—Ay, cariño. ¡Si es que no te puedo adamar más! —fue lo que me dijo él.
Os podéis imaginar lo que se me pasó por la cabeza, ¿no? Pues es obvio: ¿qué diablos significaba eso? Pero claro, me miraba con ojos de cordero degollado, como a la espera de una respuesta, así que, como pensaba que quería decir algo así como «eres muy achuchable» o «te tengo mucho cariño», le respondí:
—Yo también, churri.
Eso pareció hacerle muy feliz, lo cual me dejó con la mosca tras la oreja, así que, en cuanto tuve oportunidad, cogí el diccionario. «Amar con vehemencia». ¡Con vehemencia! Ya daba bastante miedo que significara amar pero ¿con vehemencia, encima?
Me entró el pánico, claro, así que le dije que en realidad no le adamaba y le dejé. Pero, según pasaban los días, me daba cuenta de lo mucho que le echaba de menos y, al final, no pude soportar la añoranza y fui a verle.
Me recibió con los brazos cruzados y la mirada dolida; lógico, se sentía engañado. Yo me vi como la mayor bruja del mundo, así que decidí ser sincera con él:
—Escucha. Nos conocemos desde hace muy poco y no te adamo. Pero sí te quiero. Quizás con el tiempo, te ame. Y más adelante, puede que te adame. Es algo que tiene que surgir poco a poco, no así, de sopetón, al menos para mí...
Interrumpió mi divagación con un beso:
—Me conformo con eso —dijo cuando separó su boca de la mía.
Yo le volví a besar y ese mismo día retomamos nuestra relación. Ya llevamos tres años juntos y ¿sabéis qué? Hace semanas que me he dado cuenta de lo mucho que le adamo. Tanto, que hoy voy a confesárselo y a hacer de esta noche algo muy, muy especial, que recompense la paciencia que ha tenido conmigo. Luego... seremos felices y nos adamaremos para siempre.