exilio
Abrió el álbum e irremediablemente sus ojos se humedecieron, provocando una visión borrosa que nada tenía que ver con su miopía bien disimulada.
Era la tarde del 24 de diciembre. Sí, la tarde de Nochebuena, y este año no era como otros. En veinticuatro años era la primera vez que iba a estar fuera de casa en esa fecha tan señalada, lejos de los abuelos, padres, hermana, tíos, primas…
¡Eran tantos los recuerdos que llegaban de improviso a su mente! Recuerdos de su infancia, no demasiado lejanos pero ahora tan añorados. Las Nochebuenas, que durante años habían transcurrido casi calcadas, adquirían ahora un valor inmensurable.
Entrar en casa a la hora previa a la cena suponía una activación de todos los sentidos. Se percibía un olor a comida sabrosa, el aroma del asado mezclado con el perfume de la salsa de almendras del cardo. La mesa estaba engalanada para la ocasión, como solo se hacía una vez al año, con un colorido tan especial que sus ojos recibían la alegría inmediata. Los platos, cubiertos, copas, todo esmeradamente colocado, y las telas con los colores rojo, verde y blanco.
Ella y su hermana se ocupaban de colocar los regalos debajo del árbol y enseguida comenzaban a llegar todos.
Este año era distinto, mientras esperaba que Andrés llegara del trabajo se sentó en la cama, abrió el álbum de fotos y le reconfortó el recuerdo de años pasados. Estaban en un país extranjero, en una ciudad extraña y en una casa sin olor ni sabor a Navidad.
Se sentía triste, echaba de menos el sonido del timbre de su casa anunciando la llegada de toda la familia, los abrazos, los besos, las risas y las conversaciones cómplices con sus primas…
Intuía, y lo confirmó cuando hablaron por teléfono, que la familia, reunida en casa, añoraba tanto como ella el sabor navideño de años anteriores.