acoso
Hacía unas semanas que David no era el mismo. Se le veía taciturno y triste, no se entretenía jugando, no quería salir con los amigos, todas las mañanas se quejaba de dolor de estómago y decía sentir mareos.
Por la noche Sara entró en la habitación para darle las buenas noches y estaba ya acostado, la habitación ordenada y la mochila preparada para el día siguiente. Le dio un beso y le preguntó cómo se encontraba, a lo que el chico respondió un escueto:
—Bien, mamá.
Por la mañana se levantó, la cama estaba revuelta. Había estado muy inquieto sin poder dormir y cuando lo conseguía eran angustiosas pesadillas las que le despertaban. Era lo que le ocurría todas las noches, apenas descansaba. Sara observó la cara de su hijo, estaba pálido y ojeroso.
—Mamá no tengo hambre, me duele el estómago. No iré al colegio.
—David, hemos ido a varios médicos y no tienes nada. Estás en época de exámenes, las últimas notas fueron un poco más flojas y estando a fin de curso no puedes permitirte faltar. ¿Qué ocurre en el colegio que todos los días por la mañana te sientes mal?
—No puedo mamá.
—¿Qué es lo que no puedes?
David se puso blanco como la pared, su respiración se volvió agitada, temblaba y una sudoración fría empapaba su cara y su ropa, se mareó hasta casi quedar inconsciente. Sara se asustó muchísimo y llamó a emergencias.
Cuando llegaron les relató lo que había ocurrido. Hicieron a David un reconocimiento exhaustivo. Dirigiéndose a Sara, la doctora dijo:
—David está bien pero tiene que ponerse en contacto con el colegio de su hijo, hay indicios de que esté sufriendo acoso por parte de compañeros y no se atreva a decir nada por temor a represalias. No es ninguna tontería ni capricho de él. Cada vez es más frecuente y muchos casos que no son detectados a tiempo producen auténticas tragedias personales y familiares.
A raíz de este suceso se creó en el colegio un equipo de detección y tratamiento del acoso escolar.