Me da igual lo que me digan. El amor es doloroso, mucho más que cualquier otro sentimiento. Y, si está próximo a la amistad, se vuelve insoportable. Así que, cuando vino a mí con el corazón destrozado porque la asquerosa de la que está enamorado le dejó, tomé la determinación de cortar por lo sano. El hecho de que me pidiera que le ayudara a montar la declaración de amor más maravillosa del mundo para recuperarla me dio las fuerzas necesarias para llevar a cabo esa determinación.
Y aquí estoy yo, con el corazón destrozado y sin poder hablarlo con mi amigo porque he cortado toda relación con él precisamente para no acabar con el corazón destrozado. ¿Irónico, no? Todo porque es incapaz de mirarme como mujer y no como compañera de juerga.
El hecho de ver la hora y saber que ahora mismo esa imbécil está recibiendo un ramo de preciosas orquideas para luego disfrutar de una maravillosa cena romántica empeora las cosas.
Un par de horas más tarde.
Suena el timbre, abro la puerta y le encuentro trajeado en el umbral. Seguro que le ha rechazado y viene a mi casa a que le consuele, como siempre. Estoy a punto de dejarle con la puerta en las narices, pero me da pena. ¡Maldición, no le puedo dejar así, soy su amiga!
Le abrazo y murmuro las palabras de consuelo que necesita. Se ríe, me mira y me besa. No entiendo nada.
—La miré y me pareció tan estúpida —me explica—. Una muñeca vacía a la que había vestido con atributos que en realidad no tenía. Una ilusión. Y mientras cenábamos y escuchaba su aburrida conversación banal, solo podía pensar: ojalá estuviera aquí Mar.
Le miro con cariño mientras experimento la otra cara del amor, la cara alegre. Sin esperar más, nos besamos apasionadamente.