«La cena fue estupenda, yo creí que habíamos conectado. Pero cuando nos despedimos fue muy raro. Yo preparada para el beso más intenso y maravilloso del mundo y él me mira como si estuviera loca y se limita a darme un ósculo rapidísimo antes de salir por piernas. ¡No le gusto! No ha llamado, aunque solo han pasado un par de horas. Pero no, no va a llamar. ¡No volveré a saber de él!», pensó Miriam, dando vueltas por la habitación, desesperada.
Había esperado ese día semanas y, ahora que había pasado, solo podía sentirse deprimida y preguntarse qué había hecho mal. Justo cuando empezaban a dolerle los pies de dar vueltas sin haberse quitado aún los tacones, con los que se sentía siempre mejor, sonó el timbre.
Javi esperaba que Miriam abriera. Se sentía como un idiota, porque le gustaba tanto que, a la hora de despedirse, se había amedrentado y había acabado besándola en la mejilla, temeroso de su rechazo.
—¿Qué diablos hago aquí? Seguro que se cree que soy un tarado… —dijo para sí, y se dio la vuelta para bajar las escaleras.
Justo en ese momento se abrió la puerta y la vio, aún vestida con su despampanante vestido y sus preciosos tacones. Volvió a sentir que el valor se le escapaba cuando ella se quedó mirándole en silencio, sin decir nada.
Miriam no sabía qué hacer, ni entendía bien por qué se había plantado él en su casa, a esas horas, después de una despedida tan increíblemente mala.
—¿Qué haces aquí? —preguntó por fin.
—Olvidé algo —tartamudeó él, sin mirarla a los ojos.
No obstante, se armó de valor, levantó la vista y por fin encontró las fuerzas suficientes para acercarse a ella y hacer lo que llevaba deseando toda la noche. Cuando sintió que ella le devolvía el beso, apasionada y amoldándose a la perfección a su abrazo, su felicidad fue tal que supo que adoraría a esa chica durante el resto de sus días.