Llegué a Venecia una cálida mañana de otoño, justo la semana antes de mi boda, concertada por mis padres desde antes de mi nacimiento.
De mi futuro esposo ni siquiera sabía su nombre, pues en cuanto me dijeron que debía casarme con un desconocido se me cayó el mundo encima y lo vi todo negro sin llegar a desmayarme, de modo que no pude escuchar nada más de lo que decían. Luego, sentí verdadera vergüenza y no me atreví a preguntar de nuevo un dato tan banal y sin embargo tan importante para mí. Por desgracia, nunca volvió a repetirse el nombre por más atenta que estuve y acabé por resignarme. Después de todo, ese nombre no significaría ningún cambio en la penosa situación en la que me encontraba y ya lo escucharía de la boca del sacerdote cuando nos casáramos.
Me sentía muy desgraciada, pues había vivido en un ambiente de relajadas normas, en que mi padre siempre cedía a mis caprichos, cosa que seguramente se acabaría cuando estuviera bajo la atenta mirada de mi esposo y su familia, una de las más poderosas del lugar. No obstante, nada se podía hacer para detener la boda sin romper la alianza de ambas casas, tan deseada por mi padre.
Al menos, al llegar a Venecia supe que era un lugar donde no me desagradaría vivir. Nunca había visto nada más hermoso que esa maravillosa urbe, con sus calles inundadas y el magnífico colorido de sus gentes, de todas las culturas.
Cuando entré en el Gran Canal supe que estaba irremediablemente enamorada de esa ciudad de ensueño y, a pesar de los nervios de la boda, le rogué a mi padre que me diera permiso para visitar el lugar durante mi última semana de libertad. De todos modos, no había mucho más que hacer, ya que ni siquiera podría conocer a mi futuro marido hasta el día de la boda por deseo expreso del mismo.
Para mi alegría, mi padre aceptó casi en seguida que yo visitara la ciudad junto con mi aya, y eligió como acompañantes para mi recorrido a una muchacha de nombre Angelina y a su hermano, el joven más hermoso que había visto en mi vida, Cyrano. Ambos eran hijos de unos grandes amigos de la familia desde hacía muchos años y esperaba que entablara una buena relación con ellos, cosa a la que yo estaba más que dispuesta, al saber que pronto me quedaría sola en una ciudad extraña.
No pude evitar sentir simpatía por Angelina desde el principio; me alegré sinceramente de haber encontrado a una amiga tan pronto. En cuanto a Cyrano… creo que mi alma, enamorada de las estatuas y cuadros que se hacían últimamente, con inspiración en la Grecia antigua, no pudo evitar compararle con uno de esos bellos dioses paganos tallados en mármol y amarle así también a él.
Me sentía culpable por tener tan fuertes sentimientos por un hombre al que apenas conocía, a pocos días de mi boda, e intenté en la medida de lo posible alejarme de él, pero en una ciudad en la que la mayor parte de los recorridos se hacen en góndola y siendo él mi guía, era complicado distanciarme sin parecer grosera.
Cada día que pasábamos juntos, a pesar de que me esforzaba para que toda mi atención se centrara en Angelina, los alegres comentarios de Cyrano y su absoluta devoción por la ciudad que había robado mi corazón hicieron que le amara un poco más por momentos.
Me dolía el ansia de tocarle y, un día, al volver a la casa en la que me hospedaba, los demás se adelantaron un poco y nos quedamos solos. Quiso la casualidad que tropezara y, cuando sus fuertes brazos me rodearon para evitar que cayera al agua, no pude evitar posar mis labios en los suyos. Su reacción apasionada me hizo enloquecer, pero pronto el sentido común se impuso y me aparté de él roja de vergüenza.
Corrí al interior del edificio y me negué a salir de mis aposentos hasta el día de la boda, jurando a todo el que quisiera oírme que no quería volver a ver a Cyrano en toda mi vida. Solo mi aya, que nos había acompañado durante todas las visitas y me conocía demasiado bien, pudo haberme ofrecido consuelo, pero en lugar de hacerlo me dejó a solas con mi sufrimiento, ahogada en lágrimas.
Cuando llegó el día de la boda, agradecí que un largo velo cubriera mis ojos hinchados y, sin decir palabra en todo el trayecto, miré la ciudad con nostalgia. Supe entonces que Venecia, pasara lo que pasara en el futuro, siempre sería mi consuelo, y que cuando paseara por sus calles recordaría la felicidad que sentí al tener a Cyrano al lado, aunque no pudiéramos estar juntos.
Bajé de la góndola con esa seguridad en mi interior. Venecia me había dado fuerzas para afrontar ese día y paseé mi mirada por el alegre y suntuoso esplendor de la engalanada catedral en la que nos casaríamos, hasta detenerme en el novio. Su figura era conocida, pero no me atreví a albergar esperanzas y achaqué lo que veía al velo, a mis ojos llorosos y a mi fuerte deseo.
«No puede ser», me decía mientras avanzaba por el pasillo con paso inseguro. Pero, cuando me tendió la mano y sentí su contacto, supe que no estaba equivocada. Poco después, por fin el sacerdote dijo el nombre de mi esposo. Cyrano.