Todo el mundo conoce a los ángeles y los demonios, aquellos seres que luchan en un ciclo infinito para que al fin se impongan o el bien o el mal. Pero lo que pocos saben es que hay otro tipo de seres. Seres que decidieron no participar en la guerra y se dedicaron a observar de forma neutral a ambos bandos, con el fin de elegir cuando llegara el momento. Y así se les llamaba: los neutrales.
Uno de ellos era Gauden. De aspecto joven, con hermosos ojos azules y pelo castaño claro, parecía no tener más de veinte años, aunque en realidad tenía unos cuantos centenares de siglos. Su existencia se limitaba a contemplar a ángeles, demonios y humanos, para decidir. No quería precipitarse, aunque se sentía cada vez más solo, ya que muchos de los suyos ya habían elegido bando, y pocos eran ya los que mantenían su neutralidad.
Vivía, pues, una existencia vacía, sin objetivos, como si fuera un humano más que viajaba de un lado a otro en busca de algo que llenara su vacío. La lectura de libros era también una de sus ocupaciones, pues estos eran un concentrado de todo lo bueno y lo malo de la vida. No obstante, muchos de los conceptos de los que trataban se le escapaban de las manos. Por ejemplo, había intentado experimentar lo que era el amor en numerosas ocasiones, todo en vano. Tampoco había logrado experimentar el odio, no tenía motivos para detestar nada o a nadie. ¿Cómo decidir entonces qué bando elegir, cuando no había experimentado aún las dos emociones que más movían a los humanos a hacer el bien y el mal?
Así se desarrollaba su vida, en busca del amor y del odio, y de tantos otros sentimientos derivados de ellos. La alegría, la tristeza, la esperanza… todas las emociones de las que hablaban los libros parecían quedar de algún modo fuera de su alcance.
Hasta que un día todo cambió. Un día, por fin, comenzó a experimentar lo que buscaba. Porque ese día se enamoró.
Cuando vio a Jasmine, todo se detuvo para él. No era un ángel, aunque su alma irradiaba una pureza muy especial. Pero estaba muriendo, y sintió terror. Era la primera vez que tenía una posibilidad de experimentar un sentimiento en cuatro mil años y el alma de la mujer que le podía enseñar a amar se iba a marchar a un lugar donde no podía seguirla todavía: el cielo.
Así pues, desesperado, hizo lo que no debía hacer: la salvó. Y así es como comenzó su nueva vida: infligiendo la norma de evitar que un alma llegara al siguiente nivel cuando le había llegado su hora. Pero ¿qué importancia tenía eso para él, comparado con la oportunidad de sentir?
Después de salvar a Jasmine, se planteó qué hacer a continuación. Ella ya lo había visto; sabía quién era, que él era el que la había salvado. Además, su naturaleza semidivina había quedado revelada al salvarla de la muerte, por lo que su disfraz de mortal ya no servía. Era sabido por todos que cuando un humano veía la verdadera forma de un ser semidivino quedaba prendado de esta de modo que solo podía liberarla su amor verdadero. Y no estaba seguro de ser el amor verdadero de Jasmine, aunque estaba convencido de que ella era el suyo.
No le convenía, pues, que Jasmine volviera a verle, porque ella le reconocería como su salvador y no le amaría por cómo era su alma, sino por su forma. Así pues, debía enamorarla sin mostrarse, lo cual era más fácil de decir que de hacer.
Había sido un milagro, coincidían todos. Nadie habría sobrevivido a semejante accidente sin la intervención divina. Qué le iban a decir a ella, que había visto a su salvador. Un ángel. No podía ser otra cosa.
Nunca había creído en los ángeles, ni había creído en Dios. Ahora Dios era una duda y los ángeles una certeza. ¡Tan hermoso! Había visto a través de su máscara mortal, y ahora buscaba con afán ese rostro entre todos con los que se cruzaba, obsesionada. Pero él no aparecía.
Finalmente, tras meses de búsqueda, renunció a encontrar a su ángel guardián y comenzó a preguntarse si no había sido nada más que un sueño. Porque era en sus sueños donde aún veía con nitidez esa hermosura… y su carcasa humana. Aun así, no podía sino sentir que esa belleza sobrenatural ocultaba a su gran amor y que nunca podría amar a nadie real del mismo modo que adoraba al producto de su mente. ¿Qué sentido tenía entonces su vida?
Lo que no sabía era que su ángel aún la vigilaba de cerca, sin acabar de decidirse por un plan de acción, y leía con preocupación esos pensamientos.
Aun cuando perdió toda esperanza de encontrar en la vida real a su ángel, Jasmine buscó con afán respuestas de su vuelta a la vida. Todas las semanas acudía a la biblioteca a buscar libros sobre ese tema y se los llevaba a casa, donde se quedaba hasta altas horas de la noche buscando información, aunque casi siempre se trataba de pistas falsas y leyendas sin fundamento.
Fue en una de esas noches, en un momento en que todas las luces se apagaron y ella quedó en la más completa oscuridad, cuando sintió una presencia en la habitación. Agarró un pisapapeles bastante pesado y contundente con el que defenderse y se giró en busca del intruso que, estaba segura, había entrado en su casa.
—No temas, no te haré daño —dijo una voz dulce como la miel, que a su pesar ejerció un efecto calmante sobre su cuerpo, tenso por la intrusión—. Solo quiero hablarte.
—Hablarme… ¿De qué? –preguntó desconfiada. La voz parecía amistosa y resultaba de lo más atrayente pero ¿a quién pertenecía? ¿Cómo había hecho para colarse en su casa?
—Hablarte… y conocerte. Te amo desde que te vi y necesito comprender. Por favor, no me rechaces, déjame conocerte —suplicó la voz.
—Esto es surrealista —susurró Jasmine, y se pellizcó, convencida de que estaba en medio de un sueño, aunque el dolor fue real—. No lo entiendo. ¿Quién eres?
Una sombra más negra que la oscuridad que la rodeaba pareció materializarse frente a ella e intentó coger su mano. Jasmine se apartó, pero la voz era tan hipnótica, que no lograba reaccionar como debería en ese caso: con un ataque que le permitiera huir y ponerse a salvo.
—Escúchame, por favor, solo escucha —dijo la voz, percibiendo sus pensamientos. Jasmine dejó de percibir la sombra, pero su presencia era aún más apabullante—. Estuviste a punto de morir y, en ese momento, vi tu alma, y te amé al instante. Ahora necesito conocerte para comprender en toda su magnitud ese sentimiento, ¡no sabes cuánto necesito sentir! Solo te pido que hablemos, nada más.
—Viste mi alma, te enamoraste de mí y quieres hablar. ¡Eso no tiene sentido! Da las luces y muéstrate —ordenó ella—. No hablaré contigo en la oscuridad, y es posible que con luz tampoco.
—No puedes verme, no lo entiendes —replicó Gauden. Con todo lo que había leído, no podía evitar reprocharse por cometer errores tan tontos y ser tan torpe a la hora de expresarse. Tras un momento de indecisión, se dio cuenta de que seguir así solo lograría asustarla y que le rechazara con más firmeza, así que dijo—: Tendrás que confiar en mí, como Cupido se lo pidió a Psique. Entiendo que sea algo brusco para ti que te pida esto un desconocido al que no puedes ver, te daré tiempo. Por favor, decídete.
Nada más acabar de pronunciar esas palabras, la luz volvió de repente y Jasmine buscó a su interlocutor misterioso, pero no había nadie a su alrededor. Por un momento, se preguntó si no habría sido todo un sueño… pero entonces vio la flor. Una violeta reposaba sobre su almohada y, sobre ella, una nota decía:
«Volveré si pronuncias mi nombre en la oscuridad.
Tu enamorado Cupido».
¿Cupido y Psique? Era una de sus historias favoritas. Él solo se le aparecía en la oscuridad, y ella era feliz hasta que sus hermanas la convencieron de que su marido podía ser un monstruo. Psique decidió encender la luz para comprobarlo… para encontrarse con que había traicionado la confianza del dios del amor, su marido, que se marchó para no volver.
¿Qué pretendía su extraño visitante identificándose con Cupido? ¿Por qué se ocultaba en la oscuridad como el dios? Había dicho que había visto su alma. ¿Sería su ángel guardián? No tenía sentido que se ocultara si lo era, porque ella ya le había visto… y no le podía olvidar.
La primera noche no pronunció su nombre; no tuvo valor. Y él, como prometió, no apareció. Pero la noche siguiente, tras pasar varias horas en vela, no pudo aplacar su curiosidad y apagó las luces.
—¿Cupido? –susurró a la oscuridad de la noche. Al principio no ocurrió nada pero, cuando se dirigió hacia los interruptores pensando que era una estúpida, él apareció.
—Tú me llamas y yo acudo, como te prometí. No sabes cuánto me alegro de que hayas tomado esa decisión.
—Dijiste que querías hablar. ¿De qué? —preguntó Jasmine, yendo al grano.
—De ti, de tus sueños, de tus opiniones, de todo. Quiero saberlo todo de ti y conocerte. Quiero entender por qué me enamoró tu alma —explicó él, con total sinceridad.
—¿Quién eres? —le interrogó ella.
—Soy Cupido.
—No lo eres —replicó Jasmine, molesta—. Y no me gustan las reglas de tu jueguecito. ¿Ni siquiera me dirás tu nombre?
—No puedo, por favor, no me lo pidas —dijo Gauden, desesperado.
—Me pides que confíe en ti, pero te refugias en la oscuridad, y eres tú quien no confía en mí —le presionó ella—. ¿Por qué no te atreves a mostrarte?
—Tengo poderosas razones —protestó él.
—Dime una —le exigió la joven. .
—Tú le viste, y ahora le buscas —improvisó Gauden, con vaguedad—. Adoras lo que viste, es imposible que no lo hagas. No puedo igualarle en su magnificencia, necesito que me ames por cómo soy, pero si me miras, solo verás a quien no es tan perfecto como tu salvador.
—Tú también le viste —susurró Jasmine, esperanzada —. Entonces ¿No fue un sueño? ¿Existe de veras? ¿Qué sabes de él?
—Sé que no es un sueño, pero que aun así resulta tan inalcanzable como uno, que no le olvidarás hasta que no ames —respondió él, desanimado al escuchar la reacción de su amada, pero se repuso rápido y afirmó—: Sé que quiero ser aquel que te haga olvidarlo.
—¿Cómo hacerlo, aunque se diera el caso de que me enamorara? —preguntó Jasmine. Ahora que sabía que era real, olvidar a su salvador le parecía siquiera más imposible que antes.
—Déjame ayudarte a hacerlo —le pidió Gauden.
—No quiero —dijo ella, tajante.
—Entonces nada me retiene aquí. —Gauden suspiró y, perdida ya toda esperanza, decidió marcharse—. Si cambias de idea, sabes que acudiré. Siempre acudiré a ti.
Luego, su presencia se desvaneció de la habitación del mismo modo que lo hizo la primera vez. Y Jasmine se sintió sola de repente.
Dos noches más pasaron, en las que creció el deseo de llamarle, pero las pretensiones de su Cupido la enfurecían. ¿Quién era él para exigirle esa confianza ciega? ¿Quién para pedirle que olvidara algo tan hermoso? No obstante, la curiosidad y el deseo de volver a oír su voz siguieron incrementándose, hasta que ya no soportó más, y volvió a pronunciar su nombre en la oscuridad.
Jasmine no quería olvidar la visión de su verdadera forma y eso le atormentaba. ¿Cómo saber si ella podía llegar a amarle de verdad, si no podía quitarle de la cabeza su imagen semidivina? Podía mostrarle quién era en realidad, pero eso no significaría nada: ella solo le amaría como amaría cualquier humano a un ser de naturaleza angélica al vislumbrar su verdadera forma.
Al principio, había pensado que la idea de Cupido le serviría para llegar hasta ella, pero Jasmine era demasiado escéptica, demasiado desconfiada. No la culpaba por ello. Incluso lo entendía. Pero no le había vuelto a llamar por culpa de esa desconfianza.
¡Qué feliz le había hecho su susurro vacilante la noche que le llamó! La felicidad era un extraño sentimiento, tan absurdo e incontrolable como maravilloso. También experimentaba melancolía. Era dulce y desagradable al mismo tiempo. ¡Era tan hermoso sentir!
Pensaba en todo eso cuando sintió una presencia maligna cercana. Se puso alerta y fingió ignorarla por si se decidía a pasar de largo, pues siempre tenía que ser así con los demonios, pero estaba claro que había venido expresamente a hablarle, así que esperó hasta que lo hiciera.
—Un maravilloso trabajo este que has hecho. Nadie se esperaba que un neutral arrebatara un alma a los cielos de ese modo —rió el demonio—. Les has causado muchos problemas, enhorabuena. Se te recibirá con honores ahí abajo.
—No he tomado aún mi decisión —respondió Gauden, con sequedad.
El demonio le miró con intensidad durante un buen rato y luego volvió a reír.
—Interesante —dijo al fin. Comenzó a desvanecerse poco a poco, pero antes de hacerlo del todo añadió—: De todos modos, ya tienes un pie dentro del infierno.
Gauden se quedó pensativo tras ese extraño encuentro, y seguía meditando sobre las palabras del demonio cuando escuchó de nuevo su nombre ficticio. Esta vez, Jasmine había pronunciado «Cupido» sin vacilación. Y él acudió presuroso a su llamada.
Como había pasado la primera vez, no acudió al instante, sino cuando ella empezaba a impacientarse. Parecía que lo hacía a propósito, pero no estaba segura, quizás necesitaba un poco de margen para llegar hasta allí, así que intentó tomárselo con calma. Finalmente, la melodiosa voz susurró a su espalda:
—Aquí me tienes, como te aseguré. Me alegra que hayas decidido intentar olvidar —dijo él, alegre.
—No voy a intentar olvidar —detuvo Jasmine su entusiasmo.
—¿Por qué me has llamado entonces? –preguntó entonces la voz con un tono entre desconsolado y traicionado.
—Porque me intrigas —respondió ella—. Yo también quiero hablar y saber de ti.
—No puedo revelarte quien soy —se negó Gauden.
—No te lo he pedido esta vez. Solo te he dicho que quiero conocerte —le explicó Jasmine. Al no tener respuesta, añadió—: Y te permitiré que intentes hacerme olvidar, aunque no lo lograrás de modo alguno.
—No pido más que lo que puedes ofrecerme, así que me conformo —dijo él, tras pensárselo un poco.
—Hablemos, pues —comentó Jasmine, con una sonrisa.
Conversaron durante horas, esa noche y todas las siguientes. Gauden se fue acercando poco a poco a su corazón, con respeto a sus reacciones e infinita paciencia hasta que ella comenzó a abrirle las puertas de su alma y al fin olvidó a su salvador. En poco tiempo, a quien no olvidaba, a quien extrañaba cuando había luz, era a su Cupido. Y buscaba la oscuridad, porque allí era donde le encontraba.
Gauden comenzó entonces a revelarle su identidad poco a poco. Primero su nombre, luego leves pistas, hasta que al fin decidió contarle toda la verdad y le mostró su verdadera forma a la luz. Y ella comprendió entonces el porqué de tanto misterio, feliz de que lo hubiera hecho.
No obstante, una sombra se cernía sobre su felicidad. El hecho de que ella no debería seguir viviendo había destrozado el equilibrio armónico del que se componía el mundo. Los ángeles, e incluso algunos demonios, deseaban reinstaurarlo. Y solo existía un modo de hacerlo.
No necesitaron más que mandar un arcángel para hacer el trabajo. Aunque fuerte, Gauden no tenía suficiente poder como para oponérsele. Esta vez no fue capaz de salvarla; no pudo más que ver, impotente, cómo se llevaban a su amada a donde debía estar desde hacía tiempo. Y fue entonces cuando el neutral experimentó el odio. Un odio tan brutal, tan intenso, que no deseaba otra cosa que matar a todos los ángeles, para vengarse así de lo que le habían hecho.
Final alternativo 1
(que no debería estar en una antología romántica, pero que me encanta)
—Ya te dije que tenías un pie en el infierno —dijo el demonio que se le había aparecido anteriormente cuando su el odio ya ocupaba cada centímetro de su ser.
Gauden le miró con desprecio, pero sabía que tenía razón. Odiaba a los ángeles… y eso le convertía en demonio.
Final alternativo 2
-—Ya te dije que tenías un pie en el infierno –dijo el demonio que se le había aparecido anteriormente.
Gauden le miró con desprecio. Odiaba a los ángeles, y eso le convertía en demonio… pero solo en teoría. Aun despreciando a los ángeles, podía elegir: ser un demonio y vengarse de lo que habían hecho o ser un ángel, con lo que podría entrar en el cielo y reunirse con Jasmine.
No se lo pensó dos veces. Jasmine le esperaba.