Encontró la carta, que estaba muy bien escondida, por casualidad. Elisa la acarició mientras su corazón rememoraba cómo se la había entregado a Carlo, con la confianza de que se la diera a Ángel.
Al final, el que creía su gran amigo y confesor había aprovechado esa amistad para evitar que esas cartas llegaran a su destinatario, alejándola así definitivamente de su amor. Tras eso, sin duda le había sido fácil preparar el terreno para que no le quedara más remedio que aceptarle como esposo.
En el fondo era una cobarde. Si no lo fuera, dejaría a su marido en el acto y correría en pos de Ángel, si es que aún seguía con vida. Pero no saber qué había sido de él, ni si después de tantos años la aceptaría a pesar del engaño al que habían sido sometidos, la llevó a actuar con discrección: contrató un detective privado y siguió con su vida perfecta hasta que llegaran noticias.
Cuando llegaron, no pudo contener su estupor. Ángel estaba casado. Felizmente casado. Y, según el informe, lo estaba aún antes de conocerla.
—Por eso no quería que te enteraras —dijo Carlo a su espalda. Estaba tan anonadada que no se había dado cuenta de que se había acercado y leído los papeles por encima de su hombro—. Le busqué para entregarle la carta, como te prometí. Le encontré en un hospital y su esposa estaba con él.
»Sabía que, si te lo contaba en ese momento, no podrías soportarlo y luego... simplemente pensé que era preferible que siguieras creyendo que lo vuestro fue hermoso a que te amargara la verdad. Solo quería que fueras feliz.
Elisa no respondió, y él abandonó la habitación. Minutos más tarde, ella corrió a sus brazos. Sorprendido, Carlo le devolvió el abrazo sin parar de decir que lo sentía.
Ella sintió entonces algo más que simple cariño por ese hombre maravilloso que siempre había estado a su lado. Ahora que el fantasma de su relación con Ángel se había disuelto tras mostrar su verdadera cara, supo que en su matrimonio había espacio para sentimientos más profundos que la amistad y el simple afecto.