Sentada en el pentáculo, recuerdo cómo entré por primera vez a la tienda de magia con escepticismo, incapaz de creerme que él hubiera decidido traerme aquí en nuestra cuarta cita. Ese día compró varios componentes mágicos de nombres raros y muchas velas, luego fuimos a su casa e hicimos nuestro primer hechizo juntos. Lo que es más fascinante, ¡funcionó! Desde ese momento, me convertí en su aprendiz y me enseñó todo lo que sabía.
Pero según pasaba el tiempo, empecé a notar cambios en él. Me miraba como preocupado, y no entendía por qué, hasta que un día se olvidó del diario en el que apuntaba todos los resultados de los experimentos que hacía con la magia.
Nunca sabré si lo hizo por equivocación o si su sentimiento de culpabilidad le hizo dejárselo en mi casa a propósito. El caso es que allí estaba todo: cómo me había hechizado para que aceptara salir con él gracias a varios pequeños hechizos que había realizado para que yo dejara a un lado mis reticencias. ¡Incluso me había cambiado para que pudiera hacer magia, cuando yo antes no hubiera sido capaz de desarrollar el más simple conjuro!
Al acabar de leerlo, dejé el diario en su buzón con las páginas bien marcadas para que supiera que estaba al tanto de todo y fui a la tienda de magia para conseguir componentes para la purificación con la que eliminaría todos los hechizos que había lanzado sobre mí.
No obstante, no perdí mis poderes y, consultando los grimorios, descubrí que nunca podría dejar de ser maga, a menos que lo anulara la misma persona que me convirtió en una. Me sentía rara e incómoda por la situación: ¿cómo volver a ser la que era antes de conocerle si conservaba la capacidad de hacer magia?
Así pues, me presenté en su casa y su mirada, arrepentida y llena de tristeza, me dijo sin palabras que sí, que desharía el hechizo si eso era lo que deseaba.
Pero ahora que rememoro nuestra historia, sentada en este pentáculo, me doy cuenta de que, en realidad, no quiero renunciar a la magia… ni a él. Porque su única falta ha sido amarme, abrir mi mente y darme un don maravilloso. Porque nunca me manipuló para que le amara, sino para que le diera una oportunidad.
—¡Para! —grito; espero que no sea demasiado tarde.
Él interrumpe el hechizo a medio hacer y sostiene mi mirada esperanzado. Finalmente, dice:
—Pensaba que nunca lo dirías.
Con lágrimas en los ojos, salgo del pentáculo y le abrazo con todas mis fuerzas.