Mi vida es una frustrante sucesión de rachas de mala suerte. Pero más frustrante aún es cuando, supuestamente, la suerte me acompaña.
Heme aquí, con un par de packs de experiencias para saltar en paracaídas. A mí, que solo de pensar en subirme a un avión me da un ataque de pánico. Ni siquiera puedo acercarme a un aeropuerto sin que se me haga un nudo en el estómago y, de todos los maravillosos premios que había en esa estúpida rifa, me tenía que tocar tirarme desde un avión en marcha con una tela como único obstáculo entre la muerte y yo.
—Qué afortunada eres, Diana —me dice Derek, el chico más guapo y divertido que he conocido nunca.
—Sí, supongo —le respondo con una media sonrisa, nerviosa como siempre ante su presencia. Se me ocurre que lo mejor que puedo hacer es regalarle los pases y que haga con ellos lo que quiera—. Oye, Derek, ¿quieres saltar en paracaídas?
—¡Estupendo! ¡Nos lo pasaremos genial! —exclama él, sonriente, y sale corriendo para pregonar a los cuatro vientos que vamos a ir juntos a tirarnos, sin darme la oportunidad de decirle que lo que yo quería era deshacerme de las dos entradas, no compartirlas.
A ver ahora cómo me hecho atrás sin parecer una imbécil o una cobarde delante de él. Y de todos los demás. A ver cómo renuncio a la única posibilidad de que hagamos algo juntos. A ver cómo me meto en ese avión.
Aquí estoy, mirándole nerviosa. Creo que se da cuenta de que algo no anda bien, pero me niego a decir nada y aprieto su mano con fuerza mientras me dirijo hacia mi tumba.
La avioneta (ni siquiera es un avión) parece una tartana y eso empeora la situación. Hasta ahora he conseguido disimular pero, cuando el instructor de tierra me empieza a hablar de medidas de seguridad, siento que me pongo mala.
Derek me mira preocupado y tengo que confesarle mi pánico. Parezco idiota, aquí llorando como una magdalena. Y yo que había pensado que podría hacerlo.
—Pero ¿cómo no me has dicho nada? No te preocupes, que yo estoy contigo.
—Como si tú pudieras hacer algo cuando ese trasto explote en pleno vuelo —gruño yo, por lo bajo, pero me escucha y se queda mirándome, pensativo, hasta que me pone aún más nerviosa.
—Dime, tú a lo que tienes miedo es a los aviones ¿no? ¿O también tienes miedo a las alturas? —me pregunta al rato.
Cuando le digo que solo tengo ese problema con los aviones, me dirige una media sonrisa y va a hablar con el instructor, supongo que para disculparse. Al poco viene, me coge de la mano y me arrastra hasta el coche.
Me siento idiota, realmente idiota. No me atrevo a mirarle a la cara para no ver su decepción pero, cuando veo que no nos dirigimos a casa, lo hago y me doy cuenta de que está sonriendo.
—Mira que te complicas la vida, mujer. Con lo fácil que habría sido cambiar la experiencia desde el principio.
Un rato después, me veo a mí misma amarrada a él con arneses en lo alto de un puente. Antes de saltar y disfrutar de esta experiencia, él besa mis labios con cariño. Quizás no sea tan poco afortunada, después de todo. Desde luego, mi vida ya no me parece tan frustrante como antes.