País Relato - Autores

déborah f. muñoz

un viaje inesperado

Marina
No me puedo creer que esté montada en un coche compartido con Julián Beltrán para realizar un viaje de dos días, pero claro, gracias a esa estúpida nube de ceniza que impide despegar a los aviones, es la única manera de volver a casa para pasar las fiestas.
Nunca nos hemos llevado bien, y mucho menos desde que se hizo novio de mi hermana Didi. Tanto es así que, aunque vivimos en la misma ciudad desde hace meses, porque yo trabajo aquí y él eligió su universidad para hacer el máster, solo nos hemos visto una vez: cuando Didi vino de visita y nos obligó a salir a comer con ella. El resto del tiempo, el tipo se las arregló para intentar concertar citas de compromiso conmigo los días en los que más trabajo tenía; casi se diría que me había espiado para que siempre le tuviera que decir que me resultaba imposible quedar.
En el fondo lo agradezco, porque así tenía excusas reales para evitar esos encuentros forzados. Por supuesto, nunca me molesté en proponerle fechas alternativas. No puedo evitarlo, me cae fatal: siempre creí que era un tipo de lo más superficial; inteligente y con cierto atractivo, sí, pero sin cualidades más allá de eso.
La impresión se vio reforzada cuando empezó a salir con mi hermana; yo la quiero mucho porque es la criatura más dulce que conozco, optimista a rabiar y de lo más bondadosa... pero hay que reconocer que es tonta de remate, hasta el punto de que lo único que la salva de encajar en el estereotipo de cheerleader inocente y simplona es que en este país no tenemos cheerleaders. Pero claro, tiene un cuerpo espectacular y era lo que le faltaba a Julián para tener la perfecta novia florero. Qué asco me da este tío.
Julián
De todas las posibles formas de volver a casa, ya es mala suerte que haya acabado en el mismo coche compartido que Marina, la hermana de mi novia. Es la mujer más fría que he conocido nunca, ni siquiera cuando me vine aquí a estudiar fue capaz de buscar un hueco en su apretada agenda para que nos viéramos un día, a pesar de que sabía que yo estaba solo en la ciudad y que solo la conocía a ella. No es que me importe: Marina, con sus aires de superioridad y sus sarcasmos demoledores, tampoco me cae bien a mí y solo la soporto porque a Didi le molesta que nos lancemos pullas envenenadas cada vez que nos vemos.
En fin, ya no hay más remedio y compartir coche con ella y nuestro parlanchín conductor es la única manera de volver a casa. Es necesario que vuelva, porque últimamente mi relación con Didi no pasa por su mejor momento y la distancia, a pesar de que intento ir lo más a menudo posible para verla, nos está afectando.
Me da la sensación de que Didi ya no está tan implicada en lo nuestro, y me asusta comprobar que yo mismo no me siento tan impaciente como antes por contactar con ella a través de la webcam. Más bien al contrario, cada vez lo evito más. Por eso creo que estas largas vacaciones de invierno son tan importantes: necesitamos volver a avivar la llama.
Marina
No sé qué es peor: si la tensión creciente con Julián o nuestro conductor. No se ha callado un segundo desde que nos metimos en el coche. Ni un segundo. Parece que le han dado cuerda, pero no hay manera de que se calle, ¡si hasta he tenido que hacer cuatro intentos para interrumpirle y pedirle que paremos en la próxima estación de servicio! Ni siquiera tengo ganas de ir al baño, pero como esté mucho más rato en este coche voy a reventar.
Por fin paramos y me encierro en el aseo para disfrutar de unos minutos de silencio, hasta que unos gritos en el exterior me ponen en guardia. Salgo y me encuentro a un hombre zarandeando a una chica mientras le grita barbaridades. Nunca he soportado esta clase de escenas sin mover un dedo, así que intervengo.
Julián
La verdad es que me ha venido bien esta parada: nuestro conductor se ha quedado en el coche, así que, con tal de no seguir escuchando su cháchara incesante, he salido a estirar las piernas y a comprar chocolatinas; entre las miradas de desprecio de Marina y el pesado del conductor, voy a necesitarlas si no quiero volverme loco. Cuando salgo de la tienda, escucho gritos en la zona de los baños y me acerco para ver qué pasa, solo para encontrarme a un hombre dándole un sopapo a Marina, que responde de inmediato con un puñetazo en la nariz y una patada en los genitales. El tipo cae al suelo por el dolor y la hermana de mi novia le pega otra patada. Corro hacia ella y la aparto de su víctima mientras una mujer, que ha presenciado la escena, no para de repetir «Gracias» sin parar de llorar.
Cuando se calma lo suficiente, nos cuenta que esa misma mañana le ha pedido el divorcio al hombre que está en el suelo y que la ha seguido hasta allí para hacerla recapacitar por la fuerza. Ojalá no hubiera detenido a Marina: tengo ganas de pegar a ese individuo yo mismo, pero nos limitamos a retenerle, ayudados por los empleados de la gasolinera, mientras llega la policía.
Nuestro conductor se acerca, impaciente por partir, y le explicamos la situación, pero nos dice que él no quiere permitirse ningún retraso y que, o nos desentendemos del asunto y subimos al coche ya, o nos deja tirados. Por más que Marina y yo intentamos hacerle entrar en razón, no conseguimos nada y, tras sacar nuestras maletas de su coche, se marcha de la estación de servicio con un acelerón y un corte de mangas porque nos hemos negado a pagarle lo acordado por ir de pasajeros en su coche durante el viaje.
Marina
Cuando el día no parecía poder empeorar más, observo a nuestro conductor abandonarnos en la estación de servicio. ¡Será cabronazo! Para colmo, la policía sigue sin aparecer. La chica está desconsolada y su maltratador ya ha hecho amago varias veces de intentar marcharse, pero logramos retenerle hasta que ¡por fin! llega el coche patrulla. Los agentes detienen al hombre y nos toman declaración, además de apuntar nuestros datos. Como quiero ponérselo lo más difícil posible al maltratador, decido denunciarle yo también por agresión, con el consiguiente traslado a comisaría que eso implica.
Para cuando salimos de allí y buscamos un restaurante para comer algo, ha pasado mucho tiempo y la cara, donde me ha dado la bofetada, me duele una barbaridad. No obstante, mi rostro es lo que menos me preocupa en este momento. ¿Cómo llegaremos a casa ahora? Hemos ido a parar a una ciudad pequeña, sin apenas autobuses interurbanos, tanto menos transportes hasta otras provincias.
La única manera que se me ocurre de volver a ponernos en camino es hacer autoestop o encontrar un sitio donde alquilar un coche. La primera opción es inviable, y la segunda tampoco me hace mucha gracia: he perdido visibilidad y no debería conducir, lo que implicaría que Julián debería hacerlo durante el resto del trayecto. Teniendo en cuenta que lo primero que hizo cuando se sacó el carnet fue estrellar el coche con Didi dentro –menos mal que ambos salieron ilesos– no me da ninguna confianza.
Julián
–Deberíamos alquilar un coche –le propongo a Marina.
Nada más decirlo, me doy cuenta de que no le hace ni pizca de gracia. Nunca me ha perdonado el accidente aunque, por supuesto, no sabe que yo no fui el culpable. Cometí el terrible error de dejarme convencer por Didi, que aún no se había sacado el carnet, para que la dejara practicar. Apenas unos minutos después, mi flamante coche nuevo estaba destrozado contra la estatua central de una rotonda y, en un intento de proteger a Didi, mentí a todo el mundo diciendo que era yo quien conducía.
–No tenemos otra opción –le insisto. Suspira con resignación y, mientras acabamos de comer, buscamos la empresa de alquiler de coches más próxima, que ni siquiera está en esta ciudad, lo que nos obliga a coger un taxi.
Por suerte, una vez allí, descubrimos que las condiciones del alquiler son de lo más razonables y que hay un punto de entrega cerca de nuestro destino. Así pues, tras planificar nuestra ruta y las paradas que haremos, incluída una para dormir unas horas antes de empezar la segunda jornada de viaje, nos ponemos en marcha.
La tensión entre nosotros se ha atenuado un poco después de lo ocurrido, pero sigue presente y se forma un silencio incómodo en cuanto se nos acaban los asuntos prácticos. Observo de reojo su mirada pensativa sobre mí mientras conduzco. Lo cierto es que jamás hubiera imaginado que Marina, frente a una situación como la que ha vivido, interviniera para defender a una desconocida. Al contrario, hubiera esperado que pasara de largo sin dedicarle un segundo pensamiento. Aunque la sangre fría con la que devolvió los golpes, con ataques a los puntos más vulnerables de su adversario, sí que me parece propia de ella.
–Eso que has hecho antes ha sido muy valiente –le digo, en parte por curiosidad por saber qué responde, en parte por llenar ese silencio.
–Y rematadamente estúpido. –Se toca la mejilla abofeteada, donde comienza a aparecer un moratón–. Debí imaginar que esa mala bestia se lanzaría a por mí en cuanto interviniera. Era la clase de cobarde que ataca cuando le parece que su adversario es más débil.
–Pero al final ha salido perdiendo.
–Solo porque no estaba acostumbrado a que le devolvieran los golpes.
–Aun así, ha sido increíble –insisto.
–He hecho lo que tenía que hacer. Tampoco es para darle más vueltas –responde ella, en tono seco, y mira por la ventanilla, como para indicarme que no tiene interés en seguir con el tema.
Vale, lo capto. Es una de esas personas que hacen lo correcto pero no soportan que los demás les halaguen por ello. Increíble, pero cierto. Quizás Didi tenga razón cuando habla tan bien de su hermana: no estaría tan unida a ella si fuera tan fría como yo pensaba que era. Quién sabe, puede que su actitud conmigo solo sea una reacción proporcional a mi actitud con ella. Nunca nos hemos llevado bien, estábamos demasiado ocupados compitiendo por ser los mejores en todo. Y, cuando empecé a salir con Didi, tampoco me esforcé mucho por congraciarme con Marina, a pesar de que lo comparten todo... Un momento. ¡Lo comparten todo! Tengo a mi lado a la única persona que puede darme alguna pista sobre lo que está fallando en mi relación con Didi. ¿Cómo la sondeo? Será mejor hacerlo de forma indirecta, poco a poco...
–Oye, no habrás hablado con Didi sobre mí últimamente, ¿verdad? –le suelto a bocajarro. Mierda. Se ha puesto en guardia.
Marina
¿Pero cómo se le ocurre preguntarme una cosa así? ¿Se le ha ido la olla o piensa que, solo porque no ha sido un capullo conmigo en las últimas horas, le voy a hacer confidencias de lo que hablo con Didi?
Ahora que lo pienso, aunque quisiera no habría nada que contar. Desde hace unos meses, mi hermana apenas menciona a Julián cuando charlamos. Solo habla de su nuevo trabajo y de lo bien que se lo pasa con sus compañeros, pero no le duró demasiado lo de darme la matraca con lo mucho que echa de menos a su novio. Pensaba que era porque sabe que a mí Julián no me cae nada bien, pero su pregunta me hace pensar que hay algo más.
–Mi hermana y yo hablamos de muchas cosas, pero últimamente tú no eres una de ellas. ¿Por qué? ¿Hay algo que deba saber?
Para mi sorpresa, comienza a hablarme de lo dura que es la distancia, de cómo las llamadas se han hecho menos frecuentes y cada vez son más cortas. Dice que no sabe si Didi sentirá lo mismo, pero que él nota que cada día están menos unidos y que las vidas que viven separados se están comiendo poco a poco su relación.
En definitiva, me está abriendo su corazón. Un corazón que no sabía que tenía. ¿De veras quiere a mi hermana más allá de su apariencia? ¿Me habré equivocado con él a pesar de todo?
Cuando para de hablar, se crea un silencio espectante: espera que le diga algo. ¿Qué quiere que le responda? Me ha sorprendido tanto que tengo que replantearme muchas de las ideas preconcebidas que tenía respecto a su noviazgo con Didi. No es algo que se haga en segundos, así que gano tiempo:
–Pero a ver. Las relaciones a distancia siempre son así de complicadas. Es normal que poco a poco os queméis, pero no te queda mucho para acabar ese máster. Si vuestra relación es sólida de verdad, aguantaréis unos pocos meses más antes de volver a la normalidad.
Julián
Lo dice como si fuera fácil. Pero claro, imagino que para ella lo es: en cuanto le ofrecieron ese trabajo tan impresionante, no tuvo inconveniente en dejar a su pareja y abandonar a su familia para marcharse a una ciudad extraña.
–Mi «pareja», como tú le llamas, no era más que un amigo con derecho a roce. Y no he abandonado a mi familia. Hablamos a diario y estoy disponible siempre que me necesitan, como ellos lo están para mí. Que yo esté en otra ciudad complica las cosas, pero eso no implica que no estemos tan unidos como siempre. Cuando hay amor de verdad, la distancia es irrelevante –me responde.
Maldición, lo he dicho en voz alta y, como es lógico, ha vuelto a hablarme con su tono más duro. ¿Por qué no podré estarme calladito?
–Lo siento –me disculpo. Pero ella me ignora y sigue machacándome:
–Estás proyectando en mí tu sentimiento de culpabilidad. Tú eres el que siente que abandonó a su novia y a su familia.
–¡Yo no abandoné a Didi! –protesto, aunque en mi interior lo siento así desde que me marché. No fui capaz de renunciar a mis sueños por estar a su lado, ¿en qué clase de novio me convierte eso?
–Venga ya. Ella había terminado las clases y no tenía trabajo, pero tampoco la invitaste a que te acompañara.
–¿Pero qué estás diciendo? ¡Si hasta le compré el billete de avión para que viniera conmigo, pero me dijo que prefería esperarme en casa!
–¿Cómo? –pregunta ella, en tono de sorpresa.
¿Didi no se lo contó?
Marina
¿Cómo es posible que Didi no me explicara algo así? ¿Acaso tenía miedo de que, entre Julián y yo, la convenciéramos de que viniera con nosotros? Pobre Didi, tan conformista, tan apegada a lo que conoce que tiene miedo de cualquier cambio. Pero ella, cuando ama, se entrega por completo. No entiendo nada, así que imagino que la clave está en Julián y en algo que tampoco me han contado.
–¿Por qué te sientes culpable, entonces? Si tú te quedabas, renunciabas a tus sueños. Si ella te acompañaba, no renunciaba a nada, salvo a su conformismo.
La expresión de su rostro me dice todo lo que necesito saber: se encontró con una encrucijada y eligió el camino menos malo con la esperanza de que Didi le esperaría, pero en el fondo se pregunta si no hubiera sido mejor quedarse. No obstante, si lo hubiera hecho, ahora se estaría arrepintiendo de no haber hecho ese máster por quedarse con mi hermana.
Caray, y yo que pensaba que Didi le quería más a él que él a ella. Al final va a ser al contrario. ¿No será que mi hermana, en el fondo, lo que pretendía era poner distancia con Julián porque no lo tenía tan claro como él y encontró en su máster la excusa perfecta para hacerlo?
Julián
No sé qué responder a eso. De veras que no. Y tiene razón, en el fondo la tiene. ¿Acaso Didi no se dio cuenta de lo importante que era para mí que me acompañara? ¿O, lo que es peor, se dio cuenta pero no soy lo bastante importante para ella como para asumir un riesgo mínimo que hubiera evitado poner a prueba lo nuestro? ¿Nuestra relación está aún peor de lo que yo pensaba, y desde mucho antes?
Se impone de nuevo el silencio entre Marina y yo, pero me doy cuenta de que ya no espera mi respuesta. Sea cual sea, ya la tiene. Por mí perfecto, no quiero hablar del tema con ella, pero este silencio me mata, porque no puedo parar de darle vueltas. Necesito algo que me distraiga, así que pongo la radio y voy de dial en dial hasta que llego a una canción que me gusta.
–Me encanta esta canción –decimos al unísono. Me sorprende, no me parecía su estilo, y así se lo digo. Pronto, comenzamos una larga conversación sobre música, que deriva en otra sobre cine y sobre libros.
Cuando, horas después, tras una breve cena, cada uno se va a su habitación del hotel en el que haremos noche, me doy cuenta de que, aunque parezca mentira, he conseguido desconectarme de mis preocupaciones sobre mi relación con Didi. Intento llamarla, pero no me coge el teléfono y le cuento con brevedad, mediante un mensaje de voz, todo lo que ha pasado durante el día y la casualidad de haber acabado haciendo el viaje con Marina. Luego, me meto en la cama y doy algunas vueltas antes de dormirme, pero no a lo de mi chica, sino a su hermana y a todas las sorpresas que me he llevado hoy respecto a ella.
Marina
Despierto con energía, a pesar de que aún nos queda un largo camino. Al final, hacer el viaje con Julián no está siendo tan terrible, al contrario, aunque me duele averiguar que Didi me ha ocultado cosas tan importantes. Ayer hablé con ella y lo primero que hizo al descolgar el móvil fue preguntarme si estaba bien, ya que Julián le había contado, mediante un mensaje de voz, lo ocurrido en la estación de servicio. Cuando le pregunté por qué no habían hablado por teléfono, me dijo que no le había dado tiempo a cogerlo cuando la llamó, pero que con el mensaje de voz era suficiente.
Definitivamente, algo pasa, pero prefiero hablarlo con ella en persona: después de todo, si las cosas van según los planes, llegaremos a casa a media tarde.
Cuando bajo a desayunar, Julián está ya esperándome y retomamos la conversación donde la dejamos el día anterior, sin hacer ninguna mención a Didi, si bien, de alguna manera, el hecho de no hablar de ella hace que esté, si cabe, más presente.
Afortunadamente, hoy mi cara no está tan inflamada y mi campo de visión es normal, así que puedo conducir yo algunos tramos. Cierto que ayer lo hizo bien, pero me siento más segura si tengo yo el control del vehículo. Y así, sin más contratiempos, hacemos lo que nos queda de trayecto hasta el punto de entrega del coche de alquiler, donde Didi ya nos está esperando para llevarnos hasta la ciudad.
Julián
Volver a ver a Didi no me ha generado mariposas en el estómago, como otras veces, sino un nudo del que no soy capaz de deshacerme. La observo lanzarse a abrazar a su hermana y espero mi turno con impaciencia para recibir un rápido beso en los labios. Demonios, las cosas están aún peor de lo que esperaba. Espero que estas vacaciones seamos capaces de arreglarlo todo.
Marina insiste en conducir ella y Didi nos pide que le contemos la aventura con pelos y señales, cosa que hacemos hasta que su hermana se detiene a la puerta de su casa.
–Bueno, yo me bajo aquí –dice.
–Pero... ¿qué pasa, te has olvidado de Julián? Hay que llevarle a casa –protesta Didi. No puedo evitar percibir la nota de pánico en su voz, ¿tiene miedo de quedarse a solas conmigo?
–Anda, hermanita, que no me he caído de un guindo. Lleváis mucho tiempo sin veros, seguro que tenéis mucho de qué hablar –contesta Marina, con segundas, tras lo cual se despide de nosotros.
Didi no hace amago de levantarse de su asiento para ponerse al volante y se crea un tenso silencio entre nosotros.
–Didi... –comienzo, pero ella me interrumpe con la mano y, tras unos segundos en esa posición, coge aire y comienza a hablar.
Me dice que hace tiempo que tiene dudas de lo nuestro, que siente que no nos compenetramos más allá del sexo y que pensó que el hecho de que yo viajara a otra ciudad ayudaría a que se aclarara. Y, al final, la distancia le ha dicho lo que necesitaba saber: que yo soy demasiado profundo para ella, que no me entiende y que, en el fondo, se aburre conmigo.
Finaliza pidiéndome perdón por no hablarme de ello antes pues, dice, soy el hombre perfecto y se empeñó tanto en hacer que funcionara porque se sentía tonta si me dejaba escapar. En el fondo, era lo más cómodo. Pero ahora ha conocido a otro hombre con el que cree que puede ser feliz y ha decidido arriesgarse en vez de seguir adelante con algo que no va a ninguna parte.
Es curioso, debería sentirme destrozado. Sin embargo, lo único que puedo sentir es cómo el nudo de mi estómago se deshace conforme se sincera. No voy a autoengañarme, todavía siento algo por ella. Ha significado mucho para mí como para que no me importe que se haya acabado, pero ahora me doy cuenta de que no la amaba en realidad, de que yo también, de alguna forma, me había aferrado a ella porque era lo más cómodo pero, al menos desde que me fui, ya no era lo mismo.
–Gracias por sincerarte –le digo y, tras darle un beso en la mejilla, salgo del coche.
–¡Espera! ¿No quieres que te lleve? –pregunta, aunque en el fondo, ahora que lo ha soltado todo, sé que se sentiría de lo más incómoda al hacerlo.
–Creo que me apetece caminar. Mi casa no está tan lejos –le respondo.
–¿Pero estás bien, seguro? –insiste, preocupada.
–Ahora sí –afirmo, y es cierto. Me despido de ella y comienzo a caminar. Apenas he dado unos pasos cuando miro atrás, pero no es el coche donde sigue Didi lo que observo pensativo, sino la casa, donde Marina, sin duda, entretiene a sus padres con la historia de nuestro movido viaje.
Marina
Apenas han pasado unos minutos desde que entré en la casa cuando entra Didi. Hace como si no pasara nada, pero está claro que no es así, de modo que lo dejo estar hasta que acabo de contar toda la historia a la familia y la euforia por mi vuelta se calma un poco. Luego, me la llevo aparte y la interrogo sobre lo ocurrido ahí fuera.
–¿Estás segura de que quieres dejarle? Es un buen tipo, con mucho mundo, y se nota que te quiere –le digo en cuanto me cuenta que acaban de terminar su relación.
–Cualquiera diría que te gusta –me responde, extrañada.
–Bueno, ha sido un viaje muy largo y han pasado muchas cosas. Así que sí, reconozco mi error, es imposible que no me guste. No le irás a dejar ahora solo por llevarme la contraria, ¿verdad?
Didi se ríe, pero luego se pone seria y me cuenta todo lo que me había ocultado antes por miedo a que yo redoblara mis comentarios negativos sobre Julián e influenciara de alguna forma en la decisión que necesitaba tomar por sí misma.
–Pero tontina, vale que no me cayera bien, pero tampoco soy tan bruja como para intentar meterme donde no me llaman y comerte el tarro para que cortaras con él –le digo, mientras la abrazo–. No vuelvas a ocultarme nada, que no veas cómo me fastidia que me mantengas en la ignorancia... ¿Hay algo más que deba saber y que no me hayas dicho?
–Bueno, pues ya que sacas eso. ¿Te acuerdas del accidente de la rotonda?
Un par de semanas más tarde...
Julián miraba el teléfono, nervioso, sin decidirse a llamar a Marina. Aunque durante las vacaciones se habían visto algunas veces y habían charlado por teléfono a menudo, ahora que habían vuelto a la rutina temía que ella retomara su actitud anterior con respecto a no querer quedar con él. No obstante, al fin se armó de valor y marcó su número.
–Hola, Marina, soy Julián... Me preguntaba si te apetecería quedar conmigo mañana, en el centro –dijo de carrerilla.
–Mañana tengo el día fatal –respondió ella, y a Julián se le hundió el mundo hasta que añadió–: Pero hoy lo tengo libre, si te viene bien.
Julián aceptó sin dudarlo y, apenas media hora después, se encontraron en una cafetería de aspecto íntimo. Se miraron nerviosos, pero no tardaron en relajarse y en charlar como viejos amigos, de modo que las horas pasaron volando.
Cuando por fin decidieron marcharse y continuar otro día, se despidieron con un torpe beso en la mejilla que se acercó peligrosamente a los labios. Se separaron con lentitud, lo suficiente para mirarse a los ojos con intensidad y volver a besarse, esta vez en los labios y con mayor intensidad.
Por un momento, la sombra de Didi planeó sobre ellos, pero habían pasado muchas cosas y, una vez tumbados los prejuicios, era inevitable que la chispa entre los dos se encendiera. Además, ahora que Didi había decidido arriesgarse y empezar a salir con el hombre que podía hacerla feliz, seguro que lo entendería.