País Relato - Autores

déborah f. muñoz

el primer sant jordi juntos

Era el primer Sant Jordi que pasarían juntos y Vero estaba muy emocionada. A cualquiera le parecería un sueño tonto, pero siempre había deseado pasear por las casetas cogida del brazo de un chico guapo, con el libro que le había regalado bajo el brazo, en lugar de hacerlo sola como siempre, cargada con los libros que se había comprado.
Aunque Jorge no era muy lector, había conseguido convencerle para que la acompañara a la feria y ya tenía preparado un libro para él, que había elegido con la ayuda de su amigo Raúl basándose en los gustos cinematográficos de su chico. Quién sabía, quizás ese fuera el libro que le aficionara a la lectura y así podrían compartir algo más que charlas sobre cine y deporte, que eran el tema de conversación principal de Jorge.
Además, para evitar que cometiera un error y le regalara un libro que no quería, había hablado del tema las dos últimas semanas, sin dejar de soltar indirectas sobre sus gustos, lo que ya había leído y lo que le gustaría leer, así que, cuando Jorge llamó al telefonillo y dijo que tenía algo para ella, cogió el regalo que le había comprado y bajó a toda prisa las escaleras, ilusionada.
Siempre le encantó la emoción previa a la apertura de un regalo y se puso tan nerviosa que prácticamente le lanzó el libro que había comprado antes de arrebatarle la caja de las manos y abrirla a toda prisa para encontrar... una rosa roja. Le miró con cara de estupefacción, justo a tiempo para ver el fruncimiento de ceño de su chico al ver el título del libro.
—De esto hay una peli ya, ¿no? —preguntó él.
Vero respiró hondo para contener el malestar y le dijo que sí, pero que el libro era mucho mejor. Jorge se encogió de hombros, se lo agradeció con poco entusiasmo y le colocó la rosa en el pelo con pericia.
«Bueno, la mañana no está perdida. Aún podré pasear por las casetas con él», se dijo, y se dirigieron a la feria, él con un libro que no deseaba y ella con una rosa que tampoco quería.
Todo fue bien en las primeras cinco casetas, hasta que Jorge empezó a quejarse porque no dejaba de pararse a cada paso. Finalmente, a la décima, Vero estaba tan harta de sus protestas que le mandó a la mierda y siguió sola, como todos los años, cargada de libros que ella misma se había comprado.
—¿Qué? ¿Ya te has dado cuenta de que ese tío es un imbécil? —dijo la voz de Raúl a su espalda cuando ya había recorrido media feria.
Vero se volvió, contenta de ver a su amigo y dispuesta a contarle lo mal que estaba yendo su día soñado. Se encontró con que el joven había cambiado su imagen por completo y que iba bastante arreglado, con un libro envuelto bajo el brazo. Nunca se había dado cuenta de lo mono que era, porque las pintas que llevaba a diario le deslucían muchísimo.
—¿Has quedado con alguien? —le preguntó, extrañada.
—En realidad, no —confesó él—. Solo buscaba a alguna chica especial a la que le guste pasear del brazo por la feria y a la que regalarle este libro tan bueno. No sabrás de alguien con esas características, ¿verdad?
—¿Qué es? —preguntó Vero, intrigada.
—No sé, ¿por qué no lo compruebas por ti misma? —rió él, y se lo entregó.
Ella lo abrió con ansia y se encontró con un libro que llevaba buscando varios años, pero que no había logrado encontrar porque estaba descatalogado. Lo cogió con reverencia y lo miró con la boca abierta, tras lo cual abrazó con fuerza a Raúl y sacó de sus bolsas el libro que había comprado para él, sin envolver.
Él sonrió al leer el título y le ofreció su brazo, que cogió encantada. Al final iba a cumplir su sueño, aunque no fuera con quien había esperado en un principio.