País Relato - Autores

déborah f. muñoz

clases amenas

Miró atenta la expresión en su rostro tratando de adivinar qué pasaba por su cabeza, se le notaba resignado: esta vez sintió que lo perdía.
«¡Maldita sea!», exclamó para sí.
Ya no sabía qué hacer para llamar la atención del joven conde, al que daba clase por mandato de su padre, el viudo duque de Nortwest. Elisa, desde que había empezado su carrera como institutriz, se vanagloriaba de que siempre había logrado que sus alumnos aprendieran cuanto les enseñaba, pero comenzaba a pensar que el muchacho era un caso perdido.
«No es de extrañar, siendo conde tan joven. Eso debería estar prohibido», pensó, molesta. Por desgracia, las leyes eran como eran y, al morir su abuelo materno y pasar el título solo a los varones, el maldito niño había heredado el condado con tan solo siete años. No es que tuviera un poder real, ya se encargaba su padre de administrar sus bienes y de ponerle en cintura, pero el título nobiliario se había subido a la cabeza del muchacho y había decidido que no tenía necesidad de aprender nada, ya que tenía su vida resuelta de todos modos.
Desde que había emprendido la titánica tarea de meter conocimientos en ese cabezota, había aprendido dos cosas: que si el niño se quejaba tenía que amenazar con hablar con su padre y que si quería que aprendiera algo tenía que hacer las clases amenas.
A la larga, había podido dejar las amenazas a un lado, pero el problema era que había hecho tan amenas las clases durante tanto tiempo que el niño se había acostumbrado y volvía a ser difícil hacer que atendiera, en especial cuando ya llevaban un rato dando la lección.
En cuanto pasaban veinte minutos, la atención del pequeño conde empezaba a decaer, la miraba con resignación y empezaba a ignorarla. Si se le ocurría una idea divertida para despertar de nuevo su entusiasmo, podía pasar otro rato enseñándole hasta que el niño volvía a aburrirse y el círculo se repetía. Si no, todo lo que le contaba parecía que le entraba por un oído y le salía por el otro.
Ese día no estaba por la labor de inventar nada más. De hecho, consideraba que sus intentos por llamar la atención del muchacho para que atendiera sus explicaciones empezaban a ser excesivos. Solo había que ver cómo había tenido que ataviarse para esa clase sobre la historia reciente de los Estados Unidos —con un tocado de plumas y la cara pintarrajeada— y lo ridícula que se había sentido interpretando la danza de la lluvia cuando su estúpida indumentaria había dejado de fascinar al chico.
Supo en el momento exacto en que lo había perdido: su cara de resignación y aburrimiento era un cuadro y la miraba sin ver, con la mente perdida en quién sabe qué mundos. Se preguntó qué más podía hacer ahora para que volviera a atender, porque sin duda sacar un tambor y enseñarle a hacer señales de humo estaba fuera de sus posibilidades. Y había llenado su cupo de ridículo por ese día.
Finalmente, decidió que lo mejor era continuar la clase en el jardín, para ver si el cambio de ambiente lograba el milagro, y rezar para que el chico no se distrajera con el vuelo de la primera avispa que pasara por delante suya.
Para su desgracia, no solo olvidó quitarse el tocado y la pintura de la cara, sino que para colmo se cruzó con el señor de la casa cuando iban a traspasar el umbral.
El duque de Northwest era el hombre más imponente que había visto nunca y, cuando estaba frente a él, solo podía encogerse y esperar que pasara el trago. Por suerte, por lo general, no le veía nada más que una vez a la semana, cuando la hacía acudir al despacho para que le informara sobre los progresos de su hijo.
—Señorita Middletown. ¿Puedo preguntar qué hace vestida así? —inquirió él alzando una ceja, con un rastro de humor en sus ojos.
—Intento que su hijo me atienda, milord —le replicó, con más valor del que había esperado reunir nunca en presencia del duque.
—Comprendo... ¿y debo deducir que lo consigue vistiéndose de esa guisa?
—Durante un rato —reconoció ella, avergonzada.
Él se la quedó mirando intensamente, como siempre, y luego se marchó sin decir palabra a su despacho. En cuanto cerró la puerta del mismo, soltó una carcajada y se reclinó en su sillón. Cuando esa institutriz había aparecido en la entrevista, había tenido dudas al contratarla, pero algo en ella le atrajo irremediablemente. Se alegraba de ver que esa intuición que le había llevado a contratarla se debía a sus cualidades como maestra y no solo a esos dulces labios que se moría por besar.
Ese hilo de pensamientos le llevó a una serie de visiones en las que le quitaba la pintura de la cara y todos esos ridículos accesorios que llevaba, tras lo cual comenzaba a desnudarla...
«No, de eso nada», se dijo a sí mismo y se obligó a volver a pensar con la cabeza y no con partes más bajas de su anatomía. Sin embargo, incluso su mente le llevaba a buscar un acercamiento con la interesante señorita Middletown:
«No es normal que una institutriz tenga que hacer el indio para que mi hijo le haga caso. Quizás si me paso por sus clases un rato todos los días ayudaría a que él se centre un poco».
Nada más tener estos pensamientos, se levantó y se encaminó al jardín para unirse a la clase, sin darse cuenta de que pasar más tiempo con ella era lo único que le hacía falta para acabar de enamorarse de la institutriz sin remedio.