historia de cómo lo obtuve. No me resultó nada fácil, pero no hay obstáculos insalvables para un espíritu apasionado que, sin embargo, es capaz de perseverar en el empeño por conseguir lo que se ha propuesto, con paciencia, frialdad… y sin escrúpulos —la anciana concluyó su discurso con una risa breve y afectada.
—¿Quién eres? —preguntó la muchacha, temblorosa; hasta el momento, no se le había ocurrido atribuir su rapto, y el destino de los desdichados que la rodeaban, a un fenómeno sobrenatural… pero ningún argumento racional podía justificar la apariencia y los movimientos antinaturales de aquella mujer —. ¿Qué eres?
—Soy la que ve con mal ojo; una de las fuerzas más añejas y siniestras que operan en este mundo. ¿No has escuchado a la gente hablar de mí? Me nombran cuando alguien codicia un bien o una virtud ajena; cuando alguien procura evitar que otro obtenga lo que más desea. Hay una pizca de mí en la mayoría de los corazones humanos, si no en todos, al menos en determinados momentos de sus vidas. Pero en ciertas personas hay mucho, mucho más que una pizca. Tengo aprecio por esas criaturas miserables en quienes mi presencia es tan fuerte que son capaces de causar daño… ¡Hacen sentir especial a este viejo monstruo!
La anciana volvió a reír, con indulgencia, sin apartar la mirada de su cautiva.
—¿Qué le hiciste a Bruno? —murmuró la muchacha.
—¿Bruno? Ah, sí… —Le echó un rápido vistazo al cuerpo del político —. Nunca le conociste en verdad, ¿sabes? He sido yo todo el tiempo. El verdadero Bruno llevaba semanas en este calabozo cuando el azar dirigió mis pasos a ese club. Como sea, yo no le he matado, si eso es lo que insinuabas. El confinamiento le enfermó.
La muchacha sacudió la cabeza, turbada.
—¿Por qué acabó él aquí?
—Porque era rico y carismático, y yo no podía soportarlo. No podía vivir en un mundo donde él existiera, a menos que yo tomara su lugar; y eso fue lo que hice. Fue una experiencia agradable… ser un hombre a quien el dinero le abría todas las puertas; un hombre capaz de doblegar cualquier voluntad con sus hábiles discursos. Y por un tiempo, sentí algo de paz. Entonces apareciste tú… Al principio fue apenas una espina clavada en mi pecho; podía soportarlo porque lo tenía todo. Pero esa ligera molestia fue creciendo hasta convertirse en un absoluto desasosiego. Hacía mucho que no me topaba con una mujer tan bella a mis ojos; con esas piernas torneadas, ese rostro proporcionado, ese cabello negro como el azabache y esa piel bronceada... ¡intolerablemente bella!
—Así que me drogaste y me trajiste aquí…
La vieja dejó escapar un suspiro.
—Mi incapacidad para controlar lo que tú me hacías sentir coincidió con el precipitado debilitamiento de mi último prisionero, Bruno. Tenía que actuar con velocidad; solo puedo tomar la forma de los vivos.
—Mantuviste a todas estas personas en esta fría celda hasta que encontraron la muerte…
—A estas y a muchas otras a lo largo de los siglos… pero no siempre terminan en el mismo sitio, ¿sabes? Como ya te he dicho, este castillo es una de mis tantas propiedades; me gusta ir de aquí para allá, cambiar de aire.
—Pero el motivo detrás de tus repugnantes actos es siempre el mismo, ¿verdad?
La vieja asintió con gravedad.
—Una voz y un don para cantar capaces de conmover hasta las lágrimas; una habilidad especial para esculpir o pintar; para tocar un instrumento... todos aquellos a quienes he capturado tenían algo que a mí me faltaba; hacían cosas que yo no podía hacer. He creído que cada uno sería el último… ¡Pero no sé por qué estoy dándote explicaciones, insignificante criatura! No me gusta el tono de reprobación que hay en tu voz cuando me hablas; de pronto ya no encuentro placer en esta conversación.
La anciana bajó la vista y, por unos segundos, habló consigo misma, en voz tan baja que la muchacha no pudo entender lo que decía. Hablaba con el ceño fruncido, meneando la cabeza, consternada, y apretando los puños. Al cabo, alzó la mirada, con una grotesca expresión de desprecio; se elevó unos centímetros del suelo y se abalanzó, con las manos extendidas, sobre su prisionera.
Retrocediendo bruscamente, la joven tropezó con un cadáver y cayó sobre otro; sus uñas se hundieron en las oquedades de un rostro podrido. Soltando una exclamación, se apartó del cuerpo y reptó, horrorizada, hasta alcanzar el extremo de la mazmorra donde había despertado.
—Por favor —rogó, entre llantos—, ¡déjame en libertad! Dices que soy hermosa… la belleza es una cuestión de percepción. Los patrones cambian con el correr de los años, ¡como la moda!, sin duda sabes eso… Siempre he sido insegura; puedo enumerarte mis defectos, ¡y verás que no soy diferente al resto de la gente! Como sea, tenerme aquí no le traerá paz a tu espíritu retorcido. ¡Pronto querrás ser alguien más!
—Lo que me depare el mañana no me interesa; en este momento no puedo pensar en otra cosa que no sea vestir tu piel y hacer lo que tú haces; deseo tanto que me den la atención que tú recibes, ser amada por quienes te aman…
—¡Pero solo podrás tener eso mientras yo viva!
—El encierro socava pronto el ánimo de algunos; no duran mucho. Pero tú eres joven y vigorosa; me encargaré de que resistas hasta haber calmado estas ansias que me carcomen por dentro. Y cuando hayas muerto, bien, ya no me causarás inquietud; lo que te ha hecho singular para mí se habrá ido contigo. Ahora ¡quédate quieta!
Ante la mirada azorada de la muchacha, la vieja abrió su boca desdentada y del interior brotó una serpiente que, por unos instantes, se volvió hacia el decrépito rostro del que había salido e intentó morderle los ojos. La anciana logró dominarla, asiendo su cuerpo fuertemente con las dos manos; se inclinó sobre su víctima y le lanzó el reptil al cuello. Aunque la joven intentó esquivarla, la víbora, rápida como un relámpago, le hundió los colmillos en la garganta, causándole un dolor tan punzante que la dejó al borde del desmayo.
Finalmente, llevando consigo la esencia de la muchacha, el animal volvió a esconderse dentro de la boca de la anciana, quien, satisfecha, se alejó con paso tranquilo, levantándose la túnica con delicadeza al pasar por encima de los muertos, y comenzó a canturrear una antigua tonada con voz desafinada. Casi al llegar a la puerta, su cuerpo se convulsionó y cambió de apariencia...
Tratando de aferrarse a la conciencia, la joven vio, con ojos vidriosos, cómo una copia de sí misma se volvía hacia ella desde la entrada de la mazmorra.
—Las gachas que te he traído ya deben haberse enfriado. —Le escuchó decir, con su propia voz, a la aberración —. Pero será mejor que te las comas de cualquier modo porque no vendré a verte hasta mañana… ¡Tengo mucho que hacer con mi nueva identidad!