País Relato - Autores

déborah f. muñoz

la verdad

Destrozaba en su enfado todos los objetos que encontraba y le recordaban la relación que acababa de romper.
«¿Cómo se atreve a decirme algo así? Está claro que no estábamos hechos el uno para el otro», pensaba mientras acababa con los peluches, tras lo cual comenzó a romper sistemáticamente todas las fotos en las que salían juntos. Pero una fotografía en especial, sacada en un fotomatón, le llamó la atención y no pudo evitar recordar el día en que la tomaron.
La pareja se acababa de conocer y era su segunda cita. La conversación comenzó siendo trivial, pero poco a poco se convirtió en algo más y más profundo hasta que, al final, a la altura del paseo marítimo, acabó versando sobre los defectos.
—Y tu mayor defecto, ¿cuál es? — preguntó ella, interesada por saber cuáles eran las pegas de un chico que por entonces le parecía perfecto.
—¿Mi mayor defecto? Decir la verdad —respondió él con una media sonrisa. Ella le dio un golpecito cariñoso en el hombro y dijo:
—Venga, que yo te he confesado los míos.
La sonrisa de él se volvió más amarga, y dijo:
—No es broma. Decir la verdad es un defecto… cuando la gente no quiere oírla.
—Pero hombre, todo el mundo quiere oír la verdad —respondió ella, nada convencida de su razonamiento. Él la miró con intensidad y se explicó:
—Es curiosa la naturaleza humana. Todos decimos querer oír la verdad pero, como nos engañamos a nosotros mismos, cuando nos la dicen nos sienta mal y nos enfadamos. Mi defecto no es solo que digo la verdad, sino que ni siquiera la suavizo. Así que nadie me aguanta.
Ella respondió con convencimiento:
—Yo nunca me enfadaré contigo por decirme la verdad, te lo prometo. Así que ese defecto no cuenta.
Entonces fue cuando él se echó a reír, cogió su mano y la llevó hasta el fotomatón. Una vez que se imprimieron las fotos, sacó un bolígrafo de su bolsillo y escribió en el reverso:
«Nunca olvides tu promesa».
Lloró con la fotografía contra el pecho. Sus palabras habían dolido porque en el fondo, muy en el fondo, sabía que eran ciertas. Y ella no solo había olvidado su promesa, sino que la había roto de la peor forma posible. Así pues, se tragó su orgullo y cogió el teléfono, con la esperanza de que no fuera demasiado tarde para que él la perdonara.