País Relato - Autores

déborah f. muñoz

eres deliciosa

Ángela no podía dejar de mirar al pedazo de hombre que tenía enfrente. Su contacto, cuando le dio la mano, la había cautivado aún más, si cabe, que la visión de su perfecto trasero cuando entraban al local.
Le lanzó su mirada más coqueta mientras mantenía el apretón todo el tiempo que podía, tras lo cual presentó a sus amigas sin llegar a quitarle los ojos de encima, no fuera que esa visión del cielo desapareciera de repente.
Nada más acabar las presentaciones, observó por el rabillo del ojo cómo su amiga Carla se marchaba a bailar con el tal Max y empezó a contonearse al ritmo de la música, incitando a Sam para llevarle hasta el límite. Lo logró, a juzgar por la dureza que advirtió en su entrepierna.
Incapaz de aguantar más (ya se sentía mojada y era evidente que él también estaba impaciente), le cogió de la mano y le condujo hacia los lavabos de mujeres, que, por obra de algún dios benevolente, estaban vacíos. Nada más entrar, le empujó contra la puerta y le besó mientras metía las manos bajo su camisa y exploraba el musculoso torso, que parecía esculpido en mármol. Podía sentir los músculos de Sam tensarse mientras le acariciaba, haciéndole emitir unos leves jadeos muy sexys, que aumentaron su intensidad cuando hundió la nariz en su corto pelo, aspirando su perfume.
Disfrutando de su posición dominante, cosa que a Sam de momento no parecía importarle, siguió con sus caricias por la espalda, tensa y musculosa, y bajó poco a poco hasta su adorable trasero a la par que él abría su sujetador con habilidad y liberaba sus pechos, que empezó a acariciar con suavidad, lo que la hacía enloquecer.
Finalmente, alcanzó el bulto de sus pantalones y lo liberó con torpeza, ya que estaba tan hinchado que le costó desabrocharlos. En el momento en que empezó a estimular su pene (el más grande y duro que había visto nunca, y eso que había visto muchos), Sam pareció enloquecer por completo. La alzó con facilidad, la sentó sobre los lavabos y le quitó las bragas de un tirón, tras lo cual bajó la cabeza hacia la húmeda abertura y la atormentó con su lengua hasta que estuvo al borde del orgasmo, momento en el que se incorporó con gracilidad y se hundió en ella hasta llenarla por completo.
El orgasmo fue tan intenso que se mordió la lengua hasta sangrar y Sam se apoderó de su boca, absorbiéndola por completo mientras la embestía a un ritmo cada vez más frenético hasta que ambos se liberaron al unísono.
No separaron sus bocas ni pararon de acariciarse durante un rato, hasta que empezaron a escuchar fuertes golpes en la puerta. Arreglaron un poco el desastre en que se habían convertido sus vestimentas, aún jadeantes, y se miraron largamente, con los restos del deseo en sus miradas. Finalmente Sam, tras acercar la nariz a su cuello y besar el punto donde más se notaban sus aceleradas pulsaciones, susurró a su oído antes de desbloquear la puerta y perderse entre la gente:
—Eres deliciosa.