Desde que Marga y su novio Aidan lo dejaron, ella se había esforzado por fingir que todo iba maravillosamente. Para ello, recomendada por su libro de autoayuda, se arreglaba con cuidado todos los días y, con su mejor sonrisa, salía por las zonas de la ciudad que él solía frecuentar. Quizás así, cuando Aidan se encontrara con ella, se daría cuenta de que podía vivir sin él y de que no era tan dependiente, lo que invalidaba el único motivo coherente que Aidan dio cuando la dejó.
Pero claro, cuando estaba en casa la cosa cambiaba. Se vestía con el pijama y se dedicaba a ver los videos en los que aparecían juntos mientras acababa con las existencias de helado de chocolate de su congelador. Luego, se sentía culpable por haber comido tanto dulce y se mataba a hacer deporte para quemar las calorías consumidas (después de todo, cuando saliera por ahí con la esperanza de encontrarse con su ex, no podía estar como una vaca), tras lo cual volvía a empezar el ciclo.
Fue en uno de esos momentos, recién duchada y con el dvd cargándose, cuando se dio cuenta de que su único sustento (el helado de chocolate belga) se había acabado. No solo eso, sino que encima no quedaba más que una onza de su tableta de chocolate y, por más que buscó, no pudo dar con galletas, bombones ni cualquier otro dulce. Con todo su pesar, se dio cuenta de que tenía que ir a la tienda.
Como Aidan no vivía por esa zona (y, de todos modos, tampoco iba a tardar tanto, porque el supermercado estaba en la calle de al lado) se puso el chándal y bajó en zapatillas de andar por casa, cogió una cesta de la compra y fue directa a la sección de dulces, con tal mala suerte de que, cuando tenía la bolsa ya medio llena de chucherías y helados, creyó ver a su ex.
Soltó un gritito, se agachó detrás de un mostrador de productos y comenzó a espiarle. Para su horror, parecía mejor que nunca e iba acompañado de una mujer preciosa e increíblemente escultural. Se miró con su chandal, sus zapatillas y sus pintas horribles; estaba de lo más ridícula y, lo que era más grave, se encontraba en el peor sitio: sabía que Aidan no podía entrar en un supermercado sin llevarse unas palmeras de chocolate del pasillo de bollería, que era donde estaba el mostrador tras el que había intentado ocultarse.
Así pues, se desplazó con todo el sigilo que pudo, ante las miradas atónitas del resto de clientes, en dirección a la sección de dietética, donde perdió de vista a la pareja. Una vez a salvo en ese pasillo que su ex no visitaría nunca, cerró los ojos y respiró hondo.
—¿Marga? —escuchó sobresaltada decir a Aidan a su espalda.
Se sintió como si estuviera en una película de terror, cuando el malo estaba detrás de la chica y ella no quería volverse para no ver el rostro de su asesino. Pero quien estaba detrás era su ex, lo cual era mucho peor teniendo en cuenta cómo iba vestida.
«Tierra trágame», pensó. Pero, como la tierra no hizo caso y seguía firmemente anclada a ella, se giró con una sonrisa forzada y saludó con falsa alegría:
—¡Aidan! ¡Qué sorpresa! ¡Estás estupendo!
El hombre de su vida la miró incómodo, sin saber qué responder.
—Vaya sí… parece que te vas a dar un buen atracón —dijo, y señaló su cesta de la compra.
—¿Esto? No, esto no es para mí —Mintió, pero la mirada incrédula de su ex le indicó que no colaba—. Bueno, no es solo para mí. A una amiga le ha dejado su novio y he montado una fiesta del pijama para darle apoyo moral —improvisó Marga con una sonrisa—. Me había olvidado por completo de que era esta noche, porque he estado muy atareada, y me he acordado justo ahora, que estaba a punto de hacer deporte. Así que ya ves, ¡qué pintas llevo!
—Comprendo… —dijo él, y parecía que se lo había creído—. Me alegro que te vaya todo bien.
Acto seguido, se marchó junto a su pareja, que le esperaba en otra sección.
Marga salió del supermercado roja como un tomate, con varias bolsas de chucherías y lágrimas en los ojos. Se sentía como una idiota: tanto tiempo planeando el reencuentro para que fuera perfecto, y al final se produjo cuando él estaba felizmente emparejado, mientras ella se encontraba sola, en chándal, zapatillas de andar por casa y a punto de darse el atracón de dulces del siglo. Nunca había pasado tanta vergüenza.
—¡Eh, Marga! —escuchó gritar a Aidan al ir a cruzar la calle. Hizo de tripas corazón y volvió a girarse.
—¿Sí?
—Dime, si no estás ocupada mañana, ¿podríamos salir a tomar un café y hablar un poco?
—¿Y a tu acompañante no le importará? –preguntó Marga con un rayo de esperanza, pero sin olvidar a la chica que se había quedado un poco rezagada en la puerta del supermercado, esperándole.
—Dudo que le importe, porque es mi prima y se va esta noche —respondió Aidan con una risa, que hizo que ella soltara el aire que había estado conteniendo—. ¿Sabes? Creo que quizás me equivoqué contigo. Casi había esperado que hicieras como en esos estúpidos libros de autoayuda y me buscaras por toda la ciudad con tus mejores galas para hacerme ver que estás genial, pero ya veo que has seguido siendo tú misma a pesar de todo. Eso me gusta, quizás me equivoqué contigo.
Marga le evaluó con escepticismo durante un rato, incrédula. Finalmente dijo:
—¿Mañana dices? Creo que podré hacerte un hueco a las diez.
Aidan le respondió con una sonrisa:
—Perfecto. Te esperaré mañana donde siempre.
—De acuerdo. Ahora tengo que irme. Me queda mucho por hacer y poco tiempo hasta que mis amigas vengan. ¡Hasta mañana! —dijo, esta vez con alegría auténtica, antes de meterse en su portal. Una vez fuera de su vista, soltó un pequeño grito de felicidad. Al final, el reencuentro había sido perfecto a pesar de todo.