País Relato - Autores

déborah f. muñoz

los clientes favoritos

Anabel se levantó como todas las mañanas y frunció el ceño cuando miró al calendario. Catorce de febrero: un San Valentín más sin pareja.
Sus amigas le habían recomendado no cortar con su novio dos semanas antes del gran día, pero no le interesaba aguantar una quincena más con una persona con la que ya no quería estar solo para no quedarse sola esa fecha señalada. Además, siendo tan poco detallista como era su ex, le hubiera regalado una rosa de plástico o un peluche con forma de corazón (¡cómo los odiaba!) de los chinos, mientras que ella se hubiera esforzado por encontrar algo especial.
Como no estaba la economía para gastar el dinero en un desagradecido al que ni siquiera quería, hizo caso omiso de los consejos de las chicas y ahora era una de esas mujeres a las que la sociedad consideraba dignas de lástima porque pasaban solas San Valentín.
Nunca le había importado, pero la presión de todos sus conocidos comenzaba a pasar factura y la empezaban a deprimir todas las insinuaciones veladas sobre la pena que daba por no poder pasar un día como ese en pareja. Como si ser soltera e independiente fuera el mayor problema del mundo, y como si san Valentín no fuera un invento de los grandes almacenes para ganar ingresos extra.
Sin ganas, se dirigió a su trabajo en una pequeña tienda de ropa escondida en una callejuela del centro de Madrid. Una vez allí, se acomodó en la silla tras el mostrador a la espera de que entraran clientes, que no tardaron en empezar a llenar la tienda en esa mañana de récord, ya que entraron unos cuantos hombres que tenían novia y a los que se les había olvidado tan memorable fecha. Típico.
Todo iba más o menos bien hasta que, en un extraño momento en el que el local quedó vacío, su ex entró en la tienda con una rosa de plástico que parecía un clavel deslucido y un horrible osito de peluche con un «I love you» mal escrito en la camiseta. Estaba claro que era un intento por pillarla con la guardia baja para volver, pero lo único que podía pensar era: «Dios, qué vergüenza, menos mal que no hay nadie en la tienda ahora».
Le costó un buen rato convencerle de que no tenía nada que hacer y de que, de haber querido estar con alguien en san Valentín, no habría cortado con él. Para cuando consiguió hacérselo entender y su ex decidió que era una batalla perdida, su humor había pasado de malo a pésimo y el resto del rato que quedaba hasta la hora de comer se le hizo eterno.
Finalmente, echó el cierre y se fue a un restaurante cercano que solía frecuentar. Era barato y acogedor, pero era su preferido más que nada porque también lo frecuentaba un bombón de esos que alegran la vista. Nunca había hablado con él ni tenía intención, pero hay que reconocer que comer cerca de ese hombre que parecía sacado de la portada de una novela romántica era mejor que irse a un Fast food y comer bazofia sin valor nutricional.
El shock que recibió nada más entrar fue tremendo. Ese restaurante coqueto, con buen gusto y acogedor se había convertido en una especie de paraíso para cursis, con corazones y guirnaldas rosas por todas partes; casi le daba miedo pasar. Para colmo, todas las mesas estaban ocupadas por parejitas que se miraban ensimismadas a los ojos.
Estaba a punto de marcharse cuando la anciana propietaria salió de quién sabía dónde y, acogedoramente, le dijo en un tono de voz más alto de lo recomendable:
—Oh, querida, hoy las mesas son exclusivas para parejas. ¿Vienes sola? No te preocupes, puedes sentarte en la barra. Hoy solo tenemos platos para dos, pero te prepararé algo que puedas tomar tú sola.
Anabel sintió que se le subían los colores mientras atravesaba medio restaurante conducida por la oronda mujer, que en esos momentos no le caía simpática, precisamente. Por lo menos, al llegar a la barra (nunca había entendido que la barra estuviera al fondo y las mesas delante), la buena mujer la sentó al lado del bombón, quizás en un intento de que pareciera menos patética de lo que se sentía en ese momento.
—¿A ti también te ha engañado para comer en la barra? —bromeó el tío bueno. Tenía una sonrisa divina y una voz aterciopelada que, de haber estado de pie, habría hecho que se le doblaran las rodillas.
—Sí —respondió malhumorada Anabel—. Al parecer los solitarios no tenemos cabida en ningún sitio el catorce de febrero. Ni siquiera en nuestro restaurante habitual.
El bombón se rió y dijo:
—Es mala fecha para los singles. ¿Tú también has tenido un mal día?
—Uno de esos en los que preferirías haberte quedado en la cama leyendo —respondió ella, con un suspiro.
Cuando el bombón iba a responder, apareció de nuevo la propietaria con la carta.
—Oh, veo que os lleváis bien… ¿Por qué no elegís la comida de la carta especial y la compartís? Soléis tomar más o menos lo mismo, y estoy tan ocupada hoy que me haríais un favor si no tuviera que prepararos un plato único a cada uno.
Los dos cruzaron una mirada, se encogieron de hombros y aceptaron; mejor seguirle la corriente a la anciana. Como recompensa, fueron conducidos a una mesa y, cuando por fin se pusieron de acuerdo, la mujer desapareció por la puerta de la cocina, momento en que soltaron una carcajada de incredulidad al unísono.
—A propósito, soy Toni —se presentó el bombón, extendiendo su mano.
-—Yo soy Anabel —respondió ella, y se pusieron a charlar como si se conocieran desde siempre.
Un buen rato después, la anciana propietaria vio marcharse juntos a sus dos clientes favoritos, convencida de que acababa de formar una pareja maravillosa. ¡Y anda que no le había costado! ¡Si hasta había tenido que decorar el local como si fuera una casa de citas!
—Es que, ¡vaya par de bobos! —dijo la mujer para sí con las manos en las caderas mientras les veía marcharse de su local—. Seis meses lanzándose miraditas el uno a la otra y no se atrevían a dar el paso. Estaba claro que necesitaban un empujoncito.