Maite era una persona trabajadora que estaba convencida de que todo su esfuerzo tendría su recompensa. Y su convencimiento se veía reforzado algunos días, muy pocos, que eran especiales, como si todo lo que había luchado para alcanzar sus objetivos se viera recompensado de forma kármica en una única jornada perfecta en la que todo salía redondo.
Esos días especiales siempre iban precedidos por un sueño, que no recordaba al despertar, pero que dejaba una extraña sensación en su interior, una especie de presentimiento de que iba a cambiar su vida. Y esa mañana despertó con la certeza de que era uno de esos días, por ello tenía esa sonrisa en la boca que llevaba tanto tiempo sin aparecer.
Después de la mala racha de campeonato que llevaba, de esas que te dejan agotado de luchar para mantenerte a flote, esa jornada kármica prometía ser la mejor de todas. Tenía que serlo para compensar esos últimos meses en los que casi nada había salido a derechas: su novio la había dejado, sus padres habían discutido con ella, habían trasladado a su mejor amiga a la otra punta del océano… Lo único que había ido bien era el trabajo, y por eso tenía la sensación de que, entre las muchas cosas geniales que traería su día kármico, la iban a ascender.
Así pues, salió a la calle dispuesta a comerse el mundo... y sí, fue un día especial... especialmente malo.
En cuanto salió de casa, se rompió el tacón de sus zapatos favoritos y se torció un tobillo, con lo que tuvo que volver a entrar, cojeando, a por unas manoletinas. Aunque se dio prisa, el retraso fue suficiente para llegar cuando el autobús estaba a punto de partir, y, con un tobillo torcido, por más que intentó correr para alcanzarlo, no lo logró.
Para rematar, un golpe de viento destrozó su paraguas y tuvo que esperar bajo la lluvia un buen rato hasta que llegara el siguiente transporte. Por suerte, siempre iba con tiempo de sobra y llegó justo a la hora, eso sí, empapada y cojeando.
Nada más sentarse en su puesto, notó las miradas de todos sus compañeros en ella, pero pensó que era por el ascenso que aún no le habían comunicado, así que no le dio importancia y les devolvió la mirada con una sonrisa de superioridad... Sonrisa que se le borró de golpe en cuanto fue al baño y contempló su imagen en el espejo, momento en que se percató de que la lluvia había hecho estragos en su maquillaje y su cara era un cuadro abstracto
Cuando abrió su bolso para arreglar el estropicio, se encontró con que la cajita de maquillaje se había abierto y los polvos se habían desperdigado por el interior del mismo. Por supuesto, la lluvia había calado y los había convertido en una desagradable masa que había estropeado tanto el bolso como su contenido. No le quedaría otro remedio que comprar un sustituto cuando saliera del trabajo, cosa complicada porque ya no fabricaban los modelos que a ella le gustaban.
Nada más salir del baño, la llamaron al despacho de su jefa no para ascenderla, sino para darle más trabajo y, a mediodía, tras un sinfín de contratiempos similares que no paraban de empeorar el día más y más, ya estaba desesperada por completo.
Como el ascensor estaba averiado y solo en subir y bajar las treinta plantas de escaleras que tenía el edificio se le iba su media hora de comida, suspiró y se tomó en su despacho un asqueroso sándwich de máquina (el que se había traído de casa había quedado arruinado por la masa de maquillaje que había invadido su bolso) mientras se preguntaba si el presagio de un cambio de vida no iba a ser para peor, en vez de para mejor.
Luego, desanimada, volvió al trabajo, que se demoró más de lo habitual obligándola a hacer horas extra porque había un error en uno de los informes y tocaba revisarlo de nuevo de principio a fin.
Por suerte, las tiendas seguían abiertas cuando salió y tenía el centro comercial justo enfrente, así que entró para comprar un bolso nuevo, todo lo que se le había estropeado, maquillaje y, de paso, unos zapatos bonitos. Ahí su humor empezó a mejorar.
«Ha sido un día malo, pero no ha habido ningún desastre que lamentar, solo pequeñas cosas», pensó, un segundo antes de resbalar con un charco helado... y caer justo en él. No le dolió tanto el golpe como la dignidad.
—¿Estás bien? —preguntó un hombre.
—Sí. Ha sido el remate perfecto para un día horrible —respondió ella, mientras hacía lo posible por incorporarse sin hacer más el ridículo. Entonces alzó la cabeza para encontrarse con los ojos más azules que había visto en su vida.
—¿Un mal día? —repitió él y, con caballerosidad, la ayudó a ponerse en pie y a recoger sus bolsas—. Eso se arregla con una copa. ¿Qué me dices?
Maite no solía ir a tomar nada con perfectos desconocidos, pero esta vez aceptó con una sonrisa. Quizás ese día iba a cambiar su vida, aunque no de la forma que había esperado.
Años después, recordaría ese día kármico como el mejor de su vida, porque en él había conocido al hombre de su vida.